ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Dos hermanos

Por Griselda Gambaro

Las tierras se dividían netamente en ocres y verdes. Verdes en la colina donde caían las lluvias y pastaban las ovejas, ocres cenicientos en la tierra llana. Abel era dueño de las ovejas y de la colina, Caín del arado y de la tierra llana que ocultaba cascotes y piedras del tamaño de un puño.

Abel, pastor de sus ovejas, eligió una de gran grosura y la sacrificó a Jehová. Le cortó el cuello y ya desangrada armó una hoguera de leños perfumados cuyo humo, filtrado por la atmósfera en su largo recorrido, llegó directamente al Cielo desprovisto de su tufo a carne quemada y solo oloroso a resina y a otros aromas de la madera.

Dios abrió sus amplias narices, olió, y dirigiendo un vistazo a la tierra dijo: Es ofrenda de Abel; se sintió halagado y privilegió a Abel en su corazón. Porque en un mundo casi deshabitado eran pocas las ofrendas, concedía importancia a cada una.

Caín, dedicado desde el amanecer hasta la noche a arar la tierra, a sembrar, recogía frutos escasos ya que la sequía y la falta de humus no favorecían sus afanes.

Cuando vio el humo que se desprendía de la hoguera de su hermano, Caín se dijo que no podía ser menos, que el excesivo trabajo le hacía olvidar el ejercicio de su devoción. Sin embargo, cuando abandonó el arado y se acuclilló junto a la hoguera de Abel, otros fueron sus pensamientos. Contempló la columna de humo que ascendía limpia de impurezas y pensó si de las últimas ascuas no podría rescatar un trozo de carne que, aun carbonizada, le sabría a manjar.

Regresó a su arado y mientras lo empujaba se preguntó: ¿Por qué mi hermano sacrifica una oveja teniendo tan pocas? Lo que se expresa una vez no se expresa para siempre, la fe pide constancia, y sacrificando ovejas, las más gordas, las aún fértiles, ¿cómo alimentaría Abel a su mujer y a sus hijos? (No habría mujer ni hijos para Abel. Moriría antes. Así que era vana su preocupación).

Miró Caín lo que podía cosechar y era muy poco. ¿Cómo desprenderse de una sola de esas espigas rematadas por delgados granos? El cielo se mantenía azul, sin nubes que anunciaran lluvias, el sol inclemente. Entonces, aunque ya había ofrendado mieses que, por escasas, Dios no había recibido con agrado, resolvió una ofrenda más humilde aún, creyendo que esta vez Dios comprendería. El humo de su hoguera de pastos secos, de ramas y de espinos llegaría igualmente al Cielo; valía el homenaje, la intención diríamos ahora, y Dios concluiría: He aquí uno que procede con tino y se entrega a mi discernimiento. No soy un insensato ni un soberbio para esperar que mis criaturas me ensalcen a costa de privaciones o penuria.

Y agregaría: No les exigiré lo imposible, si bien ellas solo tendrán (y serán) lo que dieron. Verdad irrefutable aún hoy, en nuestros tiempos, que uno solo tiene (y es) lo que ha dado.

Y lo que habían dado Caín y Abel no era la materialidad de sus ofrendas: la quemazón de unos arbustos y la oveja más gorda del rebaño, sino el sentir, el reconocimiento a un Ser poderoso, temido y reverenciado.

Sin ánimo de sentar comparaciones, aunque los dos hermanos pretendieran expresar su devoción, esa devoción hasta podía considerarse más profunda en Caín; obraría con cálculo (el de su miseria) pero jamás se le ocurriría que Dios, en su majestad y omnipotencia, podría obrar del mismo modo: con cálculo. Solo atento al alma de sus criaturas, Dios no establecería diferencias entre Caín y Abel, no agregaría mayor significado a una oveja, a unas maderas olorosas, ni menoscabaría ofrendas más modestas de paja y espinos.

Así, antes del amanecer, quitándole horas al sueño, seguro de que Dios comprendería, Caín recogió gran cantidad de pastos secos, matas y ramas, y la encendió frotando dos piedras porque para ahorrar ni aun en los días fríos guardaba rescoldo.

El humo se alzó, no en una columna recta y azulada como en el caso de Abel, sino grisáceo, desparramándose por los terrenos vecinos y por las colinas donde descargaban las lluvias antes de alcanzar el llano.

Los ojos llorosos, las ovejas de Abel comenzaron a toser entre ahogos y el pelo se les puso del color de la ceniza.

Solo una pequeña porción de este humo llegó al Cielo pero bastó para que el Creador, tosiendo y con los ojos llorosos como las ovejas, dictaminara malhumorado: He aquí una ofrenda que no vale nada. El sacrificio de una oveja huele bien, bajo el olor a resina aún sabe a asado dominical, pero Caín procede como un campesino avaro cuidando sus víveres. Su fe es poca. Mide su hambre. En consonancia con Él —con su grandeza— ni el sacrificio de un hijo primogénito debía medirse.

No miró propicio a Caín y despreció su ofrenda a la que consideró mezquina. No madrugaré para castigarlo, se dijo, pero quiero equidad. Diente por diente, ojo por ojo. Como Caín me descuida, yo lo descuidaré.

Entonces, mientras las ovejas de Abel, a pesar de los sacrificios, no raleaban multiplicándose con lozanía, la tierra de Caín se agostó. Por más que trabajara duramente, no le devolvía fruto. Enflaqueció, sus labios se secaron y constantemente sufría hambre.

Quizás, como se cuenta, Caín matara a Abel, su hermano que seguía halagando a Dios y era su preferido. Así está escrito, que la voz de la sangre de Abel clamó a Dios desde la tierra, pero no hay que creerlo ciegamente. Allí también, en lo escrito, como en un campo de gramíneas con yuyos, crece tanta verdad como mentira. Quizás Caín suplicó a Abel que le cediera una oveja de su rebaño (no para el sacrificio sino para comerla), quizás lo pensó mejor y le reclamó un par, macho y hembra, con la esperanza de atenuar sus privaciones cuando engendraran corderos y se multiplicaran como ganado en un trozo de colina verde, también exigido. Fuera un caso u otro, ante el rechazo unánime de Abel, quizás Caín lo asesinara.

Los tiempos están muy lejanos para saberlo con exactitud (aunque esté escrito). Lo que sí sabemos con certidumbre es que a partir de sus repudios y preferencias, ya en esos días y para siempre, Dios comenzó a ser incomprensible.

Vanidad de vanidades y todo es vanidad son las palabras del Eclesiastés. Pero la vanidad mayor es el dispendio, la ofrenda lujosa frente al hambre del hermano.


(De Relatos reunidos, 2016)

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