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LECTURA RECOMENDADA
Una obra única y luminosa, por Vicente Battista  Antonio Di Benedetto - Los suicidas

El escritor Antonio Di Benedetto nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunas materias de abogacía, se dedicó al periodismo: fue subdirector de los diarios Los Andes y El Andino y corresponsal de La Prensa. En 1953 publicó su primer libro de cuentos, Mundo animal, al que le siguieron, entre otros, El Pentágono (1955), Zama (1956), El cariño de los tontos (1961), El silenciero (1964), Los suicidas (1969).

Su literatura se encuadra en un sistema narrativo que, si bien responde a cánones de filiación realista, registra los desvíos y las nuevas formulaciones de la renovación de los años sesenta. Promueve una literatura alejada de todo regionalismo o pintoresquismo al sostener una perspectiva urbana sobre una temática y un ambiente regional. Obtuvo numerosos premios y distinciones internacionales: el gobierno italiano lo condecoró como Caballero de la Orden de Mérito (1969), fue designado miembro fundador del Club de los XIII (1973) y recibió la Beca Guggenheim (1974). En 1976, pocas horas antes del golpe militar, fue detenido por el Ejército y sometido, durante un año y medio, a cárcel y torturas.

Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente al país a finales de 1984.

Murió en Buenos Aires el 10 de octubre de 1986.


Bibliografía

"Mundo animal". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Fabril, Buenos Aires, 1953.

"El pentágono". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Ediciones Doble P, Buenos Aires, 1955.

"Zama". Novela. Antonio Di Benedetto, Ediciones Doble P, Buenos Aires, 1956.

"Declinación y Ángel". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Inca, Mendoza, 1958.

"El cariño de los tontos". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Goyanarte, Buenos Aires, 1961.

En este breve audio, grabado en España, Antonio Di Benedetto reflexiona sobre la construcción de la figura del exiliado.

 

"El silenciero". Novela. Antonio Di Benedetto, Troquel, Buenos Aires, 1964.

"Los suicidas". Novela. Antonio Di Benedetto, Sudamericana, Buenos Aires, 1969.

"El juicio de Dios". Antología. Antonio Di Benedetto, Orión, Buenos Aires, 1975.

"Absurdos". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Pomaire, Barcelona, España, 1978.

"Caballo en el salitral". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Bruguera, Barcelona, España, 1981.

"Cuentos del exilio". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Bruguera, Buenos Aires, 1983.

"Sombras, nada más". Novela. Antonio Di Benedetto, Alianza, Madrid, España, 1985.

"Páginas escogidas". Antología. Antonio Di Benedetto, Sudamericana, Buenos Aires, 1987.
 


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Sobre el arte de la espera

Por Juan Sasturain

Antonio Di Benedetto (derecha) y el periodista Rodolfo Braceli (izquierda), en 1972.

Ayer (6 de mayo de 2012) se recordó, en la Feria del Libro y en el día en que la provincia de Mendoza tuvo su espacio y su momento para hablar de sus creadores, a Antonio Di Benedetto. Un escritor literalmente extraordinario. Fue un homenaje y un gesto de reconocimiento afectivo e intelectual para un narrador sin par no sólo en el campo de nuestra literatura sino en la extensión de la lengua toda. E incluso –yendo un poco más lejos– en la dimensión universal de las letras del siglo XX.

Para hablar de Di Benedetto se puede recurrir al pretexto de los aniversarios –se cumplen este año noventa de su nacimiento en 1922, los veinticinco que ya pasaron hace muy poco de su muerte en 1986, o los sesenta de su primer libro, los cuentos de Mundo animal–; se puede recortarlo generacionalmente y sacar conclusiones o tirar líneas –tenía ocho menos que Cortázar y cinco más que Walsh y siete más que Viñas– y finalmente se lo puede tratar de ubicar según dos pautas o criterios que están ahí, a disposición del encasillamiento crítico: por el lugar donde vivió más de medio siglo y desde donde escribió la mayoría de su obra, lo que llamaríamos su región de pertenencia, Mendoza; y, finalmente, por su alineamiento o desalineamiento (si cabe) dentro, fuera o tangente de las diferentes corrientes estéticas o modalidades de escritura narrativa de su país, su tiempo y su lengua; y ahí se suele decir que su literatura fue y es experimental, una categoría ambigua pero sugerente de su singularidad.

Este concepto conduce casi indefectiblemente a subrayar su condición de adelantado, practicante periférico, más o menos espontáneo o consciente, de algunas de las grandes novedades en las formas del relato universal de la segunda posguerra. Por ese camino, se destaca la excepcional modernidad del procedimiento narrativo en algunos de los primeros relatos de los años cincuenta –como “El abandono y la pasividad” o “Declinación y Angel”– que demostrarían su condición de precursor o compañero de escuela de los autores del nouveau roman francés. Y también, a partir de esos mismos textos, se suele señalar su estrecha y consecuente relación con los modos narrativos del cine. Se destaca habitualmente, además, la cercana filiación de sus tres novelas principales –Zama (1956), El silenciero (1974) y Los suicidas (1979)– con la narrativa existencialista de los novelistas filósofos franceses, el Sartre de La náusea y sobre todo el Camus de El extranjero. No es poco para un escritor y periodista cuyano que –como escritor– recién vino a Buenos Aires en el 58 –y no antes– y sólo cuando Borges lo invitó a dar una conferencia sobre literatura fantástica en la Biblioteca Nacional.

Di Benedetto básico

Antonio Di Benedetto Nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunos años de abogacía, se dedicó al periodismo. El gobierno de Francia lo becó para realizar estudios superiores en esa especialidad. Como periodista fue subdirector del diario "Los Andes", y corresponsal del diario "La Prensa".

En 1953 publicó su primer libro, Mundo animal, con el que inició su carrera de escritor cuya cima fue la novela Zama, acaso una de las más grandes novelas de la literatura argentina.

Recibió numerosos premios y distinciones por su labor: el gobierno italiano lo condecoró como caballero de la Orden de mérito en 1969; en 1971 la medalla de oro de Alliance Française; en 1973 fue designado miembro fundador del Club de los XIII, y un año después recibió la Beca Guggenheim.

Ocupa un destacado lugar en la narrativa contemporánea argentina. Para ello lo acreditan su personalísimo estilo, su capacidad de crear personajes vivos, su facultad de inventiva, su aguda captación sensorial y su activa intencionalidad poética de remodelador del mundo.

En Zama, alcanzó su culminación el realismo profundo de Di Benedetto; fuerte, cruel, incisivo, supera las apariencias de las cosas y acoge en su seno los productos de la más pura fantasía creadora.

En 1976, pocas horas después del golpe militar del 24 de marzo, Di Benedetto fue secuestrado por el ejército. "Creo nunca estaré seguro que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosas de las torturas", diría años más tarde. Humillado, golpeado y destrozado anímicamente, fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente a la Argentina en 1985. Murió víctima de un derrame cerebral el 10 de octubre de 1986 en Buenos Aires.

[Fuentes: Graciela de Sola en el "Diccionario de la Literatura Argentina", de Pedro Orgambide y Roberto Yahni, publicado por Sudamericana].

En fin, sea cual fuere el criterio para abordarlo, la cuestión es que Di Benedetto zafa, no calza con comodidad, exige salvedades y aclaraciones. Es, si cabe, un escritor, un caso de radical excentricidad. Pero no es excéntrico por voluntad aparatosa de rareza y figuración. Todo lo contrario: Di Benedetto hizo de la reticencia, del pudor y del secreto un dogma de conducta y una contrarreceta de escritura. Su excentricidad es esencial y literal: nunca se manifestó (escribió, publicó) desde el centro (el foco de irradiación e iluminación) sino que hizo de los espacios distantes, laterales o menos frecuentados, su hábitat natural. Quiero decir: Di Benedetto estaba siempre ahí, pero nunca estuvo ni mucho menos posó para la foto. Los regionalistas, la generación del 55, la novela histórica, el boom latinoamericano, los exiliados de la Dictadura. Nunca escribió de / sobre y cómo se usaba en su momento y contexto más cercano sino que produjo lo suyo sin mirar a los costados inmediatos, o sí, pero consciente de que lo suyo era otra cosa. Siempre atento a lo que estaba más lejos y más adentro, si cabe.

Por eso también, consecuentemente, y en términos temporales, Di Benedetto ha sido y sigue siendo objeto de operaciones en diferido: reeditado y en librerías, reconocido por la crítica, recuperado públicamente por las instituciones, reacomodado en el canon. Ahora –como siempre– necesita ser leído y / o releído, que es otra cosa. Es peligroso convertirse o tener un destino al menos ocasional o transitorio de escritor para escritores. La cadena de equívocos que dispara la extrañeza de una primera aproximación desprevenida no debe impedir el contacto: leer a Di Benedetto es una aventura literaria y existencial que merece emprenderse desde cualquier lugar que se parta. La relativa incomodidad es la de los hermosos zapatos nuevos que no podremos, que no nos querremos sacar nunca.

Sin embargo, hay mejores lugares que otros por lo que empezar a entrarle. Están algunos de los cuentos memorables ya citados acá o algunos más claros –en su nomenclatura– como los tantas veces antologados “Aballay”, “Caballo en el salitral” o “El juicio de Dios”. Pero sobre todo está Zama, esa obra maestra absoluta, recomendada puerta de entrada y piedra de toque de toda su obra.

Cuenta la leyenda literaria que el por entonces joven periodista, crítico de cine y narrador casi secreto Antonio Di Benedetto escribió Zama en un mes. El también lo ha contado, prolijamente. Tenía treinta y tres años, trabajaba en Los Andes de su Mendoza natal y estaba de vacaciones en Córdoba. Se puso, y prácticamente la liquidó tecleando durante dieciocho días en “una casa vacía”. Con una semana larga más, ya de vuelta en el diario y robándole tiempo y escritorio al laburo –como su personaje Manuel Fernández–, la terminó. Zama se publicó a los pocos meses en una editorial chica que sacaba nuevos narradores, en general provincianos: Doble P. Era en 1956. Por esos meses/años también publicaban buenas primeras o primerizas novelas los jóvenes o maduros David Viñas, Marco Denevi, Andrés Rivera, Beatriz Guido, Enrique Wernicke y algún otro pronto reconocible. Sin embargo, los relatos más poderosos que el tiempo ha decantado para el momento, y los debutantes, son tres textos que, cada uno a su manera, resultaban marginales y prácticamente “invisibles” para el sistema narrativo vigente: Operación Masacre de Walsh, El Eternauta de Oesterheld y el increíble, extemporáneo Zama. Que no se parece a nada.

El monólogo de un funcionario colonial anclado en una entrevista Asunción que, víctima de la espera –como el coronel de García Márquez o el protagonista de El pozo– termina hundido en la degradación, el sinsentido o, mejor, en su trágico “destino sudamericano”, rompe con todas las expectativas de una supuesta novela “histórica” o “regionalista” para establecer un cruce inédito de esos clichés con ciertas formas contemporáneas –la citada novela existencialista– pero sin rastro de modelo alguno, sin “traducir” conflictos filosóficos en ficción. Bastan la invención prodigiosa y el rigor del estilo para hacer de Diego de Zama un trágico destino universal.

Como explicó alguna vez Bioy para describir el estilo de La invención de Morel, la aparente simplicidad y las frases cortas de Zama fueron, según Di Benedetto, una manera de no complicarse, hacerla corta, correr menos riesgos de errarle al escribir apurado. Parece chiste. La (modesta) explicación, digo. Porque como ha dicho Saer, que lo leyó bien desde siempre, que le dio lugar a la novela en el podio americano y universal antes que otros, hay en su escritura un sello tan flagrante como el borgeano, una manera Di Benedetto reconocible en pocas líneas. Y esa marca se hace huella en y a partir de Zama. La lengua construida, imaginada para contar una historia alevosamente fechada, es un coloquial elíptico, ascético pero condensado de alusiones, a saludable contrapelo del “torrencial” americano. Es el camino de Rulfo y de Felisberto Hernández, dos referencias que ponen a Di Benedetto en un lugar que no le queda chico.

Su destino de escritor –como el de Diego de Zama– ha sido el de la espera. Y ha esperado con arte y ha hecho un arte de la espera. Nos esperaba a nosotros, claro. A quién, si no, espera un escritor.

07/05/12 Página|12


 

Antonio Di Benedetto, el primer escritor secuestrado por la dictadura militar argentina

Se trata de uno de los autores más importantes de la literatura argentina, de los más influyentes aunque no de los más populares. Los escritores Selva Almada, Hernán Ronsino, Jorge Consiglio y Martín Kohan hablan del enorme valor de su obra.

Por Juan Rapacioli

A 30 años de la muerte de Antonio Di Benedetto, el primer escritor secuestrado por la dictadura militar argentina, su obra es revisitada por autores contemporáneos que rescatan, sobre todo, el valor de su emblemática novela Zama, que próximamente será llevada al cine por Lucrecia Martel. Nacido un 2 de noviembre de 1922 en Mendoza y fallecido un 10 de octubre de 1986 en Buenos Aires, Di Benedetto fue un dedicado escritor que trabajó como periodista, llegando a ser vicedirector del diario mendocino Los Andes, donde se destacó por su firme postura contra la censura.

Detenido el mismo 24 de marzo de 1976 -en el inicio de la dictadura- en su despacho del diario Los Andes, el escritor fue encarcelado y torturado, sufriendo varios simulacros de fusilamiento, hasta que fue liberado en 1977. De esa experiencia terrible surgieron los cuentos de "Absurdos", que escribía con letra microscópica en las cartas que podía mandar. Exiliado en Europa, dio clases en Francia y en España, vivió seis años en Madrid, y regresó a la Argentina con la recuperación de la democracia, gracias a la gestión de escritores como Ernesto Sábato, Enrique Molina, Jorge Laffourgue y Ricardo Piglia, entre otros. Nunca logró curarse completamente de las marcas que le dejó el horror.

Durante este mes se realizará un homenaje al autor de El silenciero en el Museo Casa de Ricardo Rojas (Charcas 2837), los días 17, 18 y 19 de octubre, con entrada gratuita.

Juan José Saer, uno de los primeros escritores en destacar el valor de la literatura de Di Benedetto, sostuvo alguna vez que Zama "es, por ciertos aspectos de su concepción narrativa, comparable a las obras mayores de la narrativa existencialista, como La náusea y El extranjero". "Yo creo -señaló el autor de El entenado-, sin embargo, que por la circunstancias en que fue escrita y la situación peculiar de la persona que la escribió, Zama es en muchos sentidos superior a esos libros".

En Buenos Aires, su obra fue rescatada por la editorial Adriana Hidalgo, que desde 1999 reeditó, además de Zama, los libros Los suicidas, El silenciero, Sombras, nada más y El pentágono, así como, por primera vez, sus cuentos completos en 2006. Además, este año, la misma editorial presentó los Escritos periodísticos (1943-1986) del escritor, que dan cuenta de su intensa labor en ese oficio, compilados por Liliana Reales.

Durante este mes se realizará un homenaje al autor de El silenciero en el Museo Casa de Ricardo Rojas (Charcas 2837), organizado por el Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras y la Universidad de Buenos Aires Núcleo Onetti de la Universidad Federal de Santa Catarina, Brasil, los días 17, 18 y 19 de octubre, con entrada gratuita. Los escritores Selva Almada, Jorge Consiglio, Hernán Ronsino y Martín Kohan hablaron sobre la importancia de la obra de Di Benedetto, de quien el lunes se cumplen 30 años de su fallecimiento.

A partir de su experiencia en el rodaje de la película Zama -a donde fue invitada el año pasado por la productora REI cine-, Almada comenzó a escribir El mono en el remolino, un libro que será publicado el año que viene. "Son crónicas breves, pequeñas escenas, viñetas, impresiones personales del rodaje, de los escenarios de la película, de algunos actores, actrices, del equipo técnico", cuenta la autora de El viento que arrasa. Y explica que "fue bastante difícil encontrarle la vuelta porque no es un diario de rodaje ni un ensayo sobre la película, ni mucho menos. Los primeros borradores eran textos más largos, intercalados por algunas entrevistas, pero este formato no me convencía". Lo que hizo, entonces, fue "trabajar sobre estos textos, desmalezarlos, podarlos. El resultado es esta serie de textos muy breves y algunos bastante líricos. Además van a estar intervenidos con algunas imágenes del detrás de escena del rodaje". "Zama es quizá la novela más importante de la literatura argentina -sostiene la escritora-. No simplemente por lo que podríamos llamar la anécdota que es tan universal y tan argentina al mismo tiempo: la espera eterna, la postergación, ese mono que no consigue zafar del remolino y seguir río abajo". "Si no también -continúa- por su escritura: es un texto exquisito que se va extrañando a medida que se avanza en la lectura, que va construyendo sus propias reglas y, por supuesto, su propio lenguaje. Si a esto le agregamos que Di Benedetto la escribió en un par de semanas, es impresionante".

Para Consiglio, la obra de Di Benedetto "es clave para nuestra literatura por dos factores: el primero tiene que ver con el uso particular que hace de la sintaxis. Logra que sus textos respiren de una manera personal, única". "No se trata de una mera cuestión estética, la sintaxis 'dibenedetteana' es absolutamente connotativa, permite que el significado de cada palabra sea el inmediato, el que se determina por contexto y, al mismo tiempo, muchos otros", apunta el autor del reciente libro de cuentos Villa del Parque. "El segundo -explica- se relaciona con la destreza que tienen sus narradores para extrañar el universo en el que están inmersos. Para lograr este efecto no emplea disparadores fabulosos ni giros sofisticados; se trata, más bien, de pequeños corrimientos, movimientos sutiles que, justamente en virtud de su insignificancia, logran distorsionar por completo el universo cotidiano". Según Consiglio, Zama es "una novela que desborda su propia matriz. No se trata de un texto de ficción bien escrito o de un relato que narra una historia apasionante. Es mucho más que eso. El efecto es parecido al de una bomba. Cuando uno lee esta novela se expone a su onda expansiva. Te golpea, te arrastra, te lleva por delante. Es un libro fundamental porque condensa un cruce estético que lo convierte en un relato genuino y poderoso".

Para Ronsino, Di Benedetto "es un autor que provocó algunos giros importantes en la literatura argentina en el siglo XX y, también, influyó a muchos autores. Como a Saer, por ejemplo. Esos giros, creo, tienen que ver con el modo de escapar del costumbrismo". "Es un escritor que escribió mucho desde su provincia, Mendoza, haciendo una literatura que estaba en diálogo con el objetivismo francés o con el existencialismo. Zama o El silenciero, en ese sentido, ocupan un lugar central en la literatura argentina", sostuvo el autor de Glaxo. Por su parte, Martín Kohan cuenta que llegó al universo de Di Benedetto a través de Juan José Saer, "que señaló hace muchos años su injusto relegamiento (esto antes de que se emprendiera la reedición de todos sus libros). Sin dudas hay ahí una zona que funciona como tradición y también como legado". Según el autor de Fuera de lugar, el aspecto más importante de la obra de Di Benedetto es haber logrado "un lenguaje literario que es, a un mismo tiempo, nítido y denso". Y sostuvo que el carácter fundamental de Zama radica en "narrar a la perfección una de las cosas más difíciles de narrar: una espera".

11/10/16 Tiempo Argentino


“Lentamente estoy volviendo del exilio”

Ilustración: El Tomi.

Ocho meses después de su regreso al país Jorge Halperín le realizó esta entrevista que, bajo el título “Lentamente estoy volviendo del exilio”, gira en torno de los principios estéticos de su literatura y de los largos años de exilio. Publicado en Clarín el 14 de julio de 1985.

Entrevista por Jorge Halperín,

Vladimir Nabokov comparó el trabajo del escritor con el de la Naturaleza. Dijo que la Naturaleza tiene un maravilloso sistema de engaños y sortilegios y que el escritor lo reproduce y actúa como un gran embaucador. ¿Usted se siente un embaucador?

–En la medida en que en algunos relatos he cultivado la picaresca, puede ser. Desde luego que en cuanto hay cosas inauténticas, pero que uno puede aceptar como verosímiles, el trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva. Creo que Borges encontró una fórmula: dice que el autor escribe sobre lo que descree para hacer que lo crea el lector. Lo fantástico es así.

–Usted construye literatura fantástica con personajes carnales. ¿Por qué?

–Es la fuga de la realidad. A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere.

–¿Cuáles son las reglas del sueño?

–Reglas no tiene, sino características. Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.

–Su última novela Sombras nada más, se construye a partir de los sueños.

–Yo he tratado de darle una relativa forma novelística. El cauce mayor es una reunión de sueños para los que me ejercité escribiendo un par de cuentos y busqué lo que llamo el sueño inducido.

–¿Qué es?

–Creo que se puede llegar a soñar lo que uno quiera por una necesidad espiritual muy grande de evadirse hacia ese sueño o de reencontrar en él a una persona.

–¿Es una experiencia real?


Este video es uno de los escasos registros donde es posible encontrarse con la voz del escritor. Di Benedetto recuerda una anécdota de su niñez que preanuncia su destino de periodista y escritor.
Fuente: Audiovideoteca de Buenos Aires

–En algún momento tuve la impresión de que yo me había inducido y había conseguido hacer tales o cuales cosas en el sueño o provocar la aparición de tales o cuales cosas. En un cuento que traje de España relato la necesidad del reencuentro con mi madre fallecida y cómo se va transformando el paisaje o la cantidad de personas que ella frecuentaba, o sus visitas a mi departamento de la calle Fundadores. Y yo escribía de inmediato, como cuando viví en un bosque de New Hampshire, Estados Unidos. También soñé con mi padre, que se escapaba de la tumba y, como lo había hecho en vida, se dedicaba a perseguir mujeres y cometer infracciones. Y yo tenía que atarlo con una cuerda a la tumba para que anduviera pero no tanto, y yo pudiera educarlo, adoctrinarlo.

–¿En la vida de vigilia también siente que tiene un mandato de enseñar y adoctrinar?

–En política, la única participación que tuve fue una muy breve en el Partido Socialista de Alfredo Palacios y pensé que tantos milenios de trampas y miserias cambiarían si se daba una fuerte conciencia moral. También lo propugné como profesor.

–¿Piensa que tiene alguna misión?

–Hablar de misión sería demasiado grande. Yo lo llamaría preocupación ética que, creo, existe en todos mis libros.

–Me hace evocar una anécdota mencionada en un reportaje que le hicieron: decía que en su despacho de director del diario Los Andes tenía una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes venían a verlo.

–Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ellas. Y... aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea por la mirada y por las manos.

–Es una visión muy particular.

–Fíjese: cuando nos cruzamos con alguien por la calle, le adivinamos los designios con sólo observar dónde posa su mirada o qué frescura o limpidez tiene, o qué grado de condensación hacia la amargura o qué sedimentos de tristeza carga. La mirada indica todo eso. Y luego, la mano es corroboración de todo lo malo, porque suele ser un puño abierto.

–Es como mirar al hombre en posición hostil.

–Lo común es que el hombre se esté clavando las uñas para no clavárselas a los demás, no porque no quiera sino porque no se lo permite. En vez de destrozar al otro con la mano abierta, cierra el puño anímicamente, simbólicamente.

–¿El hombre tiene como condición usar las manos para dañar?

–Las manos como síntesis de toda la capacidad corporal. También usa los pies, sobre todo cuando está descontrolado. Cuando puede, guarda las formas y usa la palabra o las manos. Pero cuando está descontrolado, se vuelve animal de cuatro patas y da la patada.

–Usted ha admitido la ambigüedad: la agresión pero también la búsqueda del contacto con el otro por las manos. ¿Para qué se lavaba las manos con alcohol? ¿Para quitarse todo lo que del otro quedó posado en usted?

–En cierto modo sí. Pero creo que el alcohol lo usaba nada más que cuando había hecho un juicio severo sobre la mano que recibí, sobre la persona, que me parecía repelente en lo moral. No se olvide que el despacho del director de un diario suele ser un depositorio de acusaciones, de maldades y tormentos, y si a uno lo contaminan, a lo mejor lo siente en las manos. Además, había una razón práctica: el baño estaba en el otro piso y no tenía tiempo de lavarme con agua.

–Parece la ceremonia religiosa de expurgar el mal.

–Yo tengo un origen fuertemente religioso. Principalmente por mi padre, y también por mi tío que fue sacerdote. Siempre he sido cristiano y fui víctima de cristianos que no lo son.

–Usted ha buscado siempre la soledad, pero también le tocó vivir un encierro no voluntario.

–Pero fíjese que la prisión de un año y medio que sufrí entre 1976 y 1977 fue uno de los encierros más transitados que he tenido en mi vida. Estaba visitado de noche por los sueños –en realidad, por las pesadillas porque allí no era posible soñar diáfanamente–. Y de día, las requisas militares, los atropellos y la violencia eran mis visitantes. Por ejemplo, la tristísima noticia de que un compañero de pabellón se había suicidado colgándose con una toalla en la celda de castigo. Así que era una soledad demasiado visitada.

–¿Esa soledad no elegida cambió su carácter?

–Me parece que sí. En algunas situaciones me he vuelto una persona de mayor capacidad para mover sus antenas en la captación de lo malo y lo dramático. Y, de otra parte, el resarcimiento de aquella experiencia me ha facultado para gozar a veces de la alegría. Soy un lector infatigable de chistes.

–¿Qué siente que perdió a partir de su cautiverio?

–Primero, perdí transitoriamente la fe, aunque luego me recobré. Había perdido la fe que uno puede depositar en un poder sobrenatural, en un Dios que gobierna para el Bien y no para el Mal. Es que vi una crueldad y una maldad infinitas. Y perdí, entonces, la fe en mis semejantes. Ya no me hizo confianza nadie. Pero también perdí la fe en mí mismo porque me sentí culpable, no de las culpas que me atribuían los militares, que, si eran culpas, podían haberse sancionado por una ley de prensa y no en el marco inhumano al que me sometieron. No, yo tenía conciencia de otras culpas de conducta frente a los demás y entonces desconfié mucho de mí. Pero pude salir de eso.

–¿Pudo cerrar la experiencia dentro suyo?

–Yo pensé que los desvíos crueles e innobles no podían ser permanentes ni albergarse en la conducta y el sentimiento de todos los militares. Y como eran indistinguibles –el uniforme los mimetiza en una multitud– yo tenía que aplicar una indulgencia muy amplia con un sistema muy práctico: la ley del olvido. Apliqué el olvido a muchas acciones que cada vez que las recuerdo me hacen sufrir una barbaridad y al otro día me levanto con trastornos hasta en el sistema motor de las piernas. No es fácil aplicar esa regla porque las heridas son muy grandes. Pero, de momento no he levantado el dedo para acusar a nadie, aunque tengo en el fondo de mi memoria algunos nombres (llora).

–¿Esa intensa melancolía que usted siempre transmite es porque siente que no ha encontrado un proyecto nuevo de vida?

–No quedé sin proyecto. Mantengo el de tratar de ser escritor, aunque ese sería el más noble y el más general. También deseo ir reparando el daño que con mi detención le hice a mi familia, que quedó disuelta, aunque yo nunca fuera acusado de nada concreto.

–¿Qué atractivos encontró en el encierro voluntario del bosque de New Hampshire?

–Primero, el no tener ninguna preocupación económica. Porque fue la beca de una fundación para que yo hiciera lo que quisiera durante varios meses en medio del bosque. Tenía todas mis necesidades materiales cubiertas: al mediodía, una caperucita roja me traía una canastilla con el almuerzo. Yo escribía todo el día y al atardecer, con la puesta del sol, cenábamos en una mesa donde lo más común era el pavo asado. Porque New Hampshire no tiene ganado vacuno. Es una zona de coníferas que se prolonga hasta Canadá, pero con unas plantas de hojas grandes de un estupendo rojo carmesí en el otoño. O sea el fuego, los vientos y la luz.

–¿Usted vivía solo la mayor parte del tiempo?

–Vivía totalmente encerrado escribiendo lo principal de Sombras nada más. Soñaba mucho y tomaba inmediatos apuntes en la mesa de dormir.

–¿El cautiverio no le hizo tomar miedo a la soledad?

–No. Si uno llena la soledad, no le tiene miedo. Yo escribía y pensaba. Mi método de trabajo consiste en pensar un párrafo, descomponerlo en frases y, luego, repitiéndolas en voz alta para percibir la cadencia que les he impuesto, corregirlas para que tengan una adecuada sonoridad, pensando cómo le van a resultar al lector.

–¿Como un músico?

–A veces trato de establecer una prolongada melodía. Como la melodía central de la composición armónica. Otras veces, no, pero siempre me esmero para que las frases y las oraciones tengan una construcción armónica y, si es posible, con cadencia.

–Ultimamente, usted ha declarado que siente que perdieron calidad sus narraciones. ¿Qué ha sucedido?

–Es que había períodos, que no consigo recuperar, en que podía evadirme de la forma periodística para pensar en forma puramente literaria. Se me hace difícil, no sé si por la edad o por la vida amarga que llevo, pero me sale comúnmente la forma periodística.

–¿Qué es lo que realmente cambió? ¿Su prosa o la mirada que echa sobre su prosa?

–Francamente, no le he meditado.

–Usted fue periodista gran parte de su vida. ¿Hay un abismo entre periodismo y literatura?

–No, al contrario. El ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario. Eso es muy valioso para un escritor. Pero más importante todavía me resultó lo que dijo un escritor, que creo que fue John Steinbeck, sobre su aprendizaje en el periodismo y la fluidez que le había dado para describir la vida y los personajes en la literatura. Fue cuando le dieron un gran premio, que también contó que había sido cartero por muchos años y lo echaron porque le resultaba irresistible violar la correspondencia buscando historias que excitaran su imaginación de escritor.

–¿Podría decirse que el periodista es una categoría diferente de escritor?

–No es diferente. Esencialmente, el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y hay que entregar esta noche para que se publique mañana. El escritor es un cronista, por momentos redactor, por momentos entrevistador. Es decir que varios aspectos de la profesión periodística están aglutinados en el escritor.

–Alguien dijo que es muy difícil que quien escribe regularmente por encargo no quede incapacitado para la literatura.

–Es difícil, pero yo tuve experiencias a favor y en contra. Por ejemplo, mi cuento “Caballo en el salitral”, que tuvo tan buenas consecuencias (premios internacionales, N. del R.) es el producto de una época donde yo trabajaba de sol a sol. Y lo escribí en cuatro horas de la madrugada.

–¿Cómo se inspiró para ese cuento donde casi no hay seres humanos?

–Fue una observación que hice a la hora de la siesta que, como usted sabe, en toda la zona de Cuyo, es el momento en que la ciudad se vacía. Al fondo de la calle Catamarca vi un carruaje de panadero estacionado. Me acerqué y observé el caballo atado, soportando todo el sol y sin comer, mientras que el carro rebosaba de panes. Me pareció absurdo que el animal estuviera atado a su alimento –aunque, claro, él hubiera preferido el pasto– sin poder comer. De ahí que lo pensara en el cuento llevando fardos y dando vueltas en el desierto desesperado de hambre sin saber que llevaba con él el alimento.

–¿Por qué escribió cuentos sin seres humanos?

–Porque me atropelló un desafío de Sabato. El anduvo por Mendoza hace muchos años y un grupo de amigos lo rodeamos para escuchar sus lecciones sobre tal o cual tema literario. Incluso, lo invitamos a nadar en un zanjón donde aprendimos cosas de la Naturaleza. Pasó un hombre con una gran bolsa y extrajo de ella unas ranas. Las excitó y los animalitos comenzaron a hacer una danza sexual que hubiera entusiasmado al autor del El beso de la mujer araña (Manuel Puig). Cuando Sabato concluía su estadía en la provincia, dio una conferencia sobre Madame Bovary, de Flaubert, y en un pasaje dijo que en toda novela no puede faltar el ser humano con sus sentimientos y su conducta.

–¿Usted pensó en una novela con objetos?

–Yo me quedé un instante quieto pero no me animé a replicar. Se me dibujó una contradicción en la mente. Yo vi como un cielo abierto –o cerrado– que descargaba una cantidad de granizo. Algunas de las piedras rompían una ventana, rodaban y golpeaban en su paso un vaso de agua. El vaso se iba sobre una carta escrita y el agua desflecaba la letra. La acción se completa sin que participe el ser humano. Fue por el cielo y el agua, los elementos de la Naturaleza.

–¿Y por qué sigue siendo literatura?

–Porque está escrito con algún estilo. Desde la composición al ordenamiento de los materiales hasta el encadenamiento de cada frase. Y, además, la belleza, la intensidad, el dramatismo o el agonismo que se ha puesto en cada pensamiento. Eso es literatura.

–¿Qué opinó Sabato?

–Yo escribí el cuento “El abandono y la pasividad”, pero como ya había partido hacia Buenos Aires se lo mandé por correo y le escribí: “Mire, Sabato, posiblemente una novela sin seres humanos no se puede hacer porque requiere más acción, la concurrencia de más episodios y la conflagración de los episodios, pero un cuento sí se puede”. Sabato, con su laconismo, que es de una maestría extraordinaria, me contestó: “La excepción confirma la regla”. Es decir que yo había conseguido escribir un cuento, pero no tenía razón.

–Usted ha dicho que uno de sus temas recurrentes es la provocación de la nada. ¿A qué se refiere?

–Hay que entenderlo de dos maneras: por un lado, es la búsqueda del auxilio de la muerte, por el suicidio. Entregarse a la nada por convicción –y en eso me aparto de la visión cristiana– de que después de la muerte no hay nada. En segundo lugar, que la nada se puede construir respecto del prójimo si se siente que él piensa de uno que es la nada. No en un sentido moral sino que no vale, que no existe, que lo “borran”. Es mejor vivir “borrado” cuando al existente lo meten en la cárcel, lo golpean y lo insultan. Pero en un sentido realista y moralista, la nada es también minimizarse, achicarse y eso puede implicar acobardarse. Entonces no lo acepto. Trato de ser valiente en la medida en que mi cobardía me lo permite.

–Hace ocho meses que está reinstalado en Buenos Aires. ¿Cómo le ha ido?

–Siento una gran frustración. Lentamente, estoy volviendo al exilio porque no me han ido bien las cosas. No puedo seguir poniéndole el hombro a una situación absurda. Fui llamado para venir aquí y ahora han dejado sin renovarme el contrato con el área de cultura oficial.

–¿Le dieron explicaciones?

–Me hablaron de “austeridad”. Salvo por mi modesto trabajo en la Casa de la Provincia de Mendoza, me resulta muy difícil sobrevivir. Y yo no sé qué hacer porque no tengo habilidades para otra cosa que no sea la cultura.


Jorge Halperín nació en Buenos Aires en 1948 y se inició en el periodismo en 1967. Fue redactor de la sección de espectáculos de La Razón (1971–1977), y de las secciones de ciencia y de cultura de El Cronista Comercial (1975-1976). Desde 1979 trabaja en la redacción de Clarín, donde se especializa en entrevistas a intelectuales, científicos, artistas y escritores. En la actualidad dirige la sección Opinión y el suplemento Cultura y Nación.


Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Grandes entrevistas de la Historia Argentina (1879-1988), Buenos Aires, Punto de Lectura, 2002. Se ha hecho todo lo posible para localizar a todos los derechohabientes de los reportajes incluidos en este volumen. Queremos agradecer a todos los diarios, revistas y periodistas que han autorizado aquellos textos de los cuales declararon ser propietarios, así como también a todos los que de una forma u otra colaboraron y facilitaron la realización de esta obra.

18/02/06 Página|12


 

Una obra única y luminosa

Por Vicente Battista

El 10 de octubre de 1986, a los 64 años de edad, moría solo y olvidado uno de nuestros mayores escritores. Estas palabras, que podrían confundirse con las de un texto romántico de finales del siglo XIX, nada tienen de ficción: aquel remoto viernes de octubre de 1986, en la cama 6 del sector 14 del Hospital Italiano, moría Antonio Di Benedetto.

Acaso antes de ingresar a ese último sueño que, dicen, antecede a la muerte, habrá visto sus días en Mendoza, donde había nacido, donde había escrito Zama y donde hasta el 24 de marzo de 1976 era subdirector del diario "Los Andes". Horas después del golpe cívico-militar, Di Benedetto fue detenido por los verdugos de la Junta que a lo largo de ocho años iba a aterrorizar al país. Jamás supo las causas de esa detención; se murió sin saberlo. Escribió: “Creo que nunca estaré seguro de que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosas de las torturas”. Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977, pero a condición de que abandonara la Argentina. Francia fue el primer puerto de su largo exilio; después de vagar por otros países, se instaló en Madrid.

A la tortura de aquella pregunta sin respuesta se agregó la desventura del exilio. De golpe, se encontró viviendo el mismo horror que había imaginado para don Diego de Zama, el protagonista de su inmensa novela. “De Zama —dijo— primero tuve claramente el final. Pensé: y ahora qué le pongo adelante? Me dije: este final es la consecuencia de algo... Tengo que descubrir lo que hay adelante. Adelante estaba yo o el que creía ser yo o el imaginado yo. El yo que estaba descubierto era ese hombre angustiado, en una espera desesperada”. “A las víctimas de la espera”, anuncia la dedicatoria de esta novela en la que don Diego de Zama, ese ser ”solitario, aislado, patéticamente incómodo e inferior”, aguarda el nombramiento que pueda llevarlo a Lima, Santiago de Chile o Buenos Aires; esa espera se demorará por nueve años. Exactamente el mismo tiempo que desde el exilio Antonio Di Benedetto aguardó el retorno de la democracia. El nombramiento para don Diego de Zama jamás llegó, pero sí la democracia para Antonio Di Benedetto. Era el fin del exilio, el retorno tan esperado. Le habían prometido el oro y el moro. No sabemos el moro, el oro jamás lo consiguió. Para sobrevivir tuvo que ejercer cinco diferentes trabajos: taller de literatura, colaboraciones para “La Razón", asesorías para el gobierno de Mendoza, para el Instituto Nacional de Cinematografía y para la Secretaría de Cultura de la Nación. Aunque cueste creerlo, uno de los mayores escritores vivos en lengua española, con once premios internacionales sobre sus espaldas, obtenía de la Secretaría de Cultura un sueldo inferior al que cobraba un aprendiz de barrendero.

Los partes médicos dicen que lo mató un derrame cerebral. Esos partes nada dicen del olvido y de la incomprensión. El propio Di Benedetto sabía mucho de eso. “¿Hasta qué punto me estimo a mí mismo como para pretender ser estimado por los demás?”, confesó alguna vez, y, con la impiedad y franqueza que lo caracterizaban, agregó: “Yo invito a cada ser, a cada hombre, a que grabe sus palabras y sus pensamientos, desde que su mente se despeja por la mañana hasta que se reposa. Invito a que se vigile, se analice. Verá cuántas maldades, juegos, intereses ha puesto en acción para sobrevivir ese día, es decir, no la eternidad sino una miseria de 24 horas”.

Zama apareció en 1956, un año después de que lo hiciera Pedro Páramo, otra novela esencial para la literatura en lengua española. El mexicano Juan Rulfo fue reconocido de inmediato en Europa y América, con el argentino Antonio Di Benedetto demoraron un poco más. A comienzos de los años 70, en Francia, en Alemania y en España se leían y estudiaban sus textos. No sucedía lo mismo en nuestro país. Hubo unos pocos adelantados —Juan José Saer destacó la singularidad de la lengua con la que está contada Zama, Noé Jitrik señaló que don Diego de Zama bien podría ser el arquetipo de esos americanos que por imaginarse en Europa desdeñan a su propio continente—, pero cada vez que había que hablar de las novelas que honran a nuestra lengua, Zama no estaba en la lista. El olvido parece ser una costumbre nacional.

Casi como dibujando su inmediato destino, Di Benedetto supo escribir: “Para morir quisiera un lugar donde nadie me reconozca” y no es casual que el libro que publicó antes de morir se llame Sombras nada más. Hoy, a un cuarto de siglo de esa muerte, las piezas comienzan a acomodarse: los textos de Di Benedetto se investigan y estudian en diversas cátedras universitarias; en este mismo suplemento cultural, Mario Goloboff realizó una aguda relectura de Zama. En La Argentina como narración, Jorge Monteleone, el compilador de esa definitiva antología, la presenta como el texto fundacional de nuestra literatura. Lejos de ser sólo sombras, la obra de Antonio Di Benedetto se alza en toda su grandeza, definitivamente única y luminosa.

Télam, Suplemento literario, julio 2012


 


Antonio Di Benedetto (primero de la derecha) acompañado por Leonardo Favio, Graciela Borges y Beatriz Guido en el Festival de Cine de Cannes en la década del 60.

Cronología

1922
Nace en Mendoza, el 2 de noviembre. Descendiente de italianos por ambas ramas familiares, aunque su madre había nacido en Brasil. Su abuelo paterno era vitivinicultor y tenía una bodega en Mendoza. Su padre había seguido la carrera militar y era enólogo.
"Muchos apelan a la referencia de los signos del zodíaco. Yo los paso por alto porque cuento con una predestinación especial: la fecha de mi nacimiento. Y esa nominación religiosa que corresponde al Día de los Muertos me ha acompañado con una fidelidad absoluta. De modo que me crea dudas a menudo sobre mi existencia", dirá el escritor en una entrevista con Joaquín Soler Serrano en 1985, realizada para la Televisión Española.

1928
Comienza a cursar la escuela primaria en la localidad de Bermejo, en Mendoza.

1933
El 13 de febrero muere su padre en circunstancias imprecisas. Este hecho marcaría definitivamente su vida.
"Mi padre era severo, enérgico, y se retiró de mi vida cuando yo era un niño de 10 años. Lo importante es el misterio sobre la muerte de él que nunca me fue revelado por un acto de compasión. Me dijeron que fue de muerte natural, pero yo esa noche escuché una explosión", recordará el escritor en la entrevista para la Televisión Española.
Va a vivir una temporada con sus abuelos. Viaja por primera vez a Buenos Aires, invitado por un tío.

1938
A los 16 años, comienza a trabajar como periodista en medios gráficos. Su primer trabajo es como cronista de cine de un periódico independiente llamado La Semana.

1941
Cursa estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba y en la Universidad Nacional de Tucumán, pero no concluye la carrera.

1949
Es nombrado jefe de las secciones de artes, letras y espectáculos en el diario Los Andes de la provincia de Mendoza. También es corresponsal del diario La Prensa de Buenos Aires.

1953
La editorial Fabril publica, en Buenos Aires, su primer libro de cuentos, "Mundo animal".
"Los sueños y la muerte adquieren enorme importancia en la obra de Di Benedetto. Y ambos conceptos se entrelazan. [...] La muerte posee un carácter liberador. La muerte es un sueño. En ‘Reducido’, el perro soñado por el personaje le pide que vaya con él a los sueños, al sueño de la muerte. En ‘Bizcocho’ para polillas luego de una soledad extrema, del apolillamiento que genera el destierro, el personaje le pide a esas propias polillas que lo trasladen al sueño de la muerte: ‘Ahora están comiendo mi corazón, ahí han llegado las penetrantes, y yo siento, cada vez más, un grande alivio, como si fuera entrando en un sueño, pasito, pasito...’ [...] La única forma de no muerte, la única forma de combatir la no existencia, es asediar la nada, porque la nada no es la muerte física. La verdadera muerte es la nada en vida. En ‘Caballo’ en el salitral, la muerte, generosa, asedia ella misma la nada y se transforma, en un ciclo inevitable, en generadora de vida. ‘No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada... la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después cuando se abran los huevos, será una caja de trinos", señala Jorge Hardmeier, en la Revista Trinacional de Literatura y Arte, Chile-Argentina-Perú, el 1º de abril de 1999.
Sobre el origen de su vocación de escritor, Di Benedetto dirá en la entrevista realizada por la Televisión Española:
"Yo creo que aprendí a contar gracias a mi madre porque de niño ella era muy animadora de las noches y se dedicaba a contar cosas de mi sufrida y aventurera familia (…) Mi padre dejó muchas cosas escritas, algunas publicadas".

1954
Su libro de cuentos "El pentágono" es publicado en Buenos Aires, por Ediciones Doble P.
"En palabras de Jimena Néspolo, autora del prólogo de esta nueva edición, El pentágono logra ‘poner en jaque ciertas pautas de construcción realista del relato [...] donde todas las alternativas argumentales son posibles puesto que los diversos porvenires conviven en una imagen incompleta, no falsa, del universo amoroso’.
Su pluma gira sobre sí misma, melodiosa, estilizada. Sus monólogos de oraciones cortas (‘Laura no está porque no es. Laura es aquello a lo cual se tiende.’) denotan la extrañeza que anida en las relaciones humanas. Asociado con las tradiciones de vanguardia, Di Benedetto confesó acerca de este libro: ‘Transcurría la década del 40, y, saturado de novela tradicional, cometí el atrevimiento, en grado de tentativa, de ‘contar de otra manera’. Así provoqué esta novela en forma de cuentos.’ Como en un film onírico dirigido por David Lynch, ‘El pentágono’ fuga hacia lo absurdo y lo fantástico, produciendo una realidad literaria única, irreductible a lo referencial o realista. Como cuando el protagonista es obligado a meterse en el barro y chapalear durante un careo judicial (‘Aparte de ser una alusión, importaba colocarme en situación de inferioridad frente al otro’), o la incoherencia que lo asalta al descubrir que su novia vive dentro... ¡de un contrabajo!", escribió Eugenia Zicavo, a propósito de la reedición del libro, en el Diario Perfil, Suplemento Oh, Buenos Aires, 20 de noviembre de 2005.

1956
Ediciones Doble P publica en Buenos Aires, su novela "Zama".
"’Zama’ no se rebaja a la demagogia de lo maravilloso ni a la ilustración de tesis sociológicas; no se obstina en repetirnos las viejas crónicas familiares que marchitan la novela burguesa desde fines del siglo XIX; no divide la realidad, que es problemática, en naciones; no pretende ser la suma de ningún grupo o lugar; no da al lector lo que el lector espera de antemano, porque los prejuicios de la época hayan condicionado a su autor induciéndolo a escribir lo que su público le impone; no honra revoluciones ni héroes de extracción dudosa, y sin embargo, a pesar de su austeridad, de su laconismo, por ser la novela de la espera y de la soledad, no hace sino representar a su modo, oblicuamente, la condición profunda de América, que titila, frágil, en cada uno de nosotros. Nada que ver con ‘Zama’ la exaltación patriotera, la falsa historicidad y el color local. La agonía oscura de ‘Zama’ es solidaria de la del continente en el que esa agonía tiene lugar", escribió Juan José Saer en "El concepto de ficción", Seix Barral, 1997.
Es nombrado Director del Teatro Independencia de la Universidad Nacional de Cuyo y trabaja como corresponsal del diario La Prensa en América y Europa.
Recibe el Primer Premio otorgado por en el Concurso Nacional de Cuentos del Diario La Razón.

1957
Aparece, en Buenos Aires, su libro de cuentos "Grot" que será reeditado en 1969 con el título de "Cuentos claros".
"Conectado con Arlt por su sensibilidad gozosa por la vileza, y con Borges por la silenciosa parquedad con que desliza lo fantástico en lo cotidiano, Di Benedetto aparece a la reflexión como el puente entre ambos, como la tercera pluma, que da sentido de conjunto a una época clave de la literatura argentina. Los tres mantienen su personalidad irreductible, pero poco a poco, por detrás de intentos infructuosos por enfrentarlos, se van consolidando las líneas comunes. Por ejemplo, mientras en el mercado interno y externo se celebraba la orgía de ‘latinoamericanismo for export’, los tres se mantuvieron ejemplarmente alejados de magias y folklores, una línea que gracias a ellos y otros escritores notables identifica hoy a la literatura argentina, aunque el costo en ventas internacionales sea, por ahora, grande. En estos cuentos queda particularmente claro uno de los motores narrativos de Di Benedetto: en esos personajes que recurren al amor como una sublimación de sus soledades, como una ficción que simule vínculos con el mundo, queda plasmada esa ambigua interacción entre el exterior y el interior, esa suspensión existencial en que viven sus personajes y muchos argentinos, y que es uno de los sellos del gran escritor", escribió Jorge Barón Biza, en La Voz del Interior, Córdoba, el 17 de agosto de 2000.
Recibe el Premio Provincial D’Accurzio y el Primer Premio de los Retratos Nacionales de Literatura de la Región Andina.

1958
Su libro de cuentos "Declinación y Ángel" es publicado en Mendoza por la Editorial Inca.
"Un prologuista de mis libros habló de la literatura experimental que yo hacía. Era cierto porque yo trataba de buscar cada vez una forma distinta. Y eso me vino de un gran cansancio porque algo me marcó leer a Balzac y haberme empalagado. Y dije: la literatura no debe ser así, debe cambiar ante todo. Y lo fui intentando", señala en la entrevista realizada por TVE.
Es convocado por Jorge Luis Borges, director de la Biblioteca Nacional, a dar una conferencia sobre la literatura fantástica argentina. Por ese motivo, viaja a Buenos Aires.

1960
El 5 de mayo se estrena, en Buenos Aires, el film "Álamos talados", con dirección de Catrano Catrani y guión de Abelardo Arias y Antonio Di Benedetto.
El Gobierno francés le otorga una beca de estudios de periodismo en París.
Es representante de La Prensa en el Festival Cinematográfico Internacional de Cannes de ese año.

1961
Aparece en Buenos Aires, su libro de cuentos "El cariño de los tontos" (editorial Goyanarte).

1963
Concurre como invitado a los Festivales de Cine de Berlín, San Sebastián y Santa Margherita de Ligure y del Teatro de Suiza.

1964
La editorial Troquel, de Buenos Aires, publica la novela "El silenciero", con prólogo de Juan José Saer.
"Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, ‘Zama’, ‘El silenciero’ y ‘Los suicidas’, en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo. En la literatura argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que han sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia sorprendente. [...] De sus construcciones novelísticas, el capricho está desterrado. Su arte sutil va descartando con mano segura las escorias retóricas para concentrarse en lo esencial. De ese arte singular, ‘El silenciero’ es una de las cumbres. Aparecida por primera vez en 1964, esta novela prosigue el soliloquio narrativo iniciado con ‘Zama’ en 1956 y que se prolongará en ‘Los suicidas’, publicada en 1966, formando un sistema tácito que se propone representar el mundo, del que el ruido, en ‘El silenciero’, no es más que una variación metonímica, como "un instrumento de-no-dejar-ser", escribió Juan José Saer, en el prólogo.
La Subsecretaría de Cultura de la Nación le otorga el Gran Premio de Novela.

1967
Es nombrado Subdirector del Diario Los Andes, de Mendoza.

1969
La novela "Los suicidas" recibe por unanimidad la primera mención del concurso organizado por Primera Plana y la Editorial Sudamericana. El jurado fue integrado por Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos y Leopoldo Marechal.
"En ‘Los suicidas’ el narrador-protagonista se sueña desnudo. ¿Qué otra imagen más clara para describir el deseo de vuelta al refugio inicial frente a la insoportable y abrumadora presencia del contexto exterior? Y, en esta novela, la figura de la madre o de la amante-madre adquiere, también, un valor esencial y la espera y la búsqueda, al igual que en ‘Zama’ o ‘El silenciero’ no concluye jamás, como si se tratara de un bosque tupido, detrás del cual hay otro bosque y otro y otro, sin solución de continuidad. ‘Debo vestirme porque estoy desnudo. Completamente desnudo. Así se nace.’ Es decir, recomienza la búsqueda de esa soledad-refugio. [...] El padre y el mundo exterior son los dos elementos poderosos que hostilizan al hombre, sin permitirle ese estado idílico que tanto anhela. ... En ‘Los suicidas’ el agobio ejercido por el mundo exterior y que provoca la determinación de alcanzar la muerte por mano propia, está centrado en la figura del padre. Finalmente, el personaje principal logra aislarse del aura de muerte que le ha legado. Pero no es el caso de los jóvenes suicidas (cuyas connotaciones el propio personaje investiga): ‘Eligieron el revolver por la rapidez. Lo hurtaron del padre verdugo’", escribió Jorge Hardmeier en la Revista Trinacional de Literatura y Arte, antes citada.
Sobre esta novela, Di Benedetto dirá:
"Este libro es bastante franco sobre este tema (los suicidios en su familia) y hay un capítulo que narra lo que sucedió con mi abuelo y mi primo. La lucha entre el abuelo y el nieto por la misma mujer", de la entrevista realizada por la Televisión Española.
El gobierno italiano lo condecora como Caballero de la Orden de Mérito.

1971
Recibe la medalla de oro de la Alliance Française.

1973
Es designado miembro fundador del Club de los XIII, un grupo de trece escritores y críticos argentinos que otorga, todos los años, un premio a la mejor obra narrativa del año anterior.
Se desempeña como crítico de cine en el Festival Cinematográfico Internacional.

1974
Recibe la beca Guggenheim.

1975
Se publica, en Buenos Aires, una antología de sus cuentos bajo el título de "El juicio de Dios" (editorial Orión).

1976
Pocas horas después del golpe militar del 24 de marzo, Di Benedetto es secuestrado por el Ejército.
"En una entrevista de María Esther Vázquez a Adelma Petroni, una escultora amiga del escritor, nos enteramos de algunos datos puntuales referidos a la gestación de estos cuentos durante los diecinueve meses en que Di Benedetto estuvo preso por la junta militar: ‘Primero estuvo detenido unos meses en Mendoza, en el Colegio Militar. No se lo podía ver, pero sí llevarle ropas y alimentos. Cuando lo trasladaron sorpresivamente a la Unidad 9 de La Plata, no nos dijeron adónde lo habían llevado. Empezamos a buscar con Bernardo Canal Feijóo, y los dos, cada uno por su lado, logramos saber su destino. [...] Estuvo preso un año y siete meses, desde marzo de 1976 hasta septiembre de 1977. Yo pedí a todo el mundo que hiciese lo posible para lograr su libertad. Finalmente el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll le envió un telegrama a Videla’. Antonio Di Benedetto sufrió cuatro simulacros de fusilamiento y numerosos golpes. Sin poder escribir, porque le rompían todos los papeles, encontró entonces un ardid: ‘Me mandaba cartas donde me decía: ‘Anoche tuve un sueño muy lindo, voy a contártelo’. Y transcribía el texto del cuento con letra microscópica (había que leerla con lupa). Después esos cuentos se editaron bajo el título de ‘Absurdos’. Con el anticipo que le dio el editor viajó a Europa, dio algunas vueltas y se instaló en España’", relata una nota de Jimena Néspolo, publicada en el suplemento Radar Libros, de Página 12, el 12 de septiembre de 2004.

1977
El 4 de septiembre es excarcelado gracias a las gestiones de personalidades como Ernesto Sabato, Heinrich Böll y Victoria Ocampo.
Marcha al exilio, primero en Estados Unidos. Después viaja a Francia y España.

1978
La editorial Pomaire, de Barcelona (España) publica su libro de cuentos "Absurdos".
"Los cuentos recopilados en ‘Absurdos’ vuelven a intranquilizar. Los relatos que integran este libro fueron escritos en la cárcel. Como sabemos, la dictadura argentina tuvo prisionero a Di Benedetto 18 meses. [...] El recorrido de los cuentos es arduo; a causa de una prosa fragmentaria, quebradiza y opaca, pero ideada con procedimientos narrativos de una eficacia sorprendente. ‘Renato ha despertado, con las elementales medicinas de las caricias y el agua. Lo vela el cariño de dos seres que no se apartan de él.’ ‘Anochece. Alborea. Jonás ha salido a comprobar el alcance de la devastación…’ Si bien podemos leer a la dictadura como el fantasma que acecha, desde un fondo oculto y simbólico, a todos los cuentos que se han reunido en el libro, también podemos decir que la inteligencia, el rigor y la economía de un estilo no pactan con lo previsible. La destrucción de la identidad socavada por la obsesión, en ‘Hombre invadido’; la pulverización de la voluntad que sufre el personaje de ‘Obstinado visor’; la traición y la muerte de Lumila causadas por su perro ‘Fiel’; son sólo derrotas que cuentan historias… ¿o cuenta una historia?", escribió Carolina Sager para el diario El Ciudadano, Suplemento de Cultura, Rosario, 17 de enero de 2005.

1979
Se estrena, en Buenos Aires, el film "El juicio de Dios", dirigido por Hugo Fili, según cuento homónimo de Antonio Di Benedetto.
Recibe el Premio de Roma, "Italia - América Latina".

1981
La editorial Bruguera, de Barcelona, publica "Caballo en el Salitral". La presentación del libro está a cargo de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez.
Recibe una beca otorgada por la Fundación Mac Dowell, de Estados Unidos.

1983
La editorial Bruguera publica, en Buenos Aires, "Cuentos del exilio".

1984
Recibe el Premio Konex Diploma al Mérito y el Konex de Platino en el rubro "Novela: Primera Obra publicada después de 1950".
Es nombrado Miembro de Número de la Academia Argentina de Letras y Asesor de la Secretaría de Cultura de la Nación.

1985
Regresa definitivamente a la Argentina.
La editorial Alianza, de Madrid (España), publica su novela "Sombras, nada más".
Recibe el Premio Esteban Echeverría, otorgado por la Asociación Gente de Letras.
Es convocado por el gobierno de Raúl Alfonsín para ocupar un cargo de asesor en la Dirección Nacional del Libro. Su contrato no es renovado por "razones de austeridad". Sobrevive sus últimos meses con un modesto empleo en la Casa de Mendoza.

1986
Recibió el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).
El 10 de octubre, muere víctima de un derrame cerebral.
Luego de su muerte es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo.

1987
La editorial Sudamericana publica "Páginas escogidas".

1999
Adriana Hidalgo Editora comienza a reeditar la totalidad de su obra.
 


 

Aballay

Un cuento de Antonio Di Benedetto

Aballay, película de Fernando Spiner (2010) [ver online]

En el sermón de la tarde, el fraile ha dicho una palabra bien difícil, que Aballay no supo conservar, sobre los santos que se montaban a una pilastra. Le ha motivado preguntas y las guarda para cuando le dé ocasión, puede que en los fogones.

Son visitantes, los dos, el cura y él, con la diferencia que el otro, cuando termine la novena, tendrá a dónde volver.

La capilla, que se levanta sola encima del peladal en medio del monte bajo, sin viviendas ni otra construcción permanente que se le arrime, se abre para las fiestas de la Virgen, únicamente entonces tiene servicio el sacerdote, que llega de la ciudad, allá por la lejanía, de una parroquia de igual devoción.

Los peregrinos – y los mercaderes – arman campamento. Se van pasando los nueve días entre rezos y procesiones; las noches, atemperadas con costillares dorados, con guitarra, mate y carlón.

Aballay presenció un casorio, de laguneros, muchos bautizos de forasteros. Más bien deambuló de curioso y también necesitado de probarse entre la gente, pero alerta y sin darse con nadie. Contó cuatro milicos.

Mientras tanto en el altar declina la llama de los cirios, afuera se reanima y alimenta el fuego de las brasas, en las enramadas de vida corta, de esas fechas no más.

El cura recorre el sendero de vivaques echando las bendiciones y las buenas noches. Solicitado al pasar por cada grupo, hace honor a una familia venida de Jáchal. Se asa un chivito, la abuela fríe pasteles, un hombre sirve vino, todos en sosiego y discretos. De las quinchas vecinas brotan cantos, tempranamente entonados.

Se nombra a Facundo, por una acción reciente. ( "¿Qué no es que lo habían muerto, hace ya una pila de años? ... " )

Aballay ha sido una persona en la andanza de la sotana, ahora es un bulto quieto, que no se esconde. Espera.

Uno de los jachalleros lo invita a acercarse. Con una seña dice no. Otro es su apetito.

Pero media el cura y Aballay obedece. Nada agrega a la conversación, tampoco propicia su intervención el fraile, tal vez acostumbrado a esos silencios de los humildes y los ariscos.

Pero a cierta altura, cuando ya las estrellas remontan el horizonte, Aballay lo sorprende con un toque en la manga y la consulta que le desliza en voz baja:

- Padre, ¿podrá oírme?...

- ¿En confesión?

Aballay medita y al cabo dice:

- No todavía, padre. Pero ahora hablemos, le pido. Usted y yo.

Más tarde se apartan de la animación de los fogones, eluden a los achispados de la cantina y se pierden entre carretas dormidas donde reposan los niños.

Entonces hablan y, al calar el asunto que el desconocido le trae, el religioso se regocija de su eficacia como orador sagrado. He aquí quien le muestra que su verbo penetra y es capaz de causar inquietudes. Trata de corresponder a ellas agregando claridad y simplifica el lenguaje, la expresión, lo más que puede.

- No, hijo: no dije que fueran santos, sino que vivían en santidad. Era propio de anacoretas o ermitaños.

- Dispense, no fueron sus palabras.

- ¿Qué no?...

- No, padre. Los nombró de otra manera.

- A ver... estilitas. ¿Puede ser?

- Puede.

- Ah, bien. Significa más o menos lo mismo. Solo que los estilitas eran una clase especial de anacoretas... ¿conoces qué quiere decir esta palabra?

- Pongámosle que no y te explicaré. Los anacoretas eran solitarios, por su propia voluntad se habían retirado de los seres humanos. A lo más, mantenían la compañía de un animal fiel. Recorrían los desiertos o habitaban una cueva o la cumbre de una montaña.

- ¿Para qué?

- Para servir a Dios, a su manera.

- No lo entiendo. En el sermón usted dijo que estaban arriba de un pilar.

- Si ... pilar o columna. Esos precisamente son los estilitas. Su rara costumbre sólo era posible en aquellos países del mundo antiguo, donde, antes de Cristo, fueron levantados templos monumentales, que apoyaban su techo en pilastras. Al desaparecer sus religiones y ser abandonados por los hombres, durante siglos y siglos, se fueron destruyendo. En algunos casos, solamente quedaron en pie las columnas. Los estilitas subían a ellas para tratarse con rigor y alejarse de las tentaciones. Permanecían allí con viento o lluvia, enfermos o hambrientos.

- ¿Cuántos días?

- ¿Días?... ¡Eternidades! Se dice que Simón el Mayor vivió así 37 años y Simón el Menor 69.

Aballay entra en un denso silencio. El sacerdote lo estimula:

- ¿Y?... ¿Qué piensas ahora que sabes el tamaño de su sacrificio? ¿Podías imaginarlo?

Aballay no recoge sus preguntas. Tiene otras, muchas más, minuciosas: que si en tan estrecho sitio podían sentarse o debían estar de pie, en cuclillas o arrodillados; que por qué no morían de sed; que si nunca jamás bajaban, por ningún motivo, ni por sus necesidades naturales; que si puede creerse que no los tumbara, al suelo, el sueño...

El sacerdote está contestando, más no omite sospechar que esa inquisitoria sea la de un descreído rústico, que lo esté incitando a perder fe en lo que ha predicado desde el púlpito. No obstante, se dice, hay respuesta para todo.

- ¿Cómo se alimentaban? Lo hacían moderadamente, aunque algunos, según el lugar donde se estableciesen, se veían favorecidos por la naturaleza. Estos tal vez disponían de miel silvestre y del fruto de los árboles. De otros, especialmente de los caminantes del desierto, se cuenta que comieron arañas, insectos, hasta serpientes.

El tipo repulsivo de animales que evoca ahonda la naciente preocupación del cura. Por un sentido de seguridad, está observando a donde han llegado. "Al fondo de la noche", se dice , considerando la espesura del matorral inmediato. Se han apartado del aduar, la concentración de carretas y animales de tiro. Se analiza junto a ese emponchado nunca visto previamente, que parece ansioso y díscolo, y de quien desconoce si debe temer el mal. Se sobrepone; hace por tranquilizarse y piensa que tiene que complacerse de esta provocación, tal vez ingenua, que lo ha llevado a la memoria de sus lecturas, aunque sea para transmitirlas a un solo feligrés y en tan irregulares circunstancias.

El religioso está explicando que así mismo podrían sostenerse por obra de la caridad ajena, pero Aballay le cuestiona. "¿No era que estaban solos y les escapaban a los demás?"

- Desdichados y creyentes hacían peregrinaciones para rogarles su ayuda ante Dios y a esas personas de tanta fe les aceptaban algunos alimentos muy puros.

- ¿Eran santos, entonces? ¿Podían pedir a Dios?

- Todos podemos.

Aballay se interna de nuevo en los callejones del espíritu y se distrae del cura. Este ya lo deja estar, hasta que reaccione solo.

Después:

- Usted dijo, en el sermón, que se retiraban para hacer penitencia.

- Dije más; penitencia y contemplación.

- Contemplación... ¿Acaso veían a Dios?

- Quién sabe. Pero la contemplación no consiste sólo en tratar de conocer el rostro de Jesús o su resplandor divino, sino en entregar el alma al pensamiento de Cristo y los misterios de la religión.

Aballay ha asimilado, pero su empeño consiste en despejar específicamente el primer punto:

- Usted dijo: penitencia. ¿Por qué hacían penitencia?

- Por sus faltas, o por que asumían los yerros de sus semejantes. Concretamente en el caso de los estilitas: montaban una columna para acercarse al cielo y despegarse de la tierra, porque en ella habían pecado.

Aballay sabe qué grande pecado es matar. Aballay ha matado.

Esta noche, Aballay ha decidido despegarse de la tierra.

Bien es real que el llano, que es lo único que él conoce, no tiene columnas, ni nunca ha visto más que las de un pórtico, en la iglesia de San Luis de los Venados.

Recuerda que para escabullirse de las disciplinas de su madre, se trepaba a un árbol. Acepta que al presente está intentando lo mismo: huirse de su culpa, y busca a dónde subir.

No le valdría, actualmente. Ni un ombú, si probara el refugio de su altura y follaje. Sería descubierto, sería apedreado, aunque no supieran la verdadera causa, solamente por portarse de una manera extraña. Tampoco nadie le alcanzaría un mendrugo.

Está firme, a conciencia, en el trato consigo mismo de separarse del suelo y llevar su vida en penitencia. Mató, y de un modo fiero. No se le perderá la mirada del gurí, que lo vio matar a su padre, uno de los escasos recuerdos que le han quedado de aquella noche de alcohol.

Pero él podría quedarse quieto en su remordimiento. En tiene que andar. Salirse (de un sitio en otro).

¿Cómo, si quiere copiar a los de antes, lo que contó el cura?

El fraile dijo que montaban a la columna. El, Aballay, es un hombre de a caballo. Tempranito, a los primeros colores del día, Aballay monta en su alazán.

Le palmea con cariño el cuello y consulta: "¿Me aguantarás?". Supone que su compañero acepta y, mientras avanzan al trote suave, lo prepara: "Mirá que no es por un día... Es por siempre".

La primera jornada ha sido de voluntario ayuno, la segunda de atormentarse pensando en comer y no amañarse para hacerlo.

Gozó de aquélla. Privarse un día da pureza a la sangre, se argumentó como consuelo.

Después vino el hambre tan grande y con tal reclamo que entró a desesperar de conseguir ayuda, y por consecuencia de no ser capaz de cumplir su intención.

Lo orientó el humo. Se ganó al rancho. Habían carneado y asaban las achuras en el mismo patio. No hizo falta que pidiera. Solo que llamó la atención con su resistencia a ponerse a gusto, junto al puestero y los suyos. De todos modos, le alcanzaron una generosa porción ensartada en su propio cuchillo.

Supo que esta vez era diferente a otras. Había recibido el bocado hospitalario que, sin preguntas, nunca se niega al que hace camino. Antes también lo tuvo, en distintos sitios. Sin embargo, desde esta ocasión podría volvérsele necesidad de todos los días, y se le nubló el orgullo de su nueva condición.

Ya estaba cercado por los apuros que no pudo prever y los que la penuria comenzaba a mostrarle.

En adelante debió socorrerse con imaginación y ahí donde la astucia fallaba o vislumbraba riesgo de quebrantar su designio, tomaba enseñanza del relato del cura.

No menudeaban los ranchos, por esas soledades, ni él se figuraba de entenado. Se haría de avíos o provista, algún recurso guardaba como para poder pagarla. ¿Cazar? Sí , pero ¿cómo cocer la carne? ¿Fruta? La naturaleza de esa región la negaba.

Habilidoso fue siempre para las suertes sobre el estribo o colgado de las cinchas, con lo que le vino a resultar sencillo recoger agua en el jarro o, por probarse destreza, beberla aplicando directamente los labios a la superficie de los arroyos.

De dormir sobre el caballo tenía experiencia y éste de soportarlo. Pero, si no lo aliviaba de su carga, no le concedería descanso y sobrevendría la muerte del animal. Enlazó su cimarrón, lo convirtió en su parejero y se pasaba de una cabalgadura a otra, para darles respiro. El segundo no hizo resistencia ni al jinete ni a la rutina; seguramente había tenido dueño.

Pudieron someterlo a las prácticas menos ilustres sus necesidades naturales, de haber tomado con absoluto rigor de la ley vivir montado. Tuvo el tino, aquella noche, de consultárselo al cura, que nunca supo a qué tanta averiguación sobre los hábitos y vedas de los encimados a las columnas. Dijo el fraile que no concebía penitentes a tal punto severos que se prohibieran descender a tierra por tan justificada razón, aunque no dudaba que algunos cometieron esos excesos de mortificación.

De todos modos, Aballay se proponía se limpio. ¿Acaso no penaba por limpiarse el alma?

Aballay remueve las ramas de un arbusto, buscando vainas comestibles. Sorprende a un pájaro atolondrado que demoraba en volarse. Lo manotea en el aire. Lo retiene con cuidado para no dañarlo. Nota su agitación desesperada y lo dispensa del pavor.

Ya se proyecta el ave hacia arriba y al hombre le da contento su libertad.

Pero se le atraviesa una memoria empecinada: la mirada del gurí, cuando le mató al padre.

También terca, porfiada en volver, es su imaginación de los empilados. Suele como esta noche, estremezclársele con las impresiones del día.

El, Aballay, es un penitente y está parado en un pilar. No una columna de las de iglesia, tampoco pilón de portal de cementerio: pilar de puente, de piedra, sólo que más fino y encumbrado, él arriba.

No está solo. Hay otros pilares y otros que penan. Son los antiguos, los santos, y para él resultan extranjeros. No se hablan, porque así tiene que ser, y si hablaran él no entendería su lengua. Se cubren, como él, con ponchos.

En una parte del sueño hay paz, después cambia en pesadilla: llegan los pájaros.

Le caminan por la cabeza y los hombros. Le picotean las orejas, los ojos y la nariz, o quieren alimentarlo en la boca. Hacen nidos, ponen huevos... y él, en todo momento, está muerto de miedo al vacío, donde caerá si se mueve.

Aballay despierta a medias. Le ordena a su alazán: "¡Quieto..."

Encuentra una pulpería. Pasa de largo, no le sirve: no tiene reja empotrada al muro del frente para hacer su compra desde el caballo.

Al tiempo halla otra. El pulpero antes de entregarle el charque pone la condición: "Platita en mano". Aballay descuelga de su sitio algunos de los cobres que, con otras monedas de diferente ley, hacen el esplendor de su rastra.

Desemboca en el patio de una posta. Se juega. Baraja, taba. En el redondel, los gallos se dan la muerte a primera vista, o a ciegas, si se revientan los ojos a puazos. Se apuesta.

Se come y se bebe.

Aballay, ha atado el cimarrón al palenque, con su alazán circula entre los grupos, por ver. Lo mismo ante el asador. Pero alguien lo provoca: "el que no se pone, no come". Aballay comprende. El provocador está por tirar la taba. Aballay desune de la rastra una moneda. El hueso que hace su vuelo e hinca el borde en la tierra decide que gane Aballay. El perdedor paga: con desprecio arroja dos monedas al suelo, entre las patas del alazán.

Aballay observa los dineritos que podrían ser suyos, si se humillara a solicitar a alguien los recoja del polvo y se los ponga más al alcance. Podría tomarlos él mismo, corriéndose por la barriga del animal, asido de la cincha, pero daría risa, y tendría que pelear. Considera con vaga tristeza el doble relumbrón que lo espera, enfila hacia el palenque a desatar al parejero, y parte.

Desde entonces, por ese gesto, para los testigos nada fáciles descifrar y que tendría relación con el desprendimiento, a Aballay le nacen famas.

El no se entera. Si fuera más avisado, las habría visto dar lumbre a los ojos admirativos de la moza que una mañanita le tendió unos mates con azúcar.

Amargos son los que él se ceba, de madrugada y a todo requerimiento de las tripas cuando de vuelven quejosas. No abusa de la licencia por causa de extrema necesidad o fuerza mayor – aunque para él lo sea la yerba – que creyó sobreentender de los ejemplos del cura. No pone pie a tierra ni para encender leña.

Dispone de los cacharros debidos. Elige un desnivel del terreno que le sirve de mesa en tanto él pueda arrimarle el caballo de manera que, aproximadamente, se recueste en el borde. Sobre esa prominencia, no más alta que donde va la montura, hace un fueguito y caldea el agua. Cuando la llanura exagera de chata, se interna en las rajaduras profundas y anchas de la tierra que abrieron olvidadas correntadas. De esta manera, busca un nivel desde abajo.

Para sus pausadas mateadas del ocaso, se entiende que coopere el cimarrón, tan sosegado como es. Sin incomodar al amo, ramonea toda planta que halle a tiro. Mientras, el compañero libre de tareas explora a su gusto la terneza de los brotes y los pastos. Aballay tiene las piernas cruzadas sobre el dorso del cuadrúpedo, que es su asiento. Entrelaza los dedos para abarcar en el hueco de las manos el volumen de la liviana calabaza. Sorbe, con dilatadas pausas, de la labrada bombilla de metal plateado. Se absorbe, Aballay, no en sus pensamientos quizás, sino simplemente en su parsimoniosa mística del zumo verde y cálido. No obstante, él, que no suele hablar solo, una vez, en voz alta, exclama: "¡Dios es testigo!".

Extrañado del clamor, entre un silencio tan tendido, el cimarrón reacciona con un relincho y se sacude. Por el remezón, Aballay se despeja.

En una trocha tropieza con cuatro indios mansos. Desprendidamente, le ofertan pescado, que a poco hiede. Está crudo, lo transportan en canastas de totora expuestas al sol, a campo traviesa, para feriar en poblado. Aballay no acepta, pero retribuye la intención: de sus alforjas les provee dos puñados de sal.

De inmediato los indios acampan, encienden un fuego, destripan y asan los bichos de escamas nacaradas.

Ahora huelen pasablemente, para el hambre sin curar de Aballay. Aguarda, se horqueta en su potro.

Los cuatro pescadores se han puesto efusivos y pretenden forzarlo a bajas con ellos. El no accede pero recibe su porción.

Los indígenas mascan en cuclillas. Uno lo observa de reojo, prolijamente en todos los instantes. Deduce que no es que el blanco no quiera, sino que no puede despegarse de los lomos del animal, y traslada a su clan esta preocupada conclusión: "hombre – caballo".

Bultos duermen en la noche. Forman uno Aballay y su cabalgadura; hace el segundo la otra bestia buena. Anidan en un malezal, nada mejor han hallado en lo que la vista podía alcanzar. No hay luz lunar, la impide una cubierta de nubes.

Aballay está encaramado en un pilar. El sol le hace arder la boca que guarda resabios de pescado echado a perder.

Hay otro anciano. La columna de éste es más espléndida, pero la sed los iguala. No tiene aguante. Se abre el escote del poncho, para ventilarse. Todo transcurre en silencio, hasta que el santo antiguo clama: "¡Agua!". No le parece a Aballay que dijera agua, aunque ése es el sentido que le encuentra a lo que hizo el otro; más bien se le figuró un trueno, casi encimado a un relámpago.

Cae, Aballay, cree que volteado por el relámpago o el rayo, al golpearse despierta y ya lo empapa la lluvia. Un instante disfruta del agua que le contenta la boca ardida. Hasta que descubre que ha tocado tierra con el cuerpo.

Batidos los ojos por el chaparrón , intenta no obstante elevar la mirada, al menos la frente, en un confuso acto que no sabría desentrañar él mismo: ¿Está pidiendo perdón, haciendo valer que no fue a propósito?...

Embarrado y trastornado, salta sobre el pingo y a su juicio y riesgo, aunque temeroso, decide que esta bajada no hay que ponerla en la cuenta. Admite que lo tiene agarrado un yugo que él mismo se echó. Lo acata con la obediencia más sumisa.

Los días de la polvareda grande lo tienen exigido y del apremio saca listeza para mejorar su sustento.

Por los indicios entiende que no es polvo del viento, sino de caballada, y no montaraz, si no caballada de tropa armada. Malo eso para Aballay: puede ser reclutado o lanceado, sin causa; puede perder los pingos, por requisa o por codicia.

Se ampara en las lejanías y yendo a ellas se aparta de las últimas huellas de la gente, cae en la bruta pampa.

Toma referencia de las ilustraciones del cura, cuando le contó de aquellos arrepentidos de los tiempos de antes que, si iban a dar al desierto, no todo era miel para ellos: de comer arañas y hasta víboras le habló.

Sopesa la alforja del charque y se le pinta, no muy distante, el hambre. Esta le encadena ideas: serpiente – lagartija – piche. Posiblemente en el desierto de los santos antiguos no correteaban los armadillos.

Precisamente de sus mareadoras corridas en varias direcciones, de sus zambullidas en las cuevas, del ahínco con que ellas se prenden de las raíces, depende la dificultad para que Aballay logre cazarlos desde el caballo. No obstante, arriesga rodadas (suyas, al colgarse del potro lanzado a la carrera; del animal, si hunde la pata en los agujeros que cava el piche para vivir).

Fracasa y fracasa. Persevera y aprende.

Después, cocerlos es como caldear agua para matear. Sólo que hay que sacrificar los bichos. Puestos boca arriba, a punta de cuchillo los despensa y los abre en cruz. En su propia cáscara, que sirve de olla, y en su misma grasa, que tiene abundante, se fríe el almuerzo.

De esta suerte, sobra comida. Pero falta el agua, carencia que obliga al regreso.

Harto astroso ha vuelto. No se ve a sí mismo, hace tiempo. Pero los ojos de los demás le controlan la presencia, no porque salga de lo común la aparición de un menesteroso, sino por resistencia a los malentretenidos, que pueden cometer iniquidades cuando caen en la miseria extrema.

Halla conocimiento en un rancho. No lo reconocen a él, nunca lo vieron; le reconocen sus famas, que le han crecido, sin él saberlo, que son diversas y contradictorias, aunque lo realzan, dentro de una concepción reverente.

"Lleva su cruz", se susurran, con actitud reverente.

Aballay, que afina el oído para pillar el secreto, considera que la verdad es justamente lo contrario: él no tiene ni una cruz, ni una medallita, ni una estampita siquiera.

Acepta unas pilchas, que le son propuestas con comedimiento.

Es un día cálido.

Busca el arroyo y se sumerge en prolijas abluciones.

No tiene peine y se fija como primera meta un boliche o pulpería donde adquirirlo y reponer la provista de sal, yerba mate y tasajo.

En camino, al tranquito corto, una tarde a eso de la oración, con el cuchillo descorteza y pule un trozo de rama seca, luego uno segundo y más corto. Los une en cruz con un tiento. Con otro se la enlaza al cuello y la echa por fuera de la camisa o blusa que ahora posee por dádiva de los puesteros.

Del paraje donde conviven unas cinco casas le salen al encuentro unos estampidos que no han de ser de guerra, como lo distingue al poco por exclamaciones que son de entusiasmo y muestran alegría. Al pasar hacia la pulpería observa al costado la causa: entre tablones y con un tope de tronco, circulan, por mano de hombre, pelotas macizas y duras, de quebracho pueden ser, que ora buscan su senda con independencia y ligereza, ora se dan golpazos de matasiete. Lo tientan las bochas. Seguro que se podrá apostar. Lo ataja un recuerdo deprimente. ¿ y hacer un tiro? ¡Lindo sería!... ¿Desde el caballo?...

El peine, el charque, sal y yerba le consumen los valores de la rastra. Solamente retiene una moneda, la más valiosa, el patacón de plata, que era el centro del vistoso ornamento. Lo guarda en un pliegue, como bolsillo, que lleva por dentro de ese cuero curtido que le faja la cintura con donaire y solidez.

Se incorpora no al juego sino al espectáculo de las bochas, sin meterse entre la hombrada. Como permanece, lo toman en cuenta, a la hora del asado:

- Hágale, con confianza.

Como está indeciso, le insisten:

- ¿Y?... ¿Gusta?

Aballay asiente, apenas con una inclinación de cabeza, sin comprometerse del todo, ya adivinan lo que sucederá a continuación: pretenderán que para arrimarse al asador descienda y se entablará el repetido duelo con sus resistencias.

Así ocurre hasta que alguien toma razón del crucifijo y pide parecer a un vecino: "¿Será ese que...?". Hay acuerdo en que puede ser. Van ellos, entonces, a rendir su ofrenda – pan y vino, como principio - a ese peregrino extraño que, según decires, no descabalga nunca.

Así terminó la primavera y pasó el verano, Aballay.

El invierno le hizo pensar que el estío había sido una gloria, para su vida al raso.

Por el fondo de los campos estaba subiendo el sol, pero Aballay no terminaba de despertarse. Helaba, y él estaba helando. Lo poseían vagas sensaciones de vivir un asombro, y que se había vuelto quebradizo. No intentaba movimiento y lo ganaba una benigna modorra.

Mucho rato duró el letargo, ese orillar una muerte dulce, mas atinó a reaccionar su sangre a las primeras tibiezas de la atmósfera.

Al tomar conciencia del riesgo que había vadeado, se santiguó, besó la cruz de palo y controló sus apoyos, sobre los que discurrió.

"Si muriera encima de un caballo... ¿Quién me despegaría de él? ¿Podría, la muerte?..."

Desde su carretón ambulante, el mercachifle lo convocó con una voz: "¡Gaucho!", que Aballay no reconoció para sí o lo predispuso contra la intención de quien lo nombraba de esa manera, por unos cuantos aplicada con menoscabo. Iba a desentenderse de él; no obstante, el otro, a gritos para hacerse oír, sólo quiso preguntarle si tenía plumas.

Aballay se contuvo.

- ¿Plumas?...

- De avestruz. Las compro, o cambio por mercadería, buena mercadería.

Por este encuentro y la tal propuesta, Aballay creyó hallar oficio que no lo hiciera renegar de su voto.

Tuvo que correrse a la llanura central, menos árida, más solitaria, y rumbear al sur, hasta confines odiosos por sus peligros, los de tener encimados los territorios de tribus no avenidas con el blanco.

Acechó al ñandú. No para faenar sus carnes (empresa imposible sin echar pie a tierra). No que quedara sin vida, quería Aballay: que quedara sin plumas.

Supo de pacientes vigilias, aplicó el ojo avisor, se sometió a la inmovilidad (por no delatarse al zancudo).

Ensayó carrerearlos y sobre la marcha, al emparejarse, arrancarles los alerones o parte de la cola. Demasiado resistentes le resultaron; si el alazán por un trecho alcanzaba al ñandú y él se le aferraba a las plumas, los enviones del patas largas amenazaban arrastrarlo o le dejaban como recompensa un manojo escaso o maltrecho.

Lamentó su ineficacia con las boleadoras, de las que de todos modos, carecía.

Ensayó el lazo. Aprendió que voltear de un tirón al avestruz no es dominarlo. El ave grande pateaba con una energía temible y le espantaba el caballo.

Comprobó, por último, ante la reja del pulpero, lo engañoso de las ilusiones del trueque.

Que fuera oficio para mujeres, nunca se le avisó; lo daba por hecho como menester de varones. Sin embargo, ahí, al comando de la carreta, estaba una.

Por el momento en aprietos considerables.

Aballay no fue tenido en cuenta, ni él se postuló, ni adelantó palabra. Meramente se detuvo a un costado a apreciar la situación y tomó nota que en el interior de carruaje estaban atrapados: otra mujer, de apariencia más delicada; un civil, quizás el marido, y hasta tres niñas.

Resaltaba que para la mujer carretera sacar del agua fangosa esa mole con ruedas era obligación de los bueyes y se lo exigía con voces de mucho imperio y el duro estímulo de una picana bien manejada.

Aballay entró al pantano, a probar honduras. A continuación, desenrolló el trenzado y enlazó el pértigo. Se paso a la vanguardia y con el de montar y el parejero comenzó a cinchar, cuidadosa pero firmemente. Todo ello, sin perder su posición sobre el alazán, lo cual motivó primero la atención, luego la estimación de la mayorala. Esta entro a colaborar con él.

No sirvió el esfuerzo inicial por el mucho peso del carro y la carga entera. Menguó: Aballay desembarcó, uno a uno, a los cinco transportados y sin dar tregua a sus caballitos los reimplantó a la cuarteada.

Hacia el crepúsculo, liberados de la prisión del cieno, aunque abundaran las injurias de éste sobre botas, ropa y rostros, los confortaban a un fuego animoso sobre piso seco. La olla de mazamorra se confiaba al influjo de las llamas quedas.

Aballay pudo comprobar su destino – que no pretendía – de provocar desconcierto, teñido de admiración.

Con este estado de ánimo, la carretera acató sin insistencia ni comentarios que rehusara desensillar para tomar una comida caliente y más tarde su descanso en forma natural. Ejerció una prudencia elemental y confió en hallar ocasión para retribuir mejor la ayuda.

Aballay durmió sobre el cimarrón.

Al despertar, sabedor del apego que le profesaba el alazán, que como de costumbre había quedado suelto, no le preocupó su falta; lo supuso vadeando largamente en resarcimiento del desgaste que tuvo el día anterior.

Saboreó él, Aballay, su propio verde amoroso, en sucesivas rondas que el postillón adolescente le sirvió con tortitas de maíz. Luego salió en procura del demorado.

Cuando lo encontró, estaba tumbado, sin inquietud, sin violencia, sin resuello.

Aballay entró a pensar y hubo de inquirirse si bajar por su potro le sería dispensado. Rumiada la duda, no lo hizo. Colgado del cimarrón, retiró el cabezal del alazán y dejo que su mano se demorara tiernamente asentando el pelaje sano y parejo.

Se le instaló el desamparo en la voluntad, una desolación que lo puso inservible, hasta el punto de no atinar qué hacer para no matar con su peso al cimarrón. Estaba igual que al principio; para no asentar la bota en tierra precisaba un caballo más con que alternar.

Sin decisión, siguió la carreta.

Más adelante, en una parada, hubo ocasión:

- Concédame...

Con esta sola palabra, la mayorala le hizo don de la mulita, la de servicio, la que llevaba de rabo del carro para un rodeo o avanzada del postillón mozo.

Se sumó a la travesía, sin resistirse a la ojeriza que le dedicaba el hombre que mudaba destino, de un costado a otro del país, con sus bártulos y su familia de cuatro polleras entre los cueros del galerudo y lerdo transporte de bueyes.

Para Aballay estaba bien con que la mayorala tolerara sus hábitos. Si no se hacía mella de éstos, conllevaba tareas. De tal modo resultó que pudo darle a ella algunos desahogos, de media jornada más, conduciendo él la carreta. Le bastaba pegar un salto de su cimarrón al pescante: no pecaba de posarse en tierra.

En la noche, el resguardo de la caja del carretón le aligeraba el trámite hacia un sueño con menos escalofríos. El yantar se había vuelto seguro.

Aballay se incómodo a sí mismo con dos preguntas ¿Por qué ella me ampara? Lo que yo hago, ¿es penitencia?

De la primera pidió respuesta a la bienhechora:

- ¿Por qué?

- Por que me ayudás. (Ella lo voseaba, no él a ella.)

No lo convenció y se fue al silencio.

Entonces, la mujer se allanó a confesarle:

- Porque me recordás a un hijo que supe tener.

Conversaban en igualdad (a igual altura), en la noche. Para hacerlo real, él se arrimaba en la mulita y ella se sentaba en el piso del pescante de la carreta quieta.

Cuando la mayorala le alcanzaba un tazón o un cacharro, vale decir, alimento de tomar con cuchara, a Aballay le asomaba la inquietud. La cuchara, en su mano, le representaba el bienestar, y era cuando se preguntaba si de verdad hacía penitencia.

La llamaba "vida de balde" y sabía que eso era como "vivir de regalo", pero también sospechaba que fuera vivir en vano.

Pensó, una vez, ir al encuentro del cura o de otro hombre mayor e instruido con quien aconsejarse.

A sus dudas, como de una tiniebla, le venía la réplica, casi parecida a una justificación: vivir para pagar una culpa no era vivir en vano.

Podrían haberlo tranquilizado, esos pensamientos, si no se hubiera interpuesto en cada caso, la cara del chico. ¡ No había arreglos, con el gurí!.

Aballay desaparece dos días.

De vuelta, se distingue sobre la mulita un fardo. Esa diferencia podría no tener significado; no obstante, la mujer de la carta le atribuye alguno, aunque todavía incierto.

Que Aballay se lo confíe, como está haciendo, podría creerle contribución de su parte a los consumos del viaje. No es lo que la mujer considera, menos cuando deslía el bulto y encuentra: tocino, ginebra, sal, galleta... sí; pero además una pieza de percal, agua de olor, un pañuelo...

Algo, en la mayorala, se pone muy flojo.

Ahora ya casi comprende... Quizá, que no es un presente común. Que Aballay se va y paga. No, no paga: retribuye.

Casi lo puede entender de esa manera, pese a que Aballay aún nada explica, ni cuenta nada.

Ni dirá que entregó el patacón de plata, aquel guardado en el pliegue de la rastra para la ocasión especial. O para una gran necesidad (como la de hacer lo que ha hecho)

Como se perdió la carreta con su mayorala, se perdió el invierno y se pierden los años.

Murió el alazán, murieron el cimarrón y la mulita. Siempre pudo sustituirlos, nunca con ventaja. Lo más, orejanos; los menos, dóciles. Por hallar sumisos, cuando enlazaba perdidos sin marca, los elegía viejos, reputados de mansos. Precisaba uno preferido para montar, y el ladero. Un tiempo se avino a llevar, de parejero, un burro. Precisaba, propiamente, un sillero. Ni silla, ni montura, ni bastos llegó a tener.

Sospechoso de abigeato, y en reincidencia, un policía le cargó la mirada.

Aballay y su yunta fueron arreados al destacamento.

El milico le mandó el "Bajate, que el comisario te quiere ver".

Soportó el tono, soportó el enojo y las palabras puercas. Calculaba para enseguida unos guascazos y unos tirones, pero el milico decidió darle una oportunidad.

- Tenés que entrar, por las buenas

- No me niego, si es montado.

- ¡Ah, vos, con tu manía!... – lo reconocía y lo despreció, el uniformado, sin atreverse a más.

Fue a poner el litigio al arbitrio del comisario. Salió de vuelta no por contrariado menos altanero, e hizo las cosas como si se dirigiera a un tercero.

- De orden de mi superior, que el citado Aballay tiene que comparecer no más.

Si bien debió agregar, de distinta manera: "Andá adentro, te las tendrás que ver con el jefe. Pero pasa derecho al patio, podés entrar con tu flete".

El comisario, para no ser menos que el indagado, fingió que estaba por salir con apuro y subió a su caballo. Sólo entonces, como condescendiendo a no dejar desatendida la cuestión, planteó el reclamo: "!Despachemos pronto! Me va a decir, Aballay, en qué asuntos se ha metido... ".

Pero fue indulgente. Sabía ( o creía saber) ante quién se hallaba.

Al tiempo de vida errante, le había salido al cruce una partida de jinetes.

Eran tres y pensó en malandanza. De él quisieron sondear una suposición semejante (el crucifijo al cuello podía usarlo como un despiste) y, al parecer, con unos datos creíbles se les pasó tal idea.

- ¿Querés trabajar?

- Según...

Enganchaban peones. Dos de ellos lo eran y el otro su capataz. Estaban formando una hacienda, para un patrón. Reclutaban hombres para el desmonte.

Aballay dijo no, que él no.

- Pretencioso el gaucho – soltó uno. Con agresividad.

"¿Otra vez?", se consultó Aballay, y no pudo impedir que se le embravaran los ojos. Se los controló el retador y para acentuar la provocación le caracoleó el caballo por delante.

No le gustó el lance inútil, al capataz. Lo llamó al orden: "¡Pereira!", e increpó a Aballay

- ¿Quién sos?

A Aballay le salió la respuesta: "Un pobre", como un tenue desprendimiento. Lo miraba de frente y ya no tenía cólera ni soberbia en el rostro.

Entonces, para el principal de la partida cobraron sentido la cruz de palo y las trazas, ya de mucho oídas, del montado errante. Con respeto llevó la mano al sombrero y se descubrió la cabeza.

Y Aballay supo que, al cabo de tanto, había regresado a la comarca acogedora de donde lo apartó la carreta.

Otras veces se encontró con gente de a pie: "Más pobrecitos que yo...", comprobaba.

Podía transcurrir un día sin que distinguiera persona, y quizás lo mismo le ocurría al otro; sin embargo, al coincidir raramente se excedían de estas manifestaciones

- Buenas...

- Y santas, amigo.

Y cada cual proseguía, con el nudo de lo suyo, cerrado, dentro de un mundo tan abierto (y solo).

Podía dar testimonio de éxodo - vaya a saberse hacia dónde que imaginaban el pan – de familias que nada poseían, salvo los hijos. Tropitas polvorientas, en las que el padre hacía punta, y luego los chicos; uno, puede que de leche, bajo el cobijo del amplio chal de la madre, negras por lo común las vestiduras de ésta. El más animado, cuando no extenuado por la hambruna, era el perro.

- Buenas...

- ... y santas, señor.

Resaltaba la respetuosidad, no sólo por darle a Aballay el trato de señor. Al ver de cerca al montado, se había recuperado del borde de donde descansaba. Sombero en mano, lo sacudía del polvo contra la pierna.

- ¿Me conocés?

- De mentas, señor.

Aballay lo dejó parado y meditó. El caminante era el tipo del venido a menos hasta lo muy mínimo donde ya ni fe en sí mismo le queda. Aballay consideró que podían hacer juntos el camino y se dio cuenta de lo provechoso de la cooperación entre un hombre privado de la tierra y un hombre que puede desenvolverse al ras del suelo. Aballay se dijo que andar con otro demandaba plática y él no era de mucho hablar. Tan bien lo probó que al rato se fue sin revelarle que lo estuvo pensando de acompañante.

En una cuesta descollaba a distancia uno como ensotanado, por el poncho negro y caído hasta los pies. Gesticulaba, llamándolo a llegar a él mas de prisa, lo que no obligó a Aballay.

Sostenía un largo palo, más alto que él, y el personaje se parecía al palo.

Desplegó méritos para acreditarse, vivísimamente interesado en conquistar el uso del caballo que consideraba vacante.

Aballay toleró el discurso, notó codicia, midió la potencia del palo. Sencillamente le notició que se inclinaba a no tener socio alguno, lo cual exasperó al figura y ante este resultado Aballay se decidió a partir sin agregar palabra.

El taimado zumbó un varazo propio para hacer volar la cabeza del jinete, que con agacharse la salvó, mientras ponía distancia con la ligereza de sus caballos.

- ¡Anda, ve con Dios! – le vociferaba, muy castizamente, el salteador fallido - . ¡Anda, ve con Dios!...

"En eso estoy", se consoló Aballay.

En una época siguiente, padece deterioro de salud. No lo esconde, tampoco lo pregona.

Las puesteras hacen lo que pueden por él: un té de yuyos, un caldo de ave, una tibia leche de cabra... No se atreven a medicar: piensan que a un hombre en ese estado hay que mandarlo a la cama, pero no a ese hombre.

Menos osaría ninguna propiciarle un rezo. Por descontado que Aballay llena sus retiros con la oración.

No es tanto así, como creen las mujeres. Sin embargo, Aballay reza, a su manera, y no para implorar por su salud. De siempre lo ha hecho igual.. su rezo es como un pensamiento, que continúa después que ha dicho las frases de la doctrina. Nunca hizo de la plegaria una queja.

Hoy, que se ha arrinconado con su fiebre en una barranco y tiene mucho frío, nota, con la vecindad de la noche, las majestuosas pinturas del cielo. Le llenan el espíritu y se le antoja de hacer lo que nunca se le ocurrió: rezar de rodillas, sin que tenga que quebrar su voto, sin hincarse en la tierra: doblado sobre su potro.

Prueba, con unción, con vehemencia, con tenacidad, pero no puede: arriesga una ruidosa caída.

Ciñe desesperadamente sus piernas al cuerpo del animal, dispuesto a no derrumbarse, a afrontar la infinitud de las sombras que se lo están tragando.

Sueña con hojas de flor de durazno.

Sueña que interpreta: ha de ser mi remedio, el tiempo soleado, ya que la flor se abre en primavera.

Un día, a la vista de un duraznero que estalla en flores por todas las ramas, recuerda con benevolencia aquel sueño y se enseña del acierto de su presagio.

Una mujer le pide que salve a su hijo.

Aballay no entiende. ¿ Que le ayude a llevarlo a donde se pueda dar con un médico? ...

No. Que él lo bendiga y el niño se pondrá sano.

Aballay se espanta de esa atribución: lo están confundiendo con un santón.

Después se duele: "De haber podido, yo..."

El antiguo, que se cubre con poncho blanco, le impacienta el ánimo.

Entre tantos pilares de los templos descabezados, vino a subirse a la columna quebrada más cercana a la suya.

Tenía un silencio odioso, muy diferente al que cumplía Aballay, porque en Aballay era como una costumbre de estar callado sin ostentación.

Aballay se sintió vigilado y aunque no pretendía ser más que nadie, no cedió, y vigilaba al vecino.

Se daba cuenta si el antiguo bajaba más de lo perdonable y tomaba nota igual que si nutriera un encono.

Al padecer la lluvia o el frío, resistía y comparaba, por verlo aflojar.

Si granizaba, menos calculaba los coscorrones en su cabeza que los que machucaban al otro.

Su comportamiento era mezquino, tenía que reconocerlo; pero, alegaba, por causa del control malintencionado que le aplicaba al intruso.

De todos modos, uno y otro lo pasaban pendientes de quien cayera primero.

Permanecían al acecho de los indicios: si se ladeaba a dormir, si lo marea el sol, si lo zamarrea el chucho...

"Puede que el poncho blanco le éste dando apariencia que lo favorezca de bendito..." – Aballay juntaba argumentos por menospreciar la ventaja que le llevaba el antiguo en recibir ofrendas: se acumulaban, éstas, en la base de la columna.

Después de unos cien años de rivalizarse, ninguno ganó en morirse. Los dos quedaron sin gestos justito en el mismo instante, y se secaron de a poco. Después se desmenuzaron como un par de panes viejos.

No pasó sin huella para el montado esta fantasía de la noche: le marcó ondas graves de desabrimiento y melancolía.

Siempre piensa en el gurí que le hincó la mirada.

Pasan años. Un día se encuentra con esa mirada.

Sabe que el niño, hecho hombre, viene a cobrarse.

Lo ha seguido el mozo. Lo topa en el cañaveral.

Podría parecer un santón de poca edad, en digno caballo. Trae templados los ojos, pero decididos. Igual que Aballay, está en harapos.

Le comunica:

- Lo he buscado.

- ¿Mucho tiempo?

- Toda mi vida, desde que crecí.

No pregunta, afirma:

- Conoció a mi padre. Sería ociosopreguntarle quién es él y quién era su padre.

Le pide:

- Señor, eche pie a tierra.

Aballay decide que tampoco por este motivo puede. Además, esta rumiando que no debe revelar el porqué: parecería un disimulo del miedo.

Como demora en su cavilación, padece que el otro lo apure.

- Señor, he venido a pelearlo.

Aballay hace un gesto sereno, que muestra conformidad, y el joven resume:

-Sé que tiene fama de que no se abaja nunca del caballo. Tendré que abajarlo. Le ofrecía, no más, la ocasión de un frente en que los dos pisemos firme. Si usted no la quiere, me acomodaré a su modo.

Lentamente, del dorso desenvaina el facón cruzado, que es largo como la búsqueda que ha terminado.

Agil y rápido, Aballay se inclina pronunciadamente y con incisión certera y enérgico forcejeo corta una caña gruesa y poderosa como de más de un metro. Toma posición, con ella en ristre igual que lanza y ya ha guardado en la faja la hoja triangular del cuchillito.

El desafiante se asombra:

- ¿No tiene cuchillo que valga?... ¿Ni ese cortón piensa usar?

Pero ni más palabras usa Aballay, aguarda.

No quiere matar, pero opondrá defensa.

Luchan. Con la caña hostiga y lastima superficialmente. Busca herirle la mano que empuña el arma, para que la suelte. El contendor lo pasa a la carrera, por el costado, bajando planazos que aciertan y escuecen. Vuelve y suelta un mandoble de partir la cara. Aballay esquiva y lo que corta el facón es la caña, formándole un chanfle perfecto. Aballay, por instinto, la mantiene rígida y no afloja. Con el extremo por ese azar afilado, la caña se incrusta en la boca del retador que atropella, y se la destroza. Resbala, manoteando inútilmente el pretendido sostén de las riendas.

Desde arriba, Aballay lo estudia, un segundo. No ha cometido lo que no quería: matar otra vez. Compasión y náusea le causa la efusión de sangre que ahoga los ayes y enturbia el bramido.

Desmonta a dar socorro y llega hasta el vencido, pero lo bloquea su ley: no bajar al suelo, y lo ha hecho.

Angustiado, levanta la mirada, para consultar, y por su cuenta resuelve que en esta ocasión será justo que permanezca todo lo que haga falta.

El instante de vacilación basta para que el vengador, de abajo, alce la punta del cuchillo y le abra el vientre.

Aballay cae, perdiendo aceleradamente las energías, y lo que se embota primero es el sufrimiento de la cortadura.

Alcanza a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas: "Por causa de fuerza mayor, ha sido...".

Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa sonrisa en los labios.


[Incluido en "Absurdos", Aballay es el texto en que está basada
la película del director Fernando Spiner]
 


 

Caballo en el salitral

Un cuento de Antonio Di Benedetto

El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni..., el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo? No puede ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios:
"¡ Será! ... "
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.

Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil todavía beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.

Un setiembre

Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.

(De: El cariño de los tontos, 1961)



 

Nido en los huesos

Por Antonio Di Benedetto

Yo no soy el mono. Tengo ideas distintas, aunque se nos haya puesto, por lo menos al principio, en la misma situación.

Mi padre lo trajo como a la palmera. Le sobra tierra, le sobra dinero. Puso la palmenta y le pareció muy bien mientras permaneció joven y primorosa. Pero cuando se fue estirando, estirando, se fastidió de ella, por desgarbada y barbuda, por inadaptada, dice él. Porque la perdió de vista, creo yo, pues no acostumbra llevar la mirada al cielo, al menos, hacia el lado donde se erguía la palma. Mira hacia la boca del río, donde se forman las tormentas, ya que de las lluvias depende, para bien o para mal, la cosecha.

Tampoco cayó en la cuenta de que el monito no se adaptaría, no sólo por cuestiones de clima, sino porque le sería imposible adaptarse a la familia, y él quería que fuese como un miembro de la familia. Quizás no andaba del todo desacertado, pues, favorecido por ciertas consideraciones, en las que mi padre ocasionalmente se mostraba intuitivo, el pequeño simio hacía algo por ganarse el lugar que se le prometiera. Pero su sitio, en definitiva, fue la palmera. No siempre empleaba mi padre la fiesta, el alimento y la caricia; por sobre todo, lo privaba de comida y no se cuidó de educarlo verdaderamente. El mono huyó, refugiándose en la palmera, como el hijo vuelve a la madre. Bajaba sólo para hurtar o para tomar la comida que la compasión de alguien le hubiese dejado al pie de su vivienda. Vivió solo, tal como se veía la copa raquítica del árbol en su altura. Se puso huraño y meditabundo, torpe para todo lo que no fuera procurarse el sustento. Quizás por malhumor -porque el invernáculo anunciado nunca se construyó- mi padre hizo limpiar de vegetales todo el sector donde se estiraba lentamente, como un suspiro nostálgico, la palmera. Cayeron palmera y mono, y el mono se escondió entre algunos cajones y baúles hasta que los perros, enardecidos por la sangre de un pollo que dio degollado unos pasos agónicos, se le echaron encima sin que nadie se los impidiera.

* * *

Yo no soy el mono, pero también, por orden de mi padre, a causa de infracciones leves, en la niñez muchas veces tuve prohibido el acceso a la mesa. No tengo palmera, sin embargo hice de mi casa una palmera, mejor dicho, de los cuartos y de los cuadros de tierra que podían serlo, de algún paseo, de algún libro y de algún amigo. Mi palmera poseía, en verdad, muchas ramas, y por eso, quizás, tuve la posibilidad de pensar que yo no debía ser como el mono. Tal vez todo dependiese, como en el caso del simio y de la palma, del lugar de nacimiento y del ulterior destino inadecuado. No sé. Tal vez debí nacer en otras tierras y tal vez no sea así.

Es posible que yo no debiese haber nacido en este tiempo. No quiero decir con ello que mi alumbramiento hubo de producirse en la Edad Media ni en el mismo año que el de Dostoyevski. No. Tal vez yo debí nacer en el siglo xxi o en el XXII. No tampoco porque crea que entonces será más fácil vivir, aunque es posible que lo sea. Para que sea posible, ya que es imposible que yo nazca transcurrida una centuria, he querido, en la medida de mis fuerzas, ser de alguna utilidad.

Cuando comprendí la inutilidad del mono pude acercarme a lo que me pareció hacerse un destino útil, siquiera sea para los demás. Su cabeza hueca me sugirió el aprovechamiento de la mía. Quise hacer de ella, y fue sencillo hacerlo, un nido de pájaros. Mi cabeza se colmó de pájaros, voluntaria y gozosamente, de mi parte y la de ellos. Gozaba, sí, por la felicidad del nido firme, seguro y abrigado que podía darles, y gozaba de otras maneras distintas. Cuando, por ejemplo, aquella vez hice mi aparición, físicamente sombría, en el semialborozo, con urdimbre de cálculo e inquietud transfigurados, del té-canasta de mi madre, y ella tuvo que decirme, retadora y perdiendo aplomo, que cómo hacía eso de ponerme a silbar en medio de la reunión de señoras. Y yo decía, con mi boca de labios desunidos nada más que por una sonrisa de lástima de su ignorancia, que no era yo mismo quien silbaba, y en aquella muchacha suscité el asombro candoroso de quien presencia el tránsito de un-dios musical, tangible y perecedero.

* * *

No fue siempre así, sino apenas unos años, quizás unos meses. Con el cambio he dudado un tanto de que haciendo la felicidad de un pájaro haré la felicidad de todas las familias de los siglos venideros. Si todos pusiéramos nuestra cabeza al servicio de la felicidad general, tal vez podría ser. Pero nuestra cabeza, no sólo el sentimiento.

Yo puse la mía y tuvo gorriones, canarios y perdices dichosos. También lo son ahora los buitres que han anidado en ella. Pero ya no puedo serlo. Son inacabablemente voraces y han afinado su pico para comerse hasta el último trocito de mi cerebro. Ya en hueso mondo, aún me picotean, no diré con saña, pero como cumpliendo una obligación. Y aunque sus picotazos fueran afectuosos y juguetones, nunca podrían ser tiernos. Duelen ferozmente, hacen doler el hueso y hacen expandir mi dolor y mi tortura en un llanto histérico y desgarrado de fluir constante. Nada puedo contra ellos y nadie puede, pues nadie puede verlos, como nadie veía a los pájaros que silbaban. Y aquí estoy yo, con mi nido rebosante de buitres que, aprovechados, insidiosos y perennes, hacen crujir, con cada picotazo de cada uno de sus mil picos, cada hueso de cada parte de todo mi esqueleto. Aquí estoy, escondido entre los baúles, a la espera de que alguno de los que antaño dieron de comer al mono se compadezca de este acorralado y azuce los perros.

Pero, por favor, que nadie, por conocer mi historia, se deje ganar por el horror; que lo supere y que no desista, si alienta algún buen propósito de poblar su cabeza de pájaros.

(De: Mundo animal)

 


 

Pero uno pudo

Sabemos de esto por la tradición oral que viene de nuestros remotos antepasados, pues ocurrió hace diez o más años.

Hemos de advertir, asimismo, que si al expresarnos prescindimos de todas las formas del singular no es porque asumamos rango de majestades, sino porque todo lo nuestro es plural. Por lo menos, así lo entendemos nosotros. Ésta es una diferencia con los hombres, porque, sin dejar de creer que sea posible, nos parece harto difícil la individualidad. El repetirse de las acciones y los pensamientos, el encontrar que ya hubo quien lo haga o en otra parte hay quien lo hace o puede hacerlo idénticamente es tan depresivo que sólo la vanidad puede impedir el suicidio. No negamos, no, que de esta manera constituimos lo que el hombre puede llamar una sociedad estacionaria o retrógrada; pero es que estamos cansados de seguir ciegamente su ejemplo. Eso conduce periódicamente a la muerte en masa, a la angustia constante de los esclarecidos y al dolor de los vencidos y los menos dotados. Nosotros sólo queremos vivir, vivir en paz.

Se nos dirá, tal vez, que nuestra paz viene a ser semejante a la de las araucarias petrificadas. Tal vez. Después de todo, nosotros somos animales. Ni siquiera sabemos nuestro nombre; no ya, por la abolición de lo personal, el de cada uno, sino el de la especie. Se nos llama, a veces, piojillos de las plantas, y éste no ha de ser el nombre científico, ni siquiera el que se nos dé en otros países. Pero tampoco eso puede preocuparnos. Ni aunque se nos llamase elefantes o monos sabios conseguirían algo de nosotros, ni siquiera una excitación orgullosa. El bien y el mal, lo bueno y lo malo son fatales e incontrastables. Distribuidos por partes iguales se sufren menos y se gozan más.

Lo único que deseamos es vivir, y no la muerte. Por eso somos tan diferentes de los seres humanos, claro está que no de todos, siendo como es posible que sólo seamos distintos de algunos determinados.

Algo de esto contiene, precisamente, lo que ocurrió en los lejanos tiempos.

Temblaban nuestros abuelos porque la dueña de casa anunciaba, de día en día, la desinsectización de las plantas. No lo hacía, no, pero al marido y a todas las visitas les decía que iba a hacerlo. Una corriente inmigratoria dotada de alguna experiencia de otros mundos nos hizo notar que, siendo para una mujer la desinsectización sinónimo de limpieza, no era preciso asustarse de esa mujer, por ser ella poco y nada higiénica. Como respondiéramos que mujeres hay que no son limpias ellas mismas pero sin embargo viven afanadas limpiando el hogar, la corriente inmigratoria -que a poco se asimilaría al nosotros genérico- nos hizo observar que esa mujer no sólo no se limpiaba ella sino que nunca limpiaba los pisos y que los pañales de la hija eran repugnantes.

Quizás esto mismo fue lo que decidió al marido. Muchas veces escuchamos sus amenazas, sordas o francas, pero jamás nos atrevimos a contarlas en nuestro tesoro de esperanzas. Hasta que el marido procedió un día, memorable para nuestra familia, a la desinsectización de su matrimonio.

Después, con el consiguiente traslado de él a una casa inhabitable, porque es de piedra y carece de plantas, vino para la nuestra, aunque no el abandono total, un prolijo descuido a cargo de los parientes. De tal modo llegó para nosotros la era próspera.

* * *

Pero él ha vuelto y la hija, que ya, es claro, no usa pañales, también está aquí, de regreso del colegio religioso.

Ha vuelto hace días y está de reparaciones, de ordenamiento, denodada, fiera, egoístamente, con su concepción tan distinta de la nuestra, buscando por si solo, como olvidado de que no se puede y bien pudo aprenderlo cuando por sí mismo buscó mujer.

Ha vuelto y está allí, ahora, con unas piedras azules, engañosas como su aparente transparencia. Las coloca en la tierra de los cancos, las rocía con agual y va así de planta en planta, disponiendo la muerte para nosotros y conversando descuidadamente con la niña.

-Hago mi felicidad, hija. Así como curo las plantas, curé mi vida y la tuya. . .

Nosotros, sintiendo que el veneno viene, que la muerte viene, como un curso de lava ascendente, gritamos, le gritamos, despavoridos, enfrentándolo con su crimen de hoy y con su crimen del pasado:

-Asesino!

Pero él continúa, absorto y radiante a la vez, en su error, sin que, por suerte, para gloria de nuestro credo, generalice diciendo que todos, como él, pueden hacerlo:

-Hago, hija, la belleza de la vida; la belleza de nuestra vida.

Y nosotros, acusadores y clamantes:

-Asesino! Asesino! Asesino. . . !

Pero nuestra voz, quizás, se oye menos que el choque del viento en una nube.


[De Mundo animal,
Editorial Fabril, Buenos Aires, 1953]



 

Bizcocho para polillas

Puede apolillarse una persona, se dice, cuando se retira, cuando hace de la soledad su compañera. Puede, sí; puede apolillarse. Es mi caso, como todos lo saben.

Todos lo saben, porque me ven; todos, asimismo, desconocen las causas. La opinión generalizada, no por generalizada, creo yo, acertada, es que siempre me resistí a los deportes o por lo menos al aire libre, al campo o simplemente a cualquier esfuerzo físico.

Quizás induzca tales pensamientos mi cuerpo, ahora tan visible. Es posiblemente , mi castigo. En esto tiene que consistir. Porque esto de apolillarse, esta palabra rancia que me ha ocurrido, tomó posesión de mí como menos podía esperarlo, sin haberlo esperado nunca, claro está.

La polilla, este ejército ciego y famélico, me come, me come, paciente pero activamente, cuanta ropa me pongo para cubrirme, sin dar alivio no sólo a mi pudor, sino a mis carnes metalizadas por el frío. Todo es imposible contra ellas. Cualquier trapo que me caiga encima suscitará, no digo su apetito, que debe ser implacable, sino su decisión de cumplir una especie de abominable mandato que me persigue. Devoran; me dejan con los brazos cruzados sobre el pecho;y desaparecen. Desaparecen; pero yo sé, avisado por la experiencia, que siempre volverán.

Nada puedo contra ellas y tampoco, ¡Cristo!, puedo contra mí. No es sólo porque al tomar el revólver las polillas se comerían las balas, sino porque yo quiero vivir. Yo quiero vivir. No sé para qué; pero quiero. Lo único que pido es que se me libre de las polillas, que se me permita andar por la calle oculto, como todo el mundo, dentro de un traje.
La gente no se acostumbra y casi no me tolera. Al principio, yo cultivaba la esperanza de que se habituaran a verme, como les ha sucedido con el hombre sin piernas y tantos otros desdichados que tienden la mano, si es que la tienen. Pero no. Lo único que legalmente no se me impide es andar libremente por la calle, ir a la confitería y al cine, o adonde necesite o puramente quiera presentarme. Con esa disposición al simbolismo que, con el pretexto de sobrepasarla, elude la realidad, se ha entendido que yo, por algún designio que nadie explica, soy el símbolo de la pobreza. Es un error. No se animan a ver la realidad escueta y simple: estoy sin ropas porque las polillas me las comen.

* * *
Hacia el término de este mal año, la reflexión ha sucedido al desasosiego. La lucidez ha venido, tal vez adulterada por la resignación, y he dado con la pregunta clave que pocos quieren contestarse sensatamente: ¿Para qué vivir?
Ayer hice lo elemental: hablarles. Les pedí compasión, sin entrar a preguntarles si pueden tenerla o les está prohibido ejercerla. Nada me respondieron, quizás por no comprometerse; se habían acercado a mí y me circundaban, como antes, cuando yo intentaba cubrirme. Esto, para mi espíritu necesitado de esperanzas, fue suficiente. Emprendí la parte consecuente de mi plan. Puesto que las polillas comen las superficies manchadas y excavan devorando, les dije que en mi vida había una mancha, localizada en el pecho. De tal manera, calculé, si lograba conmover su sentimiento, podrían darme la necesaria muerte sin asumir mayores responsabilidades ante su mandante.

Ahora están comiendo mi corazón, ahí han llegado las penetrantes, y yo siento, cada vez más, un grande alivio, como si fuera entrando en el sueño, pasito a pasito...

El resto de corazón que me queda palpita de gratitud por ese acto de amor y cuando- todavía- pienso en el amor, se me ocurre, ignorando el porqué, que toda mi culpa debe de haber sido ocultarle mi cuerpo. Aparte de esto, que se me diga, por piedad, se me diga, ¿ qué puede haber cometido de aborrecible un muchacho de veinte años?

(De Mundo animal)

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