Opinión

De fogatas y quemazones*

Por Karina Micheletto

“Yo no fui a hacer arte ni fotoperiodismo. Fui a cumplir la orden de un juez, mayor retirado del ejército, que pidió que los propios damnificados fotografiasen la destrucción de su trabajo”. Ricardo Figueira vuelve a bajar cualquier tono épico o heroico que pudiera suscitar lo que ocurrió 37 años atrás, en un baldío de Sarandí. Está frente a la serie de 29 fotografías de la muestra Memoria en llamas, que se exhibe en el Centro Cultural de la Cooperación, en plena calle Corrientes. Son fotos grises, escenas inmóviles, montañas de libros tiradas en el pasto, un viejo camión que los vuelca a granel, la humareda de un fuego manso que empieza a cubrirlos. En alguna se ve cruzándose en escena a Amanda Toubes, que ahora también está junto a Figueira, recordando.

Aquel 26 de junio de 1980, 24 toneladas de libros, fascículos y discos del Centro Editor de América Latina fueron mandadas a quemar por un juez federal, Héctor De la Serna. ¿Por qué? Por tratarse de “material subversivo y peligroso”. Porque atentaban “contra la Constitución Nacional”. Porque contenían textos críticos de calidad sobre historia, economía, sociología, educación, psicología, geografía, artes. Porque llegaban a cientos de miles de lectores, a través del sistema de distribución en kioscos que había inventado Boris Spivacow, con una premisa: más libros para más. Y para eso un libro no debía costar más de un kilo de pan, según cuenta el mito.

Ahora estas fotos recuerdan. Junto a Figueira y Toubes están en la inauguración de la muestra otros integrantes del CEAL: directores de recordadas colecciones de la editorial como Inés Yzaguirre, Hugo Rapoport y Graciela Montes. El antropólogo Hugo Ratier, que escribió para varias de sus publicaciones. Helena Homs, diseñadora y diagramadora. Alberto Torrilla, a cargo de ventas y expedición. También un grupo de ex alumnos de Figueira, quien con los años siguió su carrera como profesor universitario y durante los 80 integró el directorio del Conicet. Juntos recuerdan, y así aparecen otros nombres: Aníbal Ford, también director de colecciones. El joven Daniel Luaces, secuestrado y asesinado por la Triple A en 1974 por su trabajo en el CEAL. Recuerdan: el modo “obstinado y petulante” en que se fundó el CEAL, tras la Noche de los Bastones Largos y la disolución de Eudeba. Colecciones como Los hombres de la historia y El país de los argentinos, que llegaron a tirar cien mil ejemplares semanales. El trabajo que nunca podía detenerse, agobiante, mal pago; también alegre y desafiante. Las solidaridades y aprendizajes. Las amenazas, atentados y persecuciones. Los problemas económicos y financieros.

Bajo la curaduría de Alejo Moñino -quien prepara un largometraje sobre el tema- la muestra Memoria en llamas se detiene en un momento de quemazón para el país. Y en lo que, contra todo pronóstico, fue posible en medio de esa quemazón: una empresa como la del CEAL. Dice Amanda Toubes: “La desaparición, muerte, tortura, arrojo al río, quemazón de los cuerpos... eso era nuestro país. Pero los libros se reponen. Los cuerpos, no”. Y dice también: “Yo creo hoy que hay otras quemazones. Otras fogatas terribles. La desocupación de la gente, lo que están haciendo con los maestros, el intento de destrucción de la escuela pública, de la ciencia. La gran deuda externa que vuelve a aparecer, la reventada en los barrios, el llamado a las fuerzas de seguridad, la gente pidiendo más policía y no más escuelas... Es la revancha. Una revancha social de estos gerentes, que es la nueva cara de la represión. Esa es hoy la gran quemazón de este país”.

Una breve digresión personal: Crecí en una casa en la que no había, en general, libros. Más que por falta de dinero, por faltaba de costumbre; mis padres, gente de campo, no solían comprarlos, así que no tenía a mano ese acceso, ni en general la idea del libro como valor. Pero en cambio sí se compraban diarios y revistas, y hasta había cuenta en el kiosco de la esquina, algo común en la época. Y así fue como llegaron a mis manos Los Cuentos del Chiribitil, una colección infantil absolutamente innovadora, que en modo alguno hubiera caído en esa casa de gente de campo, en la lejana Bahía Blanca, si no fuera porque alguien pensó que tenían que ser para más, a bajo costo y a mano en cualquier kiosco.

Todavía recuerdo la sensación física que me provocaron, primero las imágenes de Julia Díaz, y luego la historia (aún no sabía leer) de Nicolodo viaja al país de la cocina, de Graciela Montes, editado en aquella colección. Ese viaje increíble desde un jardín a una cocina, hoy lo sé, me abrió la puerta a otros viajes. Pero sobre todo me mostró que viajar era posible. Y que podía haber tantos trayectos como jardines y cocinas.

Acierta Toubes al poner el foco en las quemazones actuales. No es que haga falta ya mandar a quemar libros, con lo difícil que puede resultar, según recuerdan con humor los protagonistas de esta historia (en el caso del CEAL, los libros estaban húmedos y empaquetados, de modo que tardaron tres días en arder por completo). Basta con suspender definitivamente las compras de libros que el Estado repartía en todas las escuelas, entre los que se incluían los más innovadores y los clásicos, de las grandes editoriales y de las independientes, y que llegaban a los lugares más lejanos. Basta con cortar programas de fomento a la lectura, subir los costos, bajar los salarios, y volver al libro un artículo de lujo. Con todo, otra lectura debe hacerse sobre este país de quemazones: Si una experiencia cultural tan formidable y fortuita como la del Centro Editor fue alguna vez posible, quiere decir que sigue siendo posible.

* La muestra Memoria en llamas permanece exhibida en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543), hasta el 24 de abril. El 7 de abril hay una mesa debate.

28/03/17 P/12

 

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