Martín del Barco Centenera y el nombre Argentina

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Origen del nombre Argentina

[Martín del Barco Centenera, parte del Monumento a España, en Puerto Madero, Buenos Aires]

La palabra "Argentina" proviene del latín argentum (plata). Ya desde las épocas de Pedro de Mendoza para referirse a la región del Río de la Plata, se utilizaron los nombres de Gobernación del Río de la Plata y Provincias del Río de la Plata. En 1776 el nombre del territorio se oficializó como Virreinato del Río de la Plata.

El río que da su nombre al virreinato, es el que en 1516 Juan Díaz de Solís denominó Mar Dulce, llamado también Río de Santa María y Río de Solís. Los portugueses lo denominaban Rio da Prata a causa de los rumores que postulaban la existencia de metales preciosos, y que finalmente se impuso como Río de la Plata.

La latinización del nombre apareció en 1602, cuando Martín del Barco Centenera, miembro de la expedición de Juan Ortiz de Zárate, imitando a Ercilla con su La Araucana, publicó un largo poema de la historia del Río de la Plata y de los reinos del Perú, Tucumán y del Estado del Brasil, bajo el título La Argentina, en el que se denomina al territorio del Río de la Plata como El Argentino.

Un proceso linguístico similar había sido utilizado antes, a mediados del siglo XVI, en el Alto Perú, para denominar a la Ciudad de la Plata de la Nueva Toledo, también llamada Charcas o Chuquisaca, como Ciudad de Argentina. Así figura en los textos del Capítulo General de la Orden Franciscana, celebrado en Valladolid en 1565.

Entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX el poeta Manuel José de Lavardén incluyó el adjetivo "argentina" en su obra, y desde el periódico El Telégrafo Mercantil se expandió el adjetivo "argentino" para referirse a todo lo relacionado con el Río de la Plata o la ciudad de Buenos Aires, apareciendo en la obra de Vicente López y Planes Triunfo Argentino, así como en el texto de la Marcha Patriótica.

El nombre de Argentina sin embargo, no se utilizó en los comienzos de la etapa independentista, figurando en cambio Provincias del Río de la Plata para la Primera Junta; Provincias Unidas del Río de la Plata en 1811 y en la Asamblea de 1813; y Provincias Unidas en Sud América para el Congreso de 1816, aunque este congreso utilizó la variante Provincias Unidas en Sud América al sancionar la Constitución de 1819.

El Congreso de 1824 la denominó Provincias Unidas del Río de la Plata en Sudamérica, Nación Argentina, República Argentina y Argentina, en la constitución sancionada el 24 de diciembre de 1826 la Constitución de la República Argentina; aunque por su carácter unitario la Constitución de 1826 nunca entró en vigor, sentó el precedente del término, que aparecería en todos los bocetos subsiguientes.

Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, se emplearon entre otros los nombres de Confederación Argentina, Estados Unidos de la República Argentina, República de la Confederación Argentina y Federación Argentina.

El nombre oficial del país es República Argentina. Por elipsis del sustantivo "República", suele decirse, correctamente, la Argentina. Sin embargo, está muy extendido el uso sin el artículo "la", de manera que de hecho el nombre suele expresarse simplemente como “Argentina”.

La Constitución de 1853 se sancionó en nombre del pueblo de la Confederación Argentina, pero la Convención Nacional de Santa Fe modificó el texto constitucional promulgándolo el 1º de Octubre de 1860, donde se cambió el término Confederación por Nación, y Provincias Confederadas por Provincias; se agregó además un nuevo artículo, el número 35, que dice: "Las denominaciones adoptadas sucesivamente desde 1810 hasta el presente, a saber, Provincias Unidas del Río de la Plata, República Argentina, Confederación Argentina, serán en adelante nombres oficiales indistintos para la designación del gobierno y territorio de las provincias, empleándose las palabras Nación Argentina en la formación y sanción de las Leyes"

El 8 de octubre de 1860 en la ciudad de Paraná, el presidente Derqui decretó que "siendo conveniente a este respecto establecer la uniformidad en los actos administrativos, el Gobierno ha venido a acordar que para todos estos actos se use la denominación República Argentina".

Desde 1860 el General Mitre utilizó el nombre de Presidente de la República Argentina, quedando fijado desde entonces definitivamente el nombre con el que se reconocería mundialmente a este país. [Fuente: Wikipedia]


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Martín del Barco Centenera

[Monumento a Pedro de Mendoza, fundador de Buenos Aires, en Parque Lezama, Buenos Aires]

Apuntes bio-bibliográficos

Por Enrique Peña (1912)

Advertencia

La Junta de Historia y Numismática Americana, en una de sus últimas sesiones del año próximo pasado, resolvió se publicara, como V volumen de su Biblioteca, una edición facsimilar de La Argentina, escrita por el Arcediano don Martín del Barco Centenera, e impreso en Lisboa en 1602, agregando que esta publicación fuese precedida del estudio que de dicho libro hizo el doctor don Juan María Gutiérrez, y que vio la luz en los tomos 6, 7 y 12 de la Revista del Río de la Plata.

Dispuso así mismo la Junta, que encabezara el volumen, una biografía del autor y una bibliografía del libro, encargándome de su redacción, dejando para más adelante el estudio crítico-histórico del Poema de Centenera.

A pesar de mis excusas para aceptar tan honroso encargo, dado que no conocía suficientemente el personaje, tuve al fin que someterme a la voluntad de la Junta. [X]

La vida del Arcediano, aparte de las noticias que consigna en su Poema, es bien difícil de trazar, tanto por la falta de documentos emanados del propio Centenera, como porque rarísima vez se le menciona en los escritos dejados por sus contemporáneos.

Esta escasez de fuentes de información para escribir su biografía, me obligarán a dejar lagunas en la cronología de los hechos, lo que no llamará ciertamente la atención, tratándose de un personaje secundario, cuando lo propio acontece al pretender biografiar los jefes de la conquista.

Teniendo en cuenta la deficiencia que acabo de indicar, doy a conocer las noticias recogidas, que he tratado en lo posible de documentar. [XI]


Apuntes bio-bibliográficos

Don Martín Barco de Centenera nació en Logrosán, en Extremadura (1), en 1535 (2). Se ignora quiénes fueron sus padres (3), pero lo que sí se sabe es que tenía un hermano llamado Sebastián García (4), para quien pidió, antes de su salida de España, la plaza de Alguacil mayor del pueblo que Ortiz de Zárate proyectaba fundar en [XII] San Gabriel. También hay noticias de que tenía un tío, clérigo, llamado Mathías de Rivero (5).

Centenera hizo sus estudios en Salamanca, y allí obtuvo el título de licenciado en teología; así al menos lo afirma Hernando de Montalvo, al declarar en la Información levantada en esta ciudad en 1593, agregando que él vio el título dos o tres veces.

Deseando comprobar la afirmación de Montalvo, me dirigí al sabio Rector de aquella Universidad, pidiéndole me hiciera saber si realmente allí había hecho Centenera sus estudios. El señor Unamuno, con toda gentileza, me contestó (6) que, después de una prolija revisación de los antiguos libros, no había encontrado en ellos el nombre de don Martín Barco de Centenera.

Cuando Juan Ortiz de Zárate preparaba la expedición para dirigirse al Río de la Plata, hallándose en Madrid nuestro biografiado, se alistó entre los expedicionarios, consiguiendo del Consejo de Indias (7), que se le diese el título de Arcediano de la Iglesia del Paraguay (8).

Cronistas del Río de la Plata

Selección y prólogo: Horacio Jorge Becco
Edición Biblioteca Ayacucho, Gobierno de Venezuela
ISBN: 980-276-257-1

En un territorio de unos tres millones de kilómetros cuadrados tuvo lugar el proceso de conquista y colonización de lo que hoy es Argentina, Uruguay, Paraguay y sur de Brasil. Lo domina el estuario del Río de la Plata y los inmensos ríos Paraná, Paraguay y Uruguay. Los viajeros buscaban una vía que los comunicara con el Océano Pacífico, después un nuevo camino hacia las riquezas del Perú, además de estar en pugna con los portugueses. Se instalaron y fracasaron en Buenos Aires, tuvieron mejor suerte en La Asunción, que convertirán en eje de sus expediciones. Se encontraron con hombres singulares como los guaraníes, terribles por practicar la antropofagia ritual, y otras muchas naciones indígenas. Hallaron plantas y animales desconocidos, algunos espantosos. Este volumen, primero de una serie, recoge los principales momentos de ese proceso contado por los historiadores del momento o por los propios protagonistas de las hazañas.

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Son conocidas las grandes dificultades con que tropezó Ortiz de Zárate para cumplir las obligaciones [XIII] que se impusiera, al firmar las capitulaciones datadas en Madrid el 16 de julio de 1569. Las demoras en zarpar la expedición fueron tantas, que Felipe II mandó, en 1572, a los oficiales de la Casa de Contratación, que no dejaran partir la armada de Ortiz de Zárate «por la negligencia que había tenido en su proveimiento y que había dejado pasar el tiempo para su salida»; ordenando, a la par, «que se le embargasen los navíos, artillería y bastimentos hasta que otra cosa se disponga (9).

Esta Real disposición aunque esperada, dado que hacía ya más de dos años que se habían firmado las capitulaciones, puso en serios aprietos, no solo a Ortiz de Zárate, sino a los encargados o capitanes que habían reclutado los soldados y pobladores para la jornada, pues algunos de ellos se encontraban ya en el puerto de embarque.

Entre los que esperaban la salida de la armada, se hallaban muchas personas de distinción, como por ejemplo, Francisco de Ortiz Vergara, que durante nueve años había desempeñado el gobierno del Paraguay; Hernando de Montalvo, que traía el título de Tesorero de San Francisco y Santi-Spíritus, don Martín Barco de Centenera, que, según queda dicho, venía como Arcediano de la Iglesia de la Asunción, y muchos otros. [XIV]

Existe en el archivo de Indias, un documento con el encabezamiento. «Razón de las personas que al presente en esta Corte están para ir al Río de la Plata», firmado Martín de Centenera, no tiene fecha, pero dice: «ayer 20 de junio se juntaron en mi posada los soldados de Francisco del Pueyo de Alfaro»; lo que me induce a creer que fue en 1571.

En esta reseña se dan los nombres de los soldados que allí se reunieron, especificando, en algunos, el oficio o habilidad que tenían; como por ejemplo: al mencionar a Juan Andrés de Mendoza dice: «es hábil en la música»; de Lorenzo de Salas, que «es un buen escribano etc.».

En este mismo documento se consignan los nombres de algunos de los designados como Capitanes por Ortiz de Zárate. Habla de un hermano que tiene en Logrosán, y a quien ya me he referido, el que había juntado y llevado a Sevilla, veinte hombres, y afirma que temía que el Adelantado no quisiera recibir tanta gente. Finalmente dice, que «está en Sevilla el Bachiller Cabañas de Hinojosa, de Logrosán, clérigo muy hábil, así como muchos soldados y algunos otros clérigos que no se embarcarán por pedirles mucho dinero» (10).

Las noticias referentes a la Iglesia del Paraguay, [XV] que da el Arcediano, en carta al Consejo (11) antes de la partida, le fueron suministradas, sin duda alguna, por Ortiz de Vergara, que conocía muy bien lo que pasaba en el Río de la Plata por haber gobernado la Provincia.

Dice Centenera, que estando proveído por Deán Francisco González Paniagua, y él por Arcediano, en reemplazo de Juan de Robles, que no fue, convenía se nombraran para las otras dignidades del Cabildo a Luis de Miranda (12), a Alfonso de Segovia (13), al Bachiller Martínez (14) y a Francisco de Escalera (15), que, aparte de ser sacerdotes doctos, y de buena vida, hacía mucho tiempo que residían en la tierra; agregando que «se manden clérigos para las ciudades que se han de fundar, porque los que allí están no habían de querer dejar sus puestos sin tener acrecentamientos y viendo «ventajas». También añade, que, según le participa Vergara, al presente había en la Asunción cuatro beneficiados y dos curas; pero como el Consejo había nombrado [XVI] solamente dos dignidades, le hacía saber que hay congrua para sostener cuatro.

Salta a primera vista lo improcedente de la propuesta. ¿Cómo se atrevía a hacer tales indicaciones, una persona que no había estado nunca en el Paraguay, que no se había movido de España, indicando a tan alta autoridad, cómo se debía constituir el Cabildo Eclesiástico, y la necesidad de que en los nuevos pueblos que se fundaran hubiese curas? El Consejo mandaría al Archivo, por considerarla, sin duda, impertinente, la carta de Centenera, ya que ninguna resolución recayó sobre ella.

La Armada de Ortiz de Zárate se hizo definitivamente a la vela en octubre de 1572. La formaban cinco buques (16) que conducían, entre pobladores y soldados, cuatrocientas treinta y tres personas (17), sin contar los marineros que tripulaban las embarcaciones. Como piloto mayor venía Pedro Díaz, y como alférez general Diego Ortiz de Mendieta, que más tarde hemos de encontrar gobernando la Provincia.

Hicieron puerto en la Gomera, de donde desertaron algunos soldados y marineros, como también dos frailes, según dice Centenera en [VXII] una carta que escribió al Consejo desde San Vicente. En esta misma carta (18) anuncia que ha escrito otra desde el primero de los puertos citados, pero ésta no se ha encontrado hasta ahora en los archivos españoles.

Cuenta el Arcediano, en la comunicación a que acabo de referirme, que los pilotos eran tan poco prácticos que anduvieron de isla en isla sin conocer la tierra donde se dirigían; agregando que era tal el desagrado de los expedicionarios, que si se les hubiera permitido se hubiesen quedado en Cabo Verde. Como dato curioso merece recordarse, que el Adelantado adquirió allí 30 vacas, que aunque pequeñas, sólo costaron 20 reales cada una, habiéndolas repartido entre sus naves. Cargó también leña y agua. Todo esto lo afirma el mismo Centenera, como agrega que algunos de los pasajeros vendieron sus ropas, a fin de adquirir provisiones para el viaje.

El 7 de enero de 1573 salió la Armada de la Isla de Cabo Verde, poniendo proa al Sur, navegando, sin novedad, hasta al altura del Cabo Frío, donde se desencadenó un furioso temporal, que no sólo dispersó los buques, sino que obligó al Patax Santa María de Gracia, que llevaba a su bordo 25 soldados, a dar de arribada forzosa al puerto de Río Janeiro. [XVIII]

Agrupados nuevamente los cuatro buques que quedaban, reunió Ortiz de Zárate un consejo al que asistieron Vergara, Montalvo, y los capitanes y pilotos de las cuatro naves, a fin de considerar lo que se debía hacer, en vista del mal estado en que se encontraban los navíos, a consecuencia del temporal que acababan de sufrir.

La junta resolvió que se debía fondear en Santa Catalina, no sólo porque allí era tierra de comida y de indios amigos, y podrían reparar las averías sufridas, sino porque era sitio a propósito para esperar que pasaran los grandes fríos, que en aquella estación reinaban en el Paraná y San Gabriel.

Barco de Centenera, en una carta sin fecha, a Su Majestad (19), y sin duda escrita en el Perú, posiblemente en 1586, dice entre otras cosas: «la isla de Santa Catalina, que es entre San Vicente y el Río de la Plata, la cual tiene dos seguros y capaces puertos; el uno, cuando venimos de España con la boca al Norte, llamado Puerto de Vera, y el otro con la boca al Sur llamado Corpus Christi. Esta isla tiene siete leguas de longitud y dos y media de latitud, aunque Martín Fernández de Enciso, cosmógrafo de Nuestra Majestad dice otra cosa, yo hablo de vista: -es fértil de caza y pesquería-; estuvo poblada de cuatro mil indios, los portugueses la hicieron despoblar [XIX] llevando los indios a sus ingenios y así se huyeron la tierra firme adentro».

Cuando Ortiz de Zárate arribó a Santa Catalina, encontró despoblada la isla, como dice Centenera, y faltándole bastimentos con que alimentar su gente, resolvió dirigirse al Sur con la Çambra, conduciendo a su bordo 60 soldados, y llevando algunos clérigos y frailes, entre los cuales iba nuestro biografiado, a fin de buscar allí, no sólo provisiones, sino también con el propósito de catequizar indios.

Después de navegar cuarenta millas, llegaron, según asegura. Centenera en la carta que acabo de citar, a «un puerto llamado Biaza, tierra alta, donde pueden entrar en un río pequeño navíos grandes; -yo entré con una Çambra de cien toneladas-; es tierra fertilísima, de comida, y hay indios bautizados y amigos».

Ya en este puerto, y cargada de provisiones dicha nave, ordenó el Adelantado, que regresara a Santa Catalina, al mando del Alférez Mendieta, quien, una vez llegado y descargados los bastimentos que conducía, debía regresar a Biaza (20).

Centenera y los otros sacerdotes que fueron a Biaza, bautizaron gran número de indios, celebraron misas, oyeron confesiones y administraron el Sacramento a los españoles que allí habían ido. [XX]

Vuelto Mendieta, y cargado nuevamente su buque, regresaron todos a Santa Catalina, desde donde partieron con toda la armada con rumbo a San Gabriel, a fines de octubre de 1573, habiéndose comprobado que, en dicha fecha, faltaban 120 soldados y pobladores, de los que se embarcaron en San Lúcar; unos por haber desertado en la isla de Cabo Verde, otros fallecidos en la travesía del mal de modorra y de cámaras de sangre, en Santa Catalina, y, finalmente los que llevara el Patax (21) que, según se ha dicho, se había separado de los demás buques.

El 26 de noviembre de 1573, fondeó, al fin, la Armada en San Gabriel, pero con tan mala suerte que media hora después se levantó una sudestada que dio de través con la Almiranta y la Capitana.

Como se comprenderá, la situación de los expedicionarios era poco risueña, a pesar de la inesperada llegada de la carabela mandada por Ruiz Díaz Melgarejo, pues los indios Charrúas y Guaraníes, confederados, los hostilizaban de tal manera que hubiesen todos perecido, sin la eficaz ayuda que le prestara el capitán Juan de Garay, que había poblado Santa Fe el año anterior.

Resumiendo, ya que no es del caso narrar en sus detalles las desventuras de la expedición de Ortiz de Zárate, diré, que después de pasar, con [XXI] el resto de su gente, unos meses en Martín García, resolvió, no sin oír antes la opinión de sus capitanes, fundar un pueblo en la costa oriental, y en el paraje llamado San Salvador, preferible a hacerlo en la costa opuesta, donde antes estuvo Buenos Aires, ya que en aquél había abundancia de leña y de indios, y ser además tierra buena para sementeras.

Después de levantar una muralla, con su correspondiente artillería, y de instalar allí 80 pobladores, declaró fundada la ciudad Zaratina de San Salvador. Allí permaneció Centenera, hasta que el Adelantado resolvió continuar su viaje a la Asunción, donde entró el 8 de febrero de 1575 (22).

Barco de Centenera, que había llegado a dicha ciudad con Ortiz de Zárate, empezó, desde el primer momento, a ejercer el cargo de Arcediano para que había sido designado, desempeñando, al mismo tiempo, los deberes que le imponía su ministerio, oyendo confesiones y predicando el Evangelio a los españoles, ya que no podía hacerlo a los naturales que sólo entendían el guaraní que era su propio idioma; pues es bien sabido que en esta conquista del Paraguay, los naturales impusieron, desde el primer día, su idioma a los conquistadores, de modo que Centenera tuvo que aprender la lengua de los nativos, para entenderse con ellos y hacerse entender. [XXII]

Ortiz de Zárate falleció en la Asunción pocos meses después de su llegada, y si hemos de estar a lo que dicen Centenera y Montalvo, ni fue acertado en su gobierno, ni querido por su pueblo.

Como por las capitulaciones firmadas en Madrid en julio de 1569, el Adelantazgo del Río de la Plata le había sido concedido por dos vidas, designó, en su testamento, que su sucesor sería la persona que se casase con su hija doña Juana de Zárate, que residía en el Perú, y que, mientras tanto esto no se realizara, gobernara interinamente la Provincia su sobrino Diego Ortiz de Zárate Mendieta.

Para dar cuenta a doña Juana del fallecimiento de su padre, y de la cláusula testamentaria de que acabo de hablar, partió desde Santa Fe el capitán Juan de Garay.

Pocos meses después de llegar éste a Chuquisaca, la hija de Ortiz de Zárate contrajo matrimonio con el licenciado don Juan de Torres de Vera y Aragón, quien, considerándose por este hecho Adelantado del Río de la Plata, nombró Teniente de Gobernador a Garay (23), el cual, munido del título expedido a su favor, partió hacia el Paraguay, desobedeciendo las órdenes del Virrey, que trataba de impedirle el viaje, temiendo, sin duda, que tal nombramiento originaria disturbios [XXIII] en el Río de la Plata, ya que Torres de Vera no tenía facultad para extenderlo, pues no había sido reconocido como tal Adelantado. Y en tanto no lo era, en cuanto un año después de nombrado Teniente de Gobernador, el Rey, estando en Toledo, suscribió, el 10 de junio de 1579, una Real Cédula en la que nombraba «por Gobernador y Capitán General del Río de la Plata a don Vasco de Guzmán por muerte de Juan Ortiz de Zárate, y hasta tanto no se determinara si había de serlo quien se había casado con la hija y heredera del Adelantado» (24).

No habiendo Don Vasco de Guzmán aceptado este nombramiento, por razones que ignoro, el Rey designó el 17 de noviembre de 1581, para reemplazarlo, a Don Martín García Loyola, residente en el Perú, autorizando al Virrey para que, si por cualquier causa el nombrado no pudiese desempeñar el puesto, designara otra persona entre las que allí residían (25).

Como se ve, aun en 1581, no estaba reconocido Torres de Vera como sucesor del Adelantazgo. Mientras tanto, Juan de Garay, que había llegado a la Asunción en septiembre de 1578, se presenta al Cabildo con el documento expedido por el esposo de doña Juana Zárate, y es recibido como Teniente General, prestando ante dicha Corporación [XXIV] el juramento acostumbrado para desempeñar tal elevado cargo (26).

Entre los conquistadores y pobladores de Santa Fe y Asunción, había algunos que consideraban ilegal el poder que traía Garay, ya que no constaba que el Virrey del Perú hubiese reconocido a Torres de Vera como sucesor de Ortiz de Zárate. Por otra parte, algunas personas de distinción, como Montalvo, sostenían (27) que las dos vidas a que se referían las capitulaciones de julio de 1569, debían entenderse, la propia del Adelantado Ortiz de Zárate y la de su sucesor Ortiz de Mendieta. En esto había un visible error, pues Mendieta gobernó la Provincia ínterin llegaba la persona que se casase con Doña Juana Zárate, que era a quien le correspondía el gobierno, según lo dispuesto por su padre en el testamento que suscribió en la Asunción, pocos momentos antes de su muerte.

Parecerán fuera de lugar los hechos que dejo narrados, pero los he considerado necesarios para poder apreciar los acontecimientos de que hablaré más adelante.

Por mayo de 1579, Garay organizó una expedición de 130 hombres para ir a pacificar unos [XXV] indios que se habían rebelado en el interior del país. Centenera, que en aquellos días se encontraba en Taninbú, a unas noventa leguas de la Asunción, visitando la tierra y adoctrinando a los indios (28), supo que Garay se proponía también descubrir una nación de indios llamados nuaes, que significa «gente del campo»; se unió a él, y después de pasar la sierra llamada Ibitirá-Cambá, lo que vale decir «subida sin bajada», y de andar unos treinta días, dieron con unos indios llamados xontonbya. Como estos indios manifestaran deseos de hacerse cristianos, Centenera les ordenó que limpiaran un sitio conveniente donde hizo colocar una gran cruz, explicando a los indios lo que este símbolo significaba, encargándoles que cuidaran mucho de él (29).

Los soldados de Garay continuaron su marcha hasta llegar a donde se encontraban unos indios llamados urambiambiás, quienes los recibieron en son de guerra, librándose con ellos encarnizada lucha, según nos relata el Arcediano en el canto XX de su Poema, en el que también nos cuenta, que en tal día cabalgaba a la gineta y vestía traje blanco, cubriendo su cabeza un sombrero de paja, agregando que en medio del combate, se le acercó un indio que llevaba una [XXVI] cruz en la mano pidiéndole lo salvara, lo que efectivamente pudo realizar.

Continúa el Arcediano refiriendo al Consejo, en la carta de marzo de 1580, que tuvieron noticias de los tupíes que moran en el Brasil, los cuales eran labradores y habitaban tierra fertilísima; agregando que «a veinte leguas de donde está situada la Ciudad Real, en la provincia de los nuaes, hay una cordillera donde se encuentran metales», y confía que llegará del Perú algún minero para reconocerlos.

Finalmente, pide al Consejo, que cuando venga el Prelado que se espera, traiga sacerdotes, frailes, ornamentos, libros y campanas para las iglesias, pues nada hay en la tierra.

Vuelto Garay a la Asunción, en los primeros días del año 1580, pregona la fundación de Buenos Aires. En pocos días se alistan los soldados que debían ir a la jornada, se preparan los buques, víveres, armas y caballos para la expedición, y en la segunda quincena de marzo se ponen en viaje.

Antes de salir Garay, nombra protector de los naturales al Arcediano Barco de Centenera, y dirige una comunicación (30) a la Sacra Católica Real Majestad, haciéndole saber el nombramiento que había hecho, y pidiéndole que le designe salario conveniente. Centenera había antes jurado, [XXVII] como sacerdote, desempeñar con todo interés el cargo para que había sido designado.

El fundador de Buenos Aires no trajo ni a Centenera ni a Hernando de Montalvo, quienes a pesar de desear ser de la jornada, no fueron admitidos, alegando falta de sitio en los buques que salieron de la Asunción; de modo que cuando el Arcediano, en carta a Su Majestad (31) dice: «cuando poblamos Buenos Aires...» palabras que repite en el Poema, no deben interpretarse de otra manera, sino que «cuando los españoles poblamos Buenos Aires», ya que está perfectamente averiguado que Barco de Centenera no se encontró en la fundación de la ciudad de La Trinidad en el Puerto de Buenos Aires.

Los buques de Garay llegaron a Santa Fe, y después de una corta estadía allí, continuaron bajando el río en demanda del Plata.

La malquerencia de una buena parte de los pobladores de Santa Fe y Asunción, contra Garay, era debida, principalmente, como ya queda indicado, a que los poderes con que gobernaba el país no habían sido dados con el beneplácito del Virrey del Perú, a quien correspondía aceptar como Adelantado a Torres de Vera.

Pero, como dice el padre Larrouy (32); «En Santa Fe, Garay no supo o menospreció los planes de [XXVIII] algunos criollos de la ciudad que, confabulados con Gonzalo de Abreu, se proponían prenderlo y remitirlo al Virrey».

La idea de quitarle el mando de la Provincia, existía, no sólo en Santa Fe, sino también en la Asunción. En la primera, estalla el 2 de junio es decir nueve días antes de fundarse Buenos Aires, un alzamiento que depone a las autoridades de la ciudad, las que, pocos días después, son repuestas, pagando con la vida los que se habían levantado en su contra.

En esta misma época, se conspiraba también en la Asunción. Barco de Centenera, en la información de servicios que hizo levantar en esta ciudad en 1593, pidió, entre otras cosas, que los testigos declararan si era cierto «que en la Asunción prendió a Lope de Herrera, sacristán, y le castigó porque le halló ciertos arcabuces abscondidos en la Sacristía, e hizo que los alcaldes Bartolomé de Amarilla y Alonso Encinas prendieran a los mancebos, con que se sosegó cierto bullicio en la Asunción, y en este tiempo fue el levantamiento de Santa Fe».

Los testigos contestan todos, más o menos, en los mismos términos que lo hace el capitán Hernando de Montalvo, o sea: «Estando este testigo en la ciudad de la Asunción, porque no estaba poblado este puerto de Buenos Aires, un día de carnestolendas (33), usaban en la dicha ciudad de [XXIX] la Asunción de hacer un reyezuelo y traerlo por toda la ciudad a caballo y llevarlo a la iglesia mayor con más de cien arcabuceros; que pareciéndole mal a este testigo le dijo al dicho Arcediano, «mala usanza es esta invención del reyezuelo porque se puede cometer en aquel día un levantamiento y matar a todos los viejos y principales que están en la iglesia, y así el dicho Arcediano habiéndole parecido mal aquella invención fue a la sacristía de la dicha iglesia Catedral donde era la fiesta y halló ciertos arcabuces dentro y mandó prender al sacristán Alonso Pérez de Herrera y le castigó por ello, parando la fiesta, porque los alcaldes luego prendieron al reyezuelo y algunos de los que iban en su compañía con que se sosegó y de hoy a poco tiempo el levantamiento que había habido en Santa Fe».

De lo que resulta que esta historia del reyezuelo y de las armas ocultas en la iglesia, no era, en el fondo, más que un proyecto de alzamiento en combinación con los de Santa Fe. No hay que extrañar que el de la Asunción se produjera ocho meses después, dado que en todo ese tiempo no había habido comunicación entre ambas ciudades.

De esta manera se exteriorizaba la impopularidad del Gobierno de Garay, debida a las causas que dejo apuntadas. En Santa Fe fue sofocado el alzamiento en la forma que todos conocen: en la Asunción, debido al aviso que dio Barco Centenera a los alcaldes de la Ciudad, como consta en [XXX] la información de servicios (34) a que vengo refiriéndome.

Pocos meses después de pasados los sucesos que acabo de relatar, Barco de Centenera, obtuvo licencia del Cabildo Eclesiástico, para trasladarse, por dos años, al Perú. Se decía en el Paraguay que iba por asuntos de la iglesia, pero bien podía ser que el viaje se relacionara con los asuntos políticos de la Provincia. Sea lo que fuere, la verdad es que se lamentó mucho su salida, pues gozaba de muy buen nombre en el Paraguay, y era reputado como un buen predicador.

Tengo por cierto que debió efectuar el viaje bajando a Santa Fe, de allí a Santiago del Estero y, pasando por Tucumán, llegar a Chuquisaca. Estando en esta ciudad, la Audiencia lo nombró su capellán, pero debió desempeñar este cargo cortos meses, ya que en el año siguiente se le encuentra ocupando la Vicaría de Porco (35).

Poco tiempo antes de la época de que me vengo ocupando, Felipe II, por una Real Cédula que lleva la fecha 19 de septiembre de 1580, dispuso que el Arzobispo de Lima, Fray Toribio de Mogrovejo, que acababa de ocupar tan elevado cargo, en unión con el Virrey del Perú, convocara a todos los obispos sufragantes de ese Arzobispado (36), [XXXI] a una reunión, en la que se trataran de cosas tocantes al buen gobierno espiritual, del bien de las almas de los naturales, etc. (37).

El Señor Mogrovejo dictó la convocatoria el 15 de agosto de 1581, señalando el mismo día del año siguiente para que tuviera lugar la primera sesión del Concilio.

El día indicado, sólo se encontraban en Lima fray Antonio, obispo de la Imperial, fray Sebastián de Lartaún, obispo del Cuzco, fray Diego de Medellín, de Santiago de Chile, y fray Alonso Guerra, del Paraguay; los demás obispos fueron llegando después del 15 de agosto.

Debe tenerse presente, que fray Alonso Guerra acababa de ser consagrado en Lima cuatro días antes de abrirse el Concilio (38). Era un fraile dominico que por sus méritos había alcanzado el obispado; jamás había estado en el Paraguay, y poco o nada sabía de su iglesia.

El 14 de marzo de 1582 (39) hicieron su entrada en la ciudad de Los Reyes, el obispo de La Plata, y el de Tucumán fray Francisco de Victoria. Estos prelados habían hecho juntos una [XXXII] parte del largo viaje que separaba sus diócesis de la Sede del Concilio.

Cuando pasaron por Porco, Centenera los hospedó en su propia casa, así como a las personas de su séquito. Sin duda allí impondría a los prelados del estado de la iglesia del Paraguay, y comprendiendo estos cuan útiles serían sus conocimientos en las deliberaciones del Concilio, ya que el obispo sufragante de esa Provincia había sido recientemente consagrado y no conocía su diócesis, lo indujeron a que siguiese con ellos a Lima, lo que en efecto realizó.

El Arzobispo Mogrovejo le nombró Secretario del Concilio, debiendo acompañar en igual carácter al licenciado Bartolomé Menacho, que ejercía ya el mismo cargo.

No tengo por qué detallar lo que pasó en las sesiones de aquel Concilio; apenas si debo mencionar el ruidoso incidente motivado por las quejas del clero de Cuzco contra su obispo don Sebastián de Lartaún. Éste deseaba que la causa se viera en el Concilio, pero a pesar de estar apoyado por los obispos de Chuquisaca y Tucumán, el arzobispo Mogrovejo, resolvió enviarla a Roma, por lo cual hubo muchos disgustos y escándalos, como afirma Mendiburu en el tomo VII de su Diccionario Histórico.

Barco de Centenera se embanderó entre los partidarios del obispo Lartaún, a quien en su Poema tituló «muy docto». Esta actitud le atrajo, [XXXIII] como era natural, la enemistad del arzobispo, lo que dio por resultado que su existencia se hiciera tan difícil, por falta de recursos, que llegó hasta desear la muerte (40).

En medio de estas aflicciones, el Obispo de Charcas lo nombró su Vicario, y la Inquisición lo designó para Comisario, en el distrito de Cochabamba, lo que le permitiría vivir con relativa holgura.

Estando, sin duda, en el desempeño de estos cargos, escribió una carta, sin fecha y sin firma, dirigida a la Sacra Católica Real Majestad, carta que se conserva en el Archivo de Indias y que, como dice Trelles (41), es de Centenera, y que empieza así: «En muchas veces aunque pocas según mis deseos, que he escrito a Su Majestad desde que salí de Castilla en el año 1572, para el Río de la Plata donde Vuestra Majestad me hizo merced de me proveer por Arcediano»...; y concluye con estas palabras: «dando a Vuestra Majestad larga relación de lo que he visto y entendido en 15 años de mi peregrinación».

Lo único que le faltó agregar al erudito Manuel R. Trelles, es que esta carta fue escrita en el Perú, pues, como vamos viendo, allí se encontraba en 1587, es decir, a los 15 años de la peregrinación de que nos habla, ya que ésta [XXXIV] debió empezar en 1572 en que salió de Castilla.

Se trata de un documento verdaderamente interesante, pues en él, no sólo se relatan los acontecimientos que habían ocurrido en el Río de la Plata, sino que, da consejos al Soberano respecto de lo que allí se debe hacer, como también en el Perú.

Dice Centenera, que «el Río de la Plata es un postigo abierto para el Perú, y tiene el enemigo de Dios y de Su Majestad ya sabida la entrada». Habla de los corsarios ingleses que han entrado en el puerto de Buenos Aires, agregando: «es necesario que Vuestra Majestad provea de gobernador aquellas tierras, porque después que murió Juan Ortiz de Zárate fue principio de su perdición»... Le indica al Soberano que la persona que nombrase por gobernador «traiga gente de Castilla y haga dos fuertes, uno en Buenos Aires y otro en San Gabriel», para impedir la entrada al Río de la Plata por cualquiera de sus bandas. Hace en seguida referencia a una isla en el Río de la Plata, de legua y media de largo por tres cuartos de ancho, que denomina Minangua (42). Isla que no es otra que la que, desde el tiempo del descubrimiento, se llamó de Martín García, y recomienda «se tenga la costumbre que cuando poblamos a Buenos Aires comenzamos a [XXXV] usar, que es salir cada mañana a requerir la costa gente a caballo».

Continúa la carta aconsejando al Soberano la división de la gobernación en dos provincias; la una teniendo por cabeza a Buenos Aires, con Santa Fe y Concepción del Bermejo, con toda la tierra hasta el estrecho; la segunda, la Asunción a quien el vulgo llama «Paraíso de Mahoma».

Advierte que «la comodidad de la tierra ha de forzar a que por el Río de la Plata vayan a Castilla los que viven en estos reinos desde el Cuzco hacia Potosí».

En cuanto a la costa del Brasil, se expresa así: «es necesario que haya recato, no puede el enemigo entrar por ella en estos reinos aunque tornasen en ella puerto cien mil hombres, pero puédeles servir de escala y hacer en ella mucho daño».

La idea de la división del territorio de la gobernación, estaba ya en la mente de muchos de los conquistadores de aquella época. Hernando de Montalvo, en carta a Su Majestad fechada en la Asunción el 15 de noviembre de 1579, entre otras cosas le decía; que es imposible que un gobernante pueda regir tan dilatada provincia; que a su juicio debiera dividirse el gobierno en tres partes; la primera desde la Cananea y Santa Catalina, costeando la banda de tierra hasta Montevideo, por el Uruguay hasta Santa Ana; la segunda desde un punto del Río de la Plata, cabo [XXXVI] Blanco, hasta el estrecho de Magallanes y la Cordillera, entrando la gobernación de Tucumán, Santa Fe y todo lo que queda en el Río Paraná hasta la boca del Río Paraguay; y a la tercera gobernación le asignaba la Asunción y las dos bandas del Río Paraguay, hasta el Puerto de los Reyes.

Concluye Centenera la carta a que estoy haciendo referencia, hablando de lo que convenía hacer en Arica, Callao y Lima, para terminar, finalmente, con estas palabras: «tengo una historia completa que, con el favor de Vuestra Majestad saldrá a luz; en ella se da relación del Río de la Plata y Perú y deseo en persona llevarla a Vuestra Majestad es causa no la envíe».

Ésta es la primera vez que se menciona la existencia del Poema del Arcediano. La noticia plantea el problema de saber dónde y cuándo fue escrito; no hay duda alguna, que varios de sus Cantos han tenido que escribirse en el Perú, ya que cuenta asuntos pasados allí durante su permanencia en aquel país; otros, relativos al Río de la Plata, sólo los pudo saber por referencias. Los primeros Cantos pudo escribirlos en la Asunción, pero todo esto son simples conjeturas, que no tienen base documentada en qué fundarse.

Estaba Barco de Centenera desempeñando tranquilamente su cargo de Comisario de la Inquisición, en el Valle de Cochabamba, cuando el 11 de febrero de 1587 llega a Lima el licenciado [XXXVII] Juan Ruiz del Prado (43) nombrado por Felipe II Visitador de las causas referentes al Santo Oficio.

Poco tiempo después de su llegada, Ruiz del Prado, se impuso de ciertas actuaciones por las cuales resultaba que Barco de Centenera, había cometido graves faltas, en el desempeño de su cargo de Comisario, y que, según el Visitador, «no se podría pasar por ellas (si bien) no me pareció que la tenían para hacerle venir trescientas leguas, y ansí porque sospeché alguna pasión en los testigos, remití los cargos que se le hicieron que fueron catorce, para que se los diesen y recibiesen sus descargos y se me enviase todo» (44).

El proceso formado a Centenera, se encuentra original en el Archivo de Simancas, pero no habiéndolo visto, me valgo de las noticias publicadas por el erudito José T. Medina.

Resulta, según el citado historiador, que Centenera fue sentenciado el 14 de agosto de 1590, «en privación de todo oficio de Inquisición, y doscientos cincuenta pesos de multa, por habérsele probado que había sustentado bandos en la Villa de Oropesa y Valle de Cochabamba, a cuyos vecinos trataba de judíos y moros, vengándose de los que hablaban mal de él, mediante la autoridad que le prestaba su oficio, usurpando [XXXVIII] para ello la jurisdicción real; que trataba su persona con gran indecencia, embriagándose en los banquetes públicos, y abrazándose con las botas de vinos; de ser delincuente en palabras y hechos, refiriendo públicamente las aventuras amorosas que había tenido, que había sido público mercader y por último, que vivía en malas relaciones con una mujer casada» (45).

La sentencia que acaba de leerse, no podía ser más tremenda para la reputación de cualquier hombre, pero mucho más tratándose de un sacerdote que, además estaba investido del alto cargo de Arcediano de la Catedral del Paraguay. Ella no se funda en faltas que Centenera hubiese cometido contra la religión, para las cuales el Santo Oficio se mostró siempre intransigente y cruel, sino en hechos indignos de cualquier hombre que en algo se estime.

Abrigo mis dudas sobre la imparcialidad del juez, dado que, en ningún documento anterior o posterior a la sentencia de que me ocupo, he encontrado nada que pueda afectar el buen nombre de Barco de Centenera.

Dejaré por un momento al Arcediano, abrumado por el enorme peso de su condena, para hablar del nuevo obispo fray Alonso Guerra, que una vez concluido el Concilio de Lima, se [XXXIX] encaminó al Paraguay a fin de hacerse, cargo de la diócesis para que había sido nombrado.

Fray Alonso llegó a la Asunción en septiembre de 1585 (46) preocupándose enseguida, con todo interés, de los asuntos de la iglesia y de su clero. Según el padre Lozano (47) era un prelado ejemplar por sus virtudes; pero de los documentos de la época resulta que era demasiado exigente en lo que respecta a las cobranzas de los diezmos, llegando las cosas a tal punto que amenazaba a los vecinos con excomuniones y censuras si no los pagaban en la forma que él lo entendía.

Este proceder del Prelado dio lugar a que las ciudades de la Asunción, Santa Fe y Trinidad, designaran representantes (48) para que protestasen ante la Audiencia de Charcas de la conducta del obispo. Ésta en 12 de agosto de 1587, ordenó al obispo Guerra levantar las excomuniones que había lanzado, y que no hiciera alteración en la cobranza de los diezmos (49).

Sea que fray Alonso no cumpliera con prontitud, o no acatara lo resuelto por la Audiencia, el caso fue que en abril de 1890, el pueblo de la Asunción, encabezado por el Alcalde [XL] ordinario, se dirigió a la casa del obispo con ánimo de prenderlo. Éste, que lo supo, se revistió con los ornamentos sagrados; pero a pesar de esto fue derribado al suelo desgarradas sus vestiduras, arrancado el báculo y llevado preso a bordo de un buque que lo condujo a Buenos Aires. De aquí se dirigió a Charcas, donde la Audiencia lo rehabi el Rey lo designó para obispo de Michoacán, donde falleció en 1594.

Barco de Centenera, para quien la permanencia en el Perú debía ser poco menos que imposible, después de la sentencia condenatoria que había sufrido, llega en estos momentos a la Asunción, después de más de nueve años de ausencia. Allí se encuentra con la iglesia en completa acefalía; el obispo expulsado, y el deán González Paniagua muerto, de modo que él, como Arcediano, era la más alta dignidad de la Iglesia, por cuyo motivo le correspondía el gobierno eclesiástico en Sede Vacante.

Ejerciendo tan elevado cargo, visitó las ciudades de San Juan de Vera y Santa Fe, bajando luego el Paraná con un bergantín y dos chatas cargadas de provisiones; y, llegando a esta ciudad de Trinidad, a principios de 1592, fue recibido por el vecindario con marcadas muestras de simpatía.

Lo primero que notó a su llegada, fue que la iglesia mayor se había caído, o mejor dicho, que había sido abandonada, por el malísimo estado [XLI] en que se encontraba, a tal extremo, que había sido necesario, para salvar su decoro, trasladar el Santísimo Sacramento a San Francisco.

El obispo Guerra, en su visita a esta ciudad en 1587, había ordenado la construcción de un nuevo templo, en un sitio que no era el que correspondía, por cuyo motivo, no siendo oído el vecindario en las observaciones que hizo, hubo de dirigirse en queja a la Audiencia.

Cuando Barco de Centenera se impuso de la equivocada ubicación que el obispo Guerra había dado a la iglesia mayor, ordenó que ella se levantara en el solar que el fundador de la ciudad había destinado con tal fin (50).

Casualmente en los mismos días en que Centenera tomaba esta resolución, la Audiencia de Charcas dictaba una Provisión, que lleva la fecha 8 de agosto de 1591 dirigida al obispo y autoridades eclesiásticas de la Provincia en la que (51), después de establecer que se había presentado Pedro Sánchez de Luque, procurador de la ciudad de la Trinidad, decía que cuando se fundó la ciudad se había designado un solar sobre la plaza Mayor para edificar la iglesia; que el obispo metiéndose en otro, causaba gran perjuicio al vecindario, tapando y cerrando el comercio [XLII] del río, para lo cual pedía se suspendiera la obra en el sitio designado por fray Alonso; y agregando que Sánchez Luque no había traído representación escrita, porque los vecinos tenían miedo de que fuese excomulgado por esa causa. La Audiencia ordenó que se le remitieran los autos y que se suspendiese por un año la obra de la iglesia.

Gracias a la actividad desplegada por Centenera, y la eficaz ayuda del vecindario, pudo en breve tiempo habilitarse el nuevo templo para celebrar funciones religiosas, y volver allí el Santísimo Sacramento, que, como he dicho, había sido llevado a San Francisco (52).

Mientras el gobernador del obispado se ocupaba en la ubicación y reedificación de la iglesia Mayor, llegaba al puerto una carabela mandada por el gobernador de Río Janeiro Salvador Correa de Saa, que traía comunicaciones para el Virrey del Perú, Audiencia de Charcas y Autoridades de esta ciudad, en las que avisaba que los ingleses se habían apoderado del Puerto de Santos, y que allí pertrechaban pequeños navíos para venir a este puerto (53).

Esta noticia produjo, como es natural, gran alarma en el vecindario, tanto que todas las familias huyeron al campo, por temor de que los [XLIII] herejes se apoderaran de la ciudad, quedando en ella sólo los hombres que podían defenderla.

Fue en esta ocasión un gran consuelo para los atribulados habitantes la presencia de Barco Centenera, no sólo por los consejos que les dio, sino porque pudo, con las provisiones que había traído en sus buques, atender a la extrema escasez de víveres en que se encontraban.

Pasados los días de zozobra, por el fracaso del proyectado ataque de los corsarios ingleses, las familias regresaron a sus hogares y la ciudad volvió a tomar su tranquilidad habitual.

En los primeros días de 1598, se presentó don Martín Barco de Centenera al Cabildo pidiendo «Se levante información de los servicios que había prestado desde que llegó en la armada del Adelantado Ortiz de Zárate hasta dicha fecha». Acompañó un interrogatorio con ocho preguntas, a las cuales contestaron, de conformidad, los cinco testigos que designaba entre los que se contaba el célebre Tesorero Hernando de Montalvo. El nueve de enero, el Capitán Hernando de Mendoza, aprobó la información, ordenando al escribano del Cabildo expidiera los traslados que se le pidieren.

Un mes después de estas actuaciones, el Cabildo de esta ciudad da poder al licenciado don Martín Barco de Centenera, Arcediano de esta Provincia, para que en nombre de la ciudad y vecinos de ella, pueda presentarse ante Su Majestad, Consejo [XLIV] de Indias o cualquier juez, pidiendo mercedes, gracias y justicias con arreglo a las instrucciones que se le dan. Advirtiendo que este poder anula el que se le tenía dado a Beltrán Hurtado (54).

Al mismo tiempo el Cabildo se dirige a Su Majestad (55) haciéndole saber las grandes necesidades en que se encontraban, y pidiéndole «remedio así de gobernador como de Obispo»; recomienda así mismo al Arcediano Barco de Centenera a quien «le oiga y dé entero crédito y se duela Su Majestad de unos vasallos que tiene tan necesitados de remedio» (56).

Desgraciadamente no se conocen estas instrucciones, pues es bien sabido que en los libros capitulares faltan las actas correspondientes al período de tiempo comprendido entre enero de 1591 e igual mes de 1605. Tanto el poder como la carta a Su Majestad, a que acabo de referirme, están en el Archivo de Indias, de donde he sacado copia.

La representación que acababa de aceptar Centenera, no tiene una explicación satisfactoria, dado que su cargo de gobernador del Obispado, en Sede Vacante, le obligaba a permanecer en la provincia, tanto más, en cuanto el Cabildo eclesiástico [XLV] de La Asunción estaba casi disuelto. Su resolución de marcharse a España, abandonando los intereses que tenía a su cargo, sólo se legitima por la costumbre que el clero tenía en aquella época, cuando faltaba el Prelado que le vigilaba y a quien respetaba, de hacer su omnímoda voluntad, como lo había hecho el propio Centenera ampliando en nueve años la licencia que se le dio para ir al Perú.

No he podido encontrar documento alguno que señale la fecha de su partida, lo que no es de extrañar, dada la pobreza de nuestro Archivo en papeles de esta época. He revisado las prolijas notas que Montalvo dejó estampadas en los libros de Tesorería, pero tampoco allí he dado con el menor rastro. Pienso, sin embargo, que se embarcó poco tiempo después de la fecha en que se le dio el poder, ya que en el Archivo de Indias hay una nota dirigida a Su Majestad, sin fecha, y firmada «El Arcediano Don Martín Barco de Centenera». En esta comunicación dice: «que desde que llegó con Ortiz de Zárate ha servido, ayudado a poblar y conquistar la tierra, con su persona y haciendo, que como sacerdote predicando y confesando acudió siempre al servicio como real vasallo de Su Majestad»; y concluye pidiendo se le haga «Merced, ocupando su persona conforme a sus servicios, calidad y edad en lo que nuestra Alteza fuere servido».

Al pie de esta nota, a la que está agregada la [XLVI] información levantada en 1593, hay un decreto que dice; «al memorial con sus partes y calidades: en Madrid a 7 de marzo de 1594 años.- Licenciado González».

Como se ha visto, Centenera pidió una recompensa por sus servicios prestados en América, pero no he encontrado pruebas de que se le hubiere concedido. Tampoco sé si en Madrid presentó al Rey su Poema, según era su intención (57); me inclino a creer que no lo hizo, pues de otra manera se hubiera encontrado en algún Archivo. Tal vez alguien leyó los versos y juzgándolos muy pobres, le aconsejara no hacerlo. Éstas son meras hipótesis; pero lo cierto es, que hasta 1601 no se sabe ni dónde estuvo ni qué hizo el Arcediano.

Fechada en Lisboa el 10 de mayo del citado año de 1601, aparece la dedicatoria al Marqués de Castel Rodrigo, Virrey, Gobernador y Capitán General de Portugal por el Rey D. Felipe II, Nuestro Señor, que precede a la publicación del Poema, el que ha sido escrito en octavas reales y está dividido en XXVIII Cantos: los primeros se refieren a la Geografía e Historia Nacional; los restantes relatan los acontecimientos ocurridos en el Plata, Tucumán, Perú y Brasil, en los que él tuvo intervención más o menos directa (58). [XLVII]

Debo llamar la atención sobre el hecho de que tanto en la carta dedicatoria como en la cubierta del libro que transcribiré más adelante, el Arcediano se firma Don Martín del Barco Centenera, mientras que en todos los documentos que suscribió en el Río de la Plata, siempre ponía Martín Barco de Centenera; de este mismo modo lo llaman los testigos que declaran en las informaciones que he citado en el curso de este trabajo. Debo hacer sin embargo, notar que en dos documentos (59) que suscribió antes de su llegada al Río de la Plata, aparecen firmados; Martín de Centenera.

¿Cuál fue su verdadero nombre? Difícil sería afirmarlo, ya que no me ha sido dado encontrar la partida de bautismo, que seguramente estará en Logrosán. Me inclino no obstante, a creer que su apellido fue Barco de Centenera; posiblemente por haberse copiado el que aparece en la primera y susodicha edición de La Argentina; [XLVIII] en los diccionarios biográficos antiguos y modernos, se le llama Martín del Barco Centenera.

Después de la impresión del libro, no puedo agregar otra noticia del Arcediano, más que la que da Ricardo Palma que dice: «En cuanto a la época de su fallecimiento, si hemos de dar fe a lo que dice un librito de efemérides españolas, acaeció en Portugal a fines de 1605» (60).

Como se ha podido notar en las páginas que dejo escritas, sólo por excepción he aprovechado algunos de los datos que sobre su vida Centenera ha dejado consignados en el poema, absteniéndome también de abrir juicio sobre los hechos que relata, para comprobar si son o no exactos, pues a mi entender, ello corresponde al juicio crítico-histórico de la obra, que la junta se propone realizar más adelante.

Parece ser cosa cierta que Barco Centenera no llegó a escribir la segunda parte de su poema, a pesar de lo que dice en la última estrofa de sus cantos, como tampoco escribió El desengaño del mundo, obra en prosa que le atribuyó fray Alonso Fernández en la Historia y Anales de Plasencia; de modo que la bibliografía del Arcediano se reduce a:

Argentina / y conquista del Río / de la Plata, Tucumán, y esta- / do del Brasil, por el Arcediano don Martín del / Barco Centenera / Dirigida a don [XLIX] Cristóbal de Mora, Marqués de Castel Ro- / dríguez, Virrey, Gobernador y Capitán General de Portu- /gal, por el Rey Philipo III Nuestro Señor. / (Su escudo de armas) Con licencia, en Lisboa, por Pedro Crasberck, 1602.

4º Part, V con la aprobación de fray Manuel Coello: 27 de julio de 1601 y las licencias del Santo Oficio, del Ordinario, etc.- 3 hojas sin foliatura para la dedicatoria: Lisboa 10 de Mayo de 1601; Sonetos del autor a su obra, de Juan de Lumanaga, Diego de Guzmán, de Valeriano de Frías de Castillo, y décimas del licenciado Pedro Ximénez y del bachiller Gamino Correa.- 230 pp. F. bl. Apuntillado.

Esta edición es hoy rarísima, pues apenas se conoce la existencia de media docena de ejemplares, distribuidos en otras tantas bibliotecas (61). Para la reproducción facsimilar, que en este volumen se publica, me valí del que se conserva en la biblioteca del Palacio de Su Majestad el Rey de España. Previo permiso, que se me acordó, hice fotografiar las páginas de la obra para su reproducción fototípica.

La segunda edición se encuentra en los: Historiadores / primitivos / de las Indias Occidentales / que juntó, tradujo en parte, / y sacó a luz, ilustradas con eruditas notas / y copiosos índices, el Ilustrísimo señor don Andrés González Barcia, / [L] del Consejo y Cámara de Su Majestad / Divididos en tres tomos / cuyo contenido se verá en el folio siguiente / Tomo I / (viñeta). Madrid MDCCXLIX.

Fol. 3 tomos.- En el III se halla: Argentina / y conquista / del Río / de la Plata / De don Martín del Barco Centenera. Tiene 107 páginas de foliación y signaturas por separado, y al pie de la última página el comienzo de la Tabla que ocupa 8 hojas más sin foliatura, encontrándose al final el índice. No contiene ni la dedicatoria, ni la licencia y sonetos que trae la primera edición.

La tercera edición se debió a don Pedro de Angelis, que con el título Colección / de / obras y documentos / relativos / A la Historia Antigua y Moderna / de las Provincias / del Río de la Plata. Ilustrados con notas y disertaciones / por / Pedro de Angelis. / Buenos Aires / Imprenta del Estado / 1836.

Folio 6 vol. con paginaciones varias para las distintas piezas que comprende. En el tomo II se encuentra La / Argentina / o la / conquista del Río de la Plata / Poema histórico / por el / Arcediano don Martín del Barco / Centenera / Buenos Aires / Imprenta del Estado, 1836.

El discurso preliminar a la Argentina, de Barco Centenera, escrito por don Pedro de Angelis, ocupa 8 páginas; viene después la dedicatoria de Centenera al Marqués de Castel Rodrigo, 2 pág., siguiendo el Poema foliado del 1 al 320 que precede a la Tabla de las cosas más notables que se [LI] contienen en la Argentina o conquista del Río de la Plata, numeradas de I al XXIV, y finalmente, una página destinada a Fe de erratas de la obra.

La cuarta edición se publicó en esta ciudad en 1854, en la Colección de obras históricas llamadas de la Revista, por haberse impreso en la imprenta de ese nombre. En el Tomo III se encuentra La / Argentina / o la Conquista del Río de la Plata Poema Histórico / por el / Arcediano don Martín del Barco / Centenera. Ocupa la dedicatoria al Marqués de Castel Rodrigo 2 págs.; sigue el Poema desde la pág. 7 a 376; las notas del autor ocupan las págs. 377 a 387, y el índice de la obra, 3 págs.

Finalmente, como quinta edición, está la reimpresión de la Colección de obras y documentos relativos al Río de la Plata por Pedro de Angelis en 5 volúmenes en Folio, Buenos Aires 1900, en cuya Colección y en el Tomo II, se encuentra La / Argentina / o la / conquista del Río de la Plata / poema histórico / por el Arcediano / don Martín del Barco Centenera. El discurso preliminar ocupa las páginas I a V; la dedicatoria al Marqués del Castel Rodrigo, 2 págs.; el Poema desde las págs. 183 a 332 con las notas del autor al pie de ellas, y finalmente, la Tabla de las cosas más notables que se contienen en la Argentina de pág. 1 al XXIII.

El más rápido examen de estas sucesivas ediciones, muestra el poco cuidado que se ha tenido [LII] en la reimpresión, dado el número de errores tipográficos, supresiones y trasposiciones que se encuentran en ellas, comparándolas con la edición príncipe de 1602.

Con lo expuesto dejo terminado el encargo recibido, lamentando no haber podido corresponder cumplidamente al honor que se me dispensó, confiándome la tarea de escribir la bio-bibliografía de Barco de Centenera, debido no sólo a la falta de documentos sino a mi insuficiencia.

Creo, sin embargo, que la publicación facsimilar de la primera edición de la Argentina, será de gran utilidad a los que se dedican al estudio de nuestra historia colonial, y que la Junta tributa con ello, un digno homenaje a quien por primera vez nos llamó Argentinos, nombre que ahora y siempre nos orgullecemos de llevar.

Enrique Peña. Buenos Aires, Mayo de 1912
 


 

La doble lectura de La Argentina de Martín del Barco Centenera en Juan María Gutiérrez

Por Graciela Maturo *

1.- Introducción

Juan María Gutiérrez (1809-1878) es un preclaro representante de la generación argentina románticoiluminista de 1837, generación liberal en política, impregnada del sentimiento nacional de la patria naciente y adversa al "oscurantismo" colonial hispánico que vieron reflejado en el gobierno de D. Juan Manuel de Rosas. Sin embargo Gutiérrez fue, en continuidad con los meritísimos esfuerzos del erudito napolitano Pedro de Angelis, el más importante articulador de una tradición rioplatense dentro de su generación. Su lectura sagaz y dedicada, que no pudo eludir algunos prejuicios de época, devuelve a los textos coloniales su carácter de basamento histórico cultural.

Intentaré en este breve artículo, que quisiera dotado de mayores méritos por ofrecerlo a la memoria del estudioso y querido amigo Dr. Rodolfo A. Borello, mostrar las divergencias y confluencias de distintos horizontes de lectura en la interpretación que hizo Gutiérrez de la Argentina de Martín del Barco Centenera, a la luz de la hermenéutica gadameriana.

2. - La generación argentina del 37.

Ricardo Rojas dio el nombre de generación de los proscriptos a este importante grupo de la historia argentina, que se autopostuló en 1837 como superador de la antinomia unitarios / federales. Críticos del hispanismo iluminista de Rivadavia, pensaron al país como historia y les correspondió afrontar los riesgos de la organización nacional. Las importantes obras de esta generación, que accedió en su momento a la acción militar y política, pone en evidencia su compleja riqueza y responsabilidad en los tramos fundantes de la nacionalidad, así como sus inevitables contradicciones.

Un hito importante en la emergencia y cohesionamiento del grupo es como se sabe la creación del Salón Literario. El 23 de junio de 1837 su promotor el librero Marcos Sastre juntamente con Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez hablaron en la inauguración de este foro de efímera duración, que congregaba también a Vicente López, Pedro de Angelis y Esteban Echeverría. (F. Weinberg: El Salón Literario de 1837 ). La presencia del erudito napolitano, archivero de Rosas, así como la respetuosa mención del caudillo, lleva a pensar que el grupo no se oponía inicialmente a éste sino que tenía esperanzas en su labor restauradora. Era preocupación del grupo alcanzar "una política y una legislación propias" y "una literatura singular" apropiada al ser americano (Marcos Sastre: Ojeada Filosófica... en F. Weinberg: El Salón Literario. . .pp. 11 7- 133) En ese mismo año de 1837 Esteban Echeverría, futuro adalid de la generación, publicó las Rimas, que incluía el poema La Cautiva, e introducía según Rojas la "romancesca vida del desierto argentino" en la literatura nacional.

El cierre del Salón, y posteriormente de la librería, marca la definitiva distancia del grupo con Juan Manuel de Rosas, detentor de la suma del poder público. Recordemos que en 1838 nació la Asociación de Mayo, integrada por Echeverría, Gutiérrez, Alberdi, Tejedor, Albarracín, Peña, López, José Mármol y Bartolomé Mitre, con sus miembros correspondientes en San Juan (Domingo Faustino Sarmiento), Córdoba y Tucumán. La relación con Andrés Lamas y un núcleo de opositores a Rosas en Montevideo determinó que el Periódico La Moda, expresión del grupo en Buenos Aires, tuviera su continuidad en El Iniciador de la ciudad cisplatina.

Las obras de la generación fructificaron en forma ininterrumpida en los años anteriores a la caída del régimen: Alberdi: Fragmento Preliminar al estudio del derecho, 1837; Sarmiento: Facundo, 1845; Echeverría: Dogma socialista, 1846; Alberdi: Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, 1852.

Juan María Gutiérrez fue por entonces una figura menos destacada. A los 28 años inaugura el Salón Literario juntamente con Marcos Sastre y Alberdi, con un discurso que titula Fisonomía del Saber español: cuál deba ser entre nosotros (Véase texto en Félix Weinberg: El Salón Literario ... pp.145-157). Premiado en el Certamen Poético de 1841 en Montevideo, vivió dos años en esa ciudad y luego viajó a Europa con Alberdi; se instaló luego en Chile, donde redescubrió el Arauco Domado de Pedro de Oña, que encabezó con un estudio crítico al que G. Weinberg considera plagiado por Rivadeneira (Weinberg; Prólogo, pág. IX). Viajó Gutiérrez a Perú y el Ecuador, consolidando su interés por el pasado colonial. El futuro albacea y editor de las obras de Echeverría descubrió a Peralta Barnuevo, al que dedicó un importante estudio. Iba madurando su convicción, netamente historicista y romántica, de que la cultura argentina tenía hondas raíces en el período hispánico.

Gutiérrez, al inaugurar el Salón, acudía a Herder y a Federico Schlegel, al mismo tiempo que a la Francia del saber científico y filosófico, denostando a la España decadente de los últimos siglos. Hablaba, ciertamente, de ilustres excepciones, pero fijaba su atención en América, prodigando su elogio al Almirante Colón. Su intuición americanista corre pareja con su defensa de la poesía, y su estilo se hace poético y metafórico en muchos momentos. No vacila en llamar al continente nuevo "la virgen del mundo" en palabras de un autor moderno, y reclama para el poeta un lugar de privilegio:

"Recordemos lo que pasa en nuestras almas al leer las obras de los modernos, Byron, Manzoni, Lamartine, y confesemos a una voz que la verdadera misión del poeta es tan sagrada como el sacerdocio." (Félix Weinberg, pág.155).

Ya desde sus primeros textos se perfilaba su devoción por la literatura y la estética, que lo lleva a convertirse en el crítico literario más importante de su tiempo.

Gutiérrez puso su atención de crítico y exégeta en los textos liminares, sin poder eludir del todo los prejuicios anticlericales y anticolonialistas de su generación. En el caso de la Argentina de Martín del Barco Centenera, su lectura sigue siendo, a pesar de sus desvíos, un texto incisivamente interpretativo y orientador, que conserva su vigencia en la exégesis del Arcediano.

3.- Centenera, crítico de la Conquista.

Uno de los comentaristas clásicos de la obra de Centenera '. el español Félix de Azara, acusó al extremeño de querer desacreditar a los Jefes de la expedición que integró. Juan María Gutiérrez continúa esta perspectiva, y otorga a Centenera el lugar de cronista oficial en la expedición de Ortiz (u Hortiz) de Zárate:

"Se infiere de la lectura de este poema que el autor tenía compromiso con Zárate de escribir los hechos de que éste se prometía ser el héroe.( J. M. Gutiérrez, Estudio. nota en pág. 21). La expedición estaba compuesta, consigna, "de tres navíos, una cebra y un patache, y probablemente abastecida del número de familias y de animales que consta del convenio celebrado con el Virrey del Perú, confirmado por el monarca español el 10 de junio de 1569" (ibídem, pág. 25). Centenera describe los barcos como "mal aderezados", y dice que "anduvieron los navíos sin concierto" hasta alcanzar el puerto de Santander y luego el de Santiago. Escribe Gutiérrez sobre las intrigas americanas que comienzan cuando Centenera enfrenta a Ruy Díaz Melgarejo quien conduce prisionero al gobernador Felipe de Cáceres acompañado por su enemigo Fray Felipe de la Torre. Halla también al misionero José de Anchieta, "en cuyos brazos murió el mencionado obispo de la Torre v acerca del cual le dio algunas noticias propias de la crédula piedad de aquel apóstol brasileño (ibídem, pág.29).

Los males padecidos por la tripulación de Ortíz de Zárate en Santa Catalina son atribuidos por Centenera a la ceguera y codicia del Adelantado, quien abandona a su gente y marcha con 80 de ellos a Ibiaca, beneficiándose de la generosidad de los aborígenes mientras el hambre cundía en el resto de la expedición.. Al que está seguro en talanquera/ muy poco se le dá que el otro muera, remata el Arcediano, y aclara Juan María Gutiérrez "Talanquera: sitio que asegura de algún riesgo".

La incisiva y permanente crítica de Centenera al Adelantado apunta más arriba y alcanza al Virrey Toledo, como lo advierte Gutiérrez: "La maquiavélica y cruel conducta del Vírrey aparece también en los versos de Centenera en toda su fealdad, porque la presenta rodeada de minuciosos incidentes, que le dan un relieve verdaderamente negro y satánico, y podría servir de asunto para una preciosa novela o para una composición dramática de sumo interés poético y filosófico ". (J. M. G. : Estudio, pág. 105).

También critica Centenera a Diego de Mendieta, el sobrino de Zárate que toma el mando de la expedición después de su muerte, y a Hernando de Lerma, a quien trata con ironía que Gutiérrez considera benévola.

Entre las formas veladas de la crítica que ejerce el Arcediano figura la mención de personajes dudosos como Francisco de Salcedo, mediador entre Lerma y el Obispo Francisco de Victoria. Si se tiene en cuenta que Victoria se cuenta entre los firmantes de las poesías que acompañan la edición, cabe preguntarse si ese deán no es acaso una figuración del propio autor. La consideración de este caso hace decir a Juan María Gutiérrez que las octavas 30 y 31 del Canto XXII se hallan entre "las más obscuras" del poema.

Las críticas a los conquistadores se siembran en toda la obra. Centenera llama salteador a Pedro de Mendoza por el saqueo de Roma, y recuerda su enfermedad, "el morbo que de Galia tiene nombre". Muestra al desnudo la indisciplina y codicia de Ortiz de Zárate, la inconducta moral de Mendieta, la soberbia de Juan de Garay, el ánimo intrigante del Virrey Toledo, la ambición de Hernando de Lerma, las miserias políticas del mundo colonial en suma, la crueldad de los capitanes, la falta de fe de algunos clérigos.

Todo ello fue visto y subrayado por Juan María Gutiérrez, quien claramente advierte la índole moral de la obra. Su visión agudamente crítica de la Colonia, que es la propia de su generación, le permite hacerse cargo de la crítica ostensible o encubierta del Arcediano, aunque sin conceder a éste suficiente autoridad moral para ejercer esa crítica.
4.- La exaltación humanista de los naturales en la Argentina

Curiosamente, Gutiérrez no tuvo igual reconocimiento con respecto a la actitud de Centenera en relación con los naturales. Debemos aceptar que el propio autor indujo a una lectura equívoca de la obra cuando la encabezó con aquellos versos del Canto I:

Del indio chiriguano encarnizado
En carne humana origen canto solo...

Si ese "solo" equivale a "solamente", sin duda el Arcediano crea una falsa expectativa de lectura al anunciar que va a ocuparse solo del indio chiriguano, al que de entrada califica de encarnizado en carne humana.

La temática aborigen adquiere amplio desarrollo en la Argentina. El historiador uruguayo Diógenes De Giorgi ubica al tema indígena, juntamente con la crónica de la conquista, como los ejes temáticos de la obra. "Respecto al primero, es la fuente más rica de información etnológica que poseemos sobre la complejísima y confusa realidad tribal que enfrentaron los primeros conquistadores rioplatenses" (De Giorgi, p. 191). No obstante esa importancia, el historiador considera que Centenera tiene constantemente "una visión peyorativa de la masa indígena" (ibidem, p. 192). Tal es también, la apreciación que tuvo Juan María Gutiérrez en el siglo pasado, apreciación en la cual no podemos coincidir.

Nuestra lectura nos ha llevado a reconocer en Centenera una sorprendente valoración del indígena, acorde con la línea humanista de Las Casas y Ercilla. No podemos pasar por alto que Centenera da cuentas en su libro de la vida y carácter de los charrúas o charusúes, los guaraníes, chiriguanos, tambús, chanás, calchines, chiloazas, melpenes, mañue o minuanes, veguanes, cherandíes, meguay, curuces y tapui-miries.

El indígena, cuyos orígenes se entremezclan en su visión inclusiva con el génesis bíblico, empieza a tener presencia viva a partir del canto VIII, cuando el relato del autor se hace autobiográfico. Este canto y los siguientes que documentan la expedición de Ortiz de Zárate, muestran a los indios que pueblan las costas del Brasil auxiliando y transportando a los españoles en sus canoas, sin poder impedir que algunos mueran.

Se instala de hecho un contraste abrupto entre la amigabilidad y solidaridad aborigen y la rígida actitud de los jefes españoles.

La primera descripción orgánica de una tribu la dedica el autor a los charrúas. Gutiérrez no ha dejado de percibir cierto elogio de la barbarie, aunque lo considera involuntario y por debajo de su modelo, Alonso de Ercilla:

"Los charrúas pueden llamarse también los Araucanos del Plata; menos numerosos que éstos sucumbieron mientras que aquellos aún resisten y obtendrán al fin justicia tomando la parte que les corresponde en el banquete de la civilización. Y esta pariedad resulta en la Argentina sin que lo advierta el mismo autor, porque si hay en su poema estrofas que en algo se aproximan a las bellísimas de Ercilla son aquellas en que describe a los valientes con quienes Zárate tuvo los primeros encuentros".(J.M.G.: Estudio p. 54).

Centenera ha planteado un neto contraste entre la entereza de los caciques Zapicán y Andayuba y la ciega soberbia de "Juan Ortiz, que a pocos escuchaba". Las exigencias desafiantes de éste dan lugar a una represalia cuya épica descripción aprecia Gutiérrez entre las mejores estrofas del poema:

El Zapicano ejército venía
Con trompas y vocinas resonando
Al sol la polvareda oscurecía,
La tierra del tropel está temblando:
De sangre el suelo todo se cubría,
Y el zapicano ejército gritando,
Cantaba la victoria lastimosa
Contra la gente triste y dolorosa.

Desde la gesta homérica, en que el poeta supo conferir dignidad tanto a aqueos como a troyanos, la filosofía humanista trabajó a favor de un reconocimiento universal que tuvo esporádicas expresiones en Virgilio, Dante, Nicolás de Cusa y otros autores. Nada casual es que aquel humanismo haya tenido ocasión de manifestarse sobre la arena concreta del encuentro de pueblos en América, promoviendo las defensas veladas o encubiertas de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Ulrico Schmidl, Alonso de Ercilla, Centenera, el Inca Garcilaso, el indio aculturado Guamán Poma, y muchos otros cronistas o autores épicos. Ellos se apoyan implícita y explícitamente en la filosofía humanista del amor, que alienta el diálogo, el reconocimiento del otro, la reconciliación de perspectivas y legalidades disímiles.

El texto de Martín del Barco Centenera ha sido injustamente comparado con La Araucana, ante cuyo levantado estilo lírico parece desmerecer; sin embargo, como lo señalara Alfonso Sola González, y años después otros comentaristas (Emy Aragón Barra, José Luis Víttori La Argentina posee su propia originalidad y merecimientos en una línea épico-cómica de valor histórico y doctrinario. La imprenta lisboana de Pedro Craasbeck acoge pocos años después de la obra del Arcediano al más importante alegato a favor de la legitimidad de la cultura americana: los Comentarios Reales.

Juan María Gutiérrez apunta que la diplomacia de la guerra suele igualar a bárbaros y civilizados. Y así debió pensarlo el Arcediano cuando llama a Yamandú, un cacique de importancia en el poema, nuevo Sinón, y lo convierte en supuesto enviado de Juan de Garay a quien Zárate manda un mensaje. Vemos aquí a los españoles recluidos en la nave capitana, disminuidos y burlados por los indígenas que los desafían a combates singulares:

Que salga aquel cristiano del navío
Que quisiere aceptar el desafío.

Gutiérrez niega a Centenera el haber querido hacer de Yamandú un héroe, y mas bien lo atribuye a la casualidad, cosa que no podemos admitir fácilmente. Anota que Yamandú .. era elocuente, pues por esta palabra debe traducirse la de hablador que emplea Centenera como en desprecio de este malvado, tan perro como artero". Este pagano gigantesco era además hechicero y reacio a la prédica: Trabajé en vano, confiesa el clérigo.

La figura de Yamandú se convierte en símbolo de la cultura autóctono, y así aparece en varios momentos de la Argentina, No deja de advertirlo Gutiérrez en su valiosa lectura, pese al prejuicio que le impide admitir plenamente el humanismo de Centenera. Yamandú es el jefe indiscutido a quien tienen sus súbditos por lumbre, por espejo y lucero.

"Esta fisonomía - anota Juan María Gutiérrez - es tan bella como original en su género". No bastan las calificaciones de perro o de pagano para disminuir la estatura física y moral del cacique, respetado por los suyos y, según Gutiérrez, "tan mal comprendido por Centenera"(J.M.G.: Estudio, p.76).

Otra de las expediciones de la tropa enviada por Zárate y capitaneada por Garay y Ruy Díaz Melgarejo va a dar con la nación chaná, de la cual hicieron dos prisioneros, y luego con los guaraníes, a quienes tomaron por sorpresa. El malón indio es usado tácticamente por los cristianos, que buscan la morada del cacique Cayú y hacen prisionero a su hijo. Vemos al cacique presentándose a recobrar a su hijo, y ofreciendo a cambio una moza. Zárate es poco favorecido en la pintura del Arcediano:

El Juan Ortiz la moza recibía
Y al indio sin su hijo en paz envía

Los cantos XVI y XVII traen la historia de Diego de Mendoza en el Perú, y a la vez una referencia tan encubierta a Tupac-Amaru (Topa Amaro) que indigna al comentarista Juan María Gutiérrez.

Al llegar la expedición a Santa Fe tiene ocasión el autor de describir el encuentro con los calchinos, chiloazas y melpenes, quienes conviven en la zona con los mancebos de la tierra, dedicados unos y otros a la caza y la pesca. La muerte de Juan de Garay se produce a manos de los mañua o minuanes, por la imprudencia del caudillo y la artera conducta de los indios que irrumpen en la madrugada dando muerte a 40 paragüeños con sus bolas, flechas, dardos y macanas.

Los minuanes, envalentonados, hacen alianza con los querandíes y al frente de una amplia coalición reaparece Yamandú, de quien nos dice el cronista "cuya memoria / tenemos muchas veces celebrada"-

En el canto XX se presenta otro personaje, Oberá, un guaraní instruido y sabio, el que aplicando las enseñanzas cristianas llega a atribuirse el carácter de Mesías de los guaraníes, y nombra pontífice a su hijo. Este episodio da pie a Centenera para insertar un cantar guaraní, cuya traducción también consigna:

Oberá, Oberá,
Paitupú, Jesús,
Yendebé, hiye,
hiye, hiye -

Una nota del autor reconoce haber agregado el nombre de Jesús, resultando así un cántico mestizo. (Nota marginal a la octava 10, canto XX)

Los combates y los discursos de dos jefes indios en Santa Fe confirman su nobleza y valentía. Dos guerreros guaraníes, Ritum y Coraci, desafían a dos mancebos, Enciso y Espeluca. Estos combates singulares permiten un acercamiento humano al coraje y la fuerza de los guerreros, sean indios o españoles. Es larga (10 octavas) la descripción de este doble combate que Juan María Gutiérrez ha comparado con la Austríada de Juan Rufo Gutiérrez, en que lucha un español con un mahometano (J.M.G.: Estudio, p. 218).

Los indígenas resultan vencidos pero se advierte la intención del autor de estilizar el episodio a través de un resultado simétrico y por lo tanto simbólico. Ritum ha perdido su mano derecha, Coraci echa de menos el diestro ojo. Como resultado de esta batalla, el gran Tapui-Guazú manda a quemar en la hoguera a los dos jóvenes derrotados y luego se reúne con una junta donde pide hablar con el sabio Urumbín. Tenemos aquí el tipo del cacique shamán, que al consultar las estrellas declara inevitable el triunfo del blanco.

Se presentan al fin dos posiciones que Centenera tipifica en Urumbia y en Curemo: la aceptación pacífica o la guerra. El Arcediano dispone muy bien a sus personajes, manejándose con parejas de opuestos. Curemo es el que huye tierra adentro, hacia los pajonales de la laguna. Berú, indio valeroso, es el más empeñado en su regreso a la junta, pero fracasa, pues el jefe prefiere morir antes que ceder.

Estimamos que no son éstos rasgos desdorosos que permitan rechazar o condenar al indígena.

El combate final entre Urumbia y Curemo sobre paz o guerra es suspendido cuando la sangre de ambos tiñe el verdor del prado. El juez sentencia, con palabras del autor:

Lo que he dicho pronuncio y lo sentencio:
Y pongo al caso fin aquí, y silencio.

Centenera siempre acentúa el carácter defensivo de la lucha. Los naturales construyen una fortaleza cuya idea arquitectónica es atribuida irónicamente a Satanás. Querían librarse la gente indígena de la gente cristiana, insiste el autor. La fortaleza es desbaratada por los españoles en momentos en que la gente guairacana celebraba una fiesta.

Estos son sólo algunos ejemplos de la importancia que otorga el Arcediano a la gente autóctona, sus caciques, su doctrina, su valentía. No se ha repetido sino rara vez la visión del indio encarnizado en carne humana que anticipan los primeros versos. Es más, en los episodios amorosos Centenera arriesga su tesis humanista: también el aborigen es capaz de entrega y sacrificio por amor.

Juan María Gutiérrez ha visto a medías estos aspectos de la Argentina. Retacea al poeta el pleno reconocimiento de su defensa humanista del indígena, defensa por cierto encubierta en el texto, pero a la vez concede y comparte muchos momentos desde una actitud que lo distancia del racismo progresista de otros miembros de su generación. Gutiérrez se manifiesta ligado al romanticismo que, en última instancia, ha reelaborado por complejos caminos el humanismo del siglo XVI.

5.- La doble lectura de Juan María Gutiérrez a la luz de la hermenéutica gadameriana.

Se mezclaron en la generación del 37, actuante en la organización nacional después de la batalla de Caseros, las ideas iluministas de Mayo, el historicismo romántico que condujo a la revaloración de la lengua y horizonte geocultural propio, y aún, poco después, el incipiente positivismo europeo que comenzaba a trasladar su criterio de verdad al desarrollo de las ciencias -

La posición del grupo sobre el período hispánico o colonias americano fluctuó entre la acusación de oscurantismo y feudalismo (Alberdi: Fragmento), la contrastación de la cultura católica tradicional, aprendida en la infancia, con el pragmatismo anglosajón, en dramático duelo (Sarmiento: Facundo, Recuerdos de provincia), y la seria indagación de textos, emprendida casi exclusivamente por Gutiérrez. El estudioso Gregorio Weinberg señala la general "ofuscación" del juicio vigente en aquella hora de crisis, y reconoce a un tiempo lo siguiente: "Juan María Gutiérrez, sin dejar de compartir en líneas generales esa posición, unió a ella una idea más profunda del proceso histórico. No rechazó, desechando de plano, todo lo que era "colonia" o tenía relación directa o indirecta con la metrópoli; comprendió, quizás el único, que era imprescindible entender como una continuidad el desenvolvimiento de estos países, continuidad que no por ello deja de tener fisuras y crisis ... y que la visión del mismo exigía impostergablemente comprender con mayor hondura y amplitud el pasado y todas sus vertientes. Por ello escribe: la vida colonial, que tanto nos interesa conocer bien y por entero." (Gregorio Weinberg, Prólogo, 1957, pág. XV)

Cabe pensar que Juan María Gutiérrez fue capaz de superar el prejuicio ideológico por una cierta posibilidad productiva del comprender basada en un sentido viviente de su propia tradición. Aplicaba pues, intuitivamente, los principios de una correcta hermenéutica capaz de articular el presente con el pasado dentro de un cierto horizonte de comprensión.

Gutiérrez fue de hecho el continuador de la obra revalorizadora de Pedro de Angelis - el recopilador de textos coloniales execrado por Echeverría en famosa controversia -. Su paulatino acercamiento a los textos liminares de su tradición le fue revelando una actitud de escritores españoles o criollos que en los siglos XVI y XVII enfrentaron a sus propias autoridades civiles, militares o eclesiásticas para mirar el ámbito americano con una mirada nueva. La intencionalidad ética impregnada de humanismo y utopía justiciera que proviene en Gutiérrez de su formación en el romanticismo historicista le facilita el hallar coincidencias con aquellas fuentes a las que se asoma con respeto aunque no desprovisto de prejuicios antihispanistas y anticlericales. Se produce en él cierta moderada "fusión de horizontes" que tiene su sustentación en la universalidad de los valores de su propia cultura, y en la romántica recuperación del sentido histórico.

Su lectura de la Argentina es sin lugar a dudas una lectura fundante y reveladora, que sobrepasa los límites del prejuicio generacional para entrar en más de una ocasión en un descubrimiento profundo del texto estudiado. La obra de Centenera, acusada de compartir a ratos la perspectiva de los jefes españoles ante el indígena, se le muestra también en toda su original desnudez, poniendo de manifiesto aspectos de una visión novedosa y enjuiciadora.

6. - Bibliografía

- Emi Beatriz Aragón Barra: La Argentina, nueva visión de un Poema. Presentación de Ana María y Arminda Ester Aragón. Prólogo de José Malpartida Morano. Editorial Plus Ultra. Buenos Aires, 1990. 291 páginas. - Martín del Barco Centenera: Argentina y Conquista del Río de la Plata, Edición facsimilar de la Junta de Historia y Numismática, con el estudio preliminar de D. Juan María Gutiérrez. Buenos Aires, 1912

- Horacio Jorge Becco: Bibliografía de Juan María Gutiérrez en RUBA, 5a. ép. Año 4, Nº 4, pp. 604-620, oct-dic 1959.

- El Iniciador edición facsimilar de la Academia nacional de la Historia. Estudio preliminar de Mariano de Vedia y Mitre, Buenos Aires, 1941.

- Hans-Georg Gadamer: Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Traducción de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito, Ed. Sígueme, 1977.

- Diógenes de Giorgi: Martín del Barco Centenera, Cronista fundamental del Río de la Plata. Ediciones del Nuevo Mundo, Montevideo, 1989. 235 páginas.

- Juan María Gutiérrez: Estudios histórico-literarios. Selección, prólogo y notas de Ernesto Morales. Ed. Estrada, Buenos Aires, 1940.

--------- : Escritores coloniales americanos. Prólogo y notas de Gregorio Weinberg. Buenos Aires, 1957.

--------- : Pensamientos. Prólogo de Ángel J. Battistessa. Buenos Aires, 1980.

- La moda, edición facsimilar de la Academia Nacional de la Historia. Prólogo y notas de José A. Oría, ed. Kraft, Buenos Aires, 1938.

- María S. de Reinel: Juan María Gutiérrez Biblioteca Humanidades Nº 25. La Plata, 1940.

- Alfonso Sola González: Seminario sobre la Argentina de Martín del Barco Centenera. Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 1950.

--------- : El realismo fabuloso de la Argentina en Megafón, Nº 5, Mendoza, junio de 1977, pág 49-59.

- Carlos M. Urien: Apuntes sobre la vida y la obra del Dr. Juan María Gutiérrez. Buenos Aires, 1909.

- José Luis Víttori: Del Barco Centenera y "La Argentina". Orígenes del realismo mágico en América. Ediciones Colmegna. Santa Fe, Argentina, 1991. 189 páginas.

- Félix Weinberg: El salón literario de 1837. Con textos de Marcos Sastre, J. B. Alberdi, J. M. Gutiérrez y E. Echeverría. Ed. Hachette, Buenos Aires, 1958.



* Escritora, estudiosa de las Letras, catedrática universitaria. Investigadora Principal del Consejo Nacional de Investigaciones (CONICET). Ejerció las cátedras de Introducción a la Literatura y Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y ocupa actualmente la de Literatura Iberoamericana en la Universidad Católica Argentina. Fundó en 1970 el Centro de Estudios Latinoamericanos, de amplia trayectoria en la investigación de las letras y la cultura de América Latina. Ejerció la docencia en la Universidad Nacional de Cuyo, la Universidad del Salvador y el Instituto Franciscano. En 1989 fundó el Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad Católica Argentina. Fue directora de la Biblioteca Nacional de Maestros (1990-1993). Su obra publicada abarca la investigación y la crítica literaria, el ensayo y la poesía.

Fuente: Revista América Nº 16 - 2003  |  www.cehsf.ceride.gov.ar/revista_america.html

Las Crónicas Rioplatenses y el juicio ético de la Conquista

Por Graciela Maturro
Universidad Católica Argentina  |  Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Una nueva consideración de las crónicas coloniales

Recordemos que el nombre de crónicas, aceptado como denominación de gran amplitud en el campo de los estudios coloniales, abarca una variedad de materiales que responden a géneros históricos o literarios occidentales aunque se diferencian notablemente de esos modelos efectivos o virtuales al incluir formas novedosas, híbridas, inclasificables y originales.

Este material, que incluye cartas, memoriales, testimonios, diarios, alegatos, documentos jurídicos, historias, narraciones autobiográficas, cuentos, esbozos novelescos, ha sido objeto de sucesivas lecturas y reelaboraciones. El siglo XVIII inició la minimización de su valor historiográfico, rechazando el sentido fabuloso que contrastaba con la mentalidad científica de la época. Es sabido que la emancipación de las naciones hispanoamericanas trajo consigo cierta posición antihispanista, que señalaba como oscurantista el pasado americano o pretendía ignorarlo. Pero hubo también algunos gestos recuperadores, y se iniciaron investigaciones fecundas sobre temas coloniales, a la vez que se producía la recuperación y publicación de algunos documentos importantes. Todo contribuyó a la progresiva y necesaria relectura de las crónicas, que alcanza en el siglo XX su máximo grado de reivindicación histórica y recreación literaria.

A lo largo del siglo XX una verdadera legión de historiadores, antropólogos, lingüistas y escritores se ha lanzó a la relectura de las crónicas, hallando en ellas -además de fuentes históricas insoslayables- la simiente de estudios culturales que conforman la americanística, y una extraordinaria cantera de asuntos, personajes y formas eminentemente literarias. Sin la lectura de las crónicas sería totalmente imposible comprender las sucesivas oleadas novelísticas del continente, producidas por Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Abel Posse, Reinaldo Arenas, Homero Aridjis, Carlos Thorne, Napoleón Baccino, Libertad Demitrópulos y muchos otros autores.

En las últimas décadas, las crónicas americanas han sido objeto de nuevos enfoques críticos que redescubren aspectos específicamente literarios de un material que otrora fue considerado como prioritariamente histórico y descriptivo.

Las crónicas rioplatenses

Una nueva mirada al corpus de crónicas liminares del espacio argentino exige una revaloración de elementos antes relegados por el interés historiográfico, tales como relatos o anécdotas intercaladas, fábulas mitológicas, referencias bíblicas o de otras tradiciones, citas clásicas, citas de autores contemporáneos, etc.

La importancia de tales textos surge claramente si se piensa que constituyen el basamento histórico, cultural, ético-político y literario de la cultura regional paraguayo-platense, la cual, integrada a otros nucleamientos regionales (el Noroeste Argentino, Cuyo y la región patagónica), conforma, en su peculiar mestización interétnica, el tronco originario de la cultura nacional.

Nuestra lectura nos ha conducido a constatar una filosofía que recorre el ámbito de las crónicas, y se perfila como una filosofía cristiana de sello humanista, ligada a las actitudes de los Padres de la Iglesia y a su reelaboración por el franciscanismo y otras corrientes entre los siglos XII y XV.

Se trata de una filosofía que, afirmada en la conjunción de los opuestos y la continua expansión filosófica hacia la alteridad, hizo posible la valoración de los pueblos aborígenes, el diálogo intercultural, la aceptación del ethos evangélico.

El conocimiento de los sucesos históricos de la Conquista muestra a las claras que esta filosofía, cuyos maestros son católicos como Nicolás de Cusa, Erasmo y Tomás Moro, es sospechada de herética, e incluso perseguida por el Tribunal de la Inquisición.

Los cronistas remiten a la tradición americana inmediatamente anterior y entran en dinámica relación con otros autores contemporáneos, anteriores y posteriores en dinámica continuidad. Sus formas exceden el marco de la historiografía, revelando aspectos de interés específicamente literario, acordes con la expresión de posturas personales, subjetivas, testimoniales o doctrinarias.

En ellos puede advertirse, como una atmósfera generalizada, el enjuiciamiento moral de la conquista armada con las consecuencias de la sumisión y explotación del aborigen, la divergencia con el poder civil e inquisitorial, y la afirmación del ethos humanista cristiano, herético para los funcionarios del Santo Oficio que en ciertos casos pusieron las obras en el Index y en otros las aprobaron a causa de su forma disimulada.

Fundar un imaginario simbólico no es tarea puramente estética. Se relaciona con la conformación del ethos moral y religioso, signado por la vocación de diálogo y la apertura interétnica, que ha dictado nuestras instituciones, leyes, jurisprudencia y patrimonio social en permanente autoformación. De ahí la importancia de relevar textos que fueron hasta el presente poco estudiados o bien considerados exclusivamente dentro de perspectivas historiográficas o literarias muy limitadas.

Martín del Barco Centenera, crítico de la Conquista

La obra Argentina y conquista del Río de la Plata, del extremeño Martín del Barco Centenera, publicada en Lisboa, en 1602, es en verdad una crónica en verso, más que un poema épico renacentista. Dejo por ahora de lado las cuestiones referentes a su complejidad y novedad genérica, para remitirme, a modo de ejemplo, a su carácter de alegato doctrinario, poco advertido por la crítica.

Uno de los comentaristas clásicos de la obra de Centenera, el español Félix de Azara, acusó al extremeño de querer desacreditar a los jefes de la expedición que integró. Juan María Gutiérrez confirma esa interpretación, y otorga a Centenera el lugar de cronista oficial de la expedición de Ortiz (u Hortiz) de Zárate:

“Se infiere de este poema que el autor tenía un compromiso con Zárate de escribir los hechos de que éste se prometía ser el héroe” (Juan M. Gutiérrez, “Estudio”, nota en p. 28).

La expedición estaba compuesta, consigna, de tres navíos una cebra y un patache, y probablemente abastecida del número de familias y animales que consta del convenio celebrado con el Virrey del Perú, confirmado por el monarca español el 10 de junio de 1569. (ibidem, p. 25).

Centenera describe a los barcos como “mal aderezados” y dice que “anduvieron los navíos sin concierto” hasta alcanzar el puesto de Santander y luego el de Santiago. Comienza el relato de las intrigas cuando el Arcediano enfrenta a Ruy Díaz Melgarejo quien conduce prisionero al gobernador Felipe de Cáceres acompañado por su enemigo Fray Felipe de la Torre. Halla también en ese trayecto al misionero José de Anchieta, cuya mención no parece casual dentro de la totalidad del relato que hace lugar a algunas figuras apostólicas. (ibidem, p. 29).

Los males padecidos por la tripulación de Ortiz de Zárate en Santa Catalina son atribuidos por Centenera a la ceguera y codicia del Adelantado, quien abandona a su gente y marcha con 80 de ellos a Ibiaca, beneficiándose de la generosidad de los aborígenes mientras el hambre cundía en el resto de la expedición “Al que está seguro en talanquera muy poco se le dá que el otro muera”, concluye el Arcediano de manera inequívoca.

La incisiva y permanente crítica de Centenera al Adelantado alcanza al Virrey Toledo, como lo advierte Gutiérrez:

“La maquiavélica y cruel conducta del Virrey aparece también en los versos de Centenera en toda su fealdad, por que la presenta rodeada de minuciosos incidentes que le dan un relieve verdaderamente negro y satánico, y podría servir de asunto para una preciosa novela o para una composición dramática de sumo interés poético y filosófico”. (J. M. Gutiérrez, “Estudio”, p. 105).

También critica Centenera a Diego de Mendieta, el sobrino de Zárate que toma el mando de la expedición después de su muerte, y a Hernando de Lerma, a quien trata con ironía.

Entre las formas veladas de la crítica que ejerce el Arcediano figura la mención de personajes dudosos como Francisco de Salcedo, mediador entre Lerma y el Obispo Francisco de Victoria. Si se tiene en cuenta que Victoria se cuenta entre los firmantes de las poesías que acompañan la edición, cabe preguntarse si ese deán no es uno de sus protegidos doctrinales o acaso una figuración del propio autor. La consideración de este caso hace decir a Juan María Gutiérrez que las octavas 30 y 31 del Canto XXII se hallan entre “las más obscuras” del poema.

La crítica a los conquistadores se siembra en toda la obra. Centenera llama salteador a Pedro de Mendoza por el saqueo de Roma, y recuerda su enfermedad “el morbo que de Galia tiene nombre”. Muestra al desnudo la indisciplina y codicia de Ortiz de Zárate, la conducta moral de Mendieta, la soberbia de Juan de Garay, el ánimo intrigante del Virrey Toledo, la ambición de Hernando de Lerma, en suma las miserias políticas del mundo colonial, la crueldad de los capitanes, la falta de fe de algunos clérigos.

Pero Centenera no se limita a referir los sucesos de las expediciones o las intrigas civiles y militares. Su obra ahonda de manera notable en la descripción y conocimiento del indígena, abarcando las variadas etnías que se extienden en la amplia región de la cuenca rioplatense, incluyendo Paraguay, Chaco, Santa Fe y Buenos Aires.

La exaltación humanista de los naturales en la Argentina se encubre en ciertos episodios de naturaleza ejemplar, a veces revestidos con cierta idealización mitológica. Debemos aceptar que el propio autor indujo a una lectura equívoca de su obra cuando la encabezó con aquellos versos del Canto I:

Del indio chiriguano encarnizado

En carne humana origen canto solo...

Si ese solo equivale al adverbio solamente, sin duda el Arcediano crea una falsa perspectiva de lectura al anunciar que va a ocuparse sólo del indio chiriguano, al que de entrada califica de encarnizado en carne humana.

La temática aborigen adquiere amplio desarrollo en la Argentina. El historiador uruguayo Diógenes de Giorgi ubica al tema indígena, juntamente con la crónica de la conquista, como los ejes temáticos de la obra.

Respecto al primero, es la fuente más rica y de información etnológica que poseemos sobre la complejísima y confusa realidad tribal que enfrentaron los primeros conquistadores rioplatenses. (De Giorgi, p. 191).

No podemos pasar por alto que Centenera da cuenta en su libro de la vida y carácter de los charrúas o charusúes, los guaraníes, chiriguanos, tambús, chanás, calchinos, chilozapas, melpeñes, mañua o minuanes, veguanes, cherandías, meguay, curucas y tapui-miríes.

El indígena, cuyos orígenes se entremezclan en visión inclusiva con el Génesis bíblico, empieza a tener presencia a partir del canto VIII, cuando el relato del autor se hace autobiográfico. Este canto y los siguientes que documentan la expedición de Ortiz de Zárate muestran a los indios que pueblan las costas del Brasil auxiliando y transportando a los españoles a sus canoas, sin poder impedir que algunos mueran. Se instala de hecho un contraste abrupto entre la amigabilidad y solidaridad aborigen y la rígida actitud de los jefes españoles.

La primera descripción orgánica de una tribu la dedica el autor a los charrúas. Recurriremos nuevamente a Juan María Gutiérrez para ver que no ha dejado de percibir cierto elogio de la barbarie, aunque lo considera involuntario y por debajo de su modelo Alonso de Ercilla:

Los charrúas pueden llamarse también los Araucanos del Plata; menos numerosos que éstos sucumbieron mientras que aquellos aún resisten y obtendrán al fin justicia tomando la parte que les corresponde en el banquete de la civilización. Y esta pariedad resulta en la Argentina sin que lo advierta el mismo autor, porque si hay en su poema estrofas que en algo se aproximan a las bellísimas de Ercilla son aquellas en que describe a los valientes con quienes Zárate tuvo los primeros encuentros. (“Estudio”, p. 54).

Cabe reconocer que Centenera ha planteado un neto contraste entre la entereza de los caciques Zapicán y Andayuba y la ciega soberbia de “Juan Ortiz, que a pocos escuchaba”.

Desde la gesta homérica, en que el poeta supo conferir dignidad tanto a aqueos como a troyanos, la filosofía humanista trabajó a favor del reconocimiento universal del hombre, no aceptado por Aristóteles aunque incesantemente afirmado luego por los Padres de la Iglesia y después por el cristianismo humanista de Nicolás de Cusa, León Hebreo, Erasmo y los humanistas españoles. Nada casual es que aquel antiguo humanismo haya tenido ocasión de manifestarse sobre la arena concreta del encuentro de los pueblos de América, promoviendo las defensas veladas o descubiertas del aborigen en crónicas y epopeyas. La filosofía humanista del amor, reafirmada por el Evangelio, alentaba el diálogo, el reconocimiento del otro, la reconciliación de perspectivas y legalidades disímiles, así como la crítica de la soberbia y la dominación por la fuerza.

El texto de Martín del Barco Centenera ha sido injustamente comparado con La Araucana, ante cuyo levantado estilo lírico parece desmerecer; sin embargo, como lo señalara Alfonso Sola González, y años más tarde otros comentaristas (Emy Aragón Barra, o el escritor santafesino José Luis Víttori, en valiosa exégesis), la Argentina posee merecimientos históricos, estéticos y doctrinarios, en una línea épico-cómica e incluso novelística de gran originalidad.

El Arcediano llama a Yamandú, un cacique de importante figuración en el poema, nuevo Sinón, y lo convierte en supuesto enviado de Juan de Garay que tiende una treta a los invasores. Vemos aquí a los españoles recluidos en la nave capitana, disminuidos y burlados por los indígenas que los desafían a combates singulares:
Que salga aquel cristiano del navío
que quisiere aceptar el desafío.

Este pagano gigantesco era además hechicero y reacio a la prédica: “Trabajé en vano” confiesa el clérigo.

La figura de Yamandú se convierte en símbolo de la cultura autóctona, y así aparece en varios momentos de la Argentina. Yamandú es el jefe indiscutido a quien tienen sus súbditos por lumbre, espejo y lucero. No bastan las calificaciones de perro o de pagano para disminuir la estatura física y moral del cacique.

Otra de las expediciones de la tropa enviada por Zárate y capitaneada por Juan de Garay y Ruy Díaz Melgarejo va a dar con la nación chaná, de la cual hicieron dos prisioneros, y luego con los guaraníes, a quienes tomaron por sorpresa. El malón indio es usado tácitamente por los cristianos que buscan la morada del cacique Cayú y hacen prisionero a su hijo. Vemos al cacique presentándose a recobrar a su hijo, y ofreciendo a cambio una moza. Zárate es moralmente poco favorecido en la pintura casi elíptica del Arcediano:

El Juan Ortiz la moza recibía
y al indio sin su hijo en paz envía

Los cantos XVI y XVII traen la historia de Diego de Mendoza en el Perú, y a la vez una referencia encubierta a Tupac-Amaru (Topa Amaro). Al llegar la expedición a Santa Fe tiene ocasión el autor de descubrir el encuentro con los calchinos, chiloazas y melpenes, quienes conviven en la zona con los mancebos de la tierra, dedicados unos y otros a la caza y a la pesca. La muerte de Juan de Garay se produce a manos de los mañua o minuanes, por la imprudencia del caudillo y la artera conducta de los indios que irrumpen en la madrugada dando muerte a 40 paragüeños con sus bolas, flechas, dardos, y macanas. Los minuanes, envalentonados, hacen alianza con los querandíes y al frente de una amplia coalición reaparece Yamandú, de quien nos dice el cronista “cuya memoria / tenemos muchas veces celebrada”.

En el canto XX se presenta otro personaje, Oberá, un guaraní instruido y sabio, el que aplicando las enseñanzas cristianas llega a atribuirse el carácter de Mesías de los guaraníes, y nombra pontífice a su hijo. Este episodio da pie a Centenera para insertar un cantar guaraní, cuya traducción también consigna:
Oberá, Oberá
Paitupú, Jesús.
Yendebé, hiye,
hiye, hiye.

Una nota del autor reconoce haber agregado el nombre de Jesús, resultando así un cántico mestizo (nota marginal a la octava 10, canto XX). Los combates y los discursos de dos jefes indios en Santa Fe confirman su nobleza y valentía. Dos guerreros guaraníes, Ritum y Coraci, desafían a dos mancebos, Enciso y Espeluca.

Estos combates singulares permiten un acercamiento humano al coraje y la fuerza de los guerreros, sean indios o españoles. Extensa es la descripción (10 octavas) de este doble combate que Juan María Gutiérrez ha comparado con la Austriada, de Juan Rufo Gutiérrez, en que lucha un español con un mahometano (“Estudio”, p. 218).

Los indígenas resultan vencidos pero se advierte la intención del autor de estilizar el episodio a través de un resultado simétrico y cargado de significación simbólica. Ritum ha perdido su mano derecha, Corachi echa de menos el diestro ojo. Como resultado de esta batalla, el gran Tapui-Guazú manda a quemar en la hoguera a los dos jóvenes derrotados y luego se reúne con una junta donde pide hablar con el sabio Urumbín. Tenemos aquí el tipo del cacique shamán, que al consultar las estrellas declara inevitable el triunfo del blanco.

Se presentan al fin dos posiciones que Centenera tipifica en Urumbia y en Curemo: la aceptación pacífica o la guerra. El Arcediano dispone muy bien a sus personajes, manejándose con parejas de opuestos. Curemo es el que huye tierra adentro, hacia los pajonales de la laguna. Berú, indio valeroso, es el más empeñado en el regreso a la junta, pero fracasa, pues el jefe prefiere morir antes que ceder.

No son éstos precisamente rasgos desdorosos que nos permitan rechazar o condenar al indígena. El combate final de Urumbia y Curemo sobre paz o guerra es suspendido cuando la sangre de ambos tiñe el verdor del prado. El juez sentencia, en palabras que remiten al autor:

Lo que he dicho pronuncio y lo sentencio: Y pongo al caso fin aquí, y silencio.

Centenera siempre acentúa el carácter defensivo de la lucha. Los naturales construyen una fortaleza cuya idea arquitectónica es atribuida irónicamente a Satanás. “Querían librarse la gente indígena de la gente cristiana”, insiste el cronista. La fortaleza es desbaratada por los españoles en momentos en que la gente guairacana celebraba una fiesta.

Estos son sólo algunos ejemplos de la importancia que otorga el Arcediano a la gente autóctona, sus caciques, su doctrina, su valentía. No se ha repetido sino rara vez la visión del indio “encarnizado en carne humana” que anticipan los primeros versos. Es más, en los episodios amorosos, tan importantes para la comprensión hermenéutica de la Argentina, Centenera arriesga su tesis humanista: también el aborigen es capaz de entrega y sacrificio por amor.

La compulsa fenomenológica y hermenéutica de esta obra singular nos conduce a una pregunta:

¿Fue defenestrado el Arcediano por su conducta libertina, tal como lo ha asentando la tradición, o bien —de modo más profundo y justificado— por su adhesión permanente aunque veladamente expuesta al credo humanista lascasiano, crítico y liberador, en pugna con los poderes oficiales y el celo de la Inquisición?

Bibliografía

Aragón Barra, Emi Beatriz, La Argentina, nueva visión de un poema. Presentación de Ana María y Arminda Esther Aragón Barra, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1990.
Becú, Teodoro; Torre Revello, José, La colección de documentos de Pedro de Angelis y el Diario de Diego de Alvear, Buenos Aires, 1941.
Del Barco Centenera, Martín, Argentina y Conquista del Río de la Plata, edición facsimilar de la Junta de Historia y Numismática, con estudio preliminar de Juan María Gutérrez, Buenos Aires, 1912; edición crítica de Silvia Tieffemberg, Colección Textos Fundacionales, Instituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, Casa Pardo, 1998; Argentina y Conquista del Río de la Plata, Textos Extremeños 1, Prólogo de Ricardo Senabre, Institución Cultural "El Brocense", Madrid, Porrúa, 1982.
Gadamer, Hans Georg, Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. traducción de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito, Sígueme, 1977.
Giorgi, Diógenes de, Martín del Barco Centenera, Cronista Fundamental del Río de la Plata, Montevideo, Ediciones del Nuevo Mundo, 1989.
Pupo Walker, Enrique, La vocación literaria del pensamiento histórico en América. Desarrollo de la prosa de ficción: siglos XVI, XVII, XVIII, y XIX. Biblioteca Románica Hispánica, Madrid, Editorial Gredos, 1982.
Sola González, Alfonso, “El realismo fabuloso de la Argentina”, en Megafón Nº 5, junio de 1977, San Antonio de Padua, pp. 49-59.
Víttori, José Luis, Del Barco Centenera y la Argentina. Orígenes del realismo mágico en América, Santa Fe, Colmegna, 1991.

Fuente: http://www.bn.gov.ar/archivos/anexos_libros/mat/L4.htm

[Imagen: Martín del Barco Centenera representado en el monumento a España en Buenos Aires]



 

La Argentina

Se reproduce la introducción y el canto primero del extenso poema. Puede descargar la versión fascsimilar completa (tipografía original)  o ver online una versión legible modernizada


Don Martín del Barco Centenera, Arcediano del Río de la Plata

Introducción

Al Marqués de Castel Rodrigo, Virrey, Gobernador y Capitán General de Portugal, por el rey don Felipe III, Nuestro Señor

Habiendo considerado y revuelto muchas veces en mi memoria el gran gusto que recibe el humano entendimiento con la lectura de los varios y diversos acaecimientos de cosas, que aun por su variedad es la naturaleza bella, y que aquellas amplísimas provincias del Río de la Plata estaban casi puestas en olvido, y su memoria sin razón obscurecida, procuré poner en escrito algo de lo que supe, entendí y vi en ellas, en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregriné: lo primero, por no parecer al malo e inútil siervo que abscondió el talento recibido de su señor; lo segundo, porque el mundo tenga entera noticia y verdadera relación del Río de la Plata, cuyas provincias son tan grandes, con gentes tan belicosas, animales y fieras tan bravas, aves tan diferentes, víboras y serpientes que han tenido con hombres conflicto y pelea, peces de humana forma, y cosas tan exquisitas que dejan en éxtasis a los ánimos de los que con alguna atención las consideran.
He escrito, pues, aunque en estilo poco pulido y menos limado, este libro, a quien intitulo y nombro Argentina, tomando el nombre del subjeto principal, que es el Río de la Plata; para que Vuestra Excelencia, si acaso pudiera tener algún rato como que hurtado a los necesarísimos y graves negocios de tan grande gobierno como sus hombros tienen, pueda con facilidad leerle, sin que le dé el disgusto y fastidio que de las largas y prolijas historias se suele recibir; y heme dispuesto a presentarla y ofrecerla a Vuestra Excelencia como propia suya; pues, según derecho, los bienes del siervo son vistos ser del señor.

Y así confío que, puesto en la posesión del amparo de Vuestra Excelencia, cobrará nuevo ser y perpetuo renombre mi trabajo; y pido a Dios se siga sólo haber acertado a dar a Vuestra Excelencia algún pequeño contento con este mi paupérrimo servicio, lo que será para mí muy aventajado premio, y crecerán en mí las alas de mi flaco y débil entendimiento para volar, aspirando siempre a cosas más altas y mayores, enderezadas todas a su fin debido, que es el servicio de Dios, de Su Majestad y de Vuestra Excelencia, a quien Dios nos guarde por largos y felicísimos tiempos, para el buen gobierno y amparo de este reino, y como yo, siervo y perpetuo capellán de Vuestra Excelencia, deseo.

De Lisboa, 10 de Mayo de 1601.


Canto primero

En que se trata del origen de los Chiriguanas o Guaranís, gente que come carne humana, y del descubrimiento del Río de la Plata.

Del indio Chiriguana encarnizado
en carne humana, origen canto solo.
Por descubrir el ser tan olvidado
del argentino reino, ¡gran Apolo!,
envíame del monte consagrado
ayuda con que pueda aquí, sin dolo,
al mundo publicar, en nueva historia,
de cosas admirable la memoria.

Mas, ¡qué digo de Apolo!, Dios eterno,
a vos solo favor pido y demando.
Que mal lo puede dar en el infierno
el que en continuo fuego está penando.
Haré con vuestra ayuda este cuaderno,
del argentino reino recontando
diversas aventuras y extrañezas,
prodigios, hambre, guerras y proezas.

Tratar quiero también de sucedidos
y extraños casos que iba yo notando.
De vista muchos son, otros oídos,
que vine a descubrir yo preguntando.
De personas me fueron referidos
con quien comunicaba, conversando
de cosas admirables codicioso,
saber por escribirlas deseoso.

Perú de fama eterna y extendida
por sus ricos metales por el mundo;
la Potosí imperial ennoblecida
por tener aquel cerro tan rotundo;
la tucumana tierra bastecida
de cosas de comer, con el jocundo
estado del Brasil, darán subjeto
a mi pluma que escriba yo prometo.

Que aunque en esta obra el fundamento
primero y principal, Río de la Plata,
y así es primero su descubrimiento;
con todo no será mi pluma ingrata,
que aquí pintará al vivo lo que siento
del nuevo orbe al marqués Mora; y si trata
contrario a la verdad, yo sea borrado
de su libro, y a olvido condenado.

También diré de aquel duro flagelo
que Dios al mundo dio por su pecado,
el Drake que cubrió con crudo duelo

al un polo y al otro en sumo grado.
Trataré de castigos que del Cielo
parece nuestro Dios nos ha enviado:
temblores, terremotos y señales
que bien pueden juzgarse por finales.

En todo hallará bien si lo quisiere
a su gusto el lector, gusto sabroso.
Y guste lo que más gusto tuviere,
y deje lo sin gusto y disgustoso,
hará al fin lo que más gusto le diere,
que esto de escribir es azaroso.
En nombre de Jesús comienzo agora,
y de la Virgen para Emperadora.

Después del gran castigo y gran justicia
que hizo nuestro Dios Omnipotente
por ver cómo crecía la malicia
del hombre que compuso sabiamente,
habiendo recibido la propicia
señal del amistad, Noé prudente,
de Japhet, hijo suyo, así llamado,
Tubal nació valiente y esforzado.

Aquéste fue el primero que en España
pobló; pero después viniendo gentes
con la de aqueste Tubal y otra extraña
más, del mismo Noé remanecientes,
España se pobló, y tanta saña
creció entre unos hombres muy valientes
Tupís que por costumbre muy tirana
tomaron a comer de carne humana.

Creciendo en multitud por esta tierra
Extremadura bella, aquesta gente
de tan bestial designio y suerte perra,
por atajar tal mal de incontinente
hicieron los Ricinos grande guerra
contra aquestos caribes fuertemente;
en tiempo que no estaba edificada
la torre de Mambrós tan afamada.

Ni menos el alcázar trujillano,
en que vive la gente trujillana,
ni la puente hermosa que el Romano
en Mérida nos puso a Guadiana.
Ni había comenzado el lusitano,
que habita en la provincia comarcana.
Empero había Ricinos en la tierra,
muy fuertes y valientes para guerra.

Aquéstos son nombrados Trujillanos,
cual pueblo Castrum Julii fue llamado,
que cuando le poblaron los Romanos
el nombre de su César le fue dado.
Fronteros de estas tierras los profanos
de aquel designio pérfido, malvado,
caribes inhumanos habitaban,
y toda la comarca maltrataban.

Corriendo las riberas del gran Tajo,
y a veces por las sierras de Altamira,
ponían en angustia y en trabajo
la gente con su rabia cruda y dira.
No dejan cosa viva, que de cuajo,
cuanto puede el caribe, roba y tira;
a cuál quitan el hijo y los haberes,
y a otros con sus vidas las mujeres.

Vistos por los Ricinos trujillanos,
con ánimo invencible belicoso,
contra aquellos caribes inhumanos
formaron campo grande y poderoso.
Venido este negocio ya a las manos,
de entre ambas partes fue muy sanguinoso;
mas siendo los caribes de vencida,
las reliquias se ponen en huida.

Expulsos de la tierra, fabricaron
las barcas y bateles que pudieron,
y a priesa muchos de éstos se embarcaron
y sin aguja al viento velas dieron.
A las furiosas aguas se entregaron,
y así de Extremadura se salieron;
y a las islas, que dicen Fortunadas,
aportan con sus barcas destrozadas.

Platón escribe y dice que solía
el mar del norte, Atlántico llamado,
ser islas lo más de él, y se extendía
la tierra desde España en sumo grado.
Y que en tiempos pasados se venía
por tierra mucha gente; y se han llamado
las islas Fortunadas que quedaron,
cuando otras del mar Norte se anegaron.

Y así a muchos pilotos yo he oído
que navegando han visto las señales
y muestras de edificios que han habido

(cosas son todas estas naturales,
que bien pueden haber acontecido)
por donde los Tupís descomunales
irían fácilmente a aquellas partes,
buscando para ello maña y artes.

Llegando, pues, allí ya reformadas
sus barcas y bateles, con gran pío,
tornáronse a entregar a las hinchadas
ondas del bravo mar a su albedrío.
Las barcas iban rotas, destrozadas,
cuando tomaron tierra en Cabo Frío,
que es tierra del Brasil, yendo derecho
al Río de la Plata y al Estrecho.

Comienzan a poblar toda la tierra,
entre ellos dos hermanos han venido.
Mas presto se comienzan a dar guerra,
que sobre un papagayo ha sucedido.
Dejando el uno al otro, se destierra
del Brasil, y a los llanos se ha salido.
Aquel que queda ya Tupí se llama,
estotro Guaraní de grande fama.

Tupí era el mayor y más valiente,
y al Guaraní menor dice que vaya
con todos sus soldados y su gente,
y que él se quedará allí en la playa.
Con la gente que tiene incontinente
el Guaraní se parte y no desmaya,
que habiendo con su gente ya partido,
la tierra adentro y sierras ha subido.

Pues estos dos hermanos divididos
la lengua guaraní han conservado,
y muchos que con ellos son venidos
en partes diferentes se han poblado,
y han sido en los lenguajes discernidos,
que por distancia nadie ha olvidado.
También con estos otros, aportaron,
que por otro viaje allá pasaron.

Mahomas, Epuaes y Calchines,
Timbúes, Cherandíes y Beguaes,
Agaces, y Nogoes, y Sanafines,
Maures, Tecos, Sansoues, Mogoznaes.
El Paraná abajo, y a los fines
habitan los malditos Charruaes,
Naúes y Mepenes, Chiloazas;
a pesca todos dados y a las cazas.

Los nuestros Guaranís, como señores,
toda la tierra cuasi dominando,
por todo el Paraná y alrededores
andaban crudamente conquistando.
Los brutos, animales, moradores
del Paraguay sujetan a su mando.
Poblaron mucha parte de esta tierra,
con fin de dar al mundo cruda guerra.

Poblando y conquistando han alcanzado
del Perú las nevadas cordilleras,
a cuyo pie ya tienen subyugado
el río Pilcomayo y sus riberas.

Muy cerca de la sierra han sujetado
a gente muy valientes y guerreras
en el río Condorillo y Yesuí,
y en el grande y famoso Guapaí.

Una canina rabia les forzaba
a no cesar jamás de su contienda.
Que el Guaraní en la guerra se hartaba
(y así lo haría hoy, sin la rienda
que le tenemos puesta), y conquistaba
sin pretender más oro, ni hacienda,
que hacerse como vivas sepulturas
de símiles y humanas criaturas.

Que si mirar aquéstos bien queremos,
caribe dice, y suena sepultura
de carne, que en latín caro sabemos
que carne significa en la lectura.
Y en lengua guaraní decir podemos
ibi, que significa compostura
de tierra do se encierra carne humana;
caribe es esta gente tan tirana.

Teniendo, pues, la gente conquistada,
en mil parajes se poblaron de hecho.
El Guaraní con ansia acelerada
a los Charcas camina muy derecho.
La cordillera y sierra es endiablada,
parece le será de gran provecho
parar aquí, y hacer asiento y alto,
con fin de allí al Perú hacer asalto.

Muy largos tiempos y años se gastaron,
y muchos descendientes sucedieron
desde que los hermanos se apartaron.
De Tupí en el Brasil permanecieron
Tupíes, y destotros que pasaron
Guaraníes se nombran, y así fueron
guerreros siempre aquestos en la tierra,
que el nombre suena tanto como guerra.

Aquestos Guaraníes se han mestizado
y envuelto con mil gentes diferentes,
y el nombre Guaraní han renunciado,
tomando otro por casos y accidentes.
Allá en las cordilleras, mal pecado,
Chiriguanaes se dicen estas gentes,
que por la poca ropa que tenían
de frío muchos de ellos perecían.

La costa del Brasil es muy caliente,
y el Paraguay y toda aquella tierra.
Camina aquesta gente del oriente,
y para en las montañas y la sierra,
caminando derechos al poniente,
haciéndoles el frío cruda guerra
que mal puede el desnudo en desafío
entrar y combatirse con el frío.

Llegaron, pues, al fin a aquel paraje
do el frío les hizo guerra encarnizada,
y frío chiri suena en el lenguaje
del Inga, que es la lengua más usada;
guana es escarmiento de tal traje.
Aquesta gente iba mal parada,
y el frío que tomaron, escarmiento
fue para el Chiriguana y cognomento.

En este tiempo ya habían venido
por otra parte y vía al Perú gentes;
por ser tan exquisitos, no he querido
sus nombres referir tan diferentes,
en una lengua muchos se han unido,
que es quichua, y los hidalgos y valientes
de aqueste nombre Inca se han jactado,
y a todos los demás han sujetado.

Estando de esta suerte apoderados
los Incas, los Pizarros allegaron,
y siendo del Perú bien enterados,
la tierra en breve tiempo conquistaron.
Los Guaranís sus dientes acerados
alegres con tal nueva aparejaron,
pensando que hartarían sus vientres fieros
de la sangre de aquellos caballeros.

El corazón pedía la venganza
de sus pasados padres, que habían sido
de la tierra Extremeña a espada y lanza
expulsos, como arriba habéis oído.
Mas viendo de Pizarro la pujanza,

temieron de pasar; y así han tenido
por seguros los montes despoblados,
sin ser a gente humana sujetados.

De allí hacen hazañas espantosas,
asaltos, hurtos, robos y rapiñas,
contra generaciones belicosas
que están al rededor circunvecinas.
En sus casas están muy temerosas,
como unas humillísimas gallinas,
con sobrado temor noche y mañana,
temiendo de que venga el Chiriguana.

Usan embustes, fraudes y marañas,
también tienen esfuerzo y osadía,
y así suelen hacer grandes hazañas,
que arguyen gran valor y valentía.

A aquéstos vi hacer cosas extrañas
en tiempo que yo entre ellos residía;
y el que no me quisiere a mí escuchallo,
al de Toledo vaya a preguntallo.

Dejemos esto agora; navegando
Magallanes también vino derecho,
la costa del Brasil atrás dejando
en busca fue y demanda del Estrecho,
salió del mar del sur atravesando,
y hállase contento y satisfecho,
y al mundo da una vuelta con Victoria,
ganando en este caso fama y gloria.

Después a los quinientos y trece años,
contados sobre mil del nacimiento
de aquel que padeció por nuestros daños,
dio Juan Díaz de Solís la vela al viento;
al Paraná aportó, do los engaños
del Timbú le causaron finamiento
en un pequeño río de grande fama,
que a causa suya de Traición se llama.

Por piloto mayor de Magallanes
al Estrecho venido aquéste había;
no harto de pasar penas y afanes,
la conquista a don Carlos le pedía.
Entró el río arriba con desmanes,
hasta que ya el postrero le venía,
en que su alma del cuerpo se desata,
poniendo al Paraná nombre del Plata.

No fue sin causa, creo, de secreto,
y señal de misterio y buen agüero.
Aunque es así que todo está sujeto
al alto, divino juicio verdadero,
y aunque usó este nombre por respeto,
que vido cierta plata allí primero,
yo entiendo que ha de haber grande tesoro
algún tiempo de plata allí y de oro.

La muerte pues de aquéste ya sabida,
el gran Carlos envía el buen Gaboto
con una flota al gusto proveída,
como hombre que lo entiende y que es piloto.
Entró en el Paraná, y ya sabida
la más fuerza del río le ha sido roto
del Guaraní, dejando fabricada
la torre de Gaboto bien nombrada.

Algunos de los suyos se escaparon
de aquel río Timbús do fue la guerra,
al río de San Salvador después bajaron,
donde la demás gente estaba en tierra.
A nuestra dulce España se tornaron,
huyendo de esta gente infiel y perra.
Mas no pone temor esta destroza
a don Pedro Guadix y de Mendoza.

Don Pedro de Guadix, como diremos,
después de haber de Roma malvenido,
cuando hubo disensión en los supremos,
el gobierno argentino hubo pedido. 0
Empero algún tanto ahora descansemos,
que no le dejaremos por olvido,
pues su hambre rabiosa y grande ruina
ayuda a lamentar a la Argentina.

De nuestro río argentino y su grandeza
tratar quiero en el canto venidero,
de sus islas y bosques y belleza
epílogo haré muy verdadero.
Ninguno en lo leer tenga pereza,
que espero dar en él placer entero 0
de cosas apacibles y graciosas
y dignas de tenerse por curiosas.

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