La negación de la vergüenza

Por Roberto Marra

Los invisibles de la historia parecen ni siquiera merecer la mirada de los otros y son lo que son por sus únicas culpas. Los que no miran siguen sus caminos de vergüenzas escondidas con sus inmoralidades a flor de piel. Desde las pantallas de las mentiras nos dicen que todo está yendo bien, aunque estemos cada vez peor.

La mujer en el umbral pidiendo trabajo, la nena que nos quiere vender pañuelitos, las familias enteras en un carro desvencijado revolviendo los contenedores de basura, los pibes que se arrojan sobre los parabrisas para limpiarlos a cambio de moneditas, las madres tiradas en el piso de una vereda sucia pidiendo mientras amamanta a su bebé, el anciano que casi no puede caminar rogando ayuda en un semáforo, la chiquita que toca los timbres para preguntar si tienen algo para comer, los chiquitos que se cuelgan de los colectivos, el emborrachado en silla de ruedas envuelto en sus hedores, los adolescentes con miradas perdidas en las esquinas de los barrios miserables, el hombre con su bolsita y su bicicleta recorriendo obras en construcción para pedir una changa, los pies descalzos de chiquitos en invierno, las calles embarradas de las villas de lata, las colas de jubilados por una bolsa con comida. Son los invisibles, los negados, los desarrapados de la historia, los que parece que no merecieran ni siquiera la mirada de los otros, los que al parecer, son lo que son por sus únicas culpas.

La sociedad “bien habida”, la de los invisibilizadores, los negadores, los desarrapadores, los que no miran, los que no sienten culpas, los descartadores, esos siguen sus caminos de vergüenzas escondidas tras sus inmoralidades a flor de piel. Disimulan sus impudicias con donaciones de paquetes de polentas vencidas a los inundados, se regodean de admiración por los millonarios que exhiben sus riquezas en obscenas parodias de almuerzos televisivos, participan de maratones para promover ayudas que nunca llegan a los necesitados, organizan marchas de antorchas que oscurecen las verdades que construyen con sus egoísmos.

La repetición de la historia de la miseria parece no tener la posibilidad de finalizar. Se ha transformado en una especie de espiral de olvido y ceguera que profundiza el abismo que separa la vida de la sub-vida, esa que solo sirve para permanecer un tiempo sobre la tierra, sin destino y sin derechos. Detrás de esa sucia historia está el Poder. Construido en base a la muerte y el desprecio, se pasea orondo desde siempre, acostumbrando a las mayorías a un sufrimiento que ya casi parece normal.

Es la normalidad de quienes nos avisan, desde las pantallas de las mentiras, que todo está yendo bien, aunque estemos cada vez peor. Es la costumbre asumida como verdad absoluta, para tranquilizar las conciencias que sabemos mugrientas por tantas repugnantes realidades que se esconden en las guaridas más oscuras de la sociedad. Es la persecución a la rebeldía apenas asomada, apaleada a destajo por energúmenos con uniformes, brazo armado de una justicia que solo sirve a quienes la manejan a su antojo.

Cuesta encontrar la salida, cuando por toda respuesta a los reclamos hay balas, cuando las definiciones de la realidad emergen de ignorantes con micrófonos, cuando la conducción económica está en manos de quienes tuercen las razones y la lógica con sus propios intereses de clase, adueñados de un Estado que incumple cada una de sus funciones, con el único objetivo de alimentar las fortunas guarecidas en lejanos paraísos fiscales de los millonarios devenidos funcionarios.

A pesar de tantos pesares, la dignidad se abre paso entre el estiércol del abandono y la injusticia. Los sueños nunca parecen ser derrotados del todo y alimentan la esperanza de quienes todavía mantienen la capacidad de razonamiento alejada de las brutalidades mediáticas, buscando la salvación de la mujer del umbral, la nena de los pañuelitos, las familias de la basura, los pibes de los parabrisas, el anciano de los semáforos, la nena de los timbres, el albañil que busca changas, los jubilados de la cola y tantos otros seres humanos arrojados a la miseria material y la oscuridad espiritual, incluso hasta la negación de sus propias existencias.

“¿De donde saldrá el martillo verdugo de esta cadena?” decía Miguel Hernández en su sublime poema “El niño yuntero”. Y se respondía con la razón más simple e incontrastable: “Que salga del corazón, de los hombre jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros.”

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