El show de la humillación

La espectacularización del estigma llega a su apoteosis con Cuestión de peso, ese reality gordófobo que fue cancelado hace unos años y que ahora vuelve a la pantalla de El Trece. Con el aval de un histórico de la tele y su inmunidad como portador de delantal blanco, Alberto Cormillot, los medios se ubican como policías de los cuerpos y resaltan aquello que tanto les gusta: en la vida se puede ser cualquier cosa (femicida, violador, misógino) menos gordx.

Por Sonia Tessa

¿Cuál es el peor insulto en esta era de capitalismo magro? Gordx. Es el pasaporte a la humillación social. Patologización y estigmatización van de la mano cuando se trata de cuerpos fuera de la norma. Es paradójico: sí, son enfermxs –de la patologización depende todo el negocio de las dietas–, pero están así porque quieren. De la culpabilización depende sostener el estigma. Kilos “demás” (más allá de la norma del Indice de Masa Corporal) significa personas infelices, segregadas, canceladas. Ese sentido común tan poco revisado es el que viene a discutir el activismo gordx. Claro que sus voces están muy lejos de la tarde televisiva. Para lo que hay espacio allí es para la rutilante vuelta de Cuestión de Peso, que “con sus pasadas seis temporadas se convirtió en la estrella del imperio Cormillot: un conjunto complejo de dispositivos que lucran con la pérdida del peso y la reducción de la masa corporal”, escribieron Laura Contrera y Nicolás Cuello, autores y compiladores del libro fundacional Cuerpos Sin Patrones (Madreselva), ante esta nueva melaza que apela al morbo, con sus ediciones de terribles historias de vida subrayadas con música melodramática. Así, reducen toda una trayectoria vital al número que cada participante del reality lleva en su remera como único signo de identidad: su peso inicial. El que deben reducir como sinónimo de éxito. Y cuyo incumplimiento significará castigo con –más– humillación. Claro que no se puede culpar a quien espera de la delgadez un pasaporte a la felicidad. Porque eso es lo que se escucha todos los días, todo el tiempo, en cada lugar, porque ser gordx es un pecado mortal.

En la primera emisión, los límites de la canallada se corrieron al infinito. La gran hazaña de esta temporada fue “rescatar” –con Bomberos y todo– a Maxi Oliva, un joven de Lomas del Mirador que fue el primer “campeón” del programa, y hoy (mejor dicho, en enero), con 400 kilos, lleva dos años postrado en una cama. ¿Es la historia de Maxi una convocatoria a repensar las dietas, la posibilidad de preguntarse por qué después de bajar 125 kilos hace diez años hoy está en esa situación? Para nada, el show requiere mostrar sus carnes con lupa y de un “operativo” que lo ponga en una ambulancia como si fuera una cosa. La cosificación alcanza a todxs lxs participantes. Que han llegado allí alentadxs por la meta de ser aceptadxs en una sociedad hostil. Porque el “desafío” de su “salud” requiere que lloren en cámara, que hablen de “sus sueños”, como posibilidad únicamente accesible a partir de la delgadez y sobre todo, que expresen gran magnitud de culpa por estar “como están”.

Vestidos de blanco para subrayar su carácter de autoridad sanitaria, los “profesionales” de la clínica –con Adrián, el hijo de Alberto Cormillot como voz cantante– se la pasan reconviniendo a lxs participantes. Incluso, a Hernán, una de las nuevas víctimas, le recriminaron que hubiera bailado sin hacerse un chequeo médico. Moraleja: si sos gordx, hasta las endorfinas de la danza te son negadas. Pero Fabián Doman, el nuevo conductor y participante número 13 de la competencia, puso un toque entre naif y macrista (que el padre de la criatura sea funcionario del mismo Ministerio de Salud de la Nación que retacea anticonceptivos es más que un dato de la realidad). “Para enfrentar este desafío, hace falta alegría”, preguntó como un niño que busca aprobación a Sergio Verón, el profesor de educación física.

No extraña que justamente este año vuelva Cuestión de Peso. “No nos parece una casualidad teniendo en cuenta el contexto en el que estamos inmersxs. En una realidad marcada por la precarización laboral, por el empobrecimiento generalizado de la sociedad, por la dificultad del acceso a alimentos de calidad nutricional y otros consumos igualmente necesarios, este programa instala una ‘matriz de pensamiento magro’, que nos acostumbra a la escasez, a la restricción, al recorte, a la escisión, a la gestión obsesiva del yo como buenos empresarixs de nosotrxs mismxs, naturalizando e instalando deseos esbeltos, imaginarios fibrosos, modos de vida marcados por el éxito, y proyecciones culturales blanqueadas y pudientes. Como contracara, este tipo de programas ponen a circular representaciones culturales que estigmatizan de forma ansiosa todos los cuerpos que se derraman por fuera de esta norma, validando deseos racistas, capacitistas, reforzando estereotipos de género y sexuales que obturan la libre emergencia de lo diferente”, dicen Cuello y Contrera.

Lo que pasa en la pantalla tiene su correlato en las redes sociales. “Estos gordos lechones no bajan más?”, es sólo uno de los cientos de mensajes agresivos. Muchxs en twitter se lanzan contra esxs sujetxs (¿objetxs?) monstruosxs exhibidos como atracción de circo con sus emociones exacerbadas por la idea de “volver a empezar”, tan funcional al imperio de la dieta. Porque la vida, con unos kilos de más, no es vida. Ser gordx es lo mismo que no ser. “Las conmovedoras historias en las que se basa el reality show pronto se tornarán en humillaciones públicas y culpabilizaciones extremas de quienes no alcancen los objetivos del programa, como hemos visto en las seis temporadas anteriores”, expresaron Contrera y Cuello.

Es necesario amplificar estas palabras: “¡Las personas gordas no tenemos nada que perder!”, dicen lxs activistas. “Hoy nos volvemos nuevamente objetivos de burlas, de llamados al orden, de presiones sociales y de la instrumentalización económica por parte de estos personajes. Nos vemos nuevamente expuestos a ser vulnerados por la insistente violencia de los mandatos sociales que exigen la desaparición de nuestros cuerpos y nuestros modos de vida, pretendidamente poco saludables”, agregan.

Es que casi no se habla del enorme negocio que acompaña esta opresión. Gracias a la ley de obesidad tan festejada, aprobada por la campaña que realizó el programa, en 2008, la “enfermedad” forma parte de las prestaciones obligatorias en salud. Clin, caja. “Desafiamos los preceptos desde los cuales se construye y afirma un sentido común que patologiza a la gordura, naturalizando una opresión de la cual extraen un plusvalor económico las corporaciones médicas de la dieta, como la que encabeza el Dr. Cormillot y tantos más en nuestro país”, dice el texto.

La contracara necesaria es el orgullo de los cuerpos disidentes por una libertad que siempre toma en cuenta el deseo. Así lo dicen lxs activistas: “Si algo tiene que cambiar, es el trato violento con el cual la sociedad se relaciona con la diversidad corporal, y no nuestros cuerpos”.

24/02/17 P/12, Suplemento Las12

 

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