ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Recuerdo de una ternera

Por John Berger

Hubert condujo la ternera hasta el camión y le quitó el collar. Más tarde lo colgaría de un clavo en el pajar, y allí quedaría preparado para la próxima ternera. Hubert era un hombre grande, pero muy meticuloso. El tratante enviado por la fábrica le preguntó cuál era su precio. Cuando no quería hablar de algo, Hubert tenía la costumbre de emitir unos sonidos semejantes al habla, pero que en realidad no formaban palabras; eran convincentes, sin embargo, y sonaban como un patois. Si Marie le preguntaba en dónde había estado trabajando, y sus pensamientos andaban todavía por otro lado, Hubert le respondía con este lenguaje incomprensible y cortés. Ahora lo hacía para forzar al comprador a que diera él primero su precio por la ternera. Al contrario que con la mayor parte del ganado, este no se estimaba por el peso, sino por el aspecto. Hubert dobló los billetes formando un pequeño paquete cuadrado que se echó a las profundidades de uno de los bolsillos del pantalón. Luego los dos hombres subieron a la cocina para tomar un vaso de gnôle.

Cada vez que Hubert pasaba junto a ella en el establo, la ternera retrocedía con un ademán brusco y torpe. Estaba atada con una cadena y un collar, muy pegada al muro. Todo lo que podía hacer era arremeter contra este con la cabeza y dar patadas al aire con las patas traseras. La parte inferior del muro había tomado un color marrón por los excrementos de las otras terneras que habían estado atadas a la misma anilla.

No tenía nombre, porque Marie no ponía nombre a las terneras que no iban a guardar. A los diez días de nacer era muy tímida. Esto fue a fines de febrero. Los torrentes que caían entre los riscos estaban petrificados y transparentes como carámbanos. La ternera dormía sobre una tabla dispuesta en el suelo de piedra para resguardarla del frío. Estaba casi siempre levantada esperando a que le echaran el forraje. Aprendió a dar patadas. Llegó a reconocer la presión del collar cuando se alejaba demasiado del muro. Distinguía entre cerca y lejos. Cualquier movimiento aproximatorio hacia ella desde la distancia pasó a convertirse en una amenaza.

A los cinco días de nacer, Hubert le ató al hocico un cubo de plástico de juguete para impedir que intentara comerse la paja del lecho. La luz del día apenas entraba en el establo. Tal vez esta penumbra estimula la gran paciencia invernal de las vacas. Durante seis meses ven las mismas vigas, los mismos puntales de madera del mismo pesebre. Ocupan su tiempo comiendo, mascando, rumiando, lamiendo, parsimoniosamente bajando y subiendo la cabeza. Nunca, ni siquiera durante la noche, sucumben al no ser del reptil o del murciélago dormido. Si lo hicieran dejarían de producir leche.

Algunas terneras nacen sabiendo beber; otras tienen que aprender. Ella hincaba el hocico contra el cubo sin abrir la boca. A los dos días de nacer, no sabía sacar la lengua. Hubert mojó el dedo en la leche y se lo metió en la boca. La ternera lo chupó. A la tercera vez, sacó la lengua y lamió.

Al amanecer el frío se hace más intenso. Los manzanos se habían vuelto negros en la neblina blanca. No había colores; y más allá del patio, tampoco sonidos. Soplaba viento del nordeste. Un viento que traspasa las ropas más calientes y se mete en los huesos recordándote la muerte. Hace que las vacas den menos leche. Pone la tierra dura como roca. «No hay nada más triste que una muerte», dijo Marie, «ni nada que se olvide antes».

El viento no entraba directamente en el establo. El establo contaba con el calor acumulado durante tres meses por un gran caballo, once vacas, cinco terneras y una docena de conejos. Pero Hubert no corría riesgos innecesarios: ató un gran trozo de tela de saco sobre Moselle, la vaca que acababa de parir, y le dio a beber sidra caliente con azúcar.

Antes de eso le había dado sal. Con la fuerza de su enorme lengua, Moselle lamió de su mano la gruesa sal marrón. La cabeza de una vaca tiene el tamaño que tiene para alojar a la lengua. Con esta siega, rastrilla, engavilla y envía el alimento a su estómago.

Hay una historia acerca de una lejana era glacial y una vaca llamada Audumla, que lamió un iceberg en el que estaba aprisionado un hombre. Y lo lamió como un pilar de sal hasta que el hombre quedó libre. Y entonces le ofreció cuatro manantiales de leche.

El primer sabor que había probado al llegar a la vida había sido el de la sal. Hubert le frotó el hocico con un poco. Luego la cubrió de paja, y la ternera se quedó dormida.

La mucosidad es una protección, un tipo de amor. La ternera yacía allí exhausta, como una hoja recién abierta. Su pelo era una maraña de mucosidades. Olía ligeramente a algo que en algún momento precedió, para todos nosotros, al primer aroma del aire. Hubert la limpió como lo hace en el ring el mánager con el joven púgil. No había excitación en su alegría; era una respuesta agradable y dilatada a algo ocasional, pero conocido; una respuesta a un hecho que desembocaba en la quietud que ahora le seguía, como la última nota de una fanfarria que flota todavía en el aire, todavía alzado el brazo del trompetista. Su alegría tomó la forma de un sentimiento de orgullo pequeño y prolongado que duraría todo el día.

Antes de limpiarlo, Hubert había separado las patas traseras del animal para ver el sexo. Hembra. Tal vez había algún conejo macho, pero aparte de estos, los veinte animales que había en el establo eran hembras.

Marie había vuelto la cabeza de Moselle hacia la cola, hacia el nacimiento. Con una mano agarraba un cuerno, mientras hundía los cinco dedos de la otra en las inmensas narices del animal. «¡Venga, Moselle!», repetía, «¡Venga!». Con la cabeza así sujeta, era imposible que el animal pudiera levantarse. Moselle estaba echada sobre el costado izquierdo. Ya se veían dos de las pezuñas. Hubert hizo un nudo corredizo en ambos extremos de la cuerda y pasó cada uno de ellos por una pata delantera, más arriba de las pezuñas de la ternera. Luego, apoyando las botas en el canalón, se inclinó sobre la cuerda y tiró. Vio salir la cabeza, un ojo con las largas pestañas cerradas aún. Tiró más hasta quedar casi paralelo al suelo. La vagina se abrió, y, como un sonido, surgió todo el cuerpo de la ternera, acompañado por dos regueros de sangre.

Hubert había llamado a Marie media hora antes. Hacía rato que Moselle se había arrodillado sobre las patas delanteras, husmeando el suelo con el hocico y apuntando al cielo con los cuartos traseros. Lamía el aire allende la boca, y la misma boca estaba torcida por el dolor. La parte inferior de los flancos se contraía y dilataba de forma irregular; olas de una energía incontrolable la llenaban y la vaciaban; casi todas rompían en el pecho antes de llegar al útero. Una pezuña, marrón y blanca, manchada con un poco de sangre, como si la estuviera devorando, asomaba por la vagina y volvía a ser absorbida.

Estaba oscuro. Hubert se acostó sobre un montón de paja que había bajado en preparación para el nacimiento. Muguet orinó. Marquise, a su lado, esperó y después orinó también. Una tras otra, cuatro vacas más en la misma hilera las siguieron. Los gallos todavía no se habían despertado. Hubert se levantó a orinar en la misma reguera. Estaba nervioso. El año anterior, al parir Moselle, había tenido que llamar al veterinario porque la vaca tenía el útero desviado, y esto le había costado dinero.

De pie, Moselle retrocedió arqueando el lomo y levantando la cola. No la puso recta, como para orinar; estaba ensortijada de modo que formaba una especie de aureola sobre la vagina distendida e inflamada. No retrocedió como si necesitara expulsar algo, sino porque, vagamente, buscaba algo detrás en la oscuridad que entrara en ella y la librara de aquel dolor. Hubert no había encendido la luz porque creía que las terneras nacían antes a oscuras. Veía la luna por la ventana en el otro extremo del establo. La neblina, que se haría más densa al amanecer, todavía no era lo bastante espesa para ocultarla. Palpó a Moselle. La vaca se abrió con la misma facilidad que una mochila. Sintió la cabeza entre las patas delanteras, en la posición adecuada de la apertura. Era la primera vez que la ternera había sido tocada.

Marie se había quedado en la cama. Eran las dos de la madrugada. Al cruzar el patio, el hielo bajo sus botas había chirriado como el metal. Quizá, en algún lugar, en otro valle, un vecino se estaba levantando para ayudar a parir a otra vaca. Pero en la noche incolora no había signo alguno. Unos goterones de viscosa agua uterina colgaban de la vagina de Moselle.

Se sentó en una de las banquetas de ordeñar. Con la cabeza entre las manos, su respiración apenas se distinguía de la de las vacas. El propio establo era como el interior de un animal. El aliento, el agua, la rumia entraban en él; el viento, el orín, el excremento lo abandonaban.

A ratos se adormilaba. Pensaba en que ahora con cada semana que pasaba entraba un poco más de luz por arriba, por el pajar, pues los grandes montones de heno iban disminuyendo, y el sol brillaba un poco más entre las rendijas de los tablones. Dentro de tres meses sacaría las vacas a los pastos, que estarían verdes y salpicados de flores blancas y azules y margaritas. Las vacas huelen la hierba incluso cuando están encerradas en el establo. Y sus excrementos se pondrían verdes. Daba cabezadas, y en algún momento le faltó poco para caerse de la banqueta.

La ternera todavía no nacida ya tenía capacidad de ver, y el desarrollo de esta capacidad, junto con otras, predecía un final. La capacidad de la ternera para ver solo esperaba a que las tinieblas se abrieran.

Hubert se había quedado dormido con la cabeza caída hacia delante y la barbilla hundida en el pecho.

En la oscuridad que precede a la visión, al lugar, o a la palabra, el hombre y la ternera esperaban.

(De: De sus fatigas. Puerca tierra, 1979. Traducción: Pilar Vázquez)

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