ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Lo que cabe en un vaso de papel

Por Félix Bruzzone*

Bárbara fue la chica más flaca que conocí. Vivía cerca de la Facultad y los del grupo de Didáctica siempre nos juntábamos en su departamento para hacer la monografía que teníamos que aprobar para ser profesores. Ella estaba por irse de donde vivía, creo que se terminaba el contrato de alquiler, o que sus compañeros de vivienda tenían problemas económicos o que todo era por la tesis que ella tenía que hacer para recibirse de antropóloga. Sí, era eso y también algo de lo otro. Bárbara tenía que irse al Norte, a una excavación cerca de un pueblo con un nombre parecido a Calavera pero que empezaba con otra letra: Salavera, Talavera, Dalavera o algo así; ella sólo tenía que rendir algunos finales y después se iría.

Una tarde en que íbamos a juntarnos a estudiar llegué antes que los otros del grupo

-unonopodíairylosdemásestabanretrasados-, así que Bárbara me pidió de acompañarla a consultar a su directora de tesis o a alguien que tenía que ver con su viaje al Norte, no me acuerdo, y entonces la acompañé. Mientras caminamos hasta la Facultad me habló de becas y de posibles viajes al exterior, de todas esas cosas académicas que a mí nunca me atrajeron demasiado pero que al escuchar a Bárbara -ella decía todo con mucho énfasis- me interesaban. Ya en la oficina, la mujer que habíamos ido a ver habló de las mismas cosas que había hablado Bárbara. Tenía unos cincuenta años y se la veía


muy cómoda en su escritorio lleno de papeles. Y mientras hablaba, las pequeñas ilusiones que me habían provocado las palabras de Bárbara empezaron a caer, una por una: pájaros suicidas en un mediodía lento, lleno de sol. La mujer decía que todo era muy difícil y mencionaba la lista de asuntos burocráticos que siempre me habían desanimado y que ahora afirmaban mi decisión de terminar la carrera cuanto antes para poder dedicarme a cualquier otra cosa. Yo asentía, qué más podía hacer, y cada tanto miraba a Bárbara, que se concentraba en las palabras de la mujer como si fueran el camino o el principio del camino hacia algo muy pero muy importante.

Más tarde, mientras esperábamos a los que se habían retrasado -tomábamos mate en el balcón, un piso ocho, creo, y mirábamos hacia enfrente: muchos obreros construían una torre- Bárbara, con la misma expresión concentrada de antes, dijo que era un buen momento para irse. No sólo por la carrera, dijo, sino también por esa torre que en poco tiempo más iba a tapar la vista a todas las ventanas del departamento. La monografía avanzó sin dificultades y la terminamos bastante rápido, incluso antes del plazo estipulado por la profesora. Los días de reunión la pasábamos muy bien y todos los del grupo llegamos a tener bastante confianza entre nosotros. Teníamos edades diferentes y éramos de carreras distintas, y supongo que


eso facilitaba el que pudiéramos hablar sin que nos importara lo que el otro pudiera pensar. Además, cerca de Bárbara yo estaba bien, y creo que ella sentía algo parecido. Quizá los dos teníamos alguna esperanza de llegar a convertirnos en algo más que compañeros de aquel grupo y quizá todos se daban cuenta de aquella posibilidad. Yo incluso notaba que algunos, en cierta forma, nos alentaban para que concretáramos algo. Pero siempre estaba eso de que ella tenía que irse al Norte, a ese lugar, y que yo, que recién venía de terminar una relación de varios años con otra chica, no estaba en condiciones de empezar nada nuevo; y Bárbara, se entiende, era de esas chicas con las que yo hubiera empezado algo serio y si no nada.

Bárbara siempre hablaba mucho, contaba cosas de todo tipo y a mí me gustaba escuchar todas esas historias en silencio. Una vez, por ejemplo, me contó cómo había muerto su pa- dre. Un accidente horrible. Ella sabía que mis padres habían desaparecido en la dictadura

-decir eso suele ser mi carta de presentación- y supongo que me contó lo de su padre para que yo sintiera que teníamos algo en común. Y lo teníamos. Yo a papá no lo había conocido, y Bárbara tampoco al de ella. Además, por cómo contaba las cosas, el hombre había sido víctima de una especie de asesinato. Él volvía de un supuesto viaje de negocios, era de noche, llovía,


y en un momento, mientras bajaba la velocidad para parar en un retén policial, un camión que venía atrás de él, muy rápido, muy cargado, se quedó sin frenos y lo pasó literalmente por encima. Bárbara decía que el accidente había sido provocado por un trabajo umbanda: su padre, en supuesto viaje de negocios, había viajado, en realidad, a terminar su relación con su amante; y aquella mujer, despechada, le había tendido una maldición.

Cuando Bárbara me contó esa historia le pregunté por qué no investigaba algo sobre los umbanda, que en su tesis podía trabajar sobre eso, que muchas de las cosas que yo hacía, la mayoría de las veces sin darme cuenta, tenían que ver con averiguar algo sobre la desaparición de mis padres. Estábamos otra vez solos en el balcón, no sé por qué, no me acuerdo, y los obreros de enfrente trabajaban con máquinas ruidosas que a pesar de la distancia se oían nítidas, insistentes. Esa torre, como decía Bárbara, crecía rápido.

Como ella al principio no dijo nada, pensé que elaboraba en silencio la posibilidad de estudiar a los asesinos de su padre. Después dijo que en cierta forma ya había hecho algo de eso pero que se trataba de un trabajo inconcluso, que había frecuentado un templo umbanda, que había aprendido algunos ritos y había entrevistado a algunos fieles y que incluso había hablado con un Pai. Dijo que el


hombre era alguien de aptitudes envidiables, en verdad asombrosas, y que todo eso no parecía tener mucho que ver con la muerte de nadie, aunque ella sabía que algo tenía que ver y se la notaba bastante enojada con toda la situación. Dijo que trabajó con herramien- tas etnolingüísticas, mencionó autores que yo no conocía, y que algunas conclusiones habían sido sorprendentes, aunque no me las explicó porque todavía no estaba muy segura de haber llegado a algo definitivo, o porque yo no iba a entender absolutamente nada.

Creo que después de eso estudiamos una o dos veces juntos para el último examen, o que nos encontramos para intercambiar apuntes y fotocopias. Empezaba el verano y no sé si por el calor o porque la relación entre Bárbara y sus compañeros de vivienda era cada vez más tensa

-lo que la ponía de muy mal humor- hablar con ella empezaba a parecerme algo pesado, como si sobre ella girara una nube de mercurio o de plomo que se había evaporado, condensado, y que nunca terminaba de caer.

Después del examen, por fin libres, todos los del grupo fuimos a comer a una parrilla y la pasamos muy bien. Primero hablamos de lo que pensábamos hacer en las vacaciones y tratamos de coincidir en alguna materia el año siguiente, pero nadie coincidió con nadie y a medida que tomábamos cerveza los temas de conversación eran cada vez más desopilantes.


Una compañera habló de cómo su hijo, por accidente, se había cortado el prepucio y habían tenido que sacárselo. Dijo que ahora todos los que lo vieran desnudo iban a pensar que era judío y ella estaba muy orgullosa. Un compañero que trabajaba en un instituto para chicos mogólicos contó de la vez en que uno de los chicos había aparecido con un perro del cual no se desprendía por nada del mundo. Dijo que el mogólico decía que amaba al animal y que le hablaba más que a cualquiera de sus compañeros, y que todo anduvo bien hasta que descubrieron que la intensidad de la relación tenía que ver con que el chico había descubierto algo para él antes desconocido: a espaldas de todos, el mogólico mantenía relaciones sexuales con el perro. Bárbara casi no hablaba, y yo, que veía mi caudal de anécdotas ampliamente superado por todas aquellas historias –y que además no iba a inventar ninguna, no miento-, no terminaba de explicarme cómo habíamos llegado a hablar de cosas como esas.

Lo cierto es que cuando terminamos de cenar nos despedimos y cada uno se fue para su lado. Yo estaba algo borracho, acompañé a Bárbara hasta la puerta de su edificio y antes de saludarla hablamos bastante, no sé de qué pero mientras tanto nos tocábamos los hombros como empujándonos. Decíamos cosas que nos hacían reír y ella en un momento me agarró la mano, qué tirás, tiro, no tirés. Nos besamos. O


casi nos besamos. O nos dimos un beso corto que no entraba en la categoría de beso. Fue eso y un abrazo largo que por cómo ella me apretaba contra su cuerpo quizá significaba que quería invitarme a subir. Era como si Bárbara, con el abrazo, quisiera arrastrarme, y de hecho perdimos el equilibrio, trastabillamos y si yo no pongo la mano en el piso nos caemos. Después nos quedamos ahí, sentados. Nos miramos un buen rato. O no, a lo mejor pareció un rato largo porque cuando me fui –ya era tarde-, el colectivo tardó casi una hora en llegar a la parada.

Dos meses después nos encontramos en la Facultad. Yo había empezado un curso de verano y ella iba a buscar libros en la biblioteca para apurar lo de la tesis. Nos saludamos como amigos de muchos años y fuimos a tomar cerveza a una plaza. Ella me dijo que antes iba a esa plaza con su ex novio, que iban de noche y que a veces veían parejas que hacían el amor en lugares oscuros. Bárbara señalaba esos lugares que aún a pleno sol parecían oscuros y me invitó a sentarme en el pasto a la sombra de un árbol. Empezamos con la cerveza. Hablamos muchísimo. Todo volvía a fluir y a mí lo del viaje al Norte ya no me importaba. Incluso mientras tomábamos la segunda botella pensé que podría acompañarla o compartir, al menos, una parte de su estadía allá. Así que poco a poco me acerqué, le acaricié el pelo, las manos


y terminamos tendidos en el pasto, ella sobre mí, y con ganas de que la noche llegara rápido para ir a uno de esos lugares oscuros dónde escondernos de los que pasaban. Igual, después de besarnos fuimos a su departamento y me quedé hasta el día siguiente. Varias veces uno de sus compañeros golpeó fuerte la puerta del cuarto, como si quisiera asustarnos, y también escuché una voz de mujer que decía algo así como “yo no sé cómo alguien puede estar con esa escuálida”. Después de eso le conté a Bárbara de unos conocidos que buscaban a alguien para que fuera a vivir con ellos: ella se mostró bastante interesada. Le dije que me llamara, que yo iba a averiguar el número y que llamara, que no dejara de llamar. Insistí con eso, claro, y con otras cosas sobre nuestro futuro que ella, sonriente, la luz de la mañana en los ojos, escuchaba.

Pero pasó el tiempo y Bárbara no llamó. Yo lo hice varias veces pero siempre contestaba alguien que decía que iba a dejarle un mensaje pero que evidentemente nunca se lo dejaba. Me cansé. Terminé el curso de verano y decidí no volver a la Facultad hasta el cuatrimestre siguiente, necesitaba trabajar y ganar algo de plata.

En todo ese tiempo estuve con otras dos chicas, una era la amiga de un amigo que desde mi pelea con mi novia llamaba, cada tanto, para vernos. A la otra, casi gorda, la


conocí en la calle y salimos dos o tres veces; le encantaba dormir sobre mi pecho, era muy buena conmigo, pero la relación no prosperó porque roncaba demasiado y yo odio que algo me despierte en la mitad de la noche. A una de las dos le hablé de mis padres y ella llegó a confiarme alguna tragedia familiar, algo como que su hermano había estado en una granja de rehabilitación o que su madre intentaba reestablecer su relación con los hijos de su primer matrimonio. Yo estaba con ellas, y la pasaba bien, pero sentía que no era suficiente. Hasta que un día –de esto me acuerdo muy bien, debe ser mi recuerdo más intenso de aquellos meses-, mientras trabajaba en Once – un vecino me pagaba por repartir unos volantes o panfletos: no sé cómo llamarlos porque por el tamaño eran volantes pero el contenido era panfletario, algo relacionado con promover una nueva religión similar al cristianismo pero basada en una mezcla de doctrinas del cercano y del lejano oriente-, sentí mucha sed. Hacía frío y recién empezaba mi día de trabajo, pero por alguna razón mi cuerpo pedía algo refrescante, como si de golpe mi estómago o todo mi aparato digestivo –la sensación era muy extendida- hubiera empezado a arder y necesitara ser sofocado cuanto antes. Camino a un kiosco escuché la sirena de una autobomba: tuve ganas de que alguien descargara un matafuegos en mi garganta; a los pocos


segundos, cuando vi pasar el ruidoso camión rojo -dos o tres bomberos viajaban colgados de la parte de atrás- quise que pararan y abrieran varias mangueras en mi boca. Pero el camión pasó y yo, ya en el kiosco, pedí un refresco grande, lo más grande que tuvie- ran, y me ofrecieron botellas de plástico o de vidrio de hasta dos litros y medio de gaseosas casi congeladas, pero como el dinero no me alcanzaba pregunté si no tenían algo suelto, algo que me pudieran dar en vasos de plástico o papel. Y sí, tenían: la empleada me ofreció cualquiera de los tres tamaños de vasos de papel que se alineaban sobre una repisa. Elegí el más grande y pedí que lo llenaran con la gaseosa que estuviera más fría. La chica sacó de una heladera una botella de Tai o Pritty o Sweety de naranja -no Mirinda, no Fanta- y empezó a llenar el vaso. No sé cuánto tiempo tardó, no mucho, pero mientras ella trabajaba me pareció que en el vaso podía entrar todo el contenido de esa botella y el de todas las botellas del local. Y también podían entrar otras gaseosas, todas las demás gaseosas y también todos los jugos, cervezas con y sin alcohol, leches enteras, descremadas, cultivadas, chocolata- das, yogures y hasta shampooes, cremas de enjuague, no sé. En un momento me pareció que la chica se había dado cuenta de lo que yo pensaba: antes de que le pagara dijo que el vaso estaba bien lleno, que no podía quejarme,


y sonrió. Entonces le di toda la plata que tenía, le dije que se quedara con lo que sobraba – alguna moneda- y salí, rápido, a tomar mi vaso de naranja en algún lugar tranquilo.

A pocos metros del kiosco me senté sobre un cantero ubicado en la entrada de un edificio. El lugar estaba sucio, oscuro, y parecía abandonado. Pero no: desde adentro venían voces y ruidos de máquinas. Pensé que el edificio podía estar tomado o que adentro funcionaba un taller o una fábrica clandestina. Sí, eso podía ser, y en eso estaba –yo ya había empezado a tomar mi naranja- cuando creí escuchar la voz de Bárbara. ¿De dónde venía?

¿Bárbara trabajaba en aquel lugar o…? Imposi- ble: la voz no parecía venir del edificio sino del vaso. Dejé de tomar –quedaba muy poco-, y me dediqué a prestar atención. ¿Qué podía haber hecho que la voz de Bárbara sonara como en el interior de aquel vaso? Las palabras, confusas, habían sido suaves y ásperas, como de alcaucil, dóciles en el centro y duras por fuera; y al escucharlas yo había captado el sentido de la voz: avanzaba desde adentro hacia afuera, partía del suave corazón y llegaba a la rigidez de las hojitas de la superficie.

Estuve algunos instantes sin saber qué hacer. Bárbara podía estar cerca, el vaso podía ser una especie de antena. No, eso era ilógico. Pero también mi sed había sido ilógica, y muchas otras cosas: ¿qué hacía repartiendo volantes


de una nueva religión? Volví a escuchar la voz de Bárbara y volvió la sed, mucha sed, y de un solo trago vacié el resto del vaso y me fui.

Al llegar a casa, tarde, habían cortado la luz así que cociné y comí en silencio, sin el ruido de la TV ni el de los chamamés que escuchan los formoseños de al lado; y pensé, a pesar del silencio -o a causa del silencio-, que Bárbara estaba conmigo. Después me fui a dormir

-creo que nunca necesité tanto de un buen descanso- y soñé que afuera estaba nublado y que empezaba a llover. Todo era muy real: sacaba la mano afuera, el agua me mojaba, y la sensación era la misma a la de cuando era chico y me hacía pis dormido: el agua bajaba desde la mano hacia todo el cuerpo y no me molestaba estar ahí, tan húmedo, a la espera de que llegara mi abuela para bañarme con agua caliente. Y cuando me sentí mojado empecé a llorar, y todo era tan real que no sabía si lloraba de verdad o si el llanto era parte del sueño. Lo que sí estaba claro era que el llanto era a causa de la lluvia, y que era un llanto de felicidad, como esas veces que uno llora porque después de mucho tiempo se encuentra con alguien al que no ve hace mucho, como si esa lluvia hubiera caído después de un verano pesado, pastoso, del que algo o alguien venía a rescatarme.

Al día siguiente –la luz ya había vuelto- me sentía liviano, limpio, y tenía ganas de llamar a Bárbara para contarle lo del vaso y lo del


sueño; pero después de desayunar las ganas se me habían ido y encima llegó mi vecino -el de los volantes- y me dijo que iba a ampliar el reparto y quería que yo fuera algo así como coordinador de volanteros. Habló de cosas espirituales y de que la lluvia de anoche había sido una señal, como el cometa para los Reyes Magos o la zarza incendiada para Moisés. Me asomé a la ventana: en efecto, había llovido. Supongo que él pensó que mi verificación tenía que ver con que yo creía en su plan mesiánico. Pero cuando le dije que no quería saber nada más con sus volantes se sorprendió tanto que empezó a hablar, como poseído por una fuerza extraña, y a decir muchísimas cosas sin sentido. Quizá él era el Salvador, sí, pero como no me importaba lo acompañé hasta la puerta y le dije que en la semana iba a pasar a buscar la plata que me debía.

Por fin, una mañana, justo antes de algo importante, creo que antes de una reunión con alguien que podía darme un trabajo bien pago, Bárbara llamó. Escucharla en el teléfono me pareció algo lejano: la voz de un explorador en el Polo o en la luna o en cualquier planeta de cualquier galaxia que no fuera la nuestra.

¿Llamaba desde su excavación en el Norte, desde el pozo donde ya había empezado a trabajar? No, Bárbara había terminado de pelearse con sus compañeros de vivienda y quería el número de esos conocidos míos


que tenían lugar disponible. ¿Y lo del viaje al Norte? Dijo que eso se había atrasado y que tenía que esperar unos meses. Así que mientras yo buscaba el número en mi agenda, pensé que ella podía querer algo más y estuve por decirle de las veces que la había llamado, contarle lo del vaso y... Pero no le dije nada, sólo le di el número y le pregunté cómo andaba todo. Dijo que bien. Le dije que creía que estos conocidos ya habían conseguido a alguien, pero que igual probara. Bárbara dijo que necesitaba encontrar algo rápido, que si yo conocía a alguien más me lo agradecería muchísimo. Y mientras yo pensaba en alguien más tuve la seguridad de que ella sólo había llamado para conseguir dónde vivir así que le di dos o tres números de amigos y le dije que los llamara de parte mía. Ella me agradeció por los datos, dijo gracias muchas veces, como si no supiera qué otra cosa decir, incluso hizo alguna pausa entre un “gracias” y otro, y durante aquel largo agradecimiento volví a pensar que ella había llamado para algo más, seguro que había llamado para algo más, pero mientras volvía a pensar en eso, en el cuerpo flaco de Bárbara, en cómo sería verla otra vez desnuda, blanca, en todo eso, dije bueno, que tengas mucha suerte, y colgué.


* Nació en Buenos Aires en 1976, el mismo año en que desaparecieron sus padres. Escritor, editor, piletero. En 2005 cofundó la Editorial Tamarisco, dedicada a publicar autores nuevos y escrituras nuevas. En 2008 publicó el libro de cuentos 76 y la novela Los topos. En 2010, la novela Barrefondo. Sus libros se tradujeron en Francia y Alemania. Su breve pero contundente obra lo hizo merecedor, en 2010, en Berlín, del preciado Premio Anna Seghers, que reconocer a un autor latinoamericano cada año. Publicó cuentos y crónicas en medios gráficos y virtuales. Tiene tres hijos y tres perras.

(De: 76, Editorial Momofuku, 2014)


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