Mujeres encerradas

Manicomios, decálogo de la denigración

Por Josefina López Mac Kenzie y María Laura D’ Amico

En Melchor Romero, a diez kilómetros de La Plata, funciona uno de los tres grandes neuropsiquiátricos estatales de la provincia de Buenos Aires. En un edificio rodeado de un gran parque hay 526 personas internadas; de ellas, 217 son mujeres. Algunas viven ahí desde hace 30, 40 y hasta 60 años. Aisladas, con la memoria de los tratamientos de electroshock y sin derecho a la intimidad, sus destinos están atados a una cuestionada institución que debe desaparecer en el año 2020.

Fotos: María Laura D’Amico

Ella acepta conversar en la penumbra de la sala, mirando hacia una puerta por donde se quiere meter la mañana. Disfruta de observar los pájaros sobre los árboles, y sonríe en ese acto sencillo. Carmen es una de las mujeres con más manicomio encima: acaba de pasar sesenta inviernos en el hospital Alejandro Korn. Es también una de las pocas pacientes que no toman medicación psiquiátrica. Y la única que todos los días deja su sala con algún objetivo: conseguir hilo para bordar, cortar flores de los jardines, hacer mandados. Si tiene plata, compra masas finas en una panadería que queda a unas cuarenta cuadras. Cuando se cansa le pide a algún policía que la devuelva en patrullero, gratis.

−¿¡Qué me va a pasar!? −dice.

Otras mujeres llevan demasiado tiempo alojadas en este neuropsiquiátrico público creado a fines del siglo XIX a diez kilómetros de La Plata, en un predio verde y abierto pensado para transmitir la ilusión de la libertad. América vive ahí hace 43 años; Ana, hace 38; Beatriz, hace 35. Sus nombres reales son otros y la lista es larga.

Casi todas llegaron con “esquizofrenia paranoide” y sin obra social cuando tenían entre 20 y 50 años y eran solteras sin hijos, madres solteras o viudas. Estaban “enfermas de los nervios”. “Trastocaban la vida familiar” con sus conductas. Tenían alguna pena de amor, algún aborto o habían sufrido algún abuso. Ayer “enfermas” y hoy “usuarias” del servicio de salud mental, todavía habitan las salas de pacientes crónicas, soportándose y soportándolo todo, comiendo poco y feo, sin derecho a la intimidad, al silencio, a la soledad.





Para el Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias (GTDA) de la ONU, en historias como éstas existe una privación de la libertad arbitraria. En mayo, después de su segunda visita oficial a la Argentina, el GTDA difundió un informe preliminar que enfoca casos “alarmantes” de personas confinadas hasta 63 años en instituciones “sin perspectivas reales de liberación por carecer de recursos y de redes sociales para vivir en la comunidad”, a pesar de lo que plantean la ley nacional de salud mental y su par provincial, en marcha desde 2013. Este universo incluye las internaciones eternas de personas con padecimientos mentales que salieron del sistema penal. Es el caso de una mujer de 87 años, madre soltera y ama de casa, que en 1984 llegó a Romero desde la cárcel de Olmos, donde estaba presa por homicidio, y aunque obtuvo el alta lleva 33 años en las fauces de la maquinaria psiquiátrica: no tiene a dónde ir.

En otras palabras, aunque no haya más internaciones forzosas y las puertas de Romero −el primer neuropsiquiátrico open-door que tuvo el país− estén más abiertas que nunca, cuando las familias no existen, no pueden o no quieren cuidarlas, estas personas dependen del apoyo del Estado para cruzar el muro. Eso es lo que la ONU le exige al gobierno argentino para concretar un desafío de la envergadura del cierre de los manicomios.

Carmen y los electroshocks. Carmen (85) tuvo una infancia alegre; le gustaba pasear por Villa Domínico, hizo hasta cuarto grado y trabajó en una fábrica de botones hasta que murió su madre adoptiva. No se casó ni tuvo hijos.

El 1º de julio de 1957, hace sesenta años, su hermana la internó en Romero, donde le diagnosticaron “esquizofrenia paranoide”. Otros médicos escribieron: “HISTERIA”. Tenía 24 años y “tendencia al suicidio”. Había estado internada en el Policlínico de Lanús. Al Korn llegó un poco desorientada y preguntando si ahí también la iban a castigar. La respuesta llegó rápido.

En los primeros diez días la sometieron a diez comas insulínicos que para los médicos no dieron resultado. Se le indicó entonces un tratamiento con electricidad. “Luego de practicados varios shock muestra remisión sintomatológica”, escribe alguien en su maltratada historia clínica el 15 de agosto de 1957, y esto motiva su alta. Pero al año siguiente Carmen vuelve al neuropsiquiátrico y eso significa la vuelta a los comas profundos (treinta en total) y a los electroshocks “cada día y medio, hasta completar veinte”. El cóctel de electricidad, insulina y contención mecánica continuó cinco años más.

Medio siglo después, mientras mira los pájaros por la puerta entreabierta de la sala Bejarano y se hace crecer un rodete gris sobre la tapa de la cabeza, ella denuncia esas prácticas con palabras −algunas más comprensibles que otras− y con gestos: las manos en las sienes, la mueca de morder algo duro y el dolor en el rostro. Luego se envuelve con sus propios brazos para recordar que llegó a Romero en ambulancia y “como un matambre”.

−Eso no se hace −repite.

Al parecer se hizo hasta hace poco. Durante una recorrida a pie por el predio una mañana en que la bruma borra las copas de los árboles, una trabajadora del hospital asegura que ella presenció una sesión en 2011. En 2014, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) incluyó “la persistencia de intervenciones como el electroshock” en una extensa presentación judicial sobre condiciones de vida en Melchor Romero que terminó con la intervención de la Dirección Asociada de Psiquiatría de este hospital. Y el año pasado, el Órgano de Revisión Local (ORL) de Salud Mental bonaerense adhirió a una resolución de la Secretaría de Salud Mental de Jujuy que prohíbe la “terapia electroconvulsiva”. Pero algunos profesionales consultados en Romero para esta nota relativizan la demonización de esta práctica: “El tema es el abuso que se hizo de esto acá”, distinguen. Y agregan que, salvo por el impacto visual que produce en los testigos, no es peor que bloquear las emociones de las personas con psicofármacos; llamarlas por el apellido a los gritos; dejarlas sin privacidad; o manejarles los cuerpos con traslados entre salas y modos de vestirse.

−La anulación de ese otro, la masificación, la pérdida de singularidad −resume Andrea Tomasini, trabajadora social del neuropsiquiátrico−. Que sea para todos lo mismo.
 




En seis décadas, Carmen conoció todo este decálogo de la denigración. Por milagro, a su cuerpo ágil y menudo le queda resto para pasear por Melchor Romero, su barrio; un pueblo armado en función del hospital cuando se diagramó la ciudad de La Plata y se fue empujando a esa zona a los locos, a los retrasados mentales y a los presos. Ella sale del hospital todos los días, aunque el personal de seguridad tienda a pararla, por vicio institucional o sobreprotección. Por ahora siempre vuelve. Su capital es la voluntad.

Ana y el paraíso terrenal. Los electroshocks también se hacían en la institución de Lomas de Zamora de donde huyó Ana (79). “Dos veces me escapé de ahí”, dice, e igual que Carmen representa estos experimentos con las manos en las sienes.

Ana dejó la escuela primaria para ir a limpiar a lo de una señora. Nunca se casó ni tuvo hijos. A Romero llegó con su madre desde Villa Ballester, en 1979. Tenía 42 años y un cuadro de “esquizofrenia paranoide residual”. La ficha de ingreso informa que se negaba a comer. La opinión de Ana es que la internaron por trastornos en los intestinos y estar “enferma de los nervios”.

−A mí me trajeron engañada. Llegué acá a la una de la tarde, en ambulancia.

Los informes institucionales dicen que, si hubiera tenido dinero, su familia la hubiera podido “externar”. Hoy sólo la visita su hermana, que es peluquera y una vez al mes le corta y tiñe de negro el pelo lacio, ahora corto, tesoro de su juventud. También le lleva obleas rellenas, le deja unos pesos y le regaló la lámina en tonos naranja que está pegada contra la pared y enmarca su cama. Su vida.

−Es un ángel del paraíso terrenal, se merece el cielo y la tierra entera −dice, y muestra unas zapatillas blancas sin cordones que le regaló su hermana, su ángel, la última vez.

Ana tiene pocas pulgas. Cuando se enoja levanta la voz y manda a la mierda revoleando un brazo por encima del hombro. Si está de buen humor canta canciones de iglesia y conversa. Cuenta que a ella le decían “muerta de hambre” y con razón, porque no tiene a dónde ir. Y que recordarlo le “pudre la sangre”.

−El pasado pisado −prefiere.

Los 38 años de encierro han hecho un trabajo implacable en su cuerpo: está muy encorvada, siempre parece cansada y pesa 37 kilos. Llegó a pesar 30 y depender de cuidados intensivos. Hasta hace poco salía a hacer mandados e iba a misa en la parroquia del hospital. Pero en una caída desde su propia altura se fracturó el brazo derecho y ya casi no deja la sala Bejarano, que habita con 26 compañeras de vida no elegidas.

Como en otras salas de mujeres del Korn, hay poca ventilación y pocos espejos, un comedor gris y un baño sin puerta. Dos perros y gatos de todo tamaño y color andan por las camas, las frazadas y los roperitos. En el hall de entrada se exhiben carpetas con el apellido de las pacientes en el lomo; están divididas en la historia clínica y la psiquiátrica, como quien escinde cuerpo y alma. Y afuera se juntan colchones viejos y sillas de ruedas desvencijadas.

−La comida es una porquería −dice Ana−. Ni los chanchos comen esto.

El desayuno se sirve entre las 5 y las 6, el almuerzo a las 11 o 12, la merienda tipo 3 y la cena a eso de las 7. Varias mujeres de esta sala mendigan comida. Ana a veces pide “el refuerzo” (un par de galletitas, un huevo duro, un pedazo de queso) y se lo da a una mujer que vive postrada en otra cama.

−Ella antes era linda y trabajaba −señala





Experta en nombres y apellidos, edades, fechas de cumpleaños, y circuitos de mujeres por el hospital, se acuerda de una que llegó de la sala Maldonado: “Esas eran bravas…”. De la que se fue “a vivir con la hija”. De otra que cazaba palomas al vuelo y se las comía crudas. Y de una española de La Coruña que “tenía una hija con plata que la dejó acá. Murió en la guardia”.

Su capital es la memoria, robusta en su cuerpo frágil. Y con ella lee el paso del tiempo. Su deseo actual es salir a visitar a su madre, que tiene 90 años y se está quedando ciega en Villa Ballester. Pero no se ilusiona mucho: no tiene plata. (*)

Edith Piaff. “Mujer con muñeca”, la foto que Helen Zout le sacó en Melchor Romero para la serie El dolor, es de 1989, cuando ella tenía 44 años y ya llevaba nueve internada. Era viuda. En ese instante en blanco y negro que dio la vuelta al mundo, ella sostiene, absorta, una muñeca de trapo. De fondo se ve la sala del hospital que esta profesora siguió habitando hasta el 29 de junio pasado.

Ese jueves, a media mañana, la externación de esta paciente histórica sorprende a los trabajadores del Centro de Atención Primaria en Rehabilitación (Caper), que tienen su foto más famosa pinchada en un panel del consultorio y corren a despedirse, conmovidos.

−Gracias, muchas gracias por todo. Y sigan trabajando por los pacientes −dice la mujer, desde el auto que la traslada con unas pocas cajas donde caben sus pertenencias, 72 años de vida y 36 de manicomio.

−Me alegra que te vayas de este lugar −la alienta tomándole las manos Sandra Vitale, jefa del Caper. Una vez que el auto se aleja, la médica se permite la emoción:− ¡Que lo parió! −. Sabe que su destino no es una casa sino otra institución, privada, que quizá no garantice días mejores.





Este centro de salud para personas internadas funciona en el hospital desde 2001 y, dentro del Movimiento por la Desmanicomialización de Romero (MDR), pelea por “un proceso de sustitución del manicomio democrático y sustentable”. En su fachada un mural dice Libertá. Movimiento. Amor. A pocos metros hay una sala de varones y una de mujeres. Y al lado un edificio con faja de seguridad guarda un voluminoso depósito de papeles y carpetas abandonados a su suerte.

En la sala F, donde vivió la mujer con muñeca, quedan su cama vacía, un almanaque 2014, algunas otras fotos suyas y lo mejor: el recuerdo de sus canciones en francés, que explica por qué alguien anotó en su historia clínica “Edith Piaff” en birome azul. Por lo demás, es una mañana como cualquiera: una enfermera acomoda pastillas en una bandeja de madera; una muchacha desnutrida enfila al comedor; una mujer espera el almuerzo doblada en una silla plástica; y una señora ciega pide García Lorca en braille (quiere Bodas de sangre y poemas). Hay cucarachas, una rata muerta y las ventanas están cerradas.

Afuera, en la inmensidad del predio, una figura camina cargando bolsas; asoma momentáneamente entre plátanos, pinos y hojas secas, y desaparece en la bruma. Más allá, un muchacho teñido de amarillo fuma en soledad sobre un tronco. Se oye el motor de un camión que recoge ropa sucia de las salas en bolsas de tela roja. Y llegan ruidos desde la sala D, donde hay refacciones en marcha. Entre los andamios, en un mural con dibujos infantiles en colores, se lee: No seamos normales, seamos felices. También: Vivir solo cuesta vida.





“Todos tienen que salir”. Al cierre de esta nota quedaban 526 personas internadas en Melchor Romero, uno de los tres grandes loqueros estatales de la provincia de Buenos Aires. De ellas, 217 son mujeres, distribuidas en distintas salas. En las de crónicos ya no se permiten nuevos ingresos, aunque a veces ocurren; son personas sin redes de afecto o personas en situación de calle, que encuentran una cama y un plato de comida.

−Todos están mal internados y tienen que salir −dice Belén Maruelli, médica generalista del Caper−. Pero para mí la gente grande, que ha sido encerrada y torturada muchos años acá adentro, debería ser la primera en salir, para poder vivir de otra manera los años que le quedan, y porque no me gustaría que nadie más se muera acá adentro.

En 2014 desapareció ahí Bernarda Saucedo (84), una mujer institucionalizada por medio siglo a la que la Justicia nunca buscó; en su historia clínica dice que pasaba hambre en la casa donde limpiaba, que la internó esa familia en complicidad con su novio y que cuando llegó al Korn creyó entrar en una morgue. En 2015 falleció Celina Trezeguet, una obrera de frigorífico que pasó 74 años encerrada. Las muertes y su falta de investigación abundan y son motivo de denuncia constante del CELS y la Comisión por la Memoria de la provincia de Buenos Aires (CPM).





−Toda muerte en un sistema de encierro es dudosa −define Maruelli, miembro de la “comisión de óbito” de Romero, y señala que allí la probabilidad de morir es de cuatro a diez veces mayor que afuera, aun cuando hay un hospital general enfrente. Las causas principales son infecciones generalizadas, neumonía, insuficiencia cardíaca, broncoaspiraciones y cáncer.

−¿Cuánto queda de manicomio?

−Según la ley, hasta 2020. Yo creo que no se va a llegar, porque se necesitan condiciones materiales afuera y parecería que no hay una intención clara de financiar externaciones sustentables. Equipos interdisciplinarios que puedan trabajar como corresponde con las personas, casas para que vivan afuera y curadurías que puedan recorrer este cambio paradigmático para garantizar el acceso a las personas sin dinero. Muchas veces se traba ahí. Yo lo veo re difícil.

En 2015, la escasez de recursos humanos y el estado deficiente de este edificio llegaron hasta la Corte bonaerense, que le dio a la Provincia un año para resolver ambos temas. Hoy faltan trabajadores sociales y psicólogos, y no hay acompañantes terapéuticos del hospital para las personas internadas; entonces, aunque no todas accedan a una pensión (muchas ni siquiera tienen DNI), para afrontar su reconexión con el afuera se tienen que financiar un acompañante personal.

En Romero, la transición hacia un país sin manicomios va lento, pero hay algunos jirones de cambio. Por ejemplo, tres salas de la Dirección Asociada de Psiquiatría, que hoy dirige la psiquiatra Patricia Pauluc, ya están a cargo de profesionales que no son psiquiatras −dos trabajadores sociales y una psicóloga−. Por otro lado, una mesa permanente −creada por orden judicial− reúne a organizaciones políticas (el MDR, la CPM, el CELS) y representantes del hospital, del Poder Ejecutivo provincial, de curadurías y del ORL. Y también se estrenó un protocolo que pone patas para arriba la lógica de la circulación: ya no hay que autorizar a personas como Carmen sus salidas por el predio o por la ciudad, sino justificar cuándo −y por qué y por cuánto tiempo− no pueden salir.

Otro avance es que hay menos silencios: las y los pacientes, mezclados con trabajadores, dirimen en asambleas cuestiones de convivencia y condiciones de vida: desde qué perros castrar o admitir en las salas hasta cómo exigir comida digna; se empezó a poder hablar de la híper medicación y de los abusos sexuales intramuros; y van apareciendo nuevas preocupaciones: “En el Caper −advierte Maruelli− empezaron a consultar por incontinencia urinaria: cuando la gente empieza a andar en colectivo o a insertarse un poco más en la comunidad necesita no estar toda meada, porque sabe que eso de alguna manera lo aleja de otras personas. Los motivos de consulta clínicos están cambiando y eso tuvo que ver, para mí, con ubicar a las personas como sujetos de derechos”.

***

La salida del manicomio está en la 175 y 520, una avenida partida por un bulevar gris donde camiones, motos y colectivos escupen humo a los vendedores en los semáforos. Es Romero, una de las localidades más pobladas de La Plata, llena de barrios, villas y quintas, que en 1884, cuando se inauguró el hospital, tenía poco más que una estación de ferrocarril. Ese mundo de ruido espera a quienes pasaron décadas aislados.
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−El cajero. El colectivo. La Sube. Los turnos por internet. Los trámites. A veces te piden que les conviertas la plata a australes… −enumera Camila Azzerboni, trabajadora social y militante del MDR−. Vos tenés que acompañar a la persona para que se haga una red, en principio, sabiendo que estamos en un momento re hostil de la sociedad… Pero acompañás a alguien a un trámite y si no resuelve enseguida una pregunta toda la cola ya está bufando. Una vez iba con un señor que iba juntando todas las colillas que encontraba y se las iba fumando. ¿¡Y de última, a quién le jode!? ¡Pero no se tolera ni eso! Las inmobiliarias −agrega− no quieren alquilarle a un loco o a un grupo de locos. Y un centro de jubilados de Romero adonde fuimos a proponer hacer talleres integradores tampoco quiere que vayan personas que viven en el hospital.

−¿Qué es el manicomio?

−El manicomio es el capitalismo extremo encarnado en una institución. Ellos no están acá porque sí… Hay todo un contexto que habilitó, habilita y va a seguir habilitando que esto exista. Y todo lo que pasa acá es lo que pasa afuera, aunque acá llega a un nivel de crudeza mayor… Hay que ser muy fuerte para soportar esto”.

De la 520 para adentro se abre un horizonte verde y calmo de belleza inusual, salpicado de árboles viejos y edificios heterogéneos, algunos en ruina, unidos por senderos de tierra y asfalto. En esta especie de pueblo rural todavía funciona un museo vivo de la segregación, donde muchos también practican la hazaña de la fraternidad.

(*) Durante la edición de esta nota, Ana se cayó y se quebró la cadera. Fue internada y operada en el hospital de Romero donde contrajo una neumonía intrahospitalaria. Murió el el 13 de julio, a los 79 años.

Revista Anfibia

 


 

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