Otro atentado “trucho” a Cartasegna

Por Ricardo Ragendorfer

Nuevamente el fiscal platense Cartasegna denunció un atentado. Esta vez un supuesto tiroteo de un hombre con el policía que lo custodia. Pero los hechos demuestran que la historia es distinta a cómo la cuenta el fiscal.

¿Qué ocurrió realmente durante la madrugada del 18 de mayo en la calle 505, entre 24 y 25, de Gonnet? Por lo pronto, al clarear aquel jueves los zócalos de los noticieros informaban un “ataque a balazos en la casa del fiscal (Fernando) Cartasegna”. Pero al rato la noticia ya mostraba una leve alteración: “Tiroteo frente a la casa de Cartasegna”. El supuesto enfrentamiento habría sido entre un cabo de la Policía Federal asignado a su custodia y un misterioso sujeto que –según los dichos del uniformado– finalmente huyó en un automóvil con dos cómplices a bordo. Un evento que no necesariamente lleva a la creencia de un atentado. Sea como fuere, lo sucedido tuvo una gran repercusión en la esfera pública porque reactualizó las extrañas agresiones que dijo haber sufrido este pintoresco representante del Ministerio Público a principios del mes en curso.

Sin embargo fue notable que la gobernadora María Eugenia Vidal no dijera una sola palabra al respecto. Su hermetismo fue emulado a pies juntillas por el ministro de Seguridad, Cristian Ritondo. En cambio, su colega en la cartera de Justicia, Gustavo Ferrari, sí habló aunque sin otro propósito que deslizar una aclaración: “El incidente fue real, pero la vivienda del fiscal no fue tiroteada”.

En paralelo el procurador provincial, Julio Conte Grand, también expresaba su escepticismo ante la interpretación conspirativa del asunto con una frase cargada de cautela: “No descartamos ninguna hipótesis”.

Pero justamente a esa misma hora, cercado por cámaras y micrófonos en el lugar del hecho, el encargado de esclarecer el caso soltaba: “Esta intimidación acredita los ataques anteriores”. Se trataba del fiscal Marcelo Martini, a cargo de la UFI Nº 3.

El azar lo había ubicado en el centro de esta trama, tal vez una de las más extravagantes de la historia judicial argentina.

Al día siguiente él seguía aferrado a sus dichos. Y en diálogo telefónico con Nuestras Voces ratificó esa tesitura. Entonces se le preguntó:

– ¿No pudo ser posible que el ataque en cuestión haya sido un simple hecho de inseguridad?

– No. Fue una intimidación evidente. ¿Qué intenciones puede tener alguien armado que camina hacia un domicilio con un patrullero en la puerta?

A continuación mencionó los dos tiros que el sospechoso le erró al policía y los tres que éste disparó hacia él. Pero, de pronto –y sin repreguntas–, dijo:

– Vea, le aclaro que la Gendarmería sólo encontró las vainas de la pistola policial. De los proyectiles disparados por el sospechoso no hay ni noticias.

– ¿No habrá sido entonces un tiroteo, digamos, unilateral?

– Hay un testigo que oyó los cinco tiros.

– ¿Ese testigo es de fiar?

– ¡Claro! Es el doctor Cartasegna.

El juguete rabioso

Con el transcurso de las horas quedó acreditado –en base al levantamiento de rastros y las pericias balísticas de Gendarmería– que durante la madrugada de aquel jueves no hubo un tiroteo frente a la casa del fiscal Cartasegna. Y que ningún atacante disparó contra el cabo Salinas –tal es el apellido del custodio– ya que las tres únicas vainas servidas corresponden a su reglamentaria.

No fue fácil llegar a esa conclusión porque su testimonio en sede judicial, que parecía inspirado en un thriller de bajo presupuesto, señalaba la presencia de un “hombre con chaleco antibalas, la cara tapada y una pistola en la mano que se aproximaba al patrullero” para desatar la balacera imaginaria.

Lo cierto es que en aquel vehículo había otros dos suboficiales dormitando, quienes –quizás por espíritu de cuerpo– no contradijeron la versión de Salinas.

Y Cartasegna –como ya se ha visto– también la avaló.

¿Acaso la simulación del cabo había sido pactada con él? Es posible que no. Y que sus balazos hayan sido fruto del susto al advertir siluetas –tal vez de hampones que iban o venían de robar– en la esquina de la calle 24, a casi 70 metros de la casa custodiada.

De hecho –según una fuente vinculada a la pesquisa–, él en 2015 ya había atravesado por una situación similar –con disparos incluidos– y al igual que en esta oportunidad esgrimió la excusa de un falso ataque. En todo caso es una auténtica ironía del destino que un tipo como Solís sea el custodio de alguien como Cartasegna.

Y así, en ese paso de comedia, quedó disuelta la “grave intimidación” de la cual aún hoy muchos hablan con horrorizado asombro.

Pero esta circunstancia opacó una lapidaria novedad del caso: los peritos de Gendarmería determinaron que los panfletos contra Cartasegna –aquellos que llevan por título “Conozca al próximo Nisman”– fueron reproducidos nada menos que en la impresora de su propia fiscalía. Y únicamente resta encontrar la computadora donde se diseñó el volante.

Además ya se sabe que algunas copias fueron encontradas en poder de un empleado suyo llamado Matías Romero, quien las anduvo pegando en un baño del edificio judicial de la calle 7.

Ambas cuestiones están debidamente asentadas en el expediente instruido por las fiscales Ana Medina y Betina Lacky sobre aquellos ataques

Ya casi no hay dudas de que la escalada de agresiones a ese sujeto pequeño, de modales enfáticos y ojos desorbitados es en realidad una impostura urdida por él. Cabe entonces recordar que todo comenzó –según su relato– durante la noche del 1 de mayo al ser amenazado, en medio de empujones y cachetazos, con una frase que sorprendentemente irradiaba una profunda admiración hacia su persona: “Vos ya hiciste mucho con la trata, los barrabravas y otras cosas. ¡Pero esto es demasiado!”.

A eso luego se le sumaron los ya mencionados panfletos.

No obstante aún faltaba lo mejor: el fiscal atado como un matambre junto a la palabra “Nisman” escrita con azúcar en el suelo. Así apareció el miércoles 3 de mayo en su despacho cerrado con llave por dentro.

Todo muy dramático, a no ser por ciertas imperfecciones escénicas: el fiscal hizo retirar la custodia antes del hecho, se dejó enlazar por el victimario sin mirarle la cara y ya inmovilizado logró el milagro de manipular su celular para pedir auxilio.

El doctor Cartasegna no vaciló en vincular tales padecimientos a su valerosa intervención en una causa penal. Bien vale repasar los entretelones del asunto.

Qué parezca un accidente

Es en este punto de la historia donde otra vez entra a tallar la recurrente figura del fiscal Martini, puesto que Cartasegna se refería a un expediente conexo al instruido por éste a raíz de los famosos sobres con dinero en la jefatura de la Departamental platense. Y que entre sus extraordinarias derivaciones resalta la muerte en cautiverio –por razones no esclarecidas– del ex comisario Fernando Jurado, uno de los oficiales procesados. Dicho sea de paso, tal causa es la nave insignia de la módica cruzada emprendida por el Poder Ejecutivo bonaerense contra la corrupción policial. De allí su enorme relevancia política. Y también la indisimulada tristeza de Martini cuando, tras el deceso de Jurado, la Cámara de Casación resolvió excarcelar a sus ocho compañeros de infortunio.

“¡Una barbaridad! Los presos estaban por quebrarse”, argumentó el fiscal en esa ocasión

Su siguiente paso fue intervenir los teléfonos de los policías liberados. Así detectó un diálogo del ex jefe de la seccional de Villa Elisa, Raúl Atilio Frare, con su ex subordinado Rodrigo Ezequiel Rocha, y otro con el actual jefe de la comisaría de Abasto, Leandro Sarinas. Su afiebrada mente imaginó entonces haber descubierto un lazo entre la mafia policial y la de los profesionales del Derecho abocados a los juicios por siniestros viales. De modo que no dudó en enviar aquellos registros sonoros a la UFI Nº 4, a cargo de Cartasegna, para que allí se ocuparan del tema. Era el 30 de abril. Y horas después –cuando las actuaciones ni siquiera estaban iniciadas– este último salía a denunciar que lo habían amenazado nada menos que por esa razón. A los pocos días –en virtud de su forzada licencia– el asunto volvió al despacho de su instructor original.

En ese momento la denominada “causa de los caranchos” ya estaba en boca del público. Dos semanas más tarde el affaire del falso tiroteo de Gonnet supo inyectarle un inmerecido vigor mediático. Todos los movileros coincidían en atribuir el ataque al hogar del fiscal a esa diabólica alianza entre abogados y policías. Una apreciación robustecida por un hecho paralelo: aquel mismo día Martini había logrado que la jueza Marcela Garmendia llevara otra vez tras las rejas al pobre Frare junto a sus dos interlocutores telefónicos.

Y sin otras pruebas recolectadas en aquel escuálido expediente –apenas un puñado de fojas– que dos frasecitas oídas en sus comunicaciones.

En una –según las escuchas a las cuales Nuestras Voces tuvo acceso– Frare le dice a Sarinas:

– Che, Leo, estoy laburando con un abogado por el tema de los accidentes. Cualquier cosa, avísame.

– ¡Buenísimo! –responde Sarinas– Dale, te tengo en cuenta.

En la otra grabación, Frare le dice a Rocha:

– Estoy laburando con un abogado el tema de los culposos; así que avísame si hay algo…

– Comprendido –responde Rocha.

Aquellos diálogos bastaron para encarcelar a los tres. Además constituyen el eje de la pesquisa judicial que en la actualidad excita por igual a funcionarios y periodistas. Una batalla ganada en la guerra del Estado contra las mafias. Y un verdadero festín para el señor Franz Kafka.

“¡Esto es demasiado!”, le habían advertido al fiscal Cartasegna por meter el hocico en el asunto. Y, por cierto, pagó cara su osadía.

El mártir de la toga está solo y espera. En medio del azorado silencio de las autoridades, nadie sabe a ciencia cierta qué medidas tomar con él. Porque es un secreto a voces que la clave de su conducta se encuentra en el campo de la psiquiatría. Y eso los sitúa ante un dilema jurídico: ¿Qué diablos hacer ahora para mantener la validez de las causas instruidas por un fiscal desquiciado?

@Ragendorfer

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