Neoliberalismo, restauración del poder de clase y dictadura de clase

En los años noventa el neoliberalismo se manifestó como un proceso de carácter eminentemente económico conocido como “globalización”. David Harvey (foto) evidenció el carácter político del proceso al caracterizarlo como una “restauración del poder de clase” del capital iniciado a mediados de los setentas como una salida a la crisis del keynesianismo. Para distinguir los efectos que la neoliberalización produce y para reformular la pregunta sobre los errores estratégicos de la izquierda, Pedro Karczmarczyk revisita el concepto de dictadura del proletariado de la mano de un libro inédito de Althusser escrito en 1976 y publicado el año pasado.

Por Pedro Karczmarczyk*

Foto: Pablo Vignali

En 2005 David Harvey escribió un libro fundamental para la comprensión de nuestro tiempo, que pronto fue traducido al castellano (Akal, 2007): Breve historia del neoliberalismo. El libro plantea, de diferente manera, al menos dos cuestiones fundamentales que no siempre son tenidas en cuenta. Una primera cuestión es que, contra la concepción economicista hegemónica, Harvey enfatiza el predominio de las cuestiones políticas en el proceso de neoliberalización que se inició a mediados de los 1970s, caracterizándolo, con una expresión de Dumenil y Lévy, como un proceso de “restauración del poder de clase” de la burguesía. De esta manera contrasta con las visiones economicistas que describieron el proceso con el rótulo de “globalización”, considerándolo como un proceso de carácter eminentemente económico, donde el desarrollo de las fuerzas productivas (revolución científico técnica, -cibernética, automatización, quimización- y sus consecuencias en la gestión y la organización del trabajo) y la plena vigencia del mercado mundial a partir de la caída de las barreras políticas que las sofrenaban hasta ese momento (léase: caída del muro de Berlín y del bloque soviético; ver por ejemplo Ernesto López Globalización y democracia, Bs. As., Papeles de investigación 2, Página 12 / REUN, 1998?). De acuerdo a esta concepción, liberado de las barreras políticas que lo retardaban, el mercado mundial y la movilidad en el flujo de los capitales llevarían, por pura lógica económica, a establecerse allí donde se ofrecieran las mejores condiciones para la ganancia de las inversiones, entre las cuales la flexibilización de la fuerza de trabajo (es decir, la pérdida de conquistas históricas de la clase trabajadora) resultaría un aspecto clave. La globalización desataría así una competencia perversa entre los sectores populares que estarían forzados a rebajar sus aspiraciones. No es extraño encontrar pensadores marxistas que suscriben a esta concepción. Más adelante retomaremos algunos aspectos de la lectura de Harvey que ponen de manifiesto el carácter político del proceso de neoliberalización.

Hay una segunda cuestión que el texto de Harvey plantea en sordina, o tal vez sería más correcto decir, que nos plantea a nosotros puesto que la misma tiene mucho que ver con la manera en la que comprendemos el momento presente, vinculada con las causas de este proceso. Detengámonos en este punto. Luego de la segunda guerra mundial, el mundo asistió a una reorganización de las relaciones internacionales y de las formas estatales concebida como una manera de eludir el regreso a las condiciones catastróficas que habían puesto en riesgo el orden capitalista en la gran depresión de 1929. Esta reorganización supuso un compromiso entre la clase trabajadora y el capital. Fundamentalmente en el “mundo desarrollado” o en el “capitalismo avanzado” (Estados Unidos, Europa y Japón) florecieron estados de bienestar, es decir, formas estatales de las que se descontaba que debían promover el pleno empleo, el crecimiento económico y el bienestar de los ciudadanos, donde las intervenciones estatales podían desplegarse paralelamente a los procesos de mercado, influyendo sobre los mismos para orientarlos a estos objetivos o bien directamente reemplazarlos. Esta estrategia logró amortiguar los ciclos económicos, asegurar el pleno empleo y garantizar altas tasas de crecimiento en una parte del mundo (el capitalismo avanzado, con secuelas en algunas regiones de América Latina y el sudeste de Asia) durante más o menos 30 años, que llegaron a conocerse como los 30 “años dorados” del capitalismo (Hobsbawm). Ello dependió, en buena medida, de la decisión de Estados Unidos de absorber el déficit con el resto del mundo acogiendo el excedente de la producción mundial dentro de sus fronteras.

Hacia los 1970s este esquema comenzó a mostrar fisuras, el crecimiento del desempleo y la inflación en distintas regiones y una persistente estanflación global ponían de manifiesto que este modelo se encontraba en crisis como modelo de acumulación del capital. La consecuente caída de los ingresos fiscales y el aumento de los gastos sociales en distintos estados de bienestar daban cuenta de que las políticas keynesianas estaban dejando de funcionar como antaño.

Entendemos que éste es un momento crucial de la historia, al menos por dos motivos. En primer lugar, porque es importante volver al momento de la emergencia o surgimiento, para distinguir causas y efectos, para distinguir la génesis de un proceso y su lógica sistémica. El proceso de neoliberalización produjo y produce, sin lugar a dudas, efectos de globalización en el sentido que ya referimos (movilidad de los capitales, degradación de las condiciones de la fuerza de trabajo, etc.) pero estos no fueron la fuerza motora del proceso, que finalmente se manifestaría a plena luz, como los cotiledones que hacen explotar la semilla cuando se dan las condiciones adecuadas, sino una consecuencia, un resultado del proceso histórico concreto que tuvo características específicas, cuyo resultado no estaba prejuzgado de antemano. En particular, las características de la crisis de la acumulación del capital que a comienzos de 1970 se manifestó por medio de un desempleo e inflación crecientes generó en su momento un descontento tal que, dada la conformación política de los sectores populares en ese momento, pareció apuntar a una salida socialista al compromiso entre capital y fuerza de trabajo sobre el que se había apoyado la acumulación capitalista luego de la segunda guerra.

Las clases altas no dejaron de tomar nota de la situación: “Esto planteaba por doquier una clara amenaza política a las elites económicas y a las clases dominantes, tanto en los países del capitalismo avanzado (Italia, Francia, España y Portugal) como en muchos países en vías de desarrollo (Chile, México y Argentina).” (Harvey, op. cit., p. 20). La amenaza política, junto con el estancamiento económico, pusieron en crisis la premisa sobre la que se había asentado el keynesianismo: la aceptación de la restricción de cierta cuota de poder económico por parte de las clases altas (conservando su hegemonía política) y el hecho de que la clase trabajadora obtuviera una porción mayor en la distribución del ingreso (aceptando la hegemonía política capitalista). La solución funcionó mientras hubo tasas de crecimiento altas, pero cuando el crecimiento económico se esfumó, los dividendos y beneficios obtenidos comenzaron a parecerles miserables a las clases burguesas, reforzando la percepción del riesgo, o despertando el pánico, según el caso, de las clases altas en todo el mundo.

Estas circunstancias determinaron que la neoliberalización fuera “un proyecto de restauración del poder de clase” de la burguesía. No podemos entrar ahora en las características específicas de este proceso, que ocurrió de modo disperso y con características regionales diferenciadas, pero podemos dar algunas pinceladas de los procesos que nos tocan más de cerca, como la demostración de Alejandro Horowicz (Las dictaduras argentinas, Edhasa, 2012, pp. 251 y ss.), acorde con la hipótesis de Harvey, acerca de que el cambio abrupto del programa de las clases dominantes argentinas (desde un programa keynesiano tendiente a un desarrollo capitalista autónomo encarnado en el programa de Gelbard en favor de un rumbo neoliberal iniciado con Celestino Rodrigo en 1975), obedeció a que la hegemonía de un sindicalismo concesivo, la burocracia sindical peronista, se estaba viendo desbordada por izquierda (peronista y no peronista), lo que ponía en cuestión una de las condiciones del compromiso de clase sobre el que se asienta este tipo de programa. O bien podemos mencionar la denegación de un Pinochet triunfante con la que Armand Mattelart y Chris Marker cierran su formidable película “La espiral” sobre el golpe chileno de 1973: “La lucha de clases no existe”.

Ahora bien, si la neoliberalización no ha sido muy efectiva para resolver el problema del crecimiento de la economía en función del cual se la invocó, y sin embargo la misma se ha extendido por toda la superficie terrestre como un reguero de pólvora (hacia fines de los noventas cualquier mandatario del capitalismo avanzado podría haber declarado “ahora somos todos neoliberales”), cabe entonces preguntarse, ¿en qué sentido ha sido exitosa? Lo que venimos afirmando no nos deja lugar para un verdadero suspense: ha sido exitosa para restaurar el poder de clase de la elite económica, o para generarlo donde no lo había (Rusia, China). Esto que nos permite observar que la lógica de la acumulación del capital obedece a leyes férreas: o bien obtiene una porción proporcionalmente estable de una torta que crece constantemente, o bien obtiene una porción mayor de una torta que se mantiene relativamente estable, naturalmente, también acepta con gusto obtener una porción creciente de una torta que se agranda, pero cualquier otra posibilidad está fuera de su menú.

En este escrito queremos volver al momento de la crisis del keynesianismo, fundamentalmente porque dicha crisis planteó, en aquel entonces, el problema de las salidas a la crisis, precisamente cuando la correlación de fuerzas que se registraba era, probablemente, la más favorable a las masas populares que se haya registrado a los largo de la historia. En el marco europeo, la izquierda se hizo con el poder en Portugal, Francia, España y Gran Bretaña, reteniendo sus posiciones en la península escandinava, habiendo estado cerca de lograrlo en Italia, e incluso en Estados Unidos el presidente republicano Nixon, condicionado por un congreso con mayoría demócrata, se vio llevado a declarar: “ahora somos todos keynesianos”. Por no hablar del resto del mundo, donde asolaban los movimientos de liberación nacional, Estados Unidos conocía la derrota a expensas de la guerra de liberación del pueblo vietnamita, fuertes posiciones de la izquierda se afirmaban en América Latina, y se podía observar por todas partes una conformación cultural e ideológica que, vista desde la actualidad, resulta extraordinaria. Sin embargo, en ese momento, como lo observa Harvey, “la izquierda no fue mucho más allá de las tradicionales soluciones socialdemócratas y corporativistas, si bien a mediados de la década de 1970 éstas habían revelado ser incompatibles con las exigencias de acumulación del capital.” (Harvey, op. cit., p. 19). Pongámoslo en nuestros propios términos: la izquierda propuso una salida de compromiso allí donde una salida de compromiso era, precisamente, el problema: chocaba, nada menos, que con las férreas leyes de la acumulación del capital a las que que acabamos de aludir. Creemos que se trata de un punto de suma importancia, al que Harvey le presta poca atención, entre otras cosas porque el mismo nos pone más allá de la alternativa abstracta “reforma o revolución”, para colocar a esta alternativa en los rigores del análisis político, o si se quiere, del análisis concreto de la situación concreta.

Intentaremos, entonces, en lo que sigue, comprender dónde se encontraron los puntos flacos de esta situación extraordinaria de las masas populares en todo el mundo. No podemos, naturalmente, agotar la cuestión, la misma requeriría todo un conjunto de estudios, pero estamos seguros de no equivocarnos si afirmamos que la ideología es uno de tales puntos. Para convencerse alcanza, creemos, con volver a la declaración de Margaret Thatcher: “La economía es el método, pero el objetivo es cambiar el alma.”

Ahora bien, una de las batallas ideológicas que tuvieron lugar a mediados de los setentas, en el seno de los partidos comunistas de diversos países, fue el abandono del concepto de “dictadura del proletariado”, en algunos casos por razones tácticas, como en el caso del partido comunista portugués, conducido por A. Cunhal, que abandonó la expresión pero no el concepto, mientras que otros partidos comunistas, los de España, Francia, Italia o Japón, directamente intentaron suprimir este concepto de su horizonte estratégico, bien que inducidos por razones tácticas, fundamentalmente electorales. La posibilidad de un camino parlamentario al socialismo parecía exigir esta modificación doctrinaria.

Elegimos este problema porque el mismo nos parece sintomático de la situación a la que ya aludimos, la de la izquierda que opta por una solución de compromiso en una situación donde tal compromiso era, a todas luces, parte del problema, ¿qué pudo, entonces, llevar a tenerlo por la solución?

En un trabajo hasta ahora inédito de Louis Althusser publicado recientemente (Les vaches noires. Interview imaginaire, Paris, PUF, 2016) pero escrito cuarenta años antes, en 1976,[1] es decir, al calor de las discusiones que generó el XXII Congreso del Partido comunista francés, conducido entonces por Georges Marchais, en el que se decidió el abandono del concepto de la dictadura del proletariado, el filósofo francés realiza algunas reflexiones que creemos importante recuperar a la luz del problema que destacamos a partir del planteo de David Harvey.

Les vaches noires (Las vacas negras) es un texto peculiarísimo. Está escrito como una autoentrevista, es decir, Althusser se formula una variedad preguntas que le permiten explicarse sobre una serie de problemas y temas (su condición de militante comunista y su relación con la prensa del partido, la controversia que despertaron sus trabajos extramuros y el silencio del partido que fue la norma, el proceso al que se lo sometió por sus presuntas desviaciones teóricas, el centralismo democrático, la diferencia entre tendencias y fracciones en la política interna del partido, la política de alianzas, la coyuntura internacional, la lucha de clases en la URSS, etc.) pero el problema crucial, tanto política como teóricamente, es el de la dictadura del proletariado.

Althusser realiza algunas demarcaciones fuertes, indicando que el concepto de la dictadura del proletariado es el concepto clave del materialismo histórico y que dicho concepto es un concepto científico, por lo cual está fuera de cuestión discutir en un congreso del partido si se lo abandona o se lo conserva, lo mismo que podría tomarse una resolución sobre la ley de la gravedad.

Intentaremos presentar a apretadamente algunas de las tesis de Althusser, confrontándolas con algunos planteos de El capital, para realizar luego un balance como cierre de nuestro trabajo.

Al señalar que el concepto de la dictadura del proletariado es un concepto científico, lo que se indica es que el mismo pertenece a una ciencia, la ciencia fundada por Marx, el materialismo histórico, cuyo objeto son las leyes de la lucha de clases en las distintas formaciones sociales dependientes de los diferentes modos de producción.

Nótese, puesto que es el punto crucial, que el objeto del materialismo histórico no es definido como la economía, o la economía política, sino como la ciencia de las leyes de la lucha de clases. No está de más, en consecuencia, realizar una breve aclaración de este punto remitiéndonos a los planteos de El capital. El tomo I de esta obra es una enorme elaboración de los interrogantes. Así, luego de una laboriosa exploración por los conceptos clave de la economía política burguesa, Marx llega a la conclusión de que, tanto por la vía de la acumulación simple (el caso hipotético en el que un capitalista consume toda la ganancia, volviendo a poner en marcha el proceso productivo con un capital idéntico al inicial) como por la vía de la acumulación ampliada (donde el capitalista reinvierte al menos parte de la ganancia en nuevos medios de producción) el capital se compone, a fin de cuentas de pluscapital, es decir, de ganancia del capital, es decir, de trabajo ajeno no retribuido. En la acumulación simple, el capitalista, al cabo de varios procesos productivos, acaba por consumir completamente el monto adelantado inicialmente como capital; en el caso de la reproducción ampliada, el monto inicial adelantado acaba por ser una porción tendencialmente más y más pequeña, hasta volverse insignificante, de un capital constantemente ampliado compuesto de pluscapital. Sin embargo, lo que no logra explicar la lógica del valor trabajo, sobre la que gira la economía política clásica, incluso si la subvertimos mediante la introducción explícita del concepto reprimido por sus planteos (el de fuerza de trabajo), son las diferentes posiciones iniciales que hicieron que el proceso de trabajo reuniera a unos, poseedores de los medios de producción, con otros, que no poseen sino su fuerza de trabajo y se ven obligados a venderla como mercancía. Para poder dar cuenta de ello es necesario mirar más allá del intercambio mercantil de equivalentes, para reparar en un proceso que, aunque esté siempre presupuesto por el intercambio mercantil, se rige por una lógica distinta, la de la violencia. Repárese en que la impresionante estructura conceptual del tomo I de El capital conduce a “la llamada acumulación originaria” como a su conclusión. Sin embargo esto no debe llevarnos a engaño, no se trata sólo de la disyunción entre la génesis histórica (violenta) y la lógica sistémica que cuajó como resultado de dicha génesis (intercambio de equivalentes, no violento). Si bien es cierto que Marx pone un cuidado especial en descartar que la ganancia del capital provenga de la rapiña o la estafa, comprando barato y vendiendo caro, etc, y está empecinado en despejar la incógnita de la ganancia del capital bajo el supuesto de que las mercancías se intercambian a su valor, la relación entre intercambio no violento y relaciones sociales violentas, de lucha, no es la de una pura exterioridad que podría sugerir una distinción tajante entre génesis y sistema.

Si consideramos la manera en la que Marx ha desentrañado el enigma de la ganancia del capital al forjar el concepto de fuerza de trabajo este punto quedará más claro. La fuerza de trabajo es, en un sentido, una mercancía como otras, dotada de dos aspectos, uno cuantitativo (posee un valor, que se expresa en el mercado como valor de cambio -salario- cuya medida es el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción-reproducción) y un aspecto cualitativo, su valor de uso, que en este caso es el gasto de capacidad de trabajo humana. Es el valor de uso de la fuerza de trabajo el que hace de la misma una mercancía excepcional, una mercancía cuyo consumo produce valor, incluso por encima del tiempo requerido para su producción, es decir, del valor de la fuerza de trabajo. Como se sabe, este aspecto es el que resuelve el enigma de la ganancia de el capital o plusvalía. Por ejemplo, si se pagó 4 hs. de tiempo de trabajo socialmente necesario en concepto de salario, el uso de la fuerza de trabajo en una jornada laboral de 8 hs. repondrá lo abonado como salario y producirá un excedente de 4 hs. que explica la ganancia del capital. Sin embargo, quien dice posibilidad no necesariamente dice efectividad, es decir, que esto sea posible no explica que ocurra efectivamente, o en otros términos todavía, la duración de la jornada de trabajo no está determinada por la adquisición de la fuerza de trabajo a su valor. La duración de la jornada laboral es, entonces, la cuestión clave: “… de la naturaleza del intercambio mercantil no se desprende límite alguno de la jornada laboral, y por tanto, límite alguno del plustrabajo” (Marx, El capital, tomo I, vol. 1, Siglo XXI, p. 281) El capitalista apelará a su derecho a utilizar a su antojo el bien adquirido, mientras que los trabajadores apelarán a su derecho a que se haga un uso razonable de la misma, de modo que jornadas laborales extenuares no produzcan un desgaste prematuro de la misma, cosa que a capitalista lo tiene sin cuidado siempre que pueda reemplazar sus trabajadores por otros. Conflicto de derechos, en consecuencia, que está más allá de la ley del valor trabajo. ¿Cómo se resuelve este conflicto de derechos? Vale la pena citar aquí a Marx: “Tiene lugar aquí una antinomia: derecho contra derecho, signados ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil. Entre derechos iguales decide la fuerza.” (Marx, op. cit, p. 282), es decir, los límites de la jornada laboral son el resultado de una lucha entre la clase de los capitalistas y la clase obrera. Otro tanto cabría señalar respecto de la intensidad del proceso de trabajo, donde el capitalista despliega una serie de medidas coercitivas extra-jurídicas, llegando a constituir cada capitalista su propio código penal laboral (ver Marx, op. cit., pp. 237-38).

Este rodeo por algunos pasos cruciales de El capital nos permite despejar el equívoco sobre el objeto del materialismo histórico y nos allana el camino para ubicar en el mismo el concepto de dictadura del proletariado. En efecto, cuando Marx plantea que entre derechos contrapuestos decide la fuerza, está haciendo referencia a una realidad que hasta entonces nadie había concebido: la dominación de una clase por otra, que se ejerce por una especie de poder absoluto, más allá de las leyes y que excede la mera política, que toda clase dominante (ya sea feudal, burguesa o proletaria) ejerce “en la lucha de clases que abarca al conjunto de la vida social, de la base a la superestructura, de la explotación a la ideología, pasando, pero sólo pasando, por la política.” (Althusser, Les vaches noires, p. 206).

Así las cosas, lo que tal vez sirva para entendernos, cuando Michel Foucault aludía, en textos como Vigilar y castigar, o La verdad y las formas jurídicas a las formas de subpoder que construyen a la fuerza de trabajo como útil y políticamente dócil, estaba, creyendo contradecir al marxismo, en verdad redescubriendo el hallazgo marxista. Al respecto véase el trabajo de Juan Carlos Marín, La silla en la cabeza. Michel Foucault en una polémica acerca del poder y saber. Buenos Aires, Nueva América, 1987. En un terreno semejante se ubican, a nuestro entender, los desarrollos de Derrida en un trabajo como “Fuerza de ley”.

El concepto de dictadura del proletariado, entonces, integra una posición en el interior de la serie que se conforma bajo el concepto de dictadura de clase y remite, naturalmente, al concepto de “dictadura de la burguesía”. Ahora bien, respecto del concepto de dictadura de clase, lo crucial es despejar el equívoco que sugiere el término dictadura, donde la misma no hace referencia a una manera de ejercer el poder de gobierno, en el marco de instituciones políticas dadas o generadas ad hoc por una revolución, el poder absoluto asignado por una forma legal. Al hablar de la dictadura de una clase social, y en particular de dictadura del proletariado, Marx no estaba pensando en que los representantes de la clase ejercieran el poder político como un poder absoluto, sino en una realidad que excede, con mucho, el orden jurídico y las instituciones políticas. Esto es, hay que comprender que las formas políticas en las que se ejerce la dictadura de una clase son una cosa, y que la dictadura de clase en cuanto tal, que excede con mucho a las formas políticas, es una cosa diferente. A menos que se tenga en cuenta esta distinción resulta imposible comprender porqué para Marx la dictadura del proletariado configuraba una necesidad y el hecho de que Lenin afirmara que la forma política por excelencia de la dictadura del proletariado es “La democracia para las más amplias masas”.

La dictadura de clase es, entonces, la dominación de una clase por otra ejercida por medios extra-jurídicos, que poseen una fuerza distinta que la del derecho y las leyes (sin que esto implique reconocer que el derecho y las leyes establecidos a favor de la clase dominante son un aspecto importante de esta dominación). En otros términos, si bien en apariencia las relaciones de producción capitalistas son relaciones jurídicas, de compra y venta de la fuerza de trabajo (contratos laborales) y de propiedad de los medios de producción, estas dos relaciones (contrato y propiedad) que en el dominio del derecho está sometidas al libre arbitrio de los sujetos jurídicos, están, en su existencia social en el capitalismo, sometidas a una necesidad extra-jurídica: para el trabajador es forzoso suscribir a un contrato laboral, so pena de perecer; para el capitalista en cuanto tal es forzoso reiniciar una y otra vez el proceso de producción orientado a la extracción de plusvalía. Esta necesidad extra-jurídica, y sub-política podríamos decir, es la determinación en última instancia, la lucha de clases que divide y reproduce a las clases en la relación de producción capitalista.

En este punto, insiste Althusser, es crucial reparar en la diferencia entre la teoría marxista y las teorías burguesas de la lucha de clases. La concepción burguesa, no queriendo saber nada de la existencia de una fuerza extrajurídica y subpolítica propia de la dominación de clase, piensa a las clases como independientes de la lucha de clases, que sería un efecto derivado contundentemente de la existencia de las clases. En cambio, la concepción marxista postula la identidad de las clases y la lucha de clases, como dos caras de un mismo proceso, el fotograma y la película, en el que la lucha es determinante, la realidad misma de las clases. La lucha de clases resulta ser, así, el proceso mismo que divide a las clases y reproduce su división.

En el marco de esta discusión, Althusser realiza una inversión de la fórmula de Clausewitz que sorprendería a León Rozitchner. En efecto, si la guerra (interestatal) es, según Clausewitz “la continuación de la política por otros medios”, entonces corresponde señalar que “la política es la guerra (de clase) continuada por otros medios: el derecho, las leyes políticas y las normas ideológicas.” (Althusser, op. cit., p. 214).

Una discusión más completa del problema de la dictadura de clase requeriría que nos refiramos al Estado, en particular para poder aludir al tipo de forma de dominación que implica la dictadura del proletariado, lo que nos llevaría bastante más allá del alcance de este trabajo. Sin embargo, con el reconocimiento de una necesidad sui generis en una formación social (determinación en última instancia o dictadura de clase) tenemos elementos suficientes para elaborar una conclusión. Nuestra pregunta inicial fue, ¿por qué, cuando tenía la mejor correlación de fuerzas jamás vista, la izquierda optó por una solución de compromiso a un problema generado, precisamente, por una solución de compromiso? El abandono del concepto de dictadura del proletariado nos pareció sintomático y, con ayuda de Marx y Althusser hemos intentado dilucidar el concepto de dictadura de clase. A la luz de la concepción marxista de la lucha de clases “la colaboración de clase y el reformismo se muestran como lo que son: armas de la burguesía en su lucha de clases” (Althusser, op. cit., p. 215). En consecuencia, una perspectiva de izquierda que busque que la clase trabajadora junto con sus aliados, los sectores populares, se constituya en clase dominante, como querían Marx y Engels en el Manifiesto comunista, y que luego Gramsci teorizara, acaso debido las constricciones de la cárcel, bajo el rótulo de hegemonía, no puede olvidar esta herencia teórica. En otros términos, a nivel táctico está justificado negociar, acordar, etc., siempre que se lo haga en función de objetivos estratégicos. Pero negociar a nivel estratégico, es decir, de los principios teóricos que definen los objetivos estratégicos, puesto que difumina la propia posición, equivale a escamotear la posibilidad misma de la negociación. La reconversión de la izquierda bajo una ideología democrática de corte juridicista a la que nos referimos es, sin dudas, un fenómeno de esta clase.

Una vez que aclaramos que el concepto de dictadura no remite a allí a la forma de gobierno, la cuestión de las formas despóticas ejercida por los “representantes” de la clase trabajadora, asociada al concepto en función de la terrible experiencia del estalinismo en la URSS, debe ceder lugar a consideraciones acerca de que una mayor democracia para las grandes masas populares va junto con su capacidad de imponer ciertas condiciones en la sociedad en su conjunto, es decir, a las clases dominantes, no sólo en términos económicos, sino en todos los frentes.

Estas formas de imposición remiten, por ejemplo, a las nacionalizaciones con las que se dieron a conocer las formas de socialismo que existieron realmente. Las nacionalizaciones, sin embargo, no son una meta final, algo así como un modo de producción socialista relativamente estable, sino un estadio de transición en la cual se destruyen algunos de los presupuestos de la dictadura de la clase burguesa, suprimiendo formalmente la separación de los productores y los medios de producción. Pero esta supresión formal da por resultado una contradicción semejante a la que Marx registraba para las primeras formas de existencia histórica del modo de producción capitalista, donde encontraba que se daba una subordinación sólo formal de la fuerza de trabajo al capital (porque subsisten las viejas formas artesanales de organizar el trabajo, la centralidad del oficio del que depende el ritmo de trabajo y de producción). Marx muestra que hubo que esperar a la aparición de nuevas formas de división y organización del trabajo, que supusieron el ocaso del oficio artesanal, a través del parcelamiento del trabajo y la importancia creciente del “obrero colectivo” para lograr el la sumisión “real”, y ya no sólo formal, de la fuerza de trabajo al capital. Althusser señala al respecto: “Es una contradicción de este género la que está en juego en la apropiación colectiva de los medios de producción: con la diferencia de que es la vieja relación (capitalista) la que debe ser “sometida” a la nueva forma (comunista)” (op. cit. p. 240).

Las nacionalizaciones masivas de los medios de producción pueden implicar, a lo sumo, puesto que no transforman la relación de producción (el salario) ni la división y la organización del trabajo previas, una forma comunista que se expresa en la transformación de las condiciones de producción, en la propiedad colectiva, en la planificación de la economía.

La diferencia entre la subsunción formal capitalista y la subsunción formal comunista a la que alude Althusser consiste en que en el socialismo el punto crucial, determinante, no está aquí en el desarrollo de las fuerzas productivas (medios de producción y fuerza de trabajo), sino en la transformación de las relaciones de producción. En consecuencia, para que la apropiación colectiva formal de los medios de producción devenga apropiación colectiva real, lo que se requiere es movilizar, con la mayor lucidez posible, a las masas populares en la lucha de clases y ello es imposible sin la participación creciente de las mismas, por lo cual la dictadura del proletariado es impensable sin “la más amplia democracia de masas” según la fórmula de Lenin a la que ya aludíamos. Dicha “democracia de masas” según Lenin, “son las masas interviniendo no sólo en la política en el sentido burgués, por el sistema parlamentario, sino también en el aparato de estado, pero también en la producción, y también en la ideología” (op. cit., p. 243).[2]

El socialismo entonces no puede pensarse como una sociedad estable, dotada de un poderoso estado monopolista que asegura el empleo y distribuye los servicios sociales, como un modo de producción socialista, sino como “un “período de transición” contradictorio, donde, si todo va bien, los elementos comunistas prevalecen cada día un poco más sobre los elementos capitalistas, en el cual la lucha de clases y las clases continúan en formas novedosas, en el cual la iniciativa de las masas se apodera más y más de las funciones del Estado, en la perspectiva no ya de un “socialismo desarrollado”, sino pura y simplemente del comunismo.” (Althusser, op. cit. p 247).

El comunismo constituye así una estrategia, la única estrategia posible para los sectores populares. Marx sostenía que el comunismo no es un ideal, sino el movimiento real que se produce ante nuestros ojos, impresionado como estaban, él y Engels, por lo que veían y experimentaban en las organizaciones comunistas de lucha de clases, a lo que se podrían sumar iniciativas populares diversas, en las fábricas, en los barrios, entre las minorías sexuales y raciales, en los movimientos de mujeres, etc., en los cuales las relaciones mercantiles son suprimidas o dominadas. El comunismo es, entonces, “una tendencia objetiva ya inscripta en nuestra sociedad. La colectivización creciente de la producción capitalista, las formas de organización y lucha del movimiento obrero, las iniciativas de las masas populares, y, porqué no, ciertas audacias de los artistas, de los escritores, estos son, hoy día, los ensayos y las promesas del comunismo.” (Althusser, op. cit., p. 248).

El movimiento contra-utópico de colocar al comunismo como algo ya existente, como elementos, como nichos en lo real, se ve resentido hoy por el hecho de que luego de muchos años de hegemonía neoliberal éste ha podido conformar una realidad a su medida, cambiar las almas, como quería Thatcher. Pero si el neoliberalismo ha sabido ejercer su dictadura de clase tan eficazmente, tal vez sea porque ha comprendido, mejor que la izquierda, que el comunismo forma parte del movimiento real de la sociedad, y se ha apurado a contrarrestarlo…

Berisso, 22 de febrero de 2017


* Doctor en filosofía, investigador en CONICET y docente en la UNLP. Agradezco los comentarios de Osvaldo Drozd a una versión previa de este trabajo.

Referencias:

[1] Un adelanto de este trabajo apareció en español, pero no en francés, como “Algunas cuestiones de la crisis de la teoría marxista” en Nuevos escritos, Barcelona, Laia, 1978, trad. de Albert Roies, correspondiendo al texto de una conferencia que Althusser pronunció en la Universidad de Barcelona en 1976.

[2] Pêcheux y Gadet hacen un comentario interesante a este respecto, que deja en claro la aguda percepción del problema de parte de Lenin. Sostienen los autores: “Lenin (...) abordó políticamente la cuestión del taylorismo y volvió a ella varias veces, con la convicción de que se trataba de un punto crucial (de un nudo complejo vital) desde el que se decidía también el destino de la revolución soviética. "Progreso de la técnica y de las torturas" escribía Lenin a propósito de Taylor ¿y cómo ofrecer a las masas los medios de apropiarse del saber tayloriano para mantener la productividad y proporcionarles a la vez el tiempo libre suficiente para que los obreros y campesinos pueden efectivamente dirigir el estado?

Tocamos así los límites históricos del pensamiento de Lenin, atrapado entre la necesidad de una participación crítica de la política, por parte de los ciudadanos, y a la exigencia de su subordinación técnica en el proceso de trabajo organizado por los “especialistas”..." (Pecheux, M. y Gadet, F. La lengua de nunca acabar, México, FCE, 1984, trad. de Beatriz Job, p. 82)

La Tecl@ Eñe
Revista Digital de Cultura y Política
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