ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

El amor es una catástrofe natural

Por Betina González

Dicen que hay una hora en que las personas de este pueblo enloquecen. Van hasta la chimenea y ponen las manos directamente en el fuego, llaman a amigos que no han visto en años y lloran en el teléfono, entran en una escuela y disparan sobre niños y maestras hasta no dejar un solo corazón con venas o recuerdos o futuros promisorios.

Nadie sabe con exactitud cuál es esa hora. Me dijeron que siempre hay viento, que los televisores están encendidos, que los pájaros se detienen en su vuelo y caen como frutas de un cielo que ya no los contiene. Al minuto siguiente, todo vuelve a la normalidad: los supermercados siguen teniendo ofertas imperdibles, los cines estrenan la nueva de Spiderman, y la gente se sienta frente a la chimenea con un libro o una revista, mira el teléfono como si fuera un objeto sin utilidad, no piensa en sus amigos ni en los chicos ni en las escuelas.

Los casos más espectaculares salen en el diario local al día siguiente, en una sección llamada “Angustia Crepuscular”. Psicólogos, sociólogos y pastores han intentado hallar una explicación que no alarme demasiado a los pobladores. Nadie quiere pensar que forma parte de una falla masiva de lo humano, que por algún fenómeno atmosférico, todo lo bueno y bello puede desaparecer por un breve pero fatal lapso de tiempo.

Los pastores lo llaman “el parpadeo de Dios”. “¿Acaso Dios no tiene también derecho a descansar los ojos?”, me preguntó un día la señora Erk, la anciana que vive en la casa de al lado entregada al cuidado de su marido, enfermo de Alzheimer desde hace una década. Es una mujer flaca y algo encorvada, obsesionada con el auto de su vecino, cuya alarma suena a cualquier hora y sin ninguna provocación. La señora Erk lo espía desde la ventana de la cocina. Varias veces la vi increpar al dueño, un hombre de unos cincuenta años, vestido como si siempre volviera de un torneo de golf. Ella usa vestidos largos y botines para nieve todo el año. Lleva el pelo (corto, plateado y lacio) pegado a la cara. Nunca la vi sonreír. Cuando algo se sale un poco de lo habitual, se contenta con encender unas chispas un poco más verdes en el fondo sus ojos.

“Imagínese si nosotros nos cansamos de mirar el mundo, lo cansado que estará Él”, agregó ese día, la vista perdida en el coche estacionado al otro lado de la calle y los brazos cruzados sobre su correspondencia. Me imaginé, al menos por un segundo, y estuve a punto de corregirla y decirle que si Dios de verdad parpadeara lo haría con su único ojo piramidal, el mismo que trae el billete de un dólar. También que si Dios existiera, no tendría por qué cansarse, pero ese me pareció un argumento demasiado obvio. En esas discusiones, siempre es mejor concentrarse en los tecnicismos y no en el centro del asunto. Es más, en calidad de extranjera y en un pueblo tan chico, mejor concentrarse en sonreír y entrar rápido a tu casa.

Además de la falta de sol y del viento, en una ocasión hubo gente que reportó una nube que descendió sobre el pueblo justo en el instante en que un hombre se tiró de cabeza al arroyo que lo recorre (no se ahogó, estuvo con hipotermia y delirando por unas horas). Hubo otros incidentes y al menos dos personas declararon que la nube emitía un perfume dulce y abrumador, como una habitación llena de rosas. La posibilidad de que el terrorismo internacional hubiera hecho del pueblo un blanco de la guerra olfativa se evaluó por algunos días en los noticieros y la policía emitió un comunicado que exhortaba a llamar al 911 a “cualquiera que oliera algo misterioso fuera de su casa”.

No sé (nadie sabe) cómo la otra gente –la que no enloquece– pasa esa hora. El chico de la esquina dice que los juegos online son la mejor distracción. Pasa todo el tiempo que no está en la escuela o en el gimnasio frente a la computadora. La mujer de la farmacia me contó que fundó un grupo de costura una tarde en la que, mientras cortaba zanahorias, sintió que debía continuar con el anular de su mano izquierda. “Era obvio que me sobraba”, me explicó. Por suerte, en ese momento su hijo de siete años interrumpió el descubrimiento y ella recordó las manos de su abuela. “En las manos es donde más se nota la edad. Y en las rodillas; ahí es adonde debe ir todo esto” –intercaló– señalando los tarros de crema humectante en mi carrito. Parece que las manos de su abuela no habían envejecido ni un día. La mujer tenía la teoría de que el milagro se debía al trabajo manual. Las noches en que el marido no volvía a casa, su abuela las pasaba bordando tapices y manteles que después doblaba y metía en bolsas de plástico transparente. Cuando murió encontraron treinta y tres manteles, cuarenta y nueve tapices decorativos y otros tantos pañuelos, servilletas, mantas y acolchados. “La obra de una vida”, dije a modo de cierre porque detrás de mí se estaba formando una fila de clientes. “Cierto. Donamos todo al Ejército de Salvación”, dijo ella mientras metía mi melatonina en una bolsa junto con las cremas. “El tiempo libre es peligroso. Eso decía mi abuela”.

Otros, como Miriam y Joe Krueger, vienen a mi clase de gimnasia para asegurarse de estar cansados al llegar a sus casas al final del día. “Es uno de los problemas de esta parte del mundo. La gente no se cansa lo suficiente”, me explicaron al final de su tercera clase. “Todo se volvió demasiado fácil o queda demasiado cerca”, dijo Miriam. “Queremos que las cosas sean más difíciles. Por eso venimos a su clase”, sonrió Joe con su fila de postizos un tono más brillante que la de sus dientes inferiores.

Empecé con las clases de gimnasia hace unos meses, un poco después de mi separación. Además de los Krueger, tengo tres alumnos más: Marvin, Alexia y Anita. Los que intentaron el yoga o el taichi no tuvieron tanto éxito: los mantras y la meditación no resultan tan efectivos como la música de los ochenta a todo volumen. Exigen demasiado de la gente. La introspección, a pesar de lo que se diga de los pueblos chicos y de los inviernos de siete meses, no es la más común de las actividades en estas latitudes. Nadie quiere que esa hora fatal lo encuentre tratando de mirar hacia adentro.

En realidad, no soy una profesional de la gimnasia. Pero cuando David se fue, lo único que pude hacer durante meses fue mirar videos de gimnasia aeróbica. Al principio los veía desde la cama, rodeada de pañuelos de papel y pilas de revistas femeninas. Como no podía concentrarme en una película, ni siquiera en una serie, me limitaba a los canales de noticias o de deportes. En esos días, los coches bomba, los terremotos y los huracanes tenían un efecto sedante, como el de una melodía que se tocara una y otra vez. Las cadenas de noticias no existen para que nos enteremos de lo que pasa en el mundo. Ni siquiera nos sirven para disminuir el tamaño de nuestra tragedia (nada lo disminuye). Su única función es la de informar que todo sigue andando a pesar de que una no haya cambiado las sábanas en dos meses, tenga un espasmo cada vez que suena el teléfono y se niegue a abrir las ventanas.

Una de esas noches, en el canal de deportes pasaron el Campeonato Europeo de Gimnasia Aeróbica. Hasta ese momento, yo había logrado dominar las reglas del hockey, el tenis y el fútbol americano (no debo ser la única mujer de más de cuarenta que encuentra ridículo que veintidós hombres se vistan como bailarines clásicos para actuar como trogloditas). Pero cuando Marcel de Breteuil entró a la pista en algún lugar de Hungría, supe que estaba frente a algo diferente. La forma en que se arrojaba al aire, hacía tijeras con las piernas y volvía al piso, me cautivó. Su peinado en tres crestas puntiagudas y el maillot negro con un rayo verde fosforescente confirmaron mi primera impresión: ese chico no era el campeón europeo de gimnasia aeróbica, era de otro planeta; un planeta en el que yo también quería vivir.

Pronto cambié el televisor por Internet. Vi todos los videos de Marcel. Después pasé a los amateurs. Durante cuatro meses practiqué con todos. Si hay algo que te enseña a tomarte la vida de golpe, como si fuera un jarabe o un vaso de tequila, son esos saltos, giros y pasos que se parecen a una danza pero no lo son. Es una forma de estar lejos del mundo, le digo a mis alumnos. Lejos de las contiendas, de los goles y de los resultados.

–Lejos de los médicos –dice Alexia mientras arranca con las elevaciones de rodillas. Faltan quince minutos para que empiece la clase pero ella ya está haciendo precalentamiento y admirando la transformación de mi garage en gimnasio. Alexia es una de las celebridades del pueblo. En su juventud ganó tres concursos de belleza (uno de ellos patrocinado por un champú, con viaje a París incluido) y hace treinta y cinco años que está casada con el intendente. Tienen cinco hijos. A los cincuenta y seis, disfruta de un cuerpo que las chicas envidian y de un talento único para encontrar algo horrible que decirle a cada una de las personas que se cruza en el día.

Marvin es un chico alto y alegre con un cuerpo demasiado grande para las muchas “gracias” con las que adorna la mayoría de sus frases. “¿Zapatos de puntera cuadrada? No para mí, ¡gracias!”. Otro día, hablando de su madre y reviviendo la escena para toda la clase: “¿Cuando decís que todo lo hiciste por mí, estás hablando de la operación de nariz que te hiciste a mis doce o del baipás gástrico del año pasado? ¡Ah, pues muchísimas gracias, madre!” Cuando no está en mi clase, Marvin trabaja en la biblioteca pública y sufre online por el amor de hombres mucho mayores que él.

Los Krueger tienen un negocio de antigüedades –uno de los pocos atractivos turísticos del pueblo– y un matrimonio que ya soportó tres separaciones. “Al final siempre vuelven”, me dijo Miriam un día que hablábamos de la desaparición de David.

Y Anita es Anita. Tiene la cara llena de ángulos: la nariz, el mentón y los pómulos se anulan entre sí y tu atención termina inevitablemente en los ojos, demasiado chicos para tanta acción facial. Lo compensa con un pelo precioso (castaño oro y largo hasta la cintura) y un sentido del humor que solamente aflora cuando se siente cómoda. Una vez le pregunté qué le gustaba más de mi clase. “La música” contestó sin un segundo de duda. “Y tu voz. Se parece a la de mi maestra de primer grado. A veces extraño que alguien me diga exactamente lo que tengo que hacer”.

Pero todo esto –los accidentes que nos hacen únicos y miserables– desaparece cuando empieza la clase. Es un día frío para noviembre. El cielo está gris. Desde la madrugada que no para de soplar el viento, como un preludio de algo peor. Mientras saltamos, vemos pasar las hojas en remolinos complicados, también una bolsa de plástico que parece una criatura del aire. Algunos árboles se inclinan. Ni un pájaro se aventura fuera de su nido.

Alexia y los Krueger, siempre en la primera fila, hacen un esfuerzo por concentrarse en los saltos tijera pero Marvin y Anita, mucho más cerca de la ventana, saltan con los ojos perdidos en el viento, que es cada vez más fuerte. Yo también tengo que hacer un esfuerzo por no mirar hacia afuera. Lo logro hasta el final de la primera canción. Porque cuando arranco con los saltos laterales, veo que algo negro cruza el cielo y trata de echarse a volar. O al menos eso parece. Una mantarraya seguida de algo blanco que flota, se eleva y vuelve a caer. Me lleva unos saltos más darme cuenta de que se trata de una pollera y una blusa que ahora vuelan abrazadas y hacia arriba. Las conozco. Cuando estoy tratando de recordar dónde las vi antes, veo que Anita se tapa la boca para reprimir un grito. Marvin abandona la fila y se acerca a la ventana, seguido de los Krueger. Alexia y yo somos las últimas en reclamar un lugar frente al vidrio.

Completamente desnuda, excepto por los botines para nieve, la señora Erk avanza por el medio de la calle en dirección contraria al viento, arrastrando con dificultad la silla de ruedas en la que está tirado su marido, aparentemente dormido y en calzones. El cielo está tan oscuro que las luces de la calle se han encendido. La señora Erk –Mrs. Olivia Annabella Erk la llaman los sobres de la compañía de cable– camina balanceándose de un lado a otro, como si estuviera borracha o como si pudiera escuchar la canción que todavía sigue sonando en mi garage. Su piel es color rosa. Sin la ropa parece más jorobada, o por ahí es el esfuerzo de arrastrar la silla. El viento es fuerte, pero Olivia Annabella –estoy segura de sus padres habrán discutido largamente la combinación de esos nombres– mira hacia adelante, tan inclinada que su mejilla roza la sien de su marido. Una chapa o un cartón le pasa volando a la altura del hombro.

–No podemos dejarla ahí –dice Alexia.

–Claro que no –reacciona Joe Krueger.

Pero somos incapaces de movernos. Incluso nos las ingeniamos para entrar más cómodamente en el cuadrado de la ventana. Marvin y Anita están arrodillados en el piso y tienen las palmas apoyadas en el vidrio. Miriam Krueger sigue de pie pero reclinada sobre el marco. Joe, Alexia y yo estamos parados en segunda fila, tan cerca que puedo oler el aliento a menta de alguno de los dos.

–Miren –dice Anita–. Tiene un halo.

Es cierto. La señora Erk tiene una especie de arco iris alrededor de la cabeza. Parece un efecto de la luz o del cielo, ahora de un gris fosforescente.

No sé en qué momento me despego del vidrio, abro la puerta y corro por el pasto. Alexia me sigue; soy consciente de ella como una mancha azul que corre a mi lado. Las dos llegamos a la calle al mismo tiempo que el vecino de enfrente, que cruza su jardín agitando dos mantas coloridas, de factura andina o centroamericana. Antes de sentir la descarga eléctrica de su mano sobre la mía, tengo tiempo de pensar que mantas como ésas desentonan con su auto deportivo y su ropa de golfista.

–Es la estática –me grita él, como si el viento, además de viento fuera ruido–. Soy físico –agrega inmediatamente como si hubiera dicho “Soy médico. Puedo arreglar esto y el resto de las cosas que nos aquejan”.

Alexia se ocupa de cubrir al señor Erk. El y yo tapamos lo mejor que podemos a la anciana, que se resiste, murmurando algo incomprensible. Por un segundo, vuelvo a ser una niña y apoyo mi mano en la de Alexia, que da un salto, repelida por mis súbitos poderes eléctricos. El hombre de la casa de enfrente lanza una carcajada y toca la punta de mis dedos. Esta vez la descarga es pequeña, apenas un hilo de calor. Los tres reímos. También la señora Erk. Es entonces que su marido se despierta (la silla está en medio de la ronda que hemos formado sin darnos cuenta).

–Ollie –dice–. Ollie –repite mirando a su mujer a los ojos.

La señora Erk se da vuelta a un lado y a otro, como para comprobar que nosotros también lo oímos.

–Fred –dice en voz muy baja, todavía sonriendo. Y después, a nosotros–: Lo sabía. Sabía que si Dios cerraba los ojos aunque fuera por un segundo, Fred me reconocería.

El episodio no dura más de cinco minutos, pero caminamos hasta mi casa como si volviéramos de un largo día de trabajo. El vecino de enfrente empuja la silla de ruedas. Alexia tiene un brazo apoyado sobre la espalda de la señora Erk. Miriam, Marvin y Anita nos esperan con té de vainilla recién hecho. Por primera vez en meses, no pienso en David ni en la gimnasia aeróbica, ni en los fenómenos atmosféricos. Pienso que si hay una hora en que la gente enloquece, sin duda, no es esta.


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