El reino de la abstracción:
semiocapitalismo y dominación neoliberal

Franco “Bifo” Berardi en su último libro “Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva” acuña el concepto de semiocapitalismo, punto máximo de abstracción del capital en la que el signo lingüístico se ha emancipado plenamente de toda referencialidad impactando directamente sobre individuos que viven, cada vez más, en el interior de realidades virtuales y bajo el signo de la desmaterialización de los vínculos intersubjetivos.

Por Ricardo Forster*
(para La Tecl@ Eñe)

“Considero, entonces, y estas reflexiones pretenden dar cuenta de ello, que una mutación antropológica está sucediendo en nuestro tiempo y se trata, esencialmente, de una transición de la predominancia de un modo conjuntivo a la de un modo conectivo en la esfera de la comunicación humana (…); un cambio cuyo factor predominante es la inserción de segmentos electrónicos en el continuum orgánico de la comunicación y en el cuerpo mismo. Esto conlleva una transformación en la relación entre la conciencia y la sensibilidad y a un creciente intercambio desensibilizado de signos”.

Franco “Bifo” Berardi, Fenomenología del fin.

Leo, no sin comenzar a preguntarme unas cuantas cosas que me remiten a nuestra actualidad, el último libro de Franco “Bifo” Berardi, Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva[1], en el que desmenuza la época de la digitalización y del predominio de la financiarización del mundo no sin derramar, al menos sobre mí, una sutil dosis de pesimismo civilizatorio que conduce más hacia la melancolía que a la rebelión. No por eso deja de ser un libro valioso y agudo en su intento de cartografiar la oscura complejidad de nuestra época. Me detengo en uno de los tantos párrafos de un texto inquietante: “El punto crucial de la crítica de Baudrillard es el fin de la referencialidad y la (in)determinación del valor. En la esfera del mercado, las cosas no son consideradas desde el punto de vista de su utilidad concreta, sino desde su intercambiabilidad y su valor de intercambio. De manera similar, en la esfera de la comunicación, el lenguaje es comercializado y valorado como performance. Es la efectividad, y no el valor de verdad, la regla del lenguaje en la esfera de la comunicación. Es la pragmática, y no la hermenéutica, la metodología para comprender la comunicación social, particularmente en la era de los nuevos medios de comunicación” (pág. 175). En estas reflexiones de Berardi se pone de manifiesto el proceso que, en el interior de la modernidad burguesa, concluyó, siglos después, en lo que él denomina el “semiocapitalismo”, esa etapa en la que el signo lingüístico se ha emancipado plenamente de toda referencialidad para desplazarse por una espacialidad en la que domina la abstracción.

Citando a Jean Baudrillard –al que no se suele citar últimamente más allá del valor anticipatorio de muchos de sus análisis–, nos dice que el filósofo francés “propuso una semiología general de la simulación basada en la premisa del fin de la referencialidad tanto en la economía como en el campo lingüístico. En El espejo de la producción escribe: ‘[…] la necesidad, el valor de uso, el referente, `no existen´: no son sino conceptos producidos y proyectados en una dimensión genérica por el propio desarrollo del sistema del valor de cambio’. El proceso de autonomización del dinero, que es la principal característica del capitalismo financiero, puede inscribirse en el marco general de la emancipación de la semiosis de la referencialidad” (págs. 172-173). El capital financiero no sólo constituye el punto más avanzado de la “abstracción” ya señalado por Marx sino que, en la perspectiva de la comunicación, introduce, de forma radical, la autonomización del signo y de su impacto en la producción artificial de contenidos inmateriales que, sin embargo, definen el vínculo con la realidad determinando la busca de rentabilidad por parte de un capital que ha abandonado la esfera de la producción para centrarse en la esfera financiera. Al evaporarse la referencialidad lo que también se termina es la vinculación argumentativa abriendo paso a la fabricación de sujetos impulsados por signos vacíos y abstractos que impactan de lleno en la dimensión afectiva y sensible.

Este pasaje cada vez más extendido desde la producción a la financiarización que, como lo destacaba Giovanni Arrighi[2], caracteriza también los momentos de crisis de hegemonía en cada etapa por la que fue atravesando el capitalismo desde comienzos de la modernidad, lo analiza con precisión y hondura Fredric Jameson. Siguiendo las descripciones críticas que Robert Kurz despliega en Der Kollaps der Modernisierung (Leipzig, Reclam,1992, pág. 196), Jamenson “nos pide –haciéndose eco de la exigencia de Kurz– que imaginemos la extraordinaria movilidad de lo que ha llegado a ser una cantidad sin paralelo de capital derramándose por todo el globo, como agua en cuenco, a velocidades que se aproximan en sus límites externos a la instantaneidad”, –asociada a las mutaciones impresionantes de los soportes tecnológicos y a velocidades inimaginables que se sustraen a las percepciones humanas transfiriendo a la esfera de lo fugaz masas abstractas de capital que actúan, de modo impiadoso y violento, sobre cuerpos reales y sociedades completas que sufren las consecuencias de la era digital–.“Sin embargo, sus puntos de aterrizaje están gobernados por la taza de retorno prevalecientes, ellas mismas engranadas y sintonizadas con la industria de alta tecnología o con la posmodernidad industrial; en suma, las leyes más básicas del capital –su misma definición– excluyendo las inversiones en esas formas más viejas, puramente modernas, de productividad que asociamos con la anticuada forma industrial”. En el capitalismo neoliberal la disolución de la otrora centralidad de la producción, tanto de bienes materiales como inmateriales, se ha constituido en el factor desencadenante de las nuevas formas de sujeción, aquellas que ahora trabajan con los lenguajes de la virtualidad y con las tecnologías digitales avanzando de manera sistemática sobre las estructuras más profundas de la subjetividad; al mismo tiempo que determinan de manera abusiva y negativa los alcances de cualquier proyecto de crecimiento económico que pueda darse en los países periféricos. El reclamo nostálgico por un “capitalismo serio y productivo” constituye uno de los límites y de los problemas de los gobiernos nacional populares que buscaron, desde adentro del sistema, romper la jaula de hierro de la financiarización y la primarización económica y se encontraron con la intransigencia de una globalización antagónica a esos intentos fallidos. “No solo sus tasas de ganancia son mucho menores de las que se obtienen en la tecnología de punta –continúa Jameson siguiendo a Kurz–, sino que además las velocidades de las nuevas transferencias internacionales hacen que sea más fácil para el capital móvil escapar de las lentas zonas estancadas de las viejas fábricas y teletransportarse hacia arreglos más sofisticados”. Esa imposibilidad de perseguir la quimera de la industrialización apelando a formas anacrónicas de desarrollo son las estrategias sin las cuales literalmente no hay camino posible, ya que“eran precisamente esas formas más viejas de la productividad moderna las que los países subdesarrollados (y aun aquellas partes subdesarrolladas de los países desarrollados o avanzados) necesitaban para ‘desarrollarse’ y ‘modernizarse’, para dotarse de una infraestructura variada que podría permitirles una cierta autonomía industrial. El capital internacional ya no va a perder tiempo con ellos, o con ninguna modernización en este sentido clásico. La coyuntura es por lo tanto supremamente desfavorable, para no decir contradictoria: para la gran mayoría de las naciones del Tercer y del antiguo Segundo mundo, el reloj todavía exige la modernización de un modo cada vez más perentorio y urgente; mientras que para el capital, que se mueve rápidamente de una situación de bajos salarios a la siguiente, solo la tecnología cibernética y las oportunidades de inversión posmodernas son en última instancia atractivas. Pero en el nuevo sistema internacional, solo unos pocos países pueden aislarse para modernizarse a su propio tiempo y de acuerdo con su propia conveniencia; la mayoría ya se ha incorporado a un circuito internacional de deuda y consumo del cual ya no puede liberarse. Por su parte, la nueva tecnología cibernética no tiene ningún uso inmediato para esos países en desarrollo, por razones económicas y sociales; no crea nuevos empleos ni riqueza social; ni siquiera propicia una sustitución de importaciones, mucho menos una fuente nacional básica para las necesidades ordinarias. Como lo expresa Kurz, ‘implacablemente, la ley del beneficio debe tarde o temprano reafirmarse, una ley que especifica que la única producción que tiene valor de mercado es la que se corresponde con el nivel internacional de la productividad hoy’.”[3] La crudeza del análisis de Jameson se corresponde con las grandes dificultades que encontraron algunos países sudamericanos para despegarse del abrazo de oso del neoliberalismo a los largo de los últimos 17 años pero, atendiendo a que el libro de Robert Kurz al que hace referencia es de 1992 (cuando nada hacía prever el surgimiento de experiencias alternativas tan notables como las que inició Hugo Chávez en Venezuela y luego siguieron en Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador, para las que faltarían varios años aún), creo que se vuelve necesario matizar el énfasis puesto en una imposibilidad estructural inconmovible. Lo que quizás ni Kurz ni Jameson podían anticipar era la potencia del desafío (y eso más allá de los límites y las derrotas) que iban a conllevar esos proyectos convertidos en experiencias anómalas en medio de la más absoluta hegemonía neoliberal a nivel global. Sucede que a veces la envergadura del desafío no se mide por la posibilidad del éxito sino por su capacidad para ir contracorriente abriendo fisuras en el muro sólido, hasta ese momento, de la dominación. Seguramente la condiciones tecnológicas del capitalismo de finales de siglo XX volvían impracticables vías alternativas allí donde los límites estructurales de economías subdesarrolladas se chocaban ya no apenas con la lógica tradicional del capital sino con una brutal metamorfosis de sus componentes técnicos y científicos asociados al privilegiamiento de lo financiero sobre lo productivo, de lo abstracto sobre lo concreto y de lo digital sobre lo analógico. En un sentido Benjaminiano la esperanza no puede surgir de la expansión progresiva de las fuerzas productivas sino de su interrupción bajo la potencia azarosa que se guarda en la materialidad de la historia. La grandeza de lo acontecido en Sudamérica no se mide por el éxito a largo plazo –que siempre es aleatorio y frágil– sino por su conversión en “hecho maldito” de una época que parecía clausurar todo desafío a contrapelo de la brutal hegemonía del capital.

Regresemos, por ahora, a la mirada más filosófica que busca adentrarse en una suerte de fenomenología de los vínculos entre subjetividad y nuevos dispositivos semióticos. “Todos los signos –escribe Baudrillard en El intercambio simbólico y la muerte– se intercambian entre sí en lo sucesivo sin cambiarse por algo real (y no se intercambian bien, no se intercambian perfectamente entre sí sino a condición de no cambiarse por algo real)”. Pensar las estrategias comunicacionales es adentrarse en esta hipérbole del signo en la que la operación de desplazamiento se ha consumado de forma definitiva impactando de lleno en la subjetivación de individuos que establecen vínculos con “la realidad” a través de esta “emancipación del signo de su función referencial”. En la era de la “posverdad” todo puede ser dicho y convertido en “verdad irrefutable”. Romper esta nueva forma de hechizo constituye el desafío más arduo y difícil de todo proyecto de liberación.

El peligro es que la dimensión real e imaginaria de este trastrocamiento de la materialidad en abstracción acabe por ser aceptada por los sujetos como la efectiva “realidad” sin chances de sustraerse a esta colonización cada vez más profunda. “La virtualización financiera –dice Berardi– es el último paso en la transición hacia la forma del semiocapital. En esta esfera, aparecen dos nuevos niveles de abstracción, como fruto de la abstracción del trabajo sobre la que escribió Marx (…). La abstracción digital suma una segunda capa a la abstracción capitalista. La transformación y la producción ya no acontecen en el campo de los cuerpos, de la manipulación material, sino en el de la pura interacción autorreferencial entre máquinas informáticas. La información toma el lugar de las cosas y el cuerpo queda eliminado del terreno de la comunicación (…). Luego, hay un tercer nivel de abstracción, que es el de la abstracción financiera. Las finanzas (…) se han desvinculado de la necesidad de la producción. El proceso de valorización del capital, es decir, aquel que incrementa el dinero invertido, ya no pasa por la instancia de la producción del valor de uso o, incluso, por la producción física o semiótica de bienes” (págs.. 176-177). De todas formas, ya Giovanni Arrighi en su libro El largo siglo XX había destacado que en cada una de las etapas o ciclos atravesados por el capitalismo desde su primera estación genovesa se podía constatar un rasgo común a todas: que en sus períodos de declive se producía, en el centro hegemónico de cada época, un desplazamiento del capital comercial y productivo hacia el capital financiero (eso sucedió con Génova, Holanda, Gran Bretaña y, actualmente, con Estado Unidos que, según Arrighi, constituyen los cuatro ciclos de acumulación que definen el recorrido histórico de la economía-mundo capitalista). Rasgo más que interesante–aquella condición de hegemonía financiera en las épocas de decadencia de cada etapa del capital– que nos permite anticipar la crisis, quizás terminal, del ciclo dominado por Estados Unidos. Cómo si en el cuerpo inmaterial del capitalismo ya estuviese escrito, desde sus comienzos en el siglo XVI, la significación decisiva de la financiarización como núcleo último de su despliegue histórico y como marca de su condición crepuscular.

Claro que, y en esto hay que darle la razón a Berardi, el nivel de predominio del capital financiero en la actualidad es abrumador y constituye el eje central de la acumulación contemporánea hasta prácticamente reducir la producción de objetos materiales o inmateriales a la periferia en la búsqueda de rentabilidad. El semiocapitalismo se ha convertido en el punto máximo de abstracción del capital impactando directa y fulminantemente sobre individuos que viven, cada vez más, en el interior de realidades virtuales y bajo el signo de la desmaterialización de los vínculos intersubjetivos. Berardi agrega que la depredación del mundo real se hizo posible, en toda su extensión, en el preciso momento en el que el capital pudo prescindir de la producción de cosas útiles para centrarse casi con exclusividad en la dimensión abstracta de la circulación e inversión dineraria cuyo soporte técnico es asociable a la híper velocidad y a la desmaterialización de la información. “La separación del valor de un referente conduce a la destrucción del mundo existente” (pág. 178). El dominio de la abstracción generalizada como rasgo decisivo de la etapa neoliberal no sólo avanza sobre una depredación del mundo real sino que también deja sin capacidad de reflexión, y por lo tanto de crítica, a una humanidad que es incapaz de comprender los mecanismos que han definido una actualidad demoledora sobre la que parece imposible intervenir en un sentido político.

SlavojZizek, a su vez, también insiste con este carácter desmaterializador y supuestamente a-ideológico del capitalismo contemporáneo, un carácter que vuelve indescifrable, para el individuo atrapado en las gruesas pero invisibles mallas del consumo y la virtualidad, la trama de dominación que sigue ejerciendo su cuantioso poder sobre los cuerpos y la naturaleza al mismo tiempo que promueve una “verdad-sin-significado” que se adapta sin inconvenientes a la era de la digitalización y la comunicación de masas. En Problemas en el paraíso. Del fin de la historia al fin del capitalismo señala que quizás “es aquí donde deberíamos localizar uno de los principales peligros del capitalismo: aunque es global y abarca todo el mundo, mantiene una constelación ideológica stricto sensu sin mundo, privando a la gran mayoría de la gente de cualquier mapa cognitivo significativo. El capitalismo es el primer orden socioeconómico que destotaliza el significado: no es global a nivel de significado. Después de todo no existe ninguna ‘cosmovisión capitalista’, ninguna ‘civilización capitalista’ propiamente dicha: la lección fundamental de la globalización consiste precisamente en que el capitalismo se puede adaptar a todas las civilizaciones, desde la cristiana hasta la hindú o la budista, de Oriente a Occidente. La dimensión global del capitalismo sólo se puede formular a nivel de verdad-sin-significado, como Real del mecanismo global de mercado” (pág. 16). Esa destotalización del significado se corresponde con el abandono de la acción reflexiva de parte de sujetos carenciados de aquellos instrumentos promovidos por la ilustración y que han quedado como restos arqueológicos de una historia vacía de contenido.

Hay una asfixia de la comprensión que es proporcional a la complejidad tecnológica a partir de la que se desplazan los infinitos flujos del capital financiero por la abstracción del éter informacional. Como si aquel sujeto de la ilustración se hubiera transformado, por mor de la digitalización de los dispositivos de la información y la comunicación, en un individuo pasivo que es hablado por una realidad desmaterializada en la que solo parece imperar el reino de la ficción y la artificialidad. Nada queda de la apuesta kantiana que postulaba individuos autónomos y soberanos. El semiocapitalismo se mueve sin inconvenientes en el interior de una sociedad atrapada en las redes del binarismo digital. Bifo Berardi lo ha dicho de un modo directo y preocupante: “Hoy en día, la tecnología digital se basa en la inserción de memes neurolingüísticos y dispositivos automáticos en la esfera de la cognición, en la psique social y en las formas de vida. Tanto metafórica como literalmente, podemos decir que el cerebro social está sufriendo un proceso de cableado, mediado por protocolos lingüísticos inmateriales y dispositivos electrónicos. En la medida en que los algoritmos se vuelven cruciales en la formación del cuerpo social, la construcción del poder social se desplaza del nivel político de la conciencia y la voluntad, al nivel técnico de los automatismos localizados en el proceso de generación de intercambio lingüístico y en la formación psíquica y orgánica de los cuerpos” (pág. 34). Fenomenológicamente esto se puede observar en las estrategias desarrolladas por los medios de comunicación a la hora de construir dispositivos que operan bajo la lógica de los memes neurolingüísticos a los que hace referencia Berardi, buscando, precisamente, saltar la anquilosada capacidad reflexiva de los telespectadores o de los usuarios de internet y de redes sociales hasta alcanzar su más profunda sensibilidad en donde las respuestas se vinculan con el gesto automático que se manifiesta como un antes y, por qué no, como un bloqueador de toda acción argumentativa.

Más adelante, y siguiendo su deconstrucción de la era digital, Berardi precisa mejor su definición de la actual etapa de la sociedad dominada por la confluencia de lo semiológico y de lo financiero: “Llamo semiocapitalismo a la actual configuración de la relación entre lenguaje y economía. En esta configuración, la producción de cualquier bien, ya sea material o inmaterial, puede ser traducida a una combinación y recombinación de información (algoritmos, figuras, diferencias digitales). La semiotización de la producción social y del intercambio económico implica una profunda transformación en el proceso de subjetivación. La infoesfera actúa directamente en el sistema nervioso de la sociedad, afectando a la psicoesfera y a la sensibilidad en particular. Por esta razón, la relación entre economía y estética es crucial para entender la actual transformación cultural” (págs.. 127-128). La masa de los ciudadanos-consumidores se mueve en el interior de este proceso de estetización del mundo que se corresponde con lo que Nicolás Casullo llamaba la “culturalización de la política”, perspectiva que nos lleva directamente a la influencia decisiva que se ha establecido entre las esferas del lenguaje y de la economía en el interior del semiocapitalismo, una categoría perturbadora que busca descifrar la fabricación de subjetividad y los nuevos dispositivos de la servidumbre voluntaria que ya no se despliega en la dimensión exclusiva de la imagen sino que penetra en los intersticios del lenguaje hasta alcanzar su núcleo más profundo e inconsciente. Los sujetos sujetados en el interior de esta lógica del capital son, ahora, hablados por esta configuración hecha de algoritmos, figuras y diferencias digitales. La trampa ya ha sido construida y hemos caído en sus redes. ¿Seremos capaces de romper sus nudos?

Referencias:

1 - [1]Franco “Bifo” Berardi, Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva, Buenos Aires, Caja negra, 2017.

2 - En su notable libro Adam Smith en Pekin(Madrid, Akal, 2007), Giovanni Arrighi destacó una serie de características históricas que, a la luz de nuestra actualidad, constituyen rasgos decisivos para intentar comprender el alcance de la actual crisis de hegemonía de Estado Unidos que, al decir del economista italiano, aunque “un veredicto sobre el resultado final de la recuperación económica de Estado Unidos de la década de 1990 podría ser prematuro, sabemos que la belle époqueeduardiana terminó con la catástrofe de dos guerras mundiales y, entre ellas, el colapso económico global de la década de 1930” (pág. 126). Arrighi precisa mejor el carácter de la crisis al señalar que “hablaremos de crisis de hegemonía para designar una situación en la que el Estado hegemónico vigente carece de los medios o de la voluntad para seguir impulsando el sistema interestatal en una dirección que sea ampliamente percibida como favorable, no sólo para su propio poder, sino para el poder colectivo de los grupos dominantes del sistema. Las crisis no dan lugar necesariamente al fin de las hegemonías; especialmente relevante para nuestras preocupaciones es la distinción entre crisis de hegemonía que señalan problemas para los que cabe empero una solución relativamente prolongada –lo que llamaremos ‘crisis-señal’– y crisis que por el contrario se exacerban hasta dar lugar al fin de la hegemonía vigente, que denominamos ‘crisis terminales’” (págs.. 160-161). Para Arrighi Estados Unidos está yendo aceleradamente de una “crisis-señal” a una “crisis terminal” sin que, por supuesto, se pueda adelantar su desenlace ni precisar cómo será la nueva hegemonía. El proyecto estadounidense ha fracasado en su intención de constituirse, al mismo tiempo, en poder económico global y en imperio militar también planetario. Michael Mann, citado por Arrighi, afirma sin medias tintas que “el imperio estadounidense se convertirá en un gigante militar, un agente económico de segunda fila, un esquizofrénico político y un fantasma ideológico. El resultado es un monstruo deforme y perturbado que se tambalea torpemente por el mundo” (M. Mann, Incoherent Empire, Londres, Verso, 2003, pág. 13 en Arrighi, op. cit. Págs. 195-197). Siempre resulta interesante contrastar los puntos de vista del economista y el filósofo, en este caso de Giovanni Arrighi y de BifoBerardi, ya que mientras que el segundo aborda las grandes transformaciones que se dan en el sujeto, en el lenguaje y en la tecnología adelantando una conclusión bastante oscura y desprovista, en gran parte, de perspectiva histórica, el primero repasa con hondura las distintas etapas por las que atravesó el capitalismo, el carácter de sus crisis, los puntos de coincidencia (por ejemplo el predominio del capital financiero en el momento crepuscular durante cada una de estas etapas) y lo hace tratando de sostener una posición que se nutre de la comparación y de la historia para intentar descifrar las tendencias que se abren en la actualidad. Podría decirse que mientras que el filósofo se vuelca hacia el pesimismo civilizatorio (y eso más allá de que Berardi trata de sustraerse a esa inclinación que se desprende de sus análisis), el economista neomarxista busca establecer las relaciones entre una posibilidad cierta de catástrofe del sistema de hegemonía vigente sin, por ello, caer en el fatalismo.

3 - Fredric Jameson, Valencias de la dialéctica, Buenos Aires, eterna cadencia, 2013, págs. 456-457

Buenos Aires, 25 de julio de 2017

*Filósofo y ensayista argentino. Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
Editor/Director: Conrado Yasenza
www.lateclaene.com



 

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