Fotografiando la zona

Urbana locura

(Imagen: Alberto Gentilcore)

Por Adrián Abonizio

A Matilde le encantan los gatos. "Este es Buby, este es el Emperador y acá tengo a Muma, Catita y sus hijitos chiquitos, que son como cinco, mirá". Y acaricia el esmalte de sus patitas, el pelaje sano y brilloso. Siente fascinación por los gatos, tanto que una vez muertos los embalsama y los va colocando en la repisa de madera blanca que luce en su pieza de soltera. "Quedan igualitos", se reconforta mientras recomienda no fumar. Es por su piel y por sus espíritus libres de contaminantes.

Durante años vivió en un edificio pituco y le robaron una vez pantalones nuevos y camisas de calidad. Un día en el ascensor se topa al tipo del 4º B, vestido de él. Quedó tan estupefacto que no le dijo nada: uno se asoma a la maravilla del horror y, para no romper el hechizo, deja que todo suceda. Al día siguiente le tocó la puerta para reclamar, y el tipo, con la novia, se había mudado. El ladrón se fue siendo otro y quien sabe por dónde andará bien vestido, alardeando con su ropaje ajeno y caro. Al año recibió un paquete: "Me llevé las pilchas tuyas porque no tenía nada presentable con que huir de la policía. Disculpame, acá te dejo algo para vos". Y adentro asomaba el reborde de un billete de cien dólares, prolijamente falsos.

A Tito, el Gendarme, le han encomendado una tarea perfecta: le han regalado una camisa de trabajo y él le ha adosado tres chapitas de cerveza que pegó con la gotita en un bolsillo. Hace las veces de dirigir el tránsito y lo hace bien, en esa esquina sin semáforos. Regularmente pasa a cobrar por los negocios de las ochavas que le dan comida, libros y un cuadernito donde anota puntualmente a los infractores. Difícil este Tito: no admite coima ni óbolo alguno. Es inflexible y ejemplificador como pocos. Un día vino la policía y le prohibió la labor: decían que entorpecía el tránsito, pero sabemos que constituía un mal ejemplo de buena conducta.

Marilyn es un nombre bello. Conoce a una chica policía muy desorientada que tira el tarot que se llama así. Solidaria, simpática y a veces ni cobra a los clientes pobres. Se emociona ante las flaquezas y las pestes humanas que conllevan tristeza. Y ayuda. Pero si tiene que tirar a matar, lo hace sin remordimientos. Carga con un muerto. Un pibito al que baleó por error. En las cartas siempre aparece el finado y ella lo saluda con la manito. "La vida es algo extraño", murmura y continúa con su vida. Todos los aniversarios le lleva flores a su tumba, pero ya se encuentra algo cansada y ha optado por las de plástico. "Me ahorra ir todos los años", explica con una sonrisa de sumariante.

Medita tres veces al día y se confiesa dos veces por semana. La meditación le separa el hambre de la ansiedad por lo que parece ser, le evita acometer la res que guarda en su heladera comercial y convertirla en jugoso asado. Cuando esto no sucede, decide irse a confesar por salirse de la dieta. El cura ya no sabe como echarlo, pero lo deja que evacúe su angustia porque conoce que es un buen contribuyente con la parroquia. Y además, se le ha ocurrido una salida venturosa para ambos: "Cuando se sienta con culpa, traiga a la Casa del Señor el alimento y repártalo con nosotros, se sentirá aliviado".

Adela se ha pintado el pelo naranja para olvidar a un novio de pelo colorado. El se ha teñido el suyo color oscuro como el de Adela. Ambos pasan por la misma vereda y no se reconocen. A dos pasos de allí, Ignacio jugaba de medio scrum para un club señorial. Un golpe le aplastó el parietal. Cuando salió del coma y de recuperación donó sus módicos bienes juveniles y se fue a vivir a Las Flores, donde enseñaba rugby para todos. La familia, con una orden judicial, lo ha sacado de allí y recuperado: vive encerrado en un ala de la mansión, protegido de sí mismo con barrotes y medicado. "Pero está en casa, con los suyos", dice la señora mamá en una reunión católica. "A salvo de las malas companías", culmina. Tincho en la misma cuadra reparte flores. Los pedidos empiezan a escasear y el precio está en las nubes. Ha armado una banda de ladrones de flores de los jardines caros. Lleva en su conciencia inocente tres perrazos muertos antes de que lo ataquen. "Ando calzado por eso", dice y muestra un 22 corto a la cintura. "No es para la gente, es para los perros botones que cuidan". El negocio prospera.

La dualidad es una parte que suele asistir a la locura. El Sr Campanetti tiene una esposa y una amante: ha comprado un coche 0 kilómetro que comparten ambas mujeres, sin saber una de la existencia de la otra, a no ser por la fragancia que suele quedar en el habitáculo por la que ambas suelen interrogarlo. "Es por esto, y muestra un spray de perfume meloso que borra el ambiente", tapando todo otro aroma.

Andrea se enteró que tenía su padre ‑viajante de rutas‑ con quien vivía en companía de su madre, otra familia constituída cercana a su ciudad. Que había otra dama y hasta un hermanastro. Fue hasta el sitio, tocó timbre, la hicieron pasar y casi se cae de espaldas: el lugar era una réplica de su hogar con los mismos muebles, el mismo empapelado y hasta el mismo pichicho. El tipo múltiple, se había asegurado de no pasar sobresaltos temporales y espaciales al desconocer momentáneamente donde se hallaba por lo que uniformó su ardid hasta el mínimo detalle. Hay ocasiones en que la locura suele ser muy organizada para poder florecer y continuarse.

Le permitieron visitar a su novia solo en la puerta. Los padres escoltaban la santidad de su pimpollo hasta la exasperación. Finalmente accedieron. Como el muchacho venía de otra ciudad le permitieron quedarse a la noche en el el hogar, pero dormiría afuera, en una pequeña y ridícula casa de nylon que se construyó para las noches invernales. Cuando alguien lo cuenta no lo creen. No importa, este escriba fue testigo de aquello y aún no logra salir del asombro. ¿Será el amor algo poderoso, como dicen? ¿O es simplemente un vulgar cuadro de locura?

Durante años estuvo enamorada de Roberto Galán. Lo iba a esperar a la salida canal pero el conductor solo la saludaba al pasar, envuelto en palmadas y aplausos. Una noche pergeñaron una broma terrible: uno de los muchachos de la barra se hizo pasar por él tocando a su puerta. La chicatez de la señora, más la mala iluminación del pasillo más una peluca rubia el bigotito pegado y la voz perfectamente imitada hicieron el resto. Cuentan que el fulano impostor se dejó llevar por la apasionada fanática y que no la pasó tan mal.

Estaba Mauro, que había sido arriero y que soñaba con vacas gigantes y carros que atravesaban el río por debajo. Estaba Laura, la quinielera que ya no tenía con quién y qué apostar, y se paseaba por las mesas anunciando los números que no salían en sorteo alguno. Estaba Fiambre contando sus duelos a cuchillo con fantasmas de tres metros que terminaban siempre degollados por su faca. Estaba Marzolini, el que nunca debutó en Boca pero decía que El Gráfico lo había sacado en tapa, pero que no podía recordar donde había dejado el ejemplar que lo atestiguaba. Estaba El Arcilla que confirmaba haber levantado una estatua para los extraterrestres allá por el Campito de los Muertos y que una noche vinieron ellos y se levantaron en vilo su escultura para arriarla por el Universo como demostración de la belleza de la raza humana. En aquel bar cercano al manicomio circulaban todos los personajes sueltos que el pabellón ya no admitía y se los veía rondar contando sus historias. Ismael, el que se fue a Italia, anotaba todo lo que ellos decían. Se cuenta que ganó un premio en Europa narrándolos, pero ni los locos se lo creen. "Si no sabía ni escribir, hacía dibujitos en el cuaderno", advirtió con tino uno de la manada. Y resultó cierto: descubrieron sus apuntes una tarde, la misma que se supo habíase ahorcado en su pensión, cansado de fingir, cansado tal vez de no saber administrar y dejar salir su locura, como todos nosotros.

abonizio@gmail.com

19/03/17 Rosario|12


 

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