Temer acorralado

Brasil, tan latinoamericano como siempre

Por Leandro Morgenfeld | Foto Mídia Ninja

El escándalo de Temer en Brasil como punto cúlmine de una serie de factores, desvanecen la ilusión, agitada con fuerza hasta hace poco, de que podría despegarse de sus vecinos y sumarse al primer mundo. Hoy constatamos que Brasil sigue siendo tan latinoamericano como siempre. La crisis tiene una dimensión regional, dice el historiador Leandro Morgenfeld y analiza el escenario más probable, en un maltrecho sistema político, con sus aliados económicos, mediáticos y judiciales.

El escándalo que estalló el miércoles a la noche, cuando se conoció que Temer había sido grabado aprobando una coima para garantizar el silencio de Cunha, es un capítulo más de la crisis económica, social y política en la que se sumergió Brasil desde el golpe parlamentario contra Dilma. Al derrumbe económico –el PBI se desplomó en los últimos dos años un 7%- se le suma una crisis social aguda -13% de desocupación. Profundizada por el plan neoliberal de Temer y el ministro de economía Meirelles: recortes en salud, educación y planes sociales, enmienda constitucional para congelar el presupuesto en inversión social por 20 años, proyecto de flexibilización laboral y extensión de la edad jubilatoria. Si América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo, Brasil encabeza ese oprobioso ranking. La profunda degradación de las condiciones de vida de las mayorías, la (re)emergencia de las guerras entre bandas narcos (PCC, Comando Vermelho), que en enero se cobraron la vida de decenas y decenas de presos, y la creciente ola de criminalidad en ciudades como Rio de Janeiro desvanecen la ilusión, agitada con fuerza hace 4 o 5 años, de que Brasil podía despegarse de sus vecinos y sumarse al primer mundo, jugando en las grandes ligas (logrando, por ejemplo, un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU). Hoy constatamos que Brasil sigue siendo tan latinoamericano como siempre.





Hasta hace una semana, Temer apenas era aprobado por el 5% de los brasileros. Desde que le arrebató la presidencia a Dilma con la excusa de las “pedaladas fiscales” (movimientos contables) casi no puede aparecer en público. Después del audio, ni con el pulmotor mediático que le garantiza el sistema político en putrefacción podría sobrevivir por mucho más tiempo. Hace 48 hs se conoció, a través de una operación espectacular que genera envidia hasta en los guionistas de House of Cards (en la cuenta oficial de la serie tuitearon “Tá difícil competir”), lo que todos ya sabíamos y habíamos dicho: el tridente golpista –Temer, Neves y Cunha- se valieron de la corrupción como excusa para voltear a un gobierno electo democráticamente e imponer un plan de ajuste neoliberal, en el plano interno, y una política exterior subordinada a Estados Unidos.

El desenlace de la crisis, todavía incierto, muestra el acierto de la consigna “Fora Temer”: permitió unificar a todas las fuerzas populares y democráticas –lulistas o no lulistas- en la lucha contra la restauración neoliberal, xenófoba, misógina, homofóbica y antipopular vislumbrada desde el instante en que el ilegítimo nombró a su gabinete. Esa consigna sigue vigente –pende de un hilo, pero todavía no cayó-, pero ahora se le suma otra: “Directas já”. O sea, la disyuntiva es clara: un (nuevo) acuerdo de cúpulas o elecciones directas. La primera opción tiene dos variantes. Una, intentar mantener en el poder al cadáver político en que se convirtió Temer hasta las presidenciales del 2018. El PSDB, luego de la renuncia de su presidente Neves y las declaraciones de ayer de Cardoso –sugirió la conveniencia de la renuncia de Temer-, hoy declaró que mantendría a sus cuatro ministros en el gabinete presidencial. Esa primera variante es hoy en día improbable, por el tembladeral que provocaron los audios y los videos y por las nuevas informaciones que se conocen en estas horas (en delación premiada, Joesley Batista, del grupo frigorífico JBS, declaró que desde 2010 pagó más de 1 millón y medio de dólares en coimas por requerimiento de Temer). La otra opción sería forzar su renuncia, iniciar un impeachment, que el tribunal electoral anule toda la fórmula de 2014 por el financiameinto de la campaña o que avance una denuncia presentada por la Procuraduría General de la República. Ante la eventual salida de Temer por cualquier de estas cuatro vías, lo cual se perfila hoy como el escenario más probable, el maltrecho sistema político, con sus aliados económicos, mediáticos y judiciales ya elaboran distintas alternativas para lograr la “reducción de daños”, que cambie algo para que todo siga más o menos igual. Para descomprimir la indignación general, que mejor que apurar la danza de nombres para suplantar al ya indefendible Temer. ¿Lo reemplazará el líder de la Cámara de Senadores o la de Diputados, el de la Corte Suprema, o el ministro de hacienda? Con eso intentarán entretenernos en las próximas horas y días.





Más que mirar hacia arriba, hacia los juegos y luchas palaciegas, valdría más la pena prestar atención a lo que pasa por abajo. Hace pocos días hubo una poco frecuente huelga general. Ayer hubo manifestaciones en San Pablo, Rio de Janeiro, Brasilia, Porto Alegre, Recife, Fortaleza, Curitiba y otras muchas ciudades de Brasil. Para el domingo, los frentes Pueblo Sin Miedo y Brasil Popular están convocando a movilizaciones masivas exigiendo no sólo la renuncia de Temer, sino llamando a frenar el armado de un nuevo gobierno ilegítimo. Para eso, el único camino son las elecciones directas y anticipadas. El establishment resiste esa salida porque el PSDB (Cardoso, Neves) y el PMDB (Temer, Cunha) no tienen candidatos atractivos. Todas las encuestas las encabeza hoy Lula, ya lanzado a la campaña, pero que enfrenta un panorama judicial complejo, que lo podría terminar proscribiendo. Ayer, en conferencia de prensa, Gilmar Mauro, del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) lo expresó con claridad: “Convocamos a todos y todas, inclusive a los sectores que apoyaron el impeachment contra Dilma Rousseff, influidos por los medios de comunicación, y que hoy se están dando cuenta de este golpe político. Nosotros no queremos ningún tipo de conflicto. Queremos que la población venga a las calles con sus banderas, que derrumbemos a Temer y que construyamos elecciones que garanticen el voto”. Agrupaciones como el Movimiento Brasil Libre (MBL) o Vem Pra Rua desistieron hoy de convocar a marchar el domingo. Los primeros, que habían pedido ayer la renuncia de Temer, hoy plantean esperar a ver cómo avanzan las investigaciones judiciales. Los segundos mantienen la convocatoria a salir a las calles, pero la posponen. En estas horas, una vez más, la resolución de la crisis dependerá de la capacidad de movilización popular y de la disputa por el sentido de las concentraciones callejeras, que se auguran masivas.

La crisis en Brasil tiene también una dimensión regional ineludible. En primer lugar, muestra las dificultades que enfrenta la restauración conservadora y neoliberal. Ni Peña Nieto, ni Temer, ni Macri tienen demasiados logros para mostrar ni articulan un proyecto regional coherente. América Latina está sumida en una recesión de la que no logra salir, las instituciones de coordinación y cooperación regional, como la UNASUR y la CELAC, están virtualmente paralizadas, frente a la ofensiva de Estados Unidos y aliados para recomponer la legitimidad de la alicaída OEA. Crece la desigualdad, la pobreza, el narcotráfico y la violencia. Ni siquiera avanzan los tratados de libre comercio, presentados como panacea de la globalización neoliberal, pero impugnados en Estados Unidos y Europa. El desplome de Temer, la putrefacción del sistema político encabezado por el PRI y el PAN en México, y su incapacidad para hacer frente a los embates de Trump, y la imposibilidad de Macri de reactivar la economía argentina ponen en crisis el relato anti-populista. Los máximos representantes del neoliberalismo latinoamericano no entusiasman, no logran inversiones, ni bajar los déficits ni mejorar casi ningún indicador económico y social. Tampoco pueden seguir blandiendo la bandera del honestismo, menos aún después del papelón de Temer, de los coletazos regionales de los Panamá Papers o el escándalo Odebrecht.





Si Temer va a pasar a la historia como traidor y corrupto, Macri también tendrá que asumir la parte de responsabilidad que le compete. Tempranamente, cuando se inició el proceso del ilegítimo desplazamiento de Dilma, cuestionado por los gobiernos de otros países de la región, el líder del PRO le dio un crucial respaldo diplomático y político. Luego se fotografiaron sonriendo en muchas oportunidades, Macri fue recibido con honores en Brasilia e invitó a Temer a la Argentina. Imaginaron que así sepultarían cualquier atisbo de proyecto popular en la región, atacaron a Venezuela –suspendiéndola del Mercosur- y pergeñaron una estrategia conjunta que preveía una apertura comercial, firmar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea y remolcar al resto del continente hacia un nuevo ALCA. El desplome de Temer no hace más que corroborar lo mal que la cancillería argentina lee los últimos acontecimientos mundiales y lo errática que es la política exterior de Macri.

En Brasil se asiste a una descomposición del sistema político que implementó un brutal ajuste neoliberal. Ante esta grave situación, que sin dudas tendrá un impacto económico negativo en la región (mayor riesgo país, menos inversiones, más volatilidad e incertidumbre, presiones devaluatorias, caída del comercio), hay que evitar las salidas neofascistas o ultraconservadoras como las que vienen apareciendo en Europa o se expresaron en Estados Unidos con el triunfo de Trump. Frente a la incertidumbre global, Nuestra América requiere, una vez más, construir una alternativa original al neoliberalismo en crisis, que se asiente en las mejores tradiciones populares, latinoamericanistas y antiimperialistas.

Revista Anfibia

 

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