ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Las hermanas

Por James Joyce

Esta vez ya no había lugar para la esperanza: era el tercer ataque. Noche tras noche había yo pasado por la casa (estaba de vacaciones) para estudiar el iluminado cuadrado de la ventana, y noche tras noche la había encontrado iluminada de la misma tenue y desmayada manera. Si hubiera muerto, pensaba yo, se vería el reflejo de unas velas sobre las oscurecidas persianas, pues sabía que han de ponerse dos velas a la cabecera de un cadáver. Me decía con frecuencia: No me queda mucho tiempo en este mundo, y yo siempre consideré ociosas tales palabras. Ahora sabía que eran verdad. Todas las noches, al levantar la mirada hacia la ventana, me decía suavemente a mí mismo la palabra parálisis. Siempre sonaba rara a mis oídos, como la palabra gnomon[2] en el Euclides[3] y la palabra simonía[4] en el catecismo. Pero ahora me sonaba como si fuese el nombre de algún ser maléfico y pecaminoso. Hacía que se me saltaran las lágrimas, y sin embargo no paliaba mi deseo de estar cerca y observar su trabajo mortífero.

El viejo Cotter estaba sentado junto a la chimenea, fumando, cuando bajé las escaleras para cenar. Mientras tía me servía las gachas, el viejo Cotter dijo, como si retomara algún viejo comentario de los suyos:

—No, yo no diría que estaba exactamente… Pero había algo extraño… Siempre tuvo un aire misterioso. En mi opinión…

Comenzó a dar chupadas a su pipa, recomponiendo sin duda, la opinión que guardaba en la cabeza. ¡Viejo loco fastidioso! Cuando le conocimos era un hombre bastante interesante, hablando siempre de posos y de gusanos[5], pero no tardé en hartarme de él y sus inacabables historias sobre la destilería.

—Tengo mi propia teoría al respecto —dijo—. Creo que se trataba de uno de esos… casos peculiares… Pero es difícil decir…

Comenzó a dar chupadas de nuevo a su pipa sin plantearnos su opinión. Mi tío vio que yo le miraba, y me dijo:

—Bueno, supongo que lamentarás saber que tu viejo amigo ha muerto.

—¿Quién? —dije yo.

—El padre Flynn.

—¿Ha muerto?

—El señor Cotter nos lo acaba de decir. Ha pasado por su casa.

Era consciente de la observación a que me encontraba sometido, de modo que continué comiendo como si no me interesara la noticia. Mi tío le dio una explicación al viejo Cotter.

—El joven y él eran grandes amigos. El viejo le enseñaba muchas cosas, y dicen que tenía grandes proyectos para él.

—Dios tenga piedad de su alma —dijo mi tía, caritativamente.

El viejo Cotter me miró por un momento. Fui consciente del examen de sus ojos negros como abalorios, pero no quise satisfacerle levantando la mirada del plato. Volvió a dedicarse a su pipa y acabó por escupir ineducadamente en la parrilla.

—No me hubiera gustado —dijo— que un hijo mío tuviera mucho que ver con un hombre como ese.

—¿Qué quiere decir, señor Cotter? —preguntó mi tía.

—Quiero decir que es malo para los niños. Mi idea es: deja que un chaval corra y juegue con los chavales de su edad y no que… ¿Tengo razón, Jack?

—Ese es también mi principio —dijo mi tío—. Que aprendan a valerse por sí mismos. Eso es lo que siempre le digo a este joven Rosacruz[6]; haz ejercicio. Porque cuando yo era un mozalbete me daba un baño frío todas las mañanas de la vida, en invierno y en verano. Y eso es algo que sigue siendo tan bueno como entonces. La educación es algo admirable e importante… El señor Cotter —añadió, dirigiéndose a mi tía— querrá tomar un poco de esa pierna de cordero.

—No, no, no para mí —dijo el viejo Cotter.

Mi tía trajo un plato de la despensa y lo puso en la mesa.

—Pero ¿por qué no cree que sea bueno para los niños, señor Cotter? —preguntó mi tía.

—Es malo para los niños —dijo el viejo Cotter— porque sus mentes son muy impresionables. Cuando los niños ven cosas como esas, ya se sabe, reciben una impresión…

Yo me llené la boca de gachas por miedo a que se me escapara algún comentario airado. ¡Viejo imbécil fastidioso de nariz colorada!

Me dormí bastante tarde. Aunque me molestaba que el viejo Cotter se refiriera a mí como si fuera un niño, me puse a estrujarme la cabeza para sacar algo en limpio de sus frases inconclusas. En la oscuridad de mi habitación me imaginé que veía de nuevo el pesado rostro gris del paralítico. Me eché las mantas por la cabeza y traté de pensar en la Navidad. Pero el rostro gris no dejó de seguirme. Le oí murmurar, y comprendí que había algo que deseaba confesar. Noté que mi alma se replegaba a alguna región depravada y placentera, y en ella le encontré de nuevo, esperándome. Empezó a confesarme algo entre murmullos y yo me pregunté por qué sonreía continuamente y por qué sus labios estaban tan húmedos de saliva. Pero entonces recordé que había muerto de parálisis[7] y me di cuenta de que también yo sonreía débilmente como si quisiera absolverle de lo simoníaco de su pecado.

La mañana siguiente, después del desayuno, bajé a ver la casita en Great Britain Street[8]. Se trataba de una tienda modesta, registrada bajo el vago nombre de Pañería. La pañería consistía principalmente en zapatos infantiles de plástico y paraguas. Los días normales solía haber un anuncio en la ventana que decía: «Se arreglan paraguas». No se veía ningún anuncio porque los postigos estaban cerrados. En la aldaba se había anudado un crespón con una cinta. Dos mujerucas y un aprendiz de cartero leían la tarjeta pinchada en el crespón.

1 de julio de 1895[9]
El Rev. James Flynn
(que fue de la iglesia de Sta. Catalina[10], Meath Street),
de sesenta y cinco años.
R. I. P.

La lectura de la tarjeta me convenció de que había muerto. El hecho de que tuviera que reprimir mí reacción, me perturbó. Si no hubiera muerto, yo habría avanzado hasta el cuarto oscuro detrás de la tienda para encontrarlo sentado en su sillón de orejas junto al fuego, casi sofocado en su gabán. Mi tía quizá me hubiera dado un paquete de High Toast[11] para él, y ese regalo le habría sacado de su estupefacto sopor. Yo vaciaba siempre el paquete en su caja negra de rapé, pues sus manos temblaban demasiado como para permitirle hacerlo sin tirar la mitad del rapé por el suelo. Incluso cuando levantaba las manos hasta la nariz, unas pequeñas nubes de humo se escurrían entre sus dedos y caían en la pechera de su abrigo. Esa constante lluvia de rapé era probablemente lo que daba a sus viejas vestiduras sacerdotales un aspecto verde pálido, pues el pañuelo rojo, que siempre estaba ennegrecido por las manchas de rapé, con el que trataba de sacudir los granos caídos, resultaba absolutamente ineficaz.

Me hubiera gustado entrar y verle, pero no tuve el coraje de llamar. Me fui caminando lentamente por el lado soleado de la calle, leyendo al pasar todas las carteleras teatrales puestas en los escaparates. Me parecía extraño que ni el día ni yo nos sintiéramos apesadumbrados, e incluso me molestó descubrir en mí mismo una sensación de libertad, como si su muerte me liberara de algo. Me pregunté el motivo de esto, pues, tal como había dicho mi tío la noche pasada, él me había enseñado muchas cosas. Había estudiado en el colegio irlandés en Roma[12] y me había enseñado a pronunciar correctamente el latín[13]. Me había contado historias sobre las catacumbas y de Napoleón Bonaparte[14], y me había explicado el significado de las distintas ceremonias de la Misa y de las diferentes vestiduras usadas por el sacerdote. A veces se divertía haciéndome preguntas difíciles, preguntándome lo que se debía hacer en ciertas circunstancias o si tales y tales pecados eran mortales o veniales o tan sólo imperfecciones. Sus preguntas me mostraban cuán complejas y misteriosas eran ciertas instituciones de la Iglesia que yo siempre había considerado como los actos más simples. Los deberes del sacerdote para con la Eucaristía y para con el secreto de confesión me parecían tan solemnes que me preguntaba cómo había gente con el coraje suficiente como para afrontarlos; de modo que no me sorprendió cuando me dijo que los padres de la iglesia habían escrito libros tan gruesos como la Guía Postal[15] y tan densamente impresos como las noticias legales de los periódicos, para elucidar todas esas intrincadas cuestiones. Cuando me ponía a pensar en estas cosas me resultaba imposible responder o daba unas respuestas vacilantes y locas ante las que él acostumbraba a sonreír moviendo la cabeza dos o tres veces. A veces me ponía a recitar las respuestas del acompañamiento de la Misa, que me había hecho aprender de memoria, y mientras yo parloteaba, él sonreía pensativamente y movía la cabeza, llevándose grandes pellizcos de rapé a una y otra fosa nasal. Cuando sonreía mostraba sus grandes dientes descoloridos y colocaba la lengua sobre el labio inferior, una costumbre que me inquietó al comienzo de nuestra relación, antes de que llegara a conocerle bien.

Según caminaba bajo el sol recordé las palabras del viejo Cotter y traté de recordar lo que había pasado en el sueño. Recordé que había visto unas largas cortinas de terciopelo y una lámpara pasada de moda que se balanceaba. Había sido como si estuviera muy lejos, en algún lugar de extrañas costumbres, Persia, supongo… Pero no podía recordar cómo terminaba el sueño.

Mi tía me llevó por la tarde al velorio. Aunque había caído el crepúsculo, los cristales de las ventanas aún reflejaban el espeso tono dorado de un gran banco de nubes. Nannie nos recibió en el vestíbulo, y como hubiera resultado impropio saludarla en voz alta, mi tía se limitó a estrecharle la mano. La vieja señaló hacia arriba interrogativamente y, ante el movimiento de cabeza de mi tía, se puso a subir trabajosamente la escalera delante de nosotros, inclinando la cabeza de un modo que apenas le quedaba más alta que la barandilla. Se detuvo en el primer rellano y nos hizo un gesto para que avanzáramos hacia la puerta abierta de la habitación mortuoria. Mi tía cruzó la puerta, y la vieja me hizo una señal insistente en cuanto se percató de mi titubeo.

Yo entré de puntillas. La luz que se filtraba por los encajes al pie de las cortinas envolvía la habitación con un tenue fulgor dorado en el que las velas parecían pálidas llamas adelgazadas. Le habían puesto en un ataúd. Nannie se colocó junto a nosotros y los tres nos arrodillamos a los pies de la cama. Intenté rezar, pero no pude concentrarme porque el bisbiseo de la vieja me distraía. Me fijé en que el vuelo de la falda se le abarquillaba de un modo chabacano, y en que tenía desgastados en el mismo sentido los tacones de sus botas de fieltro. Se me antojó que el viejo sacerdote sonreía tendido en su ataúd.

Pero no. Cuando nos levantamos y subimos a la cabecera de la cama vi que no sonreía. Allí estaba tendido, solemne y cuantioso, vestido como si fuera al altar, sujetando lánguidamente un cáliz entre sus grandes manos. Su rostro, gris y abultado, con las fosas nasales de un negro cavernoso y una exigua piel blanca alrededor, tenía un aspecto sumamente truculento. Las flores impregnaban la habitación de un aroma pesado.

Nos santiguamos y salimos. En el cuartito de abajo encontramos a Eliza ceremoniosamente sentada en su sillón de orejas. Yo avancé vacilante hacia mi silla habitual de la esquina, mientras Nannie iba al aparador y cogía un escanciador de jerez y algunas copas que colocó en la mesa, invitándonos a tomar un poco de vino. Cuando su hermana dio la orden, sirvió el jerez y nos pasó las copas, insistió en que tomara unas pastas de crema pero decliné la invitación porque pensé que haría mucho ruido al comérmelas. Pareció de algún modo desilusionada ante mi rechazo y se movió lentamente hasta el sofá en el que se sentó del lado en el que se encontraba su hermana. Nadie habló; todos fijamos la mirada en la vacía chimenea.

Mi tía aguardó hasta que Eliza suspiró, y entonces dijo:

—Ah, bueno, se ha ido a un mundo mejor.

Eliza suspiró de nuevo e inclinó la cabeza en aquiescencia. Mi tía acarició con los dedos el tallo de su copa antes de dar un traguito.

—¿Se… en paz? —preguntó.

—Oh, absolutamente en paz, señora —dijo Eliza—. Es imposible decir cuándo expiró. Tuvo una hermosa muerte, bendito sea Dios.

—¿Y lo demás?[16].

—El padre O’Rourke estuvo con él el martes y le dio la extremaunción y le preparó y todo.

—¿Era consciente?

—Estaba absolutamente resignado.

—Tal es el aspecto que tiene —dijo mi tía.

—Eso es lo que dijo la mujer que mandamos llamar para que lo lavara. Dijo que parecía como si estuviera durmiendo, de lo apacible y resignado que estaba. Nadie hubiera imaginado que se convertiría en un cadáver tan hermoso.

—Desde luego —dijo mi tía.

Sorbió un poco más de su copa y dijo;

—Bueno, señorita Flynn, en cualquier caso ha de ser un gran consuelo para ustedes saber que hicieron cuanto pudieron por él. He de decir que fueron muy solícitas con él.

Eliza pasó las manos por el vestido sobre sus rodillas.

—¡Ah, pobre James! Bien sabe Dios que hemos hecho cuanto estuvo a nuestro alcance, a pesar de nuestra pobreza. No podíamos soportar que le faltara cualquier cosa en su situación.

Nannie había inclinado la cabeza contra un almohadón del sofá y parecía estar a punto de dormirse.

—La pobre Nannie —dijo Eliza, mirándola— está agotada. Hemos tenido mucho trabajo, ella y yo, buscando la mujer que lo lavara y echándolo en la cama y después el ataúd y después el encargo de la misa en la capilla. De no ser por el padre O’Rourke no sé qué habríamos hecho. Fue él quien trajo las flores y las dos velas de la capilla y quien escribió la esquela para el Freeman’s General[17] quien se hizo cargo de todos los papeles para el cementerio y para el seguro del pobre James[18].

—¿No es admirable? —dijo mi tía.

Eliza cerró los ojos y movió lentamente la cabeza.

—Ah, no hay amigos como los viejos amigos —dijo—, cuando todo está dicho y hecho no hay amigos en quienes confiar.

—Así es, verdaderamente —dijo mi tía—. Y estoy segura de que ahora que se ha ido a gozar de su eterna recompensa, no olvidará los cuidados que tuvieron ustedes para con él.

—¡Ah, pobre James! —dijo Eliza—. Bien poco trabajo que nos daba. Apenas hacía más ruido que el que hace ahora. Pero se ha ido y ya no hay más que hacer.

—Es ahora cuando le echarán más de menos —dijo mi tía.

—Lo sé —dijo Eliza—. Ya no le llevaré más tazas de caldo, ni usted, señora, le enviará su ración de rapé. ¡Ah, pobre James!

Dejó de hablar, como si entrara en comunión con el pasado, y después dijo, con un tono cauteloso:

—Le diré que últimamente le encontraba algo raro. Siempre que le llevaba su taza de caldo me lo encontraba echado hacia atrás en el sillón, con la boca abierta y el breviario caído en el suelo.

Se llevó un dedo a la nariz, frunció el ceño y después continuó:

—Con todo y con eso no dejaba de hablar sobre la excursión que pensaba hacer antes del verano, llevándonos a Nannie y a mí con él, un día que hiciera bueno, a ver de nuevo la vieja casa en la que nació, allá por Irishtown[19]. Pensaba que de camino, ahí por Johnny Rush[20], podríamos coger uno de esos carruajes modernos de los que le hablaba el padre O’Rourke, esos que no hacen ruido porque llevan reumáticos[21] en las ruedas, y suponía que nos harían una rebaja por alquilarlo para los tres toda la tarde de un domingo. Tenía esa idea fija… ¡Pobre James!

—¡El Señor tenga piedad de su alma! —dijo mi tía.

Eliza sacó un pañuelo para secarse los ojos con él. Después lo volvió a guardar en el bolsillo y dejó de hablar durante un rato, sin apartar la mirada de la parrilla de la chimenea.

—Siempre fue tan escrupuloso —dijo—. Vivía agobiado por los deberes del sacerdocio. Y de repente algo se le atravesó en la vida, por así decir.

—Sí —dijo mi tía—. Era un hombre decepcionado. Eso saltaba a la vista.

El silencio se apoderó del cuartito, y yo aproveché la ocasión para acercarme a la mesa, probar el jerez y regresar silenciosamente a mi silla del rincón. Eliza parecía haber caído en un profundo arrobamiento, y tras una larga pausa dijo lentamente:

—Fue aquel cáliz que rompió… ahí comenzó todo. Dijeron que no había pasado nada, naturalmente, que estaba vacío, quiero decir. Pero de todos modos… Dijeron que la culpa había sido del muchacho. Pero el pobre James era tan nervioso. ¡Dios le tenga en Su gloria!

—¿Qué fue lo que le pasó? —dijo mi tía—. He oído algo…

Eliza asintió con la cabeza.

—Aquello le afectó a la cabeza —dijo—. Se convirtió en un hombre taciturno y errabundo, dejó de hablar y de ver a la gente. Una noche le vinieron a buscar para que asistiera a alguien y no dieron con él. Le buscaron por todos los lados sin conseguir encontrarle. El sacristán sugirió que le buscaran en la capilla. Así que cogieron las llaves, abrieron la capilla y el sacristán, el padre O’Rourke y otro sacerdote entraron con una vela para buscarle… ¿Se puede imaginar usted que allí era donde estaba? Sentado en la oscuridad de su confesonario, absolutamente despierto y como si se estuviera riendo para su coleto.

Dejó de hablar súbitamente como si hubiera oído algo. Yo también me puse a escuchar, pero no se produjo ruido alguno en toda la casa. Yo sabía que el viejo sacerdote descansaba en su ataúd tal como le habíamos visto, en una muerte truculenta y solemne, con un cáliz desmayado sobre el pecho.

Eliza tomó el hilo de nuevo:

—Absolutamente despierto y como si estuviera riendo para su coleto… Así que, claro, en cuanto le vieron de tal guisa, pensaron que algo raro le había pasado…

Notas

[1] La primera versión de este cuento acabó de escribirse en julio de 1904 y apareció publicada el 13 de agosto de ese año en la revista The Irish Homestead. Luego se modificó sustancialmente, entre mayo y junio de 1906, para su posterior publicación en Dublineses en 1914.
[2] Aunque éste es el nombre de un antiguo instrumento astronómico con el que se medía la posición del Sol, así como la denominación que recibe el indicador de las horas en los relojes solares, en este contexto es un término geométrico. Aquí debe entenderse, pues, como la parte que queda de un paralelogramo al que se le quita un paralelogramo similar de uno de sus extremos. El término ha sido glosado asimismo como una imagen adecuada de todo el libro, que es un conjunto de fragmentos extraídos de la vida de Dublín.
[3] Se alude al famoso tratado sobre geometría, Elementos, del conocido geómetra alejandrino del siglo IV a. C.
[4] Según la tradición católica, es la compra o venta de cosas espirituales, como bendiciones o sacramentos, o también temporales anejas a las espirituales, como las prebendas y beneficios eclesiásticos. Se entiende también como la infracción de la ley natural, tal como la define la doctrina católica de la Iglesia.
[5] Referencia al proceso de destilación del whisky. Con «gusanos» se alude a un tipo de tubo en espiral en el que se destila el licor.
[6] La alusión es posiblemente irónica en este contexto, refiriéndose a la naturaleza soñadora del niño. Los Rosacruces son una secta secreta de místicos fundada a finales del siglo XV por el monje alemán Christian Rosenkreutz. Adquirió una gran extensión en el siglo XIX, cuando los poderes misteriosos y ocultos atrajeron a muchos desengañados con la religión convencional. El poeta irlandés W. B. Yeats se mostró muy interesado en estas cuestiones, sobre las que escribió un ensayo titulado «El cuerpo del Padre Christian Rosencrux», publicado en 1895, justamente el año en el que se sitúa este cuento.
[7] Para la diversidad de interpretaciones del término «parálisis» en esta frase, véanse las preguntas que se formula Richard Brown (James Joyce. A Post-Culturalist Perspective, Londres, Macmillan, «Macmillan Modern Novelist Series», 1992, pág. 10) y que se recogen al final de la introducción de esta edición.
[8] Es una calle situada en el centro de Dublín, al norte del río Liffey, en un área habitada por muchos pobres. Hoy se llama Parnell Street.
[9] El primero de julio la Iglesia Católica celebra la festividad de la «Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo», lo que algunos críticos han encontrado significativo. Pero es también la fecha de un acontecimiento histórico importante para Irlanda: la Batalla del Boyne, en la que Guillermo de Orange (Guillermo III) derrotó a la Irlanda católica en 1690; este hecho se conmemora en Irlanda del Norte el 12 de julio como la victoria de la causa protestante.
[10] La iglesia de Santa Catalina es una iglesia católica al sur del río Liffey, en un área más acomodada de la ciudad.
[11] Es una marca de rapé.
[12] Es un seminario irlandés fundado en Roma en 1628, donde —hasta finales del siglo XVIII— tenían que estudiar los seminaristas irlandeses que aspiraban al sacerdocio, pues los seminarios estuvieron prohibidos en Irlanda desde las Leyes Penales del siglo XVII. A partir del siglo XIX sólo estudiaban en él los futuros sacerdotes que resultaban más prometedores.
[13] La pronunciación del latín que probablemente enseñaba el padre Flynn era la romana, que se puso de moda en la Iglesia Católica a partir del siglo XIX; se intentaba imitar la pronunciación latina ciceroniana (siglo I a. C.), frente a la costumbre imperante hasta entonces de la pronunciación del latín medieval, o (en Inglaterra) el llamada «método inglés», extendido en todo el mundo anglo-sajón. La cuestión era aún polémica en el momento en que Joyce escribe.
[14] Napoleón (1769-1821) cerró el Colegio Irlandés de Roma en 1798.
[15] La Guía Postal es una publicación dublinesa anual que recoge las direcciones y nombres de los residentes en la ciudad.
[16] La pregunta parece implicar, en opinión de algunos críticos, cierto misterio, pues el hecho de que se inquiera sobre si el sacerdote recibió, o no, «lo demás» (se entiende la extremaunción) hace sospechar que hubiera circunstancias extraordinarias en la muerte que tal vez impidieran la administración de este sacramento.
[17] Diario nacionalista, cuya denominación correcta y completa es Freeman’s Journal and National Press. El nombre que le da Eliza es una incorrección derivada de la similitud de pronunciación entre General y Journal, lo que es indicativo del bajo nivel educativo del personaje.
[18] La alusión a los gastos del funeral y al seguro revela una típica preocupación irlandesa de clase media por estas cuestiones. Es un detalle que está en consonancia con el origen humilde del padre Flynn (procede del barrio de Irishtown, aunque se educara en el Colegio Irlandés de Roma).
[19] Es un barrio pobre de Dublín, al sur del río Liffey.
[20] Francis (Johnny) Rush es el nombre de un propietario de coches y carruajes, en el número 10 de Findlater’s Place.
[21] De nuevo Eliza comete una incorrección, al confundir «neumáticos» con «reumáticos». Sin embargo, en este caso, puede tratarse de un uso consciente, ya que este tipo de empleos humorísticos solía (y suele) ser habitual en el lenguaje popular de Dublín.

(De Dublinenses, James Joyce, 1914. Traducción de Eduardo Chamorro, 1993)

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