La burocratización del conflicto

Por Facundo Frágola

En las últimas semanas los operadores mediáticos de los grupos dominantes han intentado imponer nuevos canales narrativos que desembocan en una suerte de desconocimiento del conflicto social como eje de la política y detenernos en los detalles de cada cuestión, anteponiendo el orden -como necesariamente lo principal- a las necesidades de las mayorías. Es más importante un papel, un permiso, una autorización, o una cara tapada, que el hambre y las necesidades de los segmentos que van siendo desplazados por las políticas de ajuste macrista.

¿Por qué burocratizan el conflicto? La burocracia, en términos generales, nos acerca la idea de un sistema organizativo que se encarga de administrar en forma ordenada los asuntos, de acuerdo a un procedimiento y reglas específicos. En este caso, asociado al conflicto, sería un concepto relativo a la prevalencia desproporcionada del aparato administrativo que desvirtúa las demandas sociales, demonizándolas y encapsulándolas en claves discursivas que dejan al margen la discusión de fondo y asientan la batalla dialéctica en puras formalidades. En pocas palabras, es más importante un papel, un permiso, una autorización, o una cara tapada, que el hambre y las necesidades de los segmentos que van siendo desplazados por las políticas de ajuste macrista.

Por caso, hemos visto en las últimas semanas la movilización docente para exigir algo tan simple como el cumplimiento de la ley. Ante la respuesta negativa, los maestros intentaron montar una especie de carpa denominada “Escuela itinerante” en la Plaza de los Dos Congresos que finalizó con una brutal golpiza por parte de la policía. La represión a puro palo y gas pimienta en la cara de los docentes es la faceta misma de un gobierno antipopular y antirepublicano que no se banca la protesta social e intenta constantemente demonizar a los actores sociales a través de los medios dominantes por el solo hecho de reclamar que se cumpla con la ley.

En este caso, el gobierno macrista se ha desentendido de la ley y ha intentado dispersar la protesta con innumerable cantidad de herramientas. Los docentes solo piden que se cumpla con la aplicación de la Ley de Financiamiento Educativo para comenzar a negociar sus salarios en paritaria nacional. Sin embargo, la dura respuesta no ha sido el diálogo sino la aplicación del famoso “protocolo” antidisturbios que se tradujo en una brutal represión como hacía tiempo no veíamos en nuestro país. Todo desemboca en el triste recuerdo de las carpas blancas, donde el método de diálogo era exactamente el mismo: ninguno.

Quienes tenemos algunos años de experiencia en la fracasada hegemonía neoliberal de los años 90’s que hoy buscan restaurar, sabemos que aquella carpa blanca de la época menemista fue un hito en la historia de la lucha docente, por la cual desfilaron alrededor de tres millones y medio de personas y cientos de miles de artistas populares para dar su apoyo. Finalmente, desembocaría en la ley de financiamiento de la Alianza, ratificada y mejorada en los últimos años por la gestión kirchnerista.

Es decir, las novedades de la vida política argentina pasan por los detalles y por sobre las formas sin tener en cuenta el contenido de las demandas de las mayorías. La burocracia corporativa omite maliciosamente el fondo de cada cuestión para poner de relieve una pretendida estética de la protesta cuando se trata de una lucha por mantener derechos adquiridos y el respeto por la ley y los derechos básicos de cada trabajador. Esta visión “asociativa” -sin conflictos- de la política, donde las novedades pasan únicamente por los modos, intenta naturalizar las desigualdades en pos de un orden que conocemos como “gobernabilidad”.

En este contexto que discursivamente se modifica a diario, queda claro que los cañones apuntan a la desmovilización social, a la frustración y a la desmotivación, redirigiendo las expectativas del espectro político hacia las armas conocidas: todo vale en aras de mantener la gobernabilidad. Por tanto, no hay lugar para las masas insinceradas. Habría que dejar de lado la lógica de la tumultuosidad y solo quedaría aceptar las circunstancias dadas a cambio de las renovadas promesas que se hacen cada trimestre: esperar, esperar y “dejar gobernar”. De ninguna manera debemos permitir la “chilenización” de la Argentina, es decir la instalación de un método de concentración de riquezas en pocas manos y elevados índices de desigualdad a cambio de la “tranquilidad” y “orden” social.

Cabe reivindicar aquí los postulados de la democracia griega, donde la política se hacía en las plazas y las decisiones se medían conforme al número y calidad de participación ciudadana. Mientras mayor participación había en la toma de decisiones, mayor grado de democracia vivía el populus. En aquellas experiencias atenienses de la Grecia Antigua, los que abandonaban la práctica pública de la política eran llamados “idiotas”, es decir los apolíticos, los que por frustración o desinterés dejaban de lado su interés por la cosa pública y se marchaban a casa, delegando en los profesionales de la política las decisiones de estado. Esa fuerte condena al desinterés por lo público no concuerda con el objetivo de la nueva hegemonía conservadora que dirige los destinos de la Argentina. Por el contrario, el macrismo busca instalar el “vete a casa, que no vale la pena” como dispositivo de gobierno.

Por ello, quienes entendemos la política principalmente como la gestión del conflicto social en un mundo lleno de diversidades y complejidades, nos negamos a abandonar nuestras tesis iniciales para aceptar la teoría desideologizante de la política, donde todo se transforma en un simple tramiterío de seres racionales que buscan soluciones técnicas a cambio de obediencia política, sin tener en cuenta el entramado de intereses económicos y de poder existentes en la realidad. Desde nuestra visión del mundo, que radica en una especie de “esencialismo clasista”, es decir de la existencia de una clase social en sí y para sí, donde los colectivos se recrean permanentemente a través de hechos que producen identidades y pertenencias por su posición y actuación en el proceso de producción, nos negamos ab-initio a aceptar los axiomas de la gran estafa electoral que llamaron “cambio”.

En definitiva, no podemos permitir que el fondo de cada cuestión se confunda con las formas. Debemos disputar cada uno de los términos y conceptos, además de cada derecho. Los pañuelos que tapan las caras de los manifestantes no son más importantes que la búsqueda de soluciones al hambre de los sectores que más sufren. No es el choripán sino la convicción, no son los micros sino la movilización propia, no son los pañuelos y los palos sino el hambre, no son los gremialistas golpistas y sino los docentes defendiendo un derecho. Queda claro que ante tamaño aparato de represión, el prometido diálogo quedó allá lejos en el tiempo. La respuesta es más provocación bajo la excusa de la negación al diálogo. Entonces, la virtud de los sectores subalternos estará en superar las barreras del encapsulamiento mediático y la burocratización del conflicto.

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