Julio Troxler nació el 19 de noviembre de 1922, fue policía, adhirió al peronismo y a la fallida insurrección del general Valle. Fue sobreviviente de los fusilamientos en los basurales de José León Suárez en 1956. Se exilió en Bolivia, regresó al país y fue detenido, encarcelado y torturado. Participó activamente y actuó como enlace entre los distintos grupos de la resistencia peronista. Actuó de sí mismo en la película Operación Masacre dirigida por Jorge Cedrón y guión de Rodolfo Walsh (1972). También participa en La hora de los hornos (1968), donde brinda testimonio de los fusilamientos, y Los hijos de Fierro (1974), ambas de Fernando Solanas. Fue subjefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires durante la breve gestión de Oscar Bidegain. Fue asesinado por la banda paraestatal Triple A, Alianza Anticomunista Argentina, el 20 de septiembre de 1974.


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Julio Troxler (1926–1974)

Nació el 19 de noviembre de 1926 en la localidad de Florida, Vicente López, Provincia de Buenos Aires. A los 18 años ingresó a la escuela de policía bonaerense “Juan Vucetich” y en 1955 se retiró de la institución policial con el grado de oficial inspector.

Tras la caída del gobierno peronista inició su lucha en la resistencia popular contra los gobiernos oligárquicos y entreguistas que sucedieron a aquel. Por este motivo cayó detenido en octubre de 1955. Meses después, participó junto a sus hermanos Bernardo y Federico, suboficiales del ejército, en la rebelión que encabezan los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, y que estalló el 9 de junio de 1956, viviendo un episodio memorable cuando pudo escapar de la matanza de José León Suárez.

En esa ocasión, las fuerzas represoras, bajo la conducción del teniente coronel Desiderio Fernández Moreno y la ejecución del comisario Rodríguez Moreno, asesinan a varios militantes peronistas detenidos el día anterior.

Después de esa fuga, pudo refugiarse en Bolivia, desde donde continúa su lucha, manteniendo contactos clandestinos con John W. Cooke. Al volver, sufrió nuevamente la prisión y conoció la picana eléctrica.

Por medio de una carta fechada el 16 de octubre de 1958, en ciudad Trujillo, el General Perón delega toda la conducción política y táctica del movimiento peronista en el país en el Consejo Coordinador y Supervisor del peronismo del cual Julio Troxler era uno de sus 15 miembros.

Durante esta primera resistencia peronista (1955-1958) Perón, desde el exilio, enviaba los “pecinco” (P5) que en general, eran instrucciones puntuales a los grupos de la militancia. Julio Troxler, entre otros, fue un personaje clave en la interconexión de los diferentes grupos, que chequeaban rigurosamente los mensajes recibidos antes de ponerlos en práctica en el conjunto del movimiento peronista.


La calle de Barracas en 2012 donde fue asesinado Julio Troxler

La lucha recomienza al momento de hacerse evidente que Frondizi no cumplirá lo pactado con Perón. Los grupos de militancia formados en La Plata que habían quedado en un compás de espera, volvieron a accionar.

Luego de la traición frondizista volvió a la resistencia siendo secuestrado, detenido y torturado en varias oportunidades.

En 1971, Jorge Cedrón decidió filmar “Operación Masacre” en 1972, en la clandestinidad, bajo el gobierno militar de Alejandro Lanusse. Operación Masacre fue estrenada en democracia el 27 de septiembre de 1973, sobre el guión de Rodolfo Walsh y el mismo Jorge Cedrón. En la película, Julio Troxler fue invitado a revivir en la ficción su drama personal de junio de 1956.

Norma Aleandro, Carlos Carella, Víctor Laplace y Ana María Picchio fueron algunos de sus intérpretes.

Tras el triunfo popular de 1973, fue designado, por el gobernador Oscar Bidegain subjefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, cargo que asumió el mismo 25 de mayo ante las autoridades de la Unidad Penal Nº 9 de La Plata para obtener la libertad de los presos políticos. En el desempeño de sus funciones, redobló esfuerzos para hacer del cuerpo policial una institución al servicio del pueblo y no destinada a la represión del mismo. Permaneció sólo 85 días en el cargo.

Luego de un breve pasaje por el diario “Noticias”, en el que se desempeñó como jefe de personal fue nombrado subdirector del Instituto de Estudios Criminalísticos de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, dependiente de la Universidad de Buenos Aires.

Por entonces, Pino Solanas lo invita a participar en otro clásico del cine militante, “Los hijos de Fierro” (1974) película que recién pudo ser estrenada el 12 de abril de 1984, según guión del mismo Solanas basado en el poema homónimo de José Hernández. Fueron intérpretes entre otros, Juan Carlos Gené y Arturo Maly. “Los hijos de Fierro” narra la historia de tres militantes peronistas de base, su lucha desde lo sindical y la resistencia popular. Julio Troxler representa el papel del hermano mayor, personaje que condensa la resistencia, la tortura policial y la cárcel sufrida por el pueblo en esos duros años de represión permanente.

En la mañana del 20 de septiembre de 1974 fue secuestrado en las inmediaciones de la Facultad de Derecho, cuando se dirigía a una concentración que se realizaba en la Plaza de Mayo. Cerca del mediodía, el grupo paramilitar la Triple A que lo había secuestrado, lo asesinó, acribillándolo por la espalda, junto al paredón del Ferrocarril Roca, en el Pasaje Coronel Rico al 700, esquina Suárez y Vieytes del barrio de Barracas (para dar parte público de su acción terrorista el comando de la Triple A envió a la prensa una foto del documento que habilitaba a Troxler a ingresar en la residencia del General Perón en la calle Gaspar Campos).

Su sobrina, hija de su hermano Federico, Eva Troxler, resumirá este hecho con estas palabras “El destino de Julio fue decidido en una reunión de gabinete en la Quinta de Olivos – en el gobierno de Isabel Martínez y José López Rega – en la que un proyector reflejaba diapositivas de Julio y otros militantes populares mientras una voz en off los iba marcando como el "verdadero causal de los problemas nacionales, y de la pésima imagen que el país tenía en el exterior". Esa fue la sentencia oficial que se cumplió poco tiempo después.
 


Operación Masacre, Jorge Cedrón, 1972 (película completa)
 


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“Si López Rega no mandaba a cuatro, a Julio no lo mataban”

El 20 de septiembre de 1974 las bandas del "Brujo" lo secuestraron y acribillaron. Cómo sobrevivió a los fusilamientos de José León Suárez y los tres años que vivió en la casa de Mabel.

Por Daniel Enzetti

Hola Coca, ¿cómo le va? ¿Se acuerda del ofrecimiento que me hizo hace 15 días? Mire, no necesito nada para mí, pero el que está jodido es mi hermano. ¿No se podría quedar acá un tiempo?" Una noche helada de junio de 1957, Bernardo Troxler tocó el timbre de Pedro Goyena 2646, en Olivos, y se animó a pedirle ayuda a Mabel Di Leo ni bien la chica de 17 años abrió la puerta. Los dos integraban la resistencia peronista, y conspiraban contra la Revolución Libertadora desde el derrocamiento de Juan Perón dos años antes. Bernardo venía de Bolivia, donde se había exiliado después del golpe de Estado del '55, y Mabel ya pesaba fuerte en la rama femenina del movimiento en Vicente López, un presagio de lo que le ocurriría en la década del '70, cuando ocupó ese cargo a nivel nacional.

"Claro compañero, ¿y dónde está su hermano?" Julio esperaba enfrente, envuelto en una manta y empapado por la transpiración que le daban la gripe y 40 grados de temperatura. Dormía en los yuyos del ferrocarril, y dentro de la juventud del partido, en la que Mabel y los hermanos Lizaso asomaban como cuadros destacados, era una especie de mito. Exactamente un año antes, en la madrugada del 10 de junio del '56, Troxler pudo simular su propia muerte tirado en los basurales de José León Suárez, haciéndose el finado con los ojos inmóviles, cuando una patota policial acribilló a militantes peronistas plegados a un intento encabezado por el general Juan Valle para retomar el poder y llamar a elecciones. "La Fusiladora", como diría después Rodolfo Walsh en Operación Masacre, no había podido ni con él ni con su amigo del alma Reynaldo Benavídez. Y tampoco la policía brava de Lanús, que más de una vez lo torturó para que hablara y se dio cuenta que perdía el tiempo. Pero ahora, una noche helada de junio de 1957, Bernardo creía realmente que a su hermano lo mataría la fiebre.



Entrevista a Haydeé Leonor Von Wernich en la revista El Avión Negro Nº 21, noviembre 2013. Clic para ver y descargar.

Pablo Egidio Natalio Di Leo era policía. Subcomisario. El padre de Mabel y dueño de la casa, un chalecito construido con sus propias manos gracias a un crédito hipotecario que después del derrocamiento de Perón triplicó el valor de las cuotas. La malasangre lo hizo perder 15 kilos, y creer que tenía cáncer. Dentro del plan de Valle, al hombre le había tocado la tarea de tomar el Departamento Central junto con Pablo Vicente, algo que finalmente no pudieron hacer porque cuando llegaron, el edificio estaba plagado de canas que respondían a la dictadura. En esos tiempos sus mismos compañeros lo desaparecieron dos veces. Para colmo, Mabel no paraba de reunión en reunión. Cada vez que venían "comisiones" de la Bonaerense a buscarla para hacerle preguntas, Di Leo atendía y el agente se quedaba petrificado. "Disculpe jefe, pero entonces, ¿la chica que tenemos anotada es su hija? ¿Usted sabe que es peronista?"

El subcomisario conoció a los Troxler en el mismo momento en que entraron a su casa, y lo primero que hizo fue enojarse con Bernardo. "Pero escúcheme, hombre, ¿está loco? ¿Cómo que nos pide un lugar para su hermano? ¿Y usted qué piensa hacer? ¿Seguir durmiendo a la intemperie tirado en cualquier lado? Déjese de embromar y pasen, se pueden quedar todo el tiempo que quieran." Bernardo estuvo unos días. Julio, tres años.

"El único que se levantaba temprano era mi papá –dice Mabel–, y nunca me voy a olvidar de lo que pasó al día siguiente. Fue a la salita donde habíamos puesto los dos colchones, pero Bernardo y Julio no estaban. Entró a la cocina, y los vio apoyados en esta misma mesa, sentados, a oscuras. Le dijeron que no armaban las camas para no desordenar, y que tampoco prendían la luz, por el gasto. En realidad, mi viejo no militaba mucho, pero siempre adhirió al movimiento, y fue un hombre extremadamente solidario y ético. En 1959, faltándole seis meses para cobrar el 100% de la jubilación por 25 años de servicio, agarró la valija y renunció a la policía. 'Esta no es la fuerza que yo conocí cuando entré', dijo, y se fue dando un portazo."

–A pesar de no militar, aquella responsabilidad que recibió de tomar el Departamento de Policía fue un reconocimiento.
–Sí, claro. Pero en casa, la verdadera militante era mi madre, Delia Valente, peronista hasta los tuétanos. En esa pared, detrás tuyo, tenía colgados los cuadros de San Martín, Perón, Rosas y Rommel. ¿Te acordás cuando Perón se enojó con varios diputados, y les dijo que si a ellos no les gustaba cómo hacía las cosas, fundaran otro partido? Mamá se ofendió con el "Viejo", y cambió su foto por el dibujo de un gato. Era de familia conservadora, incluso tenía un carnet de afiliación que mi abuelo le había hecho en la época del gobernador Manuel Fresco. Pero la ganó el peronismo.

Croquis inserto en la noticia del asesinato en el diario La Prensa

Troxler fue secuestrado en la mañana del 20 de septiembre de 1974, cuando iba a la Facultad de Derecho donde trabajaba. Lo "levantaron" en un Peugeot 504 negro; ingresó por la calle Arcamendia hasta desembocar frente al paredón de ladrillos que limita con el terraplén ferroviario y, ya en el Pasaje Coronel Rico, en el barrio de Barracas, los ocupantes del coche lo obligaron a bajar y le ordenaron caminar hacia la calle Suárez en el mismo sentido del vehículo. Julio Troxler caminó pocos pasos con las manos atadas a la espalda y cayó fulminado por una ráfaga de ametralladora disparada desde el auto. Así murió asesinado por la Triple A en Buenos Aires el 20 de septiembre de 1974.

–¿Cómo se conocen con Julio?
–Yo iba al Colegio Nº 6 con los Lizaso, y Jorge y Miguel vinieron a buscarme para formar la Junta del partido. A Carlitos ya lo habían matado en los basurales. Un día, en la casa de Raquel Fernández, me presentaron a Bernardo, y una de las cosas que le dije fue que mi casa estaba disponible para lo que quisiera. Hasta que apareció a las dos semanas, desesperado porque Julio no tenía dónde dormir, y estaba muy enfermo. "Vaya a buscarlo mientras preparamos algo de comer", le dije a Bernardo. Lo que no sabía era que Julio estaba enfrente, muerto de frío, y con una vergüenza terrible. No quería entrar, creía que molestaba. Cuando pienso en gente como esa, y veo algunos dirigentes de ahora, es para morirse. En casa hacíamos reuniones y fiestas de folklore, con varios primos, y había colchones de sobra. Ni bien pasaron le dijeron a mi papá que no querían dar gastos, y mi viejo se plantó. "Muchachos, acá es simple: cuando hay comida, comemos todos. Y cuando se termina, hacemos la raya y seguimos al día siguiente. Todas las mañanas empezamos de nuevo."

–Después de su vuelta de Bolivia, los Troxler eran seguidos de cerca. Esconderlos no debe haber resultado fácil.
–Sobre todo a Julio, que estaba marcado por su escape del basural. En eso de confundir, se les ocurrió teñirse de pelirrojo, y una vez, la que se equivocó fue la mujer de Bernardo. Llamó a casa y preguntó, sin darse cuenta: "¿Están ahí los dulces de batata colorados?" Habían pinchado el teléfono y los vinieron a buscar, pero no los encontraron. Julio andaba todo el día con dos granadas vacías, y vueltas a llenar con gelignita. Me decía: "Si me agarran les tiro esto. Yo me muero, pero por lo menos me llevo uno o dos conmigo."

–¿Qué hizo la primera vez que entró?
–Fue al patio, para ver las medianeras. En esa época, la mitad de la manzana era un terreno descampado, con árboles, y Julio estudiaba las vías de escape, por si tenía que salir corriendo. Era un hombre extremadamente gentil, callado, como dando sensación de no querer molestar. Con mi prima lo acompañábamos al centro, y le hacíamos de campana cuando se encontraba con otros compañeros en reuniones. En el barrio armamos un plan para protegerlo. Mamá le dijo a las vecinas que era un sobrino del interior que se quedaría un tiempo, y en la familia lo presentábamos como un primo más. Hablábamos del peronismo, y hablábamos de Perón. Julio tenía una postura que para él era innegociable, y yo, con los años, aprendí la lección.

–¿Cuál?
–Decía que muchos de la juventud teníamos la foto del Viejo pegada acá, en las narices, y que eso no nos dejaba ver el contexto. Que Perón era un hombre, pero no un superhombre. Que a veces se equivocaba, y que no era nada malo hacer notar eso.


Bernardo Troxler (de bigotes, sosteniendo abrigo y portafolios) y Julio (el más alto de todos) a punto de partir rumbo al exilio en Bolivia, luego de pasar varios meses ocultos en casas de amigos.

–La derecha del movimiento, que terminó matándolo, fue una prueba.
–Por supuesto. Lo que pasó fue que en ese momento no lo vimos. Mirá, te cuento una anécdota. En 1960, cuando Perón se casó con Isabel, yo misma le dije a Julio en esta misma mesa que el general podía tener las mujeres que quisiera, pero lo que no podía hacer era casarse. Porque significaba una locura dejarle el apellido a alguien. Yo lo decía por una cuestión de preservarlo, pero nunca sospeché de las barbaridades que esa mujer haría con el tiempo. Julio me cargaba: "No, si le va a pedir permiso a usted. Las mujeres, hablando, son como el vuelo del moscardón." En los setenta, con la Triple A dando vueltas, nos encontramos en un bar de La Plata. Y en medio de la charla, lo miré a los ojos: "¿Vio que Perón no se tendría que haber casado?"

–¿Cómo era la vida de Julio en esta casa?
–Vino por algunos días, y se quedó tres años. Pero siempre regresaba. El día en que la Triple A lo asesinó, tenía las llaves en la ropa que llevaba puesta. Trabajaba en la cocina toda la noche con su maquinita de escribir, y le mandaba información a Perón. "¿No me haría un favor, Coca? ¿Me copia varias veces estos dibujitos en esas hojas?" Yo no entendía nada, pero lo hacía. Después me di cuenta: los dibujitos eran silenciadores para las armas, que Julio había diseñado y tenía que repartir para que fabricaran los matriceros. Era un tipo habilísimo, técnico en refrigeración, hacía de todo. El barrio era una boca de lobo, y un día se las ingenió para iluminar la esquina directamente desde la puerta de entrada. Practicaba yoga, y me enseñó a pararme de cabeza. "Coca, toda la vida nos la pasamos parados con los pies, pero esta parte, la de los pulmones y el estómago, está con la gravedad hacia abajo. Hay que darse vuelta para que la sangre fluya, le va a hacer bien."

–Reynaldo Benavídez, su amigo de la infancia en Florida, a quien Troxler invitó a aquella casa de donde los levantan para llevarlos al basural, me dijo que Julio minimizó totalmente las amenazas de muerte de la Triple A. ¿Fue así?
–Es verdad, Reynaldo sintió lo que Julio me dijo a mí misma con palabras. Cuando le decíamos que estaba en una lista de gente a la que iban a asesinar, me contestaba: "No exagere, Coca, no somos tan importantes." El último intento por protegerlo fue después de la reunión que hubo en la Quinta de Olivos, el 8 de agosto de 1974, un mes y medio antes de su muerte. Todo el Gabinete, más Isabel, escuchó un informe de José López Rega, mientras proyectaba diapositivas de un centenar de dirigentes que había que matar "porque si no, no nos van a dejar gobernar tranquilos", dijo el "Brujo". Julio y Bernardo Alberte, que había sido edecán de Perón y su delegado personal, estaban en la lista, con varios más. Ni bien terminó la reunión, Taiana padre fue desesperado a la limpiería El Socorro, de Alberte, y le dijo que se cuidara. Y que debían avisarle a Julio urgente. Lo encontramos a los pocos días. "No sea cabeza dura, hombre, cuídese." Pero no hubo caso.

–¿Se volvieron a ver?
–Sí, hasta poco antes del 20 de septiembre del '74, fecha del asesinato. La semana previa estuvo acá, se quedó a almorzar, y mi madre le hizo panqueques, que a Julio le encantaban. Cuando se fue, Julio le dijo: "¿Ve ese Peugeot celeste metalizado de la esquina? No se preocupe, pero es el comisario Almirón Sena, que me sigue a todos lados."

–¿Cómo se enteró de la muerte?
–Por la radio. Después, la casa fue un caos, encuentros, llamadas, confusión. Aquel día tenía una reunión con los Lizaso, y después lo esperaban para un trámite en la facultad donde trabajaba, era profesor de Criminalística. Otra vez volvemos al tema de la manera en que minimizaba el peligro. Los Lizaso le decían que lo vigilaban, y él contestaba que no se hicieran problema, que no estaba haciendo nada malo. No sé que pasa con los militantes en un determinado momento de la vida, es como que no toman conciencia de la gravedad de las cosas. Con Bernardo Troxler ocurrió lo mismo.


El número uno de la revista Peronismo y Socialismo apareció en septiembre de 1973, dirigida por Hernández Arregui. Incluye la nota "Los asesinatos de junio de 1956 en el testimonio de un militante de la resistencia", una extensa entrevista a Julio Troxler. Clic para descargar la revista

–¿Por qué?
–A Julio lo velamos a propósito acá en Vicente López, justo enfrente de la Quinta de Olivos. Y a pesar de que estaba lleno de policías y servicios de inteligencia, Bernardo insistía en hablar y hacer un discurso. "Hombre, rájese, ¿no ve que están por todos lados y saben que usted es de la familia?" Tampoco tomaba conciencia de cómo venía la mano. Ahora que lo pienso, mi papá era un poco así, pero en su caso, las ganas de ayudar eran más fuertes que el miedo. En esta casa estuvo cada uno… Un día, dos compañeros del ERP lo hicieron reír: "Don Pablo, mire que fuimos a varios lados, pero nunca hubiéramos imaginado que íbamos a terminar escondidos en la casa de un cana."

“Revisamos el cadáver, era impresionante”

El 20 de septiembre de 1974 era feriado. Troxler, que trabajaba en el Gabinete de Criminología de la Facultad de Derecho, había organizado su día libre para encontrarse con amigos de militancia. Como Envar El Kadri, con el que siempre se citaba frente a la Catedral Metropolitana. Salió de su casa en la localidad de Florida a las 10, caminó tres cuadras, y hasta las 11:30 charló con un compañero en el bar Muky, de la Avenida Maipú y San Martín. Ese compañero lo alcanzó en auto hasta la esquina de Figueroa Alcorta y La Pampa, donde pensaba tomar el colectivo 130 en dirección a la Capital.

La investigación de su asesinato determinó que un Peugeot 504 negro, con cuatro matones de la Triple A, lo levantó en la facultad, y lo llevó atado en el piso hasta el pasaje Coronel Rico, del barrio de Barracas, poco después del mediodía. Antes de detenerse en el lugar -–desierto, laberíntico, suspendido en el tiempo–, el auto agarró por calles que todavía hoy parecen de pueblo: Brandsen, Lanín, Arcamendia, y finalmente Rico. Obligaron a que se bajara, y lo cruzaron sobre un paredón con una ráfaga de ametralladora y cuatro disparos a la cabeza, para rematarlo. En un comunicado que circuló a las pocas horas, la Triple A se atribuyó el crimen y escribió a mano: "La lista sigue… Murió Troxler. El próximo para rimar será… Sandler??? Mañana vence el plazo… Adjuntamos lista de ejecuciones. Troxler murió por bolche y mal argentino… Ya van cinco y seguirán cayendo los zurdos, estén donde estén." En un cuadro inferior, el listado lleva una cruz junto a los apellidos Ortega Peña, Curuchet, López, Varas y Troxler. "Sandler" tiene una cruz y un signo de interrogación.

"Revisamos el cadáver –dice Mabel Di Leo–, y era impresionante. Acá (señala el pecho) lo habían cocido con hilo de chanchero. Los agujeros de los balazos eran del tamaño de una moneda de un peso. Le habían tirado con Itaka, parecían misiles. Era imposible que se salvara." "Porque te digo una cosa –finaliza–, algo que es seguro: si López Rega no manda a cuatro tipos, a Julio no lo matan. La cabeza tenía la señal de un golpe fuertísimo, para atontarlo. Y a pesar de eso, pudo salir corriendo del auto, con los brazos atados. Me acuerdo de Perón, cuando Julio decía que no era un superhombre. Había que ser superhombre para salir vivo de ese callejón."

01/10/12 Tiempo Argentino
 


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El 20 de septiembre de 1974 Julio Troxler era asesinado por la Triple A

Junio de 1955. Era aquél un Buenos Aires muy distinto del actual. La cabeza de un hombre muerto que cuelga por la abertura sin vidrio de la puerta del trolebús de la línea 305 y los cadáveres de dos mujeres tendidas en el empedrado, conforman una de las fotos más terribles de aquel 16 de junio de 1955, cuando oficiales de la Aviación Naval bombardearon Plaza de Mayo en un intento por terminar con el gobierno del presidente constitucional Juan Domingo Perón que había sido reelegido sólo tres años atrás con el 68% de los votos.

Hasta hoy nunca se conocieron cifras precisas sobre el número de masacrados por la metralla y las bombas lanzadas desde los aparatos de la aviación naval. El propio Perón, según algunos de los que vivieron aquella circunstancia trágica para la Argentina y su gente, se negó a que se diera a conocer el balance de muertos y heridos.

El día había amanecido lluvioso; la temperatura no superaba los 4 grados y la rutina de la ciudad era la normal. A las 12.40 se arrojaron 10 toneladas de bombas que provocaron más de 300 muertos entre mujeres, trabajadores y niños.

Muchos más de 50 fueron reconocidos en las morgues por sus delantales blancos. Entre quienes allí cayeron había peronistas, antiperonistas, católicos, creyentes de todo credo, ateos, todos argentinos asesinados en nombre de Cristo, de la libertad y de la democracia.

Comenzamos la biografía de hoy haciendo referencia a los hechos de junio del 55, pues la vida y las muertes de Julio Troxler están relacionadas con el peronismo -para la primera- y los gobiernos de facto -para las segundas-. Y si, plural, puesto que Julio Troxler -tal como se apuntara con “la” Arrostito- también sufrió dos muertes, fallida la primera, exitosa y definitiva la segunda.

Después de la furia desatada por los sediciosos (término con que los califica el artículo 22 de la Constitución Nacional) contra, básicamente, el peronismo, objeto de su ira, se promulgó aquél inolvidable y ridículo Decreto 4161 que, de no haber sido por lo trágico de sus consecuencias, resulta patético. Vieja y primita costumbre argentina: el nuevo en el poder aplasta y destruye todo lo hecho por el opositor.

La reacción frente al movimiento golpista fue la formación de un grupo de oficiales (pocos), suboficiales y civiles que se aprestaron a poner manos a la obra para volver todo al cauce institucional. La Proclama revolucionaria del Movimiento de la Recuperación Nacional, suscrita por los generales Valle y Tanco, iba a ser leída cuando se pusieran en marcha los engranajes del movimiento gestado.


Expediente judicial, "s/víctima de homicidio"

De allí que grupos de civiles, convocados ad hoc, se reunieran en distintos lugares a la espera de la señal convenida para recuperar el poder. Según Troxler “En cada lugar se emprendía la realización de panfletos, de pintadas y también de acciones violentas, todo acorde con la característica de cada compañero, dispuesto a encarar una u otra tarea. Era una forma de resistir a los usurpadores [...sin embargo] No hubo ningún plan a nivel gremial o político para organizar la defensa.

Nadie compartía la creencia de que iban a darse males mayores. La gravedad de los sucesos del 55 nos debía haber advertido - yo estuve presente en el bombardeo de Plaza de Mayo- que estos asesinos, uniformados y civiles, estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de tener el poder. Más aún, los hechos del 55 indicaban fundamentalmente la voluntad de castigar y aterrorizar al pueblo con un baño de sangre ” .

1956

El General Valle confiaba en que la revolución triunfaría sin derramamiento de sangre, que sencillamente, había que hacer que la gente acudiera a la Plaza de Mayo y con su acto de presencia respaldara el regreso de Perón al país. Como en un nuevo “17 de Octubre” la participación popular sería el fiel de la balanza.

Pero las cosas no resultaron así. El coronel (R. ) Desierto Fernández Suárez, Jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires fue el responsable de las detenciones. Civiles y militares en los lugares elegidos para emprender la acción que consagraría el regreso de las instituciones al cauce democrático, fueron cayendo apresados. El jefe de la Unidad Regional de San Martín, era Rodríguez Moreno.

Los grupos de civiles y militares que respondían a Valle fueron cayendo en manos de las fuerzas leales al gobierno golpista que, sin siquiera un juicio sumarísimo y, en muchos casos, habiendo sido detenidos cuando no estaba en vigencia la pena de muerte, fueron fusilados cobardemente.

Es el caso de Troxler, quien fue detenido junto a: Carlos Livraga, Reinaldo Benavídez, Norbero Gavino, Miguel Angel Giunta, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Horacio di Chiano, Rogelio Díaz, Carlos Lizaso, Juan Carlos Torres, Mario Brión, Vicente Damián Rodríguez.

Ese día de junio, Troxler llega a la casa de Florida en que tendrá lugar el comienzo del drama. Cuando llama a la puerta, ésta se abre de golpe y lo atienden un sargento -a quien él conoce- y dos vigilantes quienes le apuntan con sus armas. Troxler apenas se inmuta pues, a pesar de sus 29 años, hay en él cierta vocación militar que lo llevó a ingresar como oficial en la policía bonaerense, si bien, disiente con ciertas prácticas, se retira de la fuerza.

Luego todos los detenidos son subidos a un camión, se les informa escuetamente que serán conducidos a La Plata. La realidad es que ya pesaba sobre ellos la orden de fusilamiento, y en lugar de ir camino a La Plata el destino serán los basurales de José León Suárez. Troxler, quien conoce el lugar, se da cuenta que no los llevan hacia La Plata sino que van en sentido contrario. Por un momento cree que van para Campo de Mayo, pero cuando el camión se detiene en los basulares de José León Suárez, aprovecha cierta estupefacción de los policías que vigilan, para atropellar contra ellos y escapa. La suerte corrida por los demás serían las balas. Pocos sobreviven para contarlo, 7 en total.

El hecho de que Troxler -entre otros pocos- se hubiera salvado, le permitió al periodista Rodolfo Walsh reconstruir los hechos en una insuperable obra que tituló “Operación Masacre” y que, llevada al cine, contó con la participación de Julio quien, además de representar su propio papel, era quien relataba ciertas partes de los hechos.

 
Homenaje

Troxler se exilió primero en Bolivia, pero continuará luego su militancia en la resistencia peronista.

Con la vuelta del peronismo al gobierno, en la provincia de Buenos aires llega a la gestión como gobernador el Dr. Oscar Bidegain, quien simpatizaba con la “Tendencia”, es decir, con el ala izquierda del peronismo. Durante esa gestión Julio Troxler se desempeñará como Jefe de la Policía de la Provincia hasta que renuncia.

El crimen

20 de septiembre de 1974. Julio Troxler fue asesinado en plena calle una mañana de iba a la Facultad de Derecho donde trabajaba. En ese momento tenía 52 años.

Se lo llevaron a Barracas en un Peugeot 504 color negro con cuatro hombres en el interior. El coche ingresó por la calle Arcamendia hasta desembocar frente al elevado paredón de ladrillos que limita con el terraplén ferroviario. En ese momento, los ocupantes del coche lo obligaron a bajar y le ordenaron caminar hacia la calle Suárez en el mismo sentido del vehículo. Julio caminó unos pasos con las manos atadas a la espalda y cayó fulminado por una ráfaga de ametralladora disparada de un auto.

Lo mataron en el pasaje Coronel Rico de Barracas. Horas más tarde un comando de las AAA se atribuía el hecho criminal enviando una foto a la prensa del documento que habilitaba a Julio Troxler a ingresar a la residencia del general Perón en la calle Gaspar Campos de Vicente López. El comunicado de la Triple A decía: “La lista sigue. Murió Troxler y el próximo, para rimar, será Sandler”. Se hacía referencia con esto a una lista que habían difundido con anterioridad con los nombres de Rodolfo Orteña Peña, Curuchet, López, Troxler, Sandler, Sueldo, Bidegain, Cámpora, Laguzzi, Betanín, Villanueva, Firmenich, Caride, Taiana, Añón y Arrostito.

Troxler militaba en espacio del peronismo revolucionario en el que se encontraban, además, Envar el Kadri, William Cooke y Gustavo Rearte.

Troxler, una de las víctimas de la Triple A, es hoy una de las claves que sigue la Justicia para citar a Isabel Martínez de Perón en el marco de la causa judicial por los asesinatos de dicha organización.

Fuente: www.loquesomos.org



Esa mujer, militante desde los tiempos de la resistencia

Fue la compañera de Julio Troxler, un referente histórico de la lucha contra la autodenominada Revolución Libertadora, que salvó su vida milagrosamente de los fusilamientos de José León Suárez y terminó asesinado por la Triple A. A los 91 años, la mujer no descansa. En una charla con EL DIARIO recorrió algunos momentos de aquella historia y también de su relación con el cura que vivió en Concordia, condenado por crímenes de lesa humanidad.

Por Juan Cruz Varela

La mujer habla rápido y salta con mayor velocidad de un tema a otro. A los 91 años tiene la vitalidad de pocos y discute con total desparpajo. Calza un equipo deportivo y lleva el cabello rubio bien arreglado. Cada gesto resalta aún más sus ojos grandes y dejan ver un celeste luminoso.

Aunque su apellido mueve los recuerdos hacia otro lado, Leonor Von Wernich es la viuda de Julio Troxler, ícono de la resistencia peronista y uno de los sobrevivientes de la operación masacre de 1956. “Somos parientes con el mamarracho ese”, dice refiriéndose a Christian Von Wernich, el ex capellán de la Policía Bonaerense que purga una condena por crímenes de lesa humanidad. “Su abuelo y el mío eran hermanos. Nosotros somos primos, pero nunca tuvimos trato, por suerte. ¡Y lo que he luchado contra ese desgraciado!”, exclama.

 
Los fusilamientos de José León Suárez de junio de 1956. Fragmento de La Hora de los hornos, Fernando Solanas (1968).

Llegó hace una docena de años a Paraná y hoy vive con una cuñada. En el camino quedaron Rodolfo y Milena, sus hermanos, hijos de Dora Ponce de León, maestra de oficio, y Federico, un padre ausente.

RESISTENCIA. “A Julito lo conocí en la cárcel de Olmos”, cuenta. “Nosotros teníamos un grupo de compañeras con las que visitábamos a los detenidos políticos que estaban solos. Un día fuimos a visitar a John William Cooke y él me dijo que había compañeros presos políticos, que no tenían familiares, entonces a mí me pusieron como visitante de uno de ellos. Ahí lo conocí. Lo sacaron del pabellón, lo trajeron a un salón y conversamos un rato”, rememora.

Era el año sesenta y pico y Troxler, Julito, como lo llamará a lo largo de toda la charla, ya era un sobreviviente. Vivía clandestino entre Bolivia y la Argentina desde que salvó su pellejo de la masacre ordenada contra un grupo de militantes peronistas que se había levantado contra la autodenominada Revolución Libertadora y para restituir a Perón.

Leonor ya habitaba la casa que luego compartirían, en calle Julio Argentino Roca 1444, en Vicente López, la misma a la que ahora quieren renombrar como Julio Troxler. Su madre le había inspirado la pasión peronista. “La mujer estaba desprotegida por completo en ese tiempo y ella empezó a escuchar a ese militar, hasta que comenzamos a tomar contacto con unidades básicas y con militantes peronistas”.

La segunda vez que vio a Troxler fue en su casa. “La situación era comprometida. Julito y sus compañeros estaban clandestinos y las familias los acogíamos en las casas. A mí me tocó recibirlo y empezamos a tener más intimidad, hasta que finalmente formalizamos”.


El Auténtico Nº 2, octubre 1975

MILITANCIA. No toma café, pero ahora lo hace para hacer honor a quien está de visita. “Lo que estoy perdiendo un poco es la memoria”, dispara cuando algún dato le hace una finta y huye de su relato. Entonces cambia de tema. En ese ir y venir dialéctico llama la atención la permanente utilización del “tu” para hablarle a su interlocutor.

–¿Cómo era la militancia en los tiempos de la resistencia?
–Yo militaba fuertemente en la rama femenina, en un grupo que se llamaba Montoneras de Perón; actuábamos en unidades básicas y en todo lo que hiciera falta. Además, había un grupo de intelectuales que conformaban el gran consejo coordinador del peronismo revolucionario, entre los que estaban Andrés Framini, que era secretario general de la Asociación Obrera Textil y llegó a ser electo gobernador de Buenos Aires en 1962, cuando el peronismo estaba proscripto; Raimundo Ongaro, que representaba a los trabajadores gráficos; y el escritor y político Juan José Hernández Arregui, que también nos guió mucho en esta lucha, sobre todo por la reivindicación de una conciencia nacional. Por esas luchas varias veces nos metieron presas y otras tantas nos allanaron, pero nunca nos torturaron.


Audio: LT14 Radio General Urquiza AM 1260, Octubre 2010

DOLOR. Restaurada la democracia, Julio Troxler se desempeñó como Jefe de la Policía de Buenos Aires durante la gestión como gobernador de Oscar Bidegain, hasta que dejó el cargo tras un intento de copamiento a la guarnición militar de Azul, el 19 de enero de 1974. “A los tres meses tuvo que renunciar por el bombardeo constante que recibía. Nos tiraban de todo, no se podía gobernar y entonces renunció”, recordó Leonor.

Sin embargo, Troxler continuó con su militancia. Fue delegado de Perón en Mar del Plata hasta que accedió a un cargo docente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. “En eso estaba cuando lo mataron. Fue una monstruosidad. Matarlo a Julito como lo mataron. Lo levantaron cuando bajaba del colectivo. Eran como las 12.30. Llegaron tres automóviles y bajaron cinco personas. Lo obligaron a subir en un auto color negro, lo hicieron poner con la cabeza abajo en el fondo y marcharon hasta los paredones del ferrocarril, en Barracas. Lo mataron y lo dejaron tirado ahí, a plena luz del día, con una tarjeta que decía ‘por bolche y mal argentino’. Porque todos éramos bolches”.

Las palabras le salen como frases sueltas, mezcladas con impotencia y dolor pero sin resentimiento. Así recuerda Leonor ese 20 de septiembre de 1974. El crimen fue perpetrado por la Triple A.


Mensaje del General Perón al cumplirse dos años de los fusilamientos de junio de 1956.

–¿Como siguió su vida después?
–Seguí luchando, más todavía, pero siempre en forma clandestina. Cuando lo mataron a Julito perdí la voz durante un tiempo. Dicen que siempre que pasa algo grave el cuerpo lo sufre de distintas maneras.

–¿Y hoy cómo lo recuerda?
–Lo recuerdo permanentemente como una persona a la que no podían desviar. Nadie lo compraba y por eso lo mataron. Cuando a Julito lo mandaban como representante a algún lado, viajaba en segunda, para no gastar, porque estábamos en la resistencia. Es que al dinero pocos se resisten, y él estaba con el pueblo, con el pueblo trabajador.

Cristina

El anteúltimo fin de semana de noviembre la encontró en San Pedro, donde la Presidenta de la Nación encabezó el acto por el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración por la Batalla de la Vuelta de Obligado.

“Estoy a muerte con Cristina, la admiro profundamente, porque es de una inteligencia preclara. Mirá cómo nos lleva con esto de la debacle económica mundial, algo que nosotros ya pasamos con Menem por toda la entrega que hizo”, afirma sin dudar.

Todos los días lee Página/12 y no se pierde ninguna emisión de 6-7-8, el programa de la televisión pública. A veces algún libro logra atrapar su atención. El jardín y las plantas del fondo también la entretienen de vez en cuando. Así pasa los días Leonor von Wernich, que a los 91 sigue siendo una militante.

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Julio Troxler, una tragedia argentina

Por José Pablo Feinmann

LA INGENUIDAD DE VALLE

Hay ingenuidad en la revolución de Valle. En él mismo sobre todo. Pareciera no haber puesto en la balanza la adhesión poderosa de las clases medias y de los sectores intelectuales y académicos para con la Libertadora. Si Valle pensaba que una masa incontenible de obreros peronistas se sumaría a él, ese error era mayúsculo. En junio de 1956 era más probable que se movilizaran los sectores ligados al catolicismo, al Cristo Vence, los empleados que esperaban prosperar en el nuevo gobierno, los que estaban hartos del estilo agobiantemente personalista de Perón, los intelectuales, los radicales, los socialistas, los comunistas, que las masas peronistas que permanecían en la misma desorganización en que Perón las había mantenido. No era el momento de una revolución a la luz del sol. No era el momento de un paseo triunfal hasta la Plaza de Mayo (al estilo del de Uriburu y sus cadetes), tampoco el de una simple proclama que arrancara de sus barrios oscuros, humillados, sometidos a la persecución de la policía aramburista, a los obreros beneficiados por el régimen peronista. Siempre conocedor de los hombres y las coyunturas, siempre zorro y, más aún, viejo, el general se había opuesto al intento de Valle. Van al muere, era su pronóstico. Valle y los suyos pensaban que Aramburu y Rojas eran unos cobardes, que no afrontarían una sublevación, que el golpe del `55 era fruto del coraje de Lonardi. Era increíble que desconocieran el odio del antiperonismo. El desplazamiento de Lonardi abrió paso, justamente, al odio gorila, que no es para desdeñar. Ha tenido y tiene una fuerza poderosa en la Argentina. Sobre todo cuando identifica al peronismo con esa fuerza maligna a la cual suele asociarlo: el peligro comunista. El odio gorila razona así: si el peronismo se mantuviera en sus posiciones podríamos contenerlo, incluirlo, no reprimirlo. Pero, al ser un movimiento de masas, al representar a la negritud de este país, aun cuando siempre contemos entre sus filas con fascistas que adherirán a nosotros en un enfrentamiento definitivo, el peligro de este maldito movimiento que tanto persevera es que surja de él el comunismo. O, en nuestros días, el populismo latinoamericano, enemigo de Estados Unidos, partidario de los juicios contra los "héroes de la lucha contra la subversión" e, incluso, partidario de una investigación sobre la Triple A (y esto viene de parte del mismo peronismo) que podría llegar a tocar la intocada e intocable figura de Perón. Créase o no, es a la derecha argentina en totalidad a la que no le interesa que se "toque" a Perón. Los trabajos sucios que hizo la Triple A y que podrían involucrar (en principio en su faceta permisiva) a Perón involucrarían al Ejército Argentino, pues todo lo que la Triple A hizo estuvo avalado por el establishment. Basta recordar (ya nos detendremos sobre esto en su momento) la Meditación del elegido con que Mariano Grondona fundamenta públicamente las acciones terroristas de López Rega, hacia fines de 1974 en Carta política.


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Valle estaba muy lejos de conocer ese odio. Debió haberlo conocido luego del bombardeo del 16 de junio, pero parecía creer más en la movilización instantaneísta de la clase obrera que en los que sostenían las banderas de la Iglesia, el Ejército, las clases medias y el resto del país que había tirado a Perón y que todavía mantenía la sensación de su triunfo, la convicción de sostenerlo y el odio con que lo había llevado a cabo. Era impensable un "paseo" hacia la Plaza de Mayo, concentrarse ahí y exigir el regreso del líder. Se habría producido un nuevo y más sanguinario 16 de junio. En el diario La Prensa del 13 de junio se recogían las declaraciones que, la noche anterior, ante un grupo de periodistas, en el mismo momento en que Valle era fusilado, había formulado el ministro de Ejército, general Arturo Ossorio Arana: "El asesinato, incendio o destrucción de vidas, iglesias y otros bienes de la colectividad, señalan el camino a un estado anárquico total con estrecha semejanza al propugnado por la revolución social comunista. La represión firme, ecuánime y serena de las fuerzas armadas y en particular la noble reacción del ejército anularon el movimiento. La objetividad con que fue informada la institución y la opinión pública sin deformaciones, hablan de una confianza absoluta en los valores morales del ejército y de la ciudadanía consciente y libre" (La Prensa, 13/6/56. Citado por Ferla, Ibid., p. 135, cursivas mías.) Lo cual situaba a un católico como Valle del lado del ateísmo marxista-leninista soviético.

Valle también ignoró que la Libertadora manejaba todos los medios de difusión, o, sin duda, los decisivos. Que en los teatros se daban obras satíricas sobre el peronismo, Perón y Evita. Que se exponían al público joyas, tapados de piel, medallas, todo tipo de objetos de lujo que se atribuían al despilfarro, al robo descarado de la pareja presidencial. Que se hablaba sin cesar de los hurtos de Juan Duarte (muchas veces veraces). Que actores como Leonor Rinaldi y Pepe Arias eran ídolos nacionales. Que en La Revista Dislocada, "la gran creación cómica de Delfor", en la que colaboraba el humorista rabiosamente antirrojo Aldo Cammarota, que terminó viviendo en Miami, los chistes se descargaban sobre el "régimen depuesto". La clase media y la clase alta vivían envueltas en un clima de júbilo y hasta de exaltación que probablemente las hubiera llevado a una defensa activa del gobierno de facto. Valle no pensaba que esta posibilidad era más via- ble que el alzamiento de unas masas obreras desalentadas, agredidas, que recibían el desdén de los poseedores y la burla sobre todo aquello en que habían creído en los últimos años. Además, ¿cómo sabía Valle que Perón habría de volver? No es casual que Perón se haya opuesto al golpe. No estaba repuesto aún. Necesitaba elaborar su derrota y juntar coraje para ponerse de nuevo al frente de un movimiento, el que Valle ponía en sus manos, que esta vez enfrentaría a adversarios temibles y sanguinarios a los que Perón respetaba en su justa medida y todavía un poco más.

El 29 de enero de 1974 la Triple A difunde en Buenos Aires una “lista negra” de personalidades que “serán inmediatamente ejecutadas en donde se las encuentre”. La lista incluye a Hugo Bressano (Nahuel Moreno, dirigente del PST), Silvio Frondizi, Mario Hernández, Gustavo Roca y Mario Roberto Santucho (dirigentes del PRT/ERP); los dirigentes sindicales Armando Jaime, Raimundo Ongaro, Rene Salamanca (PCR) y Agustín Tosco; Rodolfo Puiggros – ex rector de la UBA – Manuel Gaggero (director del diario El Mundo), Roberto Quieto (dirigente de FAR y luego de Montoneros), Julio Troxler ex subjefe de policía de la Pcia. de Buenos Aires y cercano al Peronismo de Base; coroneles Perlinger y Cesio, Monseñor Angelelli; senador nacional Luís Carnevale y otros, la mayoría de los cuales serían asesinados en el futuro cercano.

Valle se despide de su hija Susana y se dirige hacia el pelotón de fusilamiento. Lo fusilan en la cárcel de la Avenida Las Heras, donde ahora hay un espacio verde en el que algunos chicos juegan y algunos mayores hacen jogging para bajar de peso o para escaparles a los infartos. Citemos la prosa emocionada, algo cándida (en medio de tanto terror, de tanta crueldad) de Salvador Ferla: "Así pasa Valle a la inmortalidad. Así entra este héroe y mártir, esta gloria auténtica del Ejército Argentino al reino de Dios, allí donde no existen la crueldad ni el odio ni la calumnia. Hermano de Dorrego y Peñaloza, representante de una Argentina ¡por centésima vez vencida!" (Ferla, Ibid., p. 134). Sin embargo, ese reino de Dios en el que Ferla II asegura entrará Valle era propiedad de los Libertadores. La Iglesia no hizo nada por impedir los fusilamientos. "Aramburu y su ministro del Interior informaron que habían secuestrado instrucciones de los rebeldes para tomar casi todas las iglesias y colegios religiosos del país y fusilar a los sacerdotes y monjas que se resistieran (...) El arzobispo de La Plata, Antonio Plaza, participó de la `ceremonia patriótica' organizada frente al Departamento de Policía para agradecer `la ejemplar conducta' de sus tropas durante la sublevación. En Rosario, Caggiano visitó al comandante del Cuerpo de Ejército, general José Rufino Brusa, en cuya sede aún había personas detenidas. Si fue a pedir clemencia, no lo hizo público ni se conocen documentos que lo indiquen" (Horacio Verbitsky, La violencia evangélica, Tomo II, "De Lonardi al Cordobazo (1955-1969)", Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2008, p. 45/46). El Reino de Dios es de quienes poseen el poder. Ellos no desean entrar a ese reino sino que envían ahí a quienes son sus enemigos. Lo hacen con suma frecuencia en nombre de ese Reino, de ese Dios, de ese Culto. Dios no pareciera decidirse a ser justo como lo creía Lonardi. Notable cuestión: Aramburu creía que Dios era justo porque él fusilaba a Valle. Valle creía que Dios era justo porque lo acogería en su Reino y echaría una eterna maldición sobre sus asesinos. La Iglesia, como siempre, consideraba que Dios era justo, pero a veces con unos y a veces con otros, de acuerdo con sus propios intereses. Cuando Dios favorecía a los que la Iglesia apoyaba ­como en el caso de Aramburu al fusilar a Valle­ Dios era justo con los amigos de la Iglesia. Cuando no lo era, lo sería pronto. O habría que luchar para lo fuera. Pues "Dios" es una formidable rúbrica que suelen ponerse a sí mismas las revoluciones de base clerical, oligárquica, que han triunfado. Para desgracia de Valle, Dios no estaba en la Penitenciaria de Las Heras la noche en que lo fusilaron. (Nota: En la película que Richard Brooks hizo sobre la nonfiction novel de Truman Capote, A sangre fría, en la escena final están por ahorcar a los asesinos de la familia de farmers. A uno lo suben al cadalso, le ponen la cuerda alrededor del cuello y el tipo ya siente la trampa que se abrirá bajo sus pies. Hay un sacerdote, a su lado, que reza. El hombre lo mira. El frío es cruel. Le pregunta: "Padre, ¿está Dios en este lugar?" ¿Estaba cuando fusilaron tan indecentemente a Valle?)


Envar El Kadri junto a Julio Troxler

LA CARTA DE VALLE Pero los crímenes no suelen quedarse en el pasado. Siempre hay algo que los arroja hacia el futuro. Valle, para desgracia de Aramburu, escribe una Carta. También las había escrito Dorrego, cuando esperaba los fusiles de Lavalle en los campos de Navarro. Las de Dorrego le sirvieron a Rosas para imponer mayor dureza a su régimen. Respondía a la dureza con la dureza. Las cartas de Dorrego habían pedido que esto no ocurriera. Escribe a su hija Angelita: "Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; mas la providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí". Otra carta: "Mi querida Angelita: te acompaño esta sortija para memoria de tu desgraciado padre". Otra: "Mi querida Isabel: Te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre". Otra más: "Sed católicos y virtuosos, que esa religión es la que me consuela en este momento". Otra: "Mi vida: Mándame hacer funerales y que sean sin fausto. Otra prueba de que muero en la religión de mis padres". Y la última, fechada en Navarro en 1828, y dirigida al Señor Gobernador de Santa Fe, Don Estanislao López, es de notable importancia: "Mi apreciable amigo: En este momento me intiman morir dentro de una hora. Ignoro la causa de mi muerte, pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Cese usted por mi parte todo preparativo y que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre" (cursivas nuestras).

La Carta de Juan José Valle no será tan magnánima. Es dura. Algo está pidiendo. No le augura a su verdugo un futuro de felicidad. No tiene el aire calmo, pleno de bondad y de religiosidad de Dorrego. Es una Carta conocida pero añadiremos algo: la Carta de Valle se liga con la Carta de Walsh. Las liga el arbitrio del crimen aleve, la falta de juicio, decidir fusilarlo antes de que estuviera proclamada la Ley Marcial. Basura. La Historia pasa por los patios húmedos, nocturnos de las penitenciarias, la muerte es clandestina. La Carta de Valle será, a la vez, la Carta de Valle y la condena de muerte de Pedro Eugenio Aramburu, su ejecutor, que no dudó un instante, que buscó el escarmiento, demostrar la dureza de la Libertadora y que nadie más se atreviera a lanzarse a una aventura revolucionaria como Valle. La Carta dice: "Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanque de ustedes antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no. Han querido ustedes escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo (...) Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas, verán en mí a un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan". Ahora leamos cuidadosamente los párrafos que siguen. Late en ellos el reclamo de la venganza, o el vaticinio del seguro asesinato de Aramburu, Rojas y los victimarios de junio: "Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos bajo el terror constante de ser asesinados (...) Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos las III dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror (...) Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes". Valle concluye con una frase de unidad que más suena a forma que a sincera convicción: "Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la Patria. Juan José Valle, Buenos Aires, 12 de junio de 1956". Entre tanto, Aramburu metía en la cárcel a miles de trabajadores, reprimía con ferocidad cada huelga que pugnaba por producirse y torturaba en todo el territorio de la República.


Primer homenaje a los fusilados en José León Suárez en 1958: Están presentes Eriberto Peralta, Julio Troxler y Jaime González Polero. Foto gentileza de http://institutonacionaljuanmanuelderosas.blogspot.com.ar

Las figuras de Valle y Tanco serán retomadas tanto por el catolicismo que dará origen a Montoneros como por la izquierda marxista, que se incluía en la tradición de John William Cooke (un gran lector de la Crítica de la razón dialéctica de Sartre y amigo del Che y hasta miliciano de la Cuba revolucionaria). Esta condición bifronte de la JP se inclinará hacia su cara socialista. Sobre todo cuando los chicos católicos del montonerismo temprano se relacionen con las FAR y empiecen a enterarse de las ideas esenciales del marxismo. Pero Valle y Tanco eran católicos. En la Carta del primero se lee claramente la frase "un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país". De este modo, los primeros que se apropian de Valle y Tanco son los muy belicosos muchachos de Tacuara. En el comedor de la Facultad de Derecho, hacia 1961, entra una pandilla de jóvenes con cadenas y manoplas al grito de "¡Vivan los generales Valle, Tanco y Cogorno!" Bajo este grito se consagran a moler a cadenazos a todos los "zurdos" que había en el lugar, a los cuales tenían bien ubicados. Eran los tiempos de Tacuara, un grupo numeroso de jóvenes de las clases altas, nacionalistas, antisemitas, vagamente peronistas y claramente nazis. Temibles, brutales, solían poner bombas en sinagogas. Cierta vez dialogué, muy tensamente, con uno que tenía un muñón envuelto en cuero. Le había explotado una bomba en la mano. Era un fanático ultracatólico, peinado a la gomina, admirador frenético de don Juan Manuel de Rosas, de la Alemania nazi, antisemita cruel y ya cerca de un peronismo que daría como figura más notoria al aventurero Joe Baxter, de quien nos ocuparemos. Estas pandillas se peinaban con mucha gomina, el pelo bien tirante hacia atrás, saco azul y pantalón gris. Durante esos días, la gomina Glostora sacó por la tele un comercial que los aludía: un tacuarita, sonriente, se pasaba la mano por el pelo brillante, bien peinado a la gomina y hacia atrás y el locutor del comercial decía: "Glostora, como te gusta a vos, Juan Manuel". Se fueron raleando en pocos años, entraron en los sectores católicos del peronismo, pero fueron superados por los jóvenes socialistas, que impusieron sus lecturas y sus consignas. Es cierto que el socialismo de la JP estaba alimentado por lecturas del revisionismo histórico ­también asumidas por los de Tacuara­, pero ellas convergían hacia una unidad con el socialismo tercermundista. Como sea, todo esto contribuye a la multiplicidad ideológica del peronismo, a sus mil caras posibles, que Perón alimentó siempre. Salvo a partir de junio de 1973, cuando optó por la derecha, por una derecha violenta, contrainsurgente y parainstitucional cuya trágica historia tenemos por delante. Aunque, a partir de aquí, y para narrar el triste asesinato de Julio Troxler, tendremos que acudir a ella.


Escena en los basurales de León Suárez de La hora de los hornos (1968) de Fernando Solanas.

HABLA JULIO TROXLER

De la matanza de José León Suárez ­según vimos­ se salvaron varios. Entre ellos, Julio Troxler. En 1971 lo encontramos colaborando con Rodolfo Walsh y Jorge Cedrón en el film Operación Masacre, que se basa en los hechos de José León Suárez que Walsh narrara. "La filmación (escribe Walsh) se realizó en condiciones de clandestinidad que la dictadura de Lanusse impuso a la mayoría de las actividades políticas y a algunas artísticas (...) La película se terminó en agosto de 1972. Con el concurso de la Juventud Peronista, peronismo de base, agrupaciones sindicales y estudiantiles, se exhibió centenares de veces en barrios y villas de Capital e interior, sin que una sola copia cayera en manos de la policía (...)

En la película Julio Troxler desempeña su prolijo papel. Al discutir el libro con él y con Cedrón, llegamos a la conclusión de que el film no debía limitarse a los hechos ahí narrados. Una militancia de casi veinte años autorizaba a Troxler a resumir la experiencia colectiva del peronismo en los años duros de la resistencia, la proscripción. Y la lucha armada.

"La película tiene pues un texto que no figura en el libro original. Lo incluyo en esta edición porque entiendo que completa el libro y le da su sentido último" (Walsh, Ibid., p. 181/182). Troxler es el narrador de todo el film. Y hace su propio papel. Al final, se planta frente a cámara y dice un largo texto de gran riqueza, de gran patetismo, de gran dolor. Dice Troxler: "Yo volví de Bolivia, me metieron preso, conocí la picana eléctrica. Mentalmente regresé muchas veces a este lugar. (Troxler habla en José León Suárez, durante un amanecer, JPF.) Quería encontrar la respuesta a esa pregunta: qué significaba ser peronista. "Qué significaba este odio, por qué nos mataban así. Tardamos mucho en comprenderlo, en darnos cuenta de que el peronismo era algo más permanente que un gobierno que puede ser derrotado, que un partido que puede ser proscripto. "El peronismo era una clase, era la clase trabajadora que no puede ser destruida, el eje de un movimiento de liberación que no puede ser derrotado, y el odio que ellos nos tenían era el odio de los explotadores por los explotados. "Muchos más iban a caer víctimas de ese odio, en las manifestaciones populares, bajo la tortura, secuestrados y asesinados por la policía y el ejército, o en combate. "Pero el pueblo no dejó nunca de alzar la bandera de la liberación, la clase obrera no dejó nunca de rebelarse contra la injusticia. El peronismo probó todos los métodos para recuperar el poder, desde el pacto electoral hasta el golpe militar. El resultado fue siempre el mismo: explotación, entrega, represión. Así fuimos aprendiendo. "De los políticos sólo podíamos esperar el engaño, la única revolución definitiva es la que hace el pueblo y dirigen los trabajadores. Los militares pueden sumarse a ella como individuos, pero no dirigirla como institución. Porque esa institución pertenece al enemigo y contra ese enemigo sólo es posible oponer otro ejército surgido del pueblo. "Estas verdades se aprendieron con sangre, pero por primera vez hicieron retroceder a los verdugos, por primera vez hicieron temblar al enemigo, que empezó a buscar acuerdos imposibles entre opresores y oprimidos. La marea empezaba a darse vuelta, las balas también les entraban a ellos, a los torturadores, a los jefes de la represión. "Los que habían firmado penas de muerte sufrían la pena de muerte. Los nombres de nuestros muertos revivían en nuestros combatientes. Lo que nosotros habíamos improvisado en nuestra desesperación, otros aprendieron a organizarlo con rigor, a articularlo con las necesidades de la clase trabajadora, que en el silencio y el anonimato va forjando su organización independiente de traidores y burócratas, la larga guerra del pueblo, el largo camino, la larga marcha, hacia la Patria Socialista" (Walsh, Ibid., p. 183/ 184)


 Durante la jura como subjefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires

Troxler ha enunciado las bases programáticas de la izquierda peronista. El pueblo protagonista hegemonizado por la clase trabajadora, la organización de base, la reivindicación del "aramburazo" ("los que habían firmado penas de muerte sufrían la pena de muerte"), la guerra popular prolongada ("la larga guerra del pueblo") y la Patria Socialista. Observemos algo sustancial: en ningún momento, en el texto, se nombra a Perón. Ni siquiera se menciona como consigna de lucha "el regreso incondicional del general Perón a la patria", que era una frase que decían todos, que se decía sola, que no había quien no la incluyera en un programa revolucionario. Es un vacío estridente. En la fecha en que el texto se escribe ningún grupo (ni siquiera el peronismo de base, que manejaba una alternativa independiente a la conducción de Perón) habría obviado la mención del regreso de Perón pues era la más movilizadora de las consignas. Era lo que quería el pueblo peronista. Lo quería traer a Perón. Este punto, en un texto que seguramente escribió Walsh pero con Troxler y Cedrón muy cercanos, es una rareza. El "Perón Vuelve" seguía siendo la consigna que daba unidad a todo el peronismo.

"SALUD, COMPAÑERO TROXLER"

Cuando asume Cámpora, Oscar Bidegain llega a la gobernación de la provincia de Buenos Aires y nombra a Troxler jefe de Policía. Bidegain era un tipo más que cercano a la Tendencia Revolucionaria, de modo que la provincia de Buenos Aires podía ser considerada como uno de esos territorios que el sector juvenil del Movimiento Justicialista tenía bajo su comando. Cuando a fines de julio la JP organiza una enorme movilización para ir hasta la Quinta de Olivos y rodearla con el propósito manifiesto de "romper el cerco del brujo López Rega", es Troxler el que asegura el orden, el que les da a los militantes de la Tendencia la seguridad de que no serán atacados por los grupos del matonaje de la derecha peronista, sobre todo el Comando de Organización de Alberto Brito Lima. La certeza era: el compañero Troxler nos cubre. Sólo algunos señalamientos sobre esa jornada: la JP rodea la Quinta y durante cerca de media hora o más, rabiosamente, ruge la consigna: "Perón/ Perón/ el pueblo te lo ruega/ queremos la cabeza del traidor de López Rega". Fue un acto dionisíaco. Muy especialmente si tenemos en cuenta que lo dionisíaco ­tal como Nietzsche lo entiende­ es la osadía de perder la individuación en la embriaguez del grupo. Eso pasó en el operativo Gaspar Campos. (Acaso alguien sonría. O diga: qué locos estaban esos pendejos. Puede ser. Pero, ¿usted nunca se volvió loco por nada? ¿Nunca perdió la individuación en un acto colectivo de características dionisíacas? Qué pena.) Perón recibió a la conducción de la Tendencia y les prometió una serie de cosas que, desde luego, no pensaba cumplir. Al día siguiente, haciendo gala de un cinismo impecable, lo nombró a López Rega como enlace entre él y la Juventud Peronista. Pero no es ésta la cuestión. Cuando la militancia se retiraba por la parte de atrás de la Quinta apareció un tipo alto, al que apenas se veía porque ya era de noche. Pero todos supieron quién era. "Salud, compañero Troxler", le dijeron. Troxler saludó haciendo la V peronista. Luego, todo siguió su curso. La derecha peronista esperaba descabezarlo. A él y a Bidegain. Pero no era fácil. Bidegain había ganado bien en la provincia de Buenos Aires. La derecha ya quería reemplazarlo por Victorio Calabró. Pero algún motivo tenía que tener. Ese motivo se lo dio uno de los personajes que más daño le ha hecho a la causa popular en la Argentina. El que atacó el cuartel de La Tablada en plena democracia. Enrique Gorriarán Merlo. Que, en enero de 1974, también en plena democracia, en la provincia de Buenos Aires, donde se contaba con un gobernador adicto al que era muy difícil deponer, ataca la Guarnición de Azul. ¡Qué festín para la derecha! ¡Qué excepcional regalo! ¡No podían esperar nada mejor! Acababan de recibir en bandeja el motivo para descabezar a Bidegain y a Troxler. Ese motivo se lo había entregado la torpeza, la soberbia, el desdén absoluto por la política de masas de Gorriarán Merlo.

El error de Gorriarán hará posible (o acelerará) el asesinato de Troxler. En tanto era jefe de Policía de la Provincia estaba cubierto. Al menos no había recibido la bofetada histórica que Perón habrá de pegarles a él y a Bidegain, poniéndose para la ocasión y por primera vez el uniforme de teniente general. Troxler, con la desautorización de Perón, que lo acusa de "desaprensión" ante los "grupos terroristas" que vienen actuando en la provincia de Buenos Aires, queda devaluado como peronista, señalado, además, como colaborador de la guerrilla. No habrá de ser casual que la Triple A lo ponga entre los primeros lugares de sus listas. ¡Salvarse de los gorilas en José León Suárez y venir a morir a manos de los fachos del peronismo en una calle de Barracas! Pobre Troxler. Pobre país.

Colaboración especial: Virginia Feinmann, Germán Ferrari.

Suplemento especial de Página|12 de la serie "Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina" (2010)

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Los restos de Julio Troxler descansan en Entre Ríos

Los restos del militante peronista Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez en 1956 y asesinado por la Triple A en 1974, fueron sepultados ayer (30/11/12) en el cementerio Parque de la Paz en la localidad de San Benito, luego de que, cumpliendo la voluntad de su viuda, la entrerriana Leonor Von Wernich, se dispusiera su traslado desde Vicente López, provincia de Buenos Aires.

Hombres y mujeres del peronismo se acercaron hasta la necrópolis a acompañar a la viuda, que tiene hoy 94 años y es considerada un emblema de la militancia. Estuvo Porfidio Calderón, custodio de Juan Domingo Perón y héroe sobreviviente del levantamiento encabezado por el general Juan José Valle contra el gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu que terminó con más 30 civiles y militares fusilados como represalia por su lealtad al peronismo. También llegó al lugar Daniel Brión, presidente del Instituto por la Memoria del Pueblo (Imepu), hijo de Mario Brión, uno de los muertos en los basurales de José León Suárez, y autor del libro El presidente duerme, donde narra aquellos sucesos.

Luego de depositar en una de las parcelas del parque las urnas con los restos de Troxler y de otros familiares de Leonor Von Wernich que también fueron trasladados, se compartieron adhesiones y mensajes del historiador Norberto Galasso, de Esther El Kadri -madre del mítico Envar Cacho el Kadri y amiga de Leonor Troxler- y de los legisladores nacionales Raúl Barrandeguy y Julio Solanas, entre otros.

ÍCONO. El vicegobernador José Cáceres, que no pudo asistir por estar junto al gobernador Sergio Urribarri en Buenos Aires, envió una carta en la que expresó “el enorme respeto y reconocimiento que tengo, como argentino, peronista y militante, por la vida y ejemplo de Julio Troxler”.
El ministro Pedro Báez, presente en el homenaje, definió a Troxler como “un bronce del peronismo y un ícono de la resistencia, ejemplo para todas las generaciones, al que tuvieron que matar dos veces”.

Daniel Brión realizó una semblanza de Troxler y el dirigente Edgardo Masarotti pidió “honrar a todos los militantes, a los presos, a los desaparecidos, a los fusilados, a los torturados, y especialmente a los pibes que militan por esta causa, que son el mejor mensaje que podemos dar”.
Leonor Troxler expresó su agradecimiento a todos los presentes y a quienes la ayudaron en las gestiones para el traslado de las urnas. “Tenemos que resistir, pero alegremente, porque es la forma en la que ganamos todos”, propuso sobre el final del homenaje.

Fuente: http://www.eldiario.com.ar/diario/politica/nota.php?id=67097


Palabras de Daniel Brión

Querida Leonor, compañeros:

Julio Troxler nació el 19 de noviembre de 1926 en Florida, Partido de Vicente López, Provincia de Buenos Aires, yo también nací en Florida, a mi viejo y a él se los llevaron de Florida.

A los 18 años ingresó a la escuela de policía bonaerense “Juan Vucetich” y en 1955 se retiró de la institución policial con el grado de oficial inspector.

Tras la caída del gobierno peronista inició su lucha en la resistencia popular contra los gobiernos oligárquicos y entreguistas que sucedieron a aquel.

Por este motivo cayó detenido en octubre de 1955.

Meses después, participó junto a sus hermanos Bernardo y Federico, suboficiales del ejército, en la rebelión que encabezan los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, y que estalló el 9 de junio de 1956, viviendo un episodio memorable cuando pudo escapar de la matanza de José León Suárez, ayudando a escapar a varios compañeros, no puedo salvarlo a Carlitos Lizaso.

Después de esa fuga, pudo refugiarse con su gran amigo Benavídez, también sobreviviente del basural, en Bolivia, desde donde continúa su lucha, al volver, por una delación fue detenido y sufrió nuevamente la prisión y conoció la picana eléctrica.

Por medio de una carta fechada el 16 de octubre de 1958, en ciudad Trujillo, el General Perón delega toda la conducción política y táctica del movimiento peronista en el país en el Consejo Coordinador y Supervisor del peronismo del cual Julio Troxler era uno de sus 15 miembros, fue entre otros, fue un personaje clave en la interconexión de los diferentes grupos, que chequeaban rigurosamente los mensajes recibidos antes de ponerlos en práctica en el conjunto del movimiento peronista.

La lucha recomienza al momento de hacerse evidente que Frondizi no cumplirá lo pactado con Perón. Los grupos de militancia formados en La Plata que habían quedado en un compás de espera, volvieron a accionar.

Luego de la traición frondizista volvió a la resistencia siendo secuestrado, detenido y torturado en varias oportunidades.

Tras el triunfo popular de 1973, fue designado, por el gobernador Dr. Oscar Bidegain, subjefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, cargo del que hizo uso el mismo 25 de mayo ante las autoridades de la Unidad Penal Nº 9 de La Plata para obtener la libertad de los presos políticos. En el desempeño de sus funciones, redobló esfuerzos para hacer del cuerpo policial una institución al servicio del pueblo y no destinada a la represión del mismo. Permaneció sólo 85 días en el cargo.

Luego de un breve pasaje por el diario “Noticias”, en el que se desempeñó como jefe de personal fue nombrado sub-director del Instituto de Estudios Criminalísticos de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, dependiente de la Universidad de Buenos Aires.

El 20 de septiembre de 1974 era feriado, Julio había organizado su día libre para encontrarse con amigos de militancia. Como Envar El Kadri, con el que siempre se citaba frente a la Catedral Metropolitana. Salió de su casa en la localidad de Florida a las 10, caminó tres cuadras, y hasta las 11:30 charló con un compañero en el bar Muky, de la Avenida Maipú y San Martín. Ese compañero lo alcanzó en auto hasta la esquina de Figueroa Alcorta y La Pampa, donde pensaba tomar el colectivo 130 en dirección a la Capital.


El comunicado de la Triple A que anunció la muerte de Troxler. La lista de muertos y amenazados. Clic para ampliar.

La investigación de su asesinato determinó que un Peugeot 504 negro, con cuatro matones de la Triple A, lo levantó en la facultad, y lo llevó atado en el piso hasta el pasaje Coronel Rico, del barrio de Barracas, poco después del mediodía.

Antes de detenerse en el lugar -–desierto, laberíntico, suspendido en el tiempo–, el auto agarró por calles que todavía hoy parecen laberinto de pueblo: Brandsen, Lanín, Arcamendia, y finalmente Rico. Obligaron a que se bajara, a pesar del terrible golpe que le dieron con la culata de una itaca en la cabeza y de estar atado con alambre Julio corrió por su vida, lo cruzaron sobre un paredón con una ráfaga de ametralladora y de itacas, cuatro disparo a la cabeza, para rematarlo.

En un comunicado que circuló a las pocas horas, la Triple A se atribuyó el crimen y escribió a mano: "La lista sigue… Murió Troxler. El próximo para rimar será… Sandler??? Mañana vence el plazo… Adjuntamos lista de ejecuciones. Troxler murió por bolche y mal argentino… Ya van cinco y seguirán cayendo los zurdos, estén donde estén."

En un cuadro inferior, el listado lleva una cruz junto a los apellidos Ortega Peña, Curuchet, López, Varas y Troxler. "Sandler" tiene una cruz y un signo de interrogación.

El cadáver era impresionante en el pecho lo habían cocido con hilo de chanchero. Los agujeros de los balazos eran del tamaño de una moneda de un peso. Le habían tirado con Itaka, parecían misiles.

Troxler militaba en espacio del peronismo revolucionario en el que se encontraban, además, Envar el Kadri, William Cooke y Gustavo Rearte.

Acompañamos hoy a Leonor, esa mujer, militante desde los tiempos de la heroica resistencia, ella fue la compañera de Julio Troxler, un referente histórico de la lucha contra la oligarquia extranjerizante neliberal, ya pasa los 90 años, y esta mujer no descansa, continúa en las luchas por la liberación, continúa en su apoyo a un gobierno nacional, federal y popular. Con humildad militante, pero con la soberbia que sólo pueden conocer los luchadores populares, esa soberbia que engrandece por su trayectoria.

No se cansa de repetir: “Estoy a muerte con Cristina, la admiro profundamente, porque es de una inteligencia preclara. Mirá cómo nos lleva con esto de la debacle económica mundial, algo que nosotros ya pasamos con Menem por toda la entrega que hizo”, afirma sin dudar.

Leonor, hoy estamos todos aca, juntos militando, uniendo nuestras voces por el querido Julio, cuando participó en la película Operación Masacre de Cedrón Julio Troxler dijo al acercarse a quien representaba a mi padre asesinado, “…de Mario Brión nunca podré olvidarme”, hoy yo te digo querida Leonor, de Julio Troxler yo tampoco podré olvidarme.

Pido a todos se unan en mi grito:

COMPAÑERO JULIO TROXLER PRESENTE, AHORA Y SIEMPRE

Daniel Brión

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